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La literatura y el cine como vacuna

Creo que el PDI, cuando investiga, no debe olvidar la “D”. Es decir, que en lugar de ser “I”, ratón de biblioteca, sin más, conviene que atienda también a lo que sucede en las aulas y al modo en que percibe el mundo, a través de cómo lee y cómo se expresa, el alumnado. Quienes separan netamente las dos actividades básicas del profesorado universitario (hubo incluso quien me aconsejó, en mis inicios, que me olvidara de los estudiantes y no preparara las clases, pues nosotros estamos allí para “producir”), me parece que se equivocan.

Así, procurando unir ambas facetas, emprendí durante unos diez años una cruzada (sin tizonas ni coladas, esgrimiendo mansamente libros y artículos académicos que apenas lee nadie) para reivindicar la especificidad y la dignidad del género ensayístico, que nuestro diccionario académico definió como si fuera un tratado ligero hasta 1992. Por fortuna, rectificó en las más recientes ediciones. Proseguí, durante otros diez años, con una segunda cruzada para propugnar que se abandonara la cantinela de la fidelidad cuando se compara literatura y cine. No sé si habrá surtido efecto, pero al menos la revista que fundé con un querido alumno y ahora compañero ha generado un espacio para reflexionar sin prejuicios y jerarquizaciones sobre la relación entre ambas artes. Y lo que más me interesa ahora (no sé si durará otros diez años, porque la menguada energía tal vez no dé ya para tanto) es hablar y escribir sobre los sesgos que generan los algoritmos y cómo están afectando a la recepción de la literatura y el cine, y, de forma aún más inquietante, a la propia creación.

Voy a poner el ejemplo más palmario, que procede de mi diálogo continuo con el alumnado y ha generado una preocupación sobre la que siento la necesidad de reflexionar. En el último lustro, cuando en la ficción que trato de acercarles hay alguna actitud agresiva hacia personajes femeninos, el desdén es inmediato, y he llegado al punto de plantearme la eliminación de esos contenidos, autocensurándome como docente. Lo que me gustaría de este nuevo alumnado es que reaccionara así ante la violencia en la vida real, pero no ante lo que proponen los libros y las películas. Si repudiamos lo que nos incomoda en la ficción, nos perderemos gran parte de lo mejor de la cultura; es más, si nos guiamos por el algoritmo, que dicta lo que debemos leer y ver, encerrándonos en una burbuja protectora, esa cultura se va a adocenar sin remedio y los creadores van a ahormar sus relatos a lo políticamente correcto, en lugar de agitarnos, provocarnos, hacernos pensar.

Como recuerda Mary Beard, Telémaco silencia a su madre Penélope al principio de la Odisea, diciéndole que el relato debe estar en boca de los hombres. ¿Debemos por ello dejar de leer esta obra magna, o de explicarla en las aulas? Otro ejemplo, muy andado el tiempo, de actitud misógina en un personaje, es que don Lope, en Tristana, lleva a una espeluznante literalidad aquello de la mujer con la pata quebrada y en casa. Es más, Hitchcock felicitó a Buñuel por la idea, sin saber seguramente que la “feliz” ocurrencia fue de Galdós, a quien adaptaba el cineasta aragonés. ¿Debemos por ello dejar de leer Tristana, o de ver las películas de Hitchcock y de Buñuel, que tuvieron esa conversación machista en un célebre banquete, no sé si platónico, en 1972, donde coincidieron los mejores cineastas de su generación? Un último caso que tengo aún más reciente es la novela de Auguste Le Breton El clan de los sicilianos, cuya aguda versión cinematográfica por parte de Henri Verneuil desarrolla una significativa secuencia en la que el personaje de Roger Sartet, interpretado por Alain Delon, golpea repetidamente una anguila contras unas rocas mientras divisa a una mujer a la que desea. Metafóricamente, el pescado alude a su propio pene para alejar la tentación, pues esa mujer, que le ha estado provocando, es quien puede obstaculizar sus planes de atraco, los “asuntos de hombres”. ¿Debemos por ello dejar de leer novela negra y de ver traslaciones a la pantalla como esta o las impresionantes Rififí (también a partir de Le Breton), La jungla de asfalto o Retorno al pasado porque hay en ellas una visión falocéntrica del mundo? 

Las obras de ficción no se pueden censurar retroactivamente porque destilen misoginia. Hacerlo no es feminista, sino paternalista, pues presupone en el receptor inmadurez y disposición de adherencia, en lugar de rechazo, a la conducta violenta. En cambio, un profesor debe confiar en su alumnado y apretarle las tuercas para que esa incomodidad “controlada” de la ficción le haga pensar. Si el algoritmo o el profesor eliminan a Telémaco, a don Lope, a Sartet, olvidaremos que sus actitudes pueden reproducirse en cualquier momento, esta vez sí, en la vida real, y será más complicado hacerles frente.

La ficción es una extraordinaria vacuna, y puede alterarnos al inocularnos el anticuerpo, como las medicinales, pero el beneficio será, con toda probabilidad, más que efectivo. Y tanto los creadores como los difusores de sus creaciones debemos seguir suministrándola para que la mezquindad del mundo, al ser reconocida en la literatura y en el cine, nos haga reaccionar cuando cerramos las tapas o la sala se ilumina, dejándonos trémulos pero más preparados para la otra singladura de la realidad.

Rafael Malpartida Foto perfil CV
Rafael Malpartida

Rafael Malpartida es profesor de literatura española en la Universidad de Málaga. Sus principales intereses de investigación, actualmente, son los Trasvases entre la literatura y el cine, nombre de la revista que dirige. Ha escrito, entre otros temas de carácter multidisciplinar, sobre el diálogo entre el erotismo literario y el cinematográfico, la imagen de ciudades como Berlín o Hong Kong en el séptimo arte, las adaptaciones de autores como Boccaccio, Cervantes, Lope, Gógol, Wells, Lorca o Cortázar, las versiones televisivas de la prosa española áurea y el concepto de imaginación en literatura y cine. Entre sus últimas publicaciones, destacan la monografía Diálogos entre la literatura española áurea, el cine y la ficción televisiva. Nuevas perspectivas de estudio en la era digital (Peter Lang, 2023), y la coordinación del libro Enseñar literatura en la era del smartphone (El Toro Celeste, 2025).

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