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La representación de la subjetividad lésbica en “Boulder”: contradicciones y revisión crítica de la identidad lesbiana en el discurso narrativo

La novela Boulder escrita por Eva Baltasar actúa como dispositivo literario, cultural y social que esta investigación utiliza para analizar el sujeto lesbiano, y así dialogar con el texto para cuestionar distintos temas que atraviesan la novela, como la formulación de la identidad, la relación con el sexo y la maternidad.  La hipótesis de este trabajo, por tanto, defiende que el personaje protagonista llamado Boulder no funciona como una representación de la identidad lesbiana que subvierte la masculinidad hegemónica. Para poder analizar esta hipótesis se han planteado varios objetivos, el primero de ellos consiste en explicar la subjetividad lesbiana atravesada por deseo, el segundo en analizar la feminidad y masculinidad en ambos personajes protagonistas, pues se formulan como contrarios, y, por último, mostrar la relación que existe entre la subjetividad lesbiana y la maternidad en la novela.

1.     La subjetividad lesbiana atravesada por el deseo

El deseo según Zygmunt Buman es: “(…) el anhelo de consumir. De absorber, devorar, ingerir y digerir, de aniquilar. El deseo no necesita otro estímulo más que la presencia de alteridad.” (2003, p.16), y su teoría sobre el amor en la sociedad contemporánea[1] encaja con el perfil de Boulder, puesto que mantiene relaciones inscritas en la sociedad posmoderna y capitalista. Su existencia está sustentada por el sexo, en un principio con mujeres desconocidas en las paradas de cada puerto, como una práctica compulsiva e imparable, que se convierte en un acto de consumación y consumición al mismo tiempo. Eran relaciones momentáneas, no vinculadas al plano emocional, hasta que conoce a Samsa, la mujer con la que compartirá diez años de pareja. Sin embargo, Boulder también rechaza el modelo relacional de las relaciones monógamas, dado que pervierten la naturaleza del sexo: “El sexo, esa fuerza fanática y brutal que la vida en pareja atenúa y modera, rebrota como un gas comprimido en una roca enorme en la que se ha abierto una grieta.” (Baltasar, 2020, p.24). No se llega a formular directamente sus inquietudes con la idea de pareja tradicional, pero es capaz de desear a otras mujeres, así que no encajaría en el perfil monógamo: “(…) he descubierto una cosa. Las otras mujeres. La presencia frondosa y radiante de otras mujeres.” (Baltasar, 2020, p.23)

Su experiencia amorosa está codificada por el deseo, únicamente sexual, pues no experimentan la misma conexión mental que sí parecen tener en lo físico, pues Boulder carece de habilidades comunicativas, y cree que complaciendo sexualmente a su novia no hará falta conversar y resolver sus problemas de pareja: “Me siento tan cansada y hacer lo que me pide me agota tanto que preferiría mil veces follar.” (Baltasar, 2020, p.32), por tanto, el sexo toma un papel fundamental en su relación, necesario para que continúe, pues incluso en sus discusiones el sexo es la solución y no el diálogo: “Me besa, como si besar encubriese el silencio que separa dos mentes cuando cuerpos demasiado distantes se entregan el uno al otro.” (Baltasar, 2020, p.25). El deseo de Boulder se practica a través del sexo y es un deseo marcado por la oposición de contrarios: la activa y la pasiva, la que penetra y la que es penetrada: “Me agarra la barbilla para que la mire mientras no dejo de penetrarla y penetrarla.” (Baltasar, 2020, p.25). La penetración se presenta como un organizador simbólico de la dominación social masculina que establece un modelo de placer heterosexual, y que se erige como papel único, intransferible a su pareja, cumpliendo con un mandato sexual demasiado conservador, por su carácter inamovible y caduco, pues como explica Bourdieu:

(…) las mujeres, que están socialmente preparadas para vivir la sexualidad como una experiencia íntima y cargada de afectividad que no incluye necesariamente la penetración, sino que puede englobar (…): (hablar, tocar, acariciar, (…), los chicos son propensos a (…), un acto agresivo y sobre todo físico, de conquista, orientado hacia la penetración (…). (Bourdieu, 2000, p.18)

El deseo no se presenta como un lugar en el que los sujetos se observan, se tocan, se exploran desde una misma posición de poder, pues en su relación, solo una de ellas puede lograr adquirir la agencia sexual, relacionada con el papel masculino desde el punto de vista tradicional, mientras que la otra recibe complaciente el acto sexual: “Me levanto, me cepillo los dientes y pillo el arnés, porque es lo más rápido. Me la follo y se deja, parece que ni se mueva.” (Baltasar, 2020, p.25). Se establece una supremacía en el sexo de la mujer más enmasculada, sobre la pasividad sexual de la mujer que, en una relación lésbica, practique una identidad de género más feminizada.

Como apunta Deborah García: “El cuerpo de las mujeres es tratado como algo puramente físico, casi utilitario, y el deseo sexual es narrado desde una desconexión que recuerda a los enfoques masculinos de la sexualidad femenina.” (2024, s.p.), y para poder comprender el papel de Boulder, no hay que desligar el sexo de su condición cultural y aprehendida por parte de los individuos que forman parte de la sociedad, pues: “El sexo es producto de la dialéctica entre biología y cultura.” (Coll-Planas, 2009, p.83), y la cultura heterosexual, que forma una institución política (Rich, 1996), ha configurado el sexo como un mecanismo de poder, en la que el hombre controla y dirige la experiencia sexual hacia su propio deseo. Además, la relación de unx mismx con el sexo no nace desde una posición de desconocimiento, sino que: “El sexo se convierte en inteligible a través de los signos que indican cómo debería ser leído o comprendido. Estos indicadores corporales son los medios culturales a través de los cuales se lee el cuerpo sexuado.” (Butler, 2006, p.129). La ausencia de representación de relaciones entre mujeres en los medios de comunicación y productos literarios es sintomática de la cancelación de la existencia lesbiana (Rich, 1996) que conduce a un espacio difuso en el que Boulder se inscribe, pues su identificación con las mujeres es pésima, tan solo se identifica realmente con su único amigo cisherterosexual alcohólico que disfruta de observar y desear mujeres desde su mesa aislada del bar. No es que ella no pueda ser capaz de investigar, leer, reconstruir su identidad, sino que carece de intenciones de cambio, y se integra en el modelo social ya establecido sin problemas aparentes.

El acto sexual forma parte de su identidad hasta tal punto que defiende que: “La ausencia de sexo humaniza lo mismo que una enfermedad” (Baltasar, 2020, p.53), un deseo que se recrea en sí mismo, sin embargo, lo que ella defiende como humanidad la convierte en un ser movido únicamente por el deseo, liderada por una esperanza constante de encuentro sexual con la otra, un instinto quizás más cercano a un animal en constante celo, que a un ser humano autoconsciente y responsable de sus deseos: “Sé que tengo en la mirada al animal que quiere y no puede controlarse.” (Baltasar, 2022, p.24). Boulder representa la apatía, la insatisfacción en el ámbito sexoafectivo, que puede asociarse a la desvinculación de las expectativas románticas en las relaciones y la precariedad en los vínculos humanos, pues así define Boulder el sexo:

Y me doy cuenta de que el sexo es la mentira más fácil, porque eso que llamamos alma y que parece que habite el cuarto compartido del amor no es real, no es nada, no son solo dos ojos que miran como si amaran. (Baltasar, 2020, p.32)

Con la maternidad de Samsa, el sexo se convierte en un deseo irrealizable, por lo que tendrá que encontrar a otra mujer con la que poder consumarlo, pues en una relación en proceso de ruptura, el sexo solo surge de la necesidad de desfogarse por la atracción hacia otras mujeres: “Acabamos follando por demasiados motivos. (…) porque me siento sola. (…) Porque se culpabiliza y porque me he pasado la noche mirando a otra mujer y estoy caliente.” (Baltasar, 2020, p.51). La relación con Anna, la amante, sigue los mismos parámetros que con las mujeres anteriores a Samsa, con la diferencia de que se alarga mucho más en el tiempo, pero en la que el plano sexual sigue siendo el único relevante, no existe la profundidad en lo sentimental, o incluso el interés por algún aspecto que no verse sobre lo físico, pues nunca la escucha: “No me interesa nada. En lugar de escucharla, la miro.” (Baltasar, 2020, p.62). El amor que profesa hacia las mujeres, por tanto, es distante, puesto que en sus relaciones no hay compromiso ni compatibilidad, son relaciones despersonalizadas: “Tres meses son suficientes para agotar el interés por un cuerpo. Dejo a Anna tal como la tomé, sin pensar si de verdad hay alguien dentro. No me despido, no argumento.” (Baltasar, 2020, p.64)

El discurso narrativo está condicionado por la presencia abrumadora de la práctica erótico-sexual y la ausencia de una postura política y ética de la protagonista, que impide la aparición de un testimonio de la construcción de su identidad como lesbiana. La novela se postula como un artefacto cultural que rompe con el silenciamiento y la invisibilidad de las relaciones lesbianas, pero no ofrece un contenido interesante desde una perspectiva crítica feminista, pues no indaga en las posibles contradicciones que pueden coexistir en una persona que hace uso de su libertad sexual, pero no dialoga consigo misma. El personaje forma parte de un sistema en un continuum, variando sus engranajes mediante una relación de dos mujeres, pero que, en esencia, no ha cambiado.

2.     Feminidad y masculinidad en la identificación lesbiana de los personajes

El análisis de la feminidad y masculinidad como parte de la configuración de la identidad lesbiana se produce a través de la construcción discursiva del personaje de Boulder frente al personaje de Samsa, dado que constituyen la dicotomía butch y femme respectivamente como representación sociocultural[2]. La lesbiana butch consiste en una mujer en la que su apariencia y su comportamiento se corresponde con un rol masculino, mientras que la lesbiana femme se asocia a una mujer con un aspecto y comportamiento feminizado, por lo que se puede ver que ambas percepciones nacen de una categoría binaria del género surgidas de la heterosexualidad. Pese a los posibles argumentos que defienden que las relaciones butch/femme: “(…) no constituyen una “copia” de la heterosexualidad, (…). Se trata de una subcultura lésbica y de clase obrera, en que la comunidades de mujeres rompían con los modelos normativos (…)” (Bachiller y Platero, 2017, p.62), en Boulder este arquetipo no rompe con dichos modelos, sino que los perpetúa de forma natural, pese al interés que podría haber suscitado explicar la posible subversión del modelo butch/femme en las protagonistas, puesto que: “(…) las prácticas, posiciones y deseos butch/femme, (…) constituyen marcos y espacios habitables para deseos y cuerpos que transitan y desbordan los límites de los géneros y las sexualidades normativos, abriendo escenarios de deseo e identificación; de movilización política y transgresión.” (Bachiller y Platero, 2017, p.63)

Boulder tiene como protagonista a una mujer lesbiana contemporánea que se identifica con el trabajo sufrido en un espacio asfixiante, con el sexo y la bebida. ¿Qué es para Boulder una mujer?, en palabras de la protagonista: “Me doy cuenta de que una mujer cualquiera, señalada, se convierte en una mujer, se me aparece.” (Baltasar, 2020, p.24). Su mirada, que representa su percepción y valoración del mundo, establece una unión entre ser una mujer y ser una mujer, terminologías ecuánimes, pero que, gracias al recurso tipográfico de la cursiva, se puede añadir un valor al término: la mujer como objeto de deseo se convierte en un ser real, en una mujer “de verdad”. Boulder no se identifica como mujer y de forma inconsciente, puesto que el personaje no hace alusión en ningún momento a una genealogía de mujeres que haya interferido en su identidad, hace referencia a Monique Wittig con su afirmación en 1978 de que las lesbianas no son mujeres[3] porque rechazan la feminidad creada por la construcción patriarcal: “Hablo de mujeres sin contarme entre ellas. No soy una mujer.” (Baltasar, 2020, p.56). El personaje, sin embargo, se corresponde con el modelo establecido misógino que defiende que una mujer lesbiana es una mujer con alma de “hombre”, la identidad lésbica como un inversión de la identidad binaria de sexo-género que no permite una identidad maleable, que fluya a lo largo del tiempo y en la que convivan las contradicciones como vehículo de cambio, pues el género es: “(…) fenómeno variable y contextual, el género designa, (…) un punto de unión relativo entre conjuntos de relaciones culturales e históricas específicas.” (Butler, 2007, p.61). Su identidad, por el contrario, está marcada por varios parámetros fijos que se inscriben en una identidad enmasculada: “No soy una mujer. Soy el cocinero de un viejo mercante que afila los cuchillos despacio.” (Baltasar, 2020, p.56), que rechaza todo lo que se pueda asociar con lo femenino, como la debilidad y el cuidado.

El personaje de Boulder se presenta como una mujer que reproduce un modelo de masculinidad saturado, pues como Foucault (1976) explica: “(…) el sujeto, a través de las identidades que porta y, al mismo tiempo, lo sujetan a las normas, se constituye en el interior de estructuras políticamente saturadas.” (Martínez, 2015, s.p.). No hay una transformación social de las normas del género que han servido para oprimir a las lesbianas, se cumple con el ideal masculino misógino y la única identificación surge de su amistad con un hombre dado a la bebida y con un interés decadente en observar mujeres en el bar, pues el espacio es determinante para ella, solo en la cocina y en el bar se encuentra a sí misma: “Si soy alguien, soy ésta.” (Baltasar, 2020, p.42). La cocina es un lugar en el que puede autorrealizarse y purgar al mismo tiempo, todas las emociones negativas que tiene fuera de su caravana-cocina, por lo que, como un embrión protegido por el vientre de su madre, Boulder encuentra en la caravana un espacio claustrofóbico en el que servir a un bien mayor y conseguir el aislamiento que necesita para sobrevivir. El bar, por otro lado, es un entorno en el que se expande su tendencia hedonista aún más, el placer de beber y observar, una existencia con un fin legitimado por su compañero y gran amigo: “Ragnar y yo somos como perros, siempre estamos contentos de vernos. Nos damos un fuerte abrazo y me ofrece una botella.” (Baltasar, 2020, p.42)

En la novela se refleja la soledad a la que le empuja el sistema capitalista, la ausencia de comunidad y la imposición misógina de negar la posibilidad de crear una genealogía de mujeres con las que compartir una identidad. Boulder rechaza cualquier modelo social, puesto que es un sujeto enajenado y distanciado de la sociedad: “No creo en esta isla, ni en la felicidad, ni en la pareja, ni en los hijos, ni en dios.” (Baltasar, 2020, p.57). Es interesante como Chorodow (1976) explicó que las mujeres ya tienen sus primeras relaciones lésbicas, entendidas como el amor entre mujeres, en la relación con su madre y que puede expandirse a otros vínculos afectivos, como la amistad, y a las que parece no haber tenido acceso la protagonista, pues no aparecen nombradas en la narración. La pareja es una institución absorbente de carácter negativo para Boulder: “(…) la naturaleza trágica de nuestro vínculo, de eso que aprieta y se llama pareja.” (Baltasar, 2020, p.26) que se opone a la libertad que ella sentía navegando, en un falso estado de neutralidad: “Me encanta este lugar, los ojos angostos y negros que ni me quieren ni me rechazan, esta fabulosa libertad.” (Baltasar, 2020, p.7). El aislamiento forma parte de Boulder, que se recrea en espacios solitarios, incluso en su trabajo carece de habilidades sociales: “(…) el problema no era la comida, sino yo. En una cocina se trabaja en equipo, tenía que buscar una cocina muy pequeña si quería trabajar sola y seguir viviendo de esto.” (Baltasar, 2020, p.6). Una existencia supeditada a la autopreservación mediante el trabajo individual, junto con el rechazo a una comunidad, hacen de Boulder un producto social promovido por el individualismo económico y social que proyecta el capitalismo. Boulder rechaza su unión con Samsa y añora un pasado sin ella:

Pero necesito mantener limpio de ella lo que es mío en exclusiva, la food truck claustrofóbica y especiada donde cocino recetas que me hicieron feliz cuando lo único que tenía era una rienda interminable incapaz de conducir el corazón y no había nada, pero nada, que dependiese de mí. (Baltasar, 2020, p.24)

3.     La subjetividad lesbiana y la maternidad

Boulder se presenta como una mujer incapaz de verbalizar sus inquietudes, como tampoco es capaz de enfrentarse directamente a los problemas que asolan su relación, por eso escoge el sexo como interacción íntima, que deslegitima a la palabra de todo su valor resolutivo. El silencio se transformará en un quejido constante que nace del convencimiento de que el deseo de ser madre no forma parte de ella: “Callo la realidad y digo que está bien, adelante. No digo que lo yo quiero es no ser una madre.” (Baltasar, 2020, p.25). El posible infante que forme parte de la pareja es: “(…) un proyecto monstruoso que arranca de repente, sin avisar.” (Baltasar, 2020, p.26), que, además: “(…) lo coloniza todo.” (Baltasar, 2020, p.27), pues representa una forma de vida supeditada al cuidado del otro, exterminando la individualidad que ella tanto aprecia. Su hija Tinna las separa, puesto que no consiguen funcionar como un equipo: “La maternidad de Samsa es exclusiva, no me afecta, me ha convertido en una exiliada.” (Baltasar, 2020, p.45), pero la verdad es que Boulder tampoco ha intentado formar parte. Se siente ajena, externa al proceso: “Yo ya no tengo cabida ahí. Soy la acompañante no deseada, aquello que hay que soportar.” (Baltasar, 2020, p.30), y esta emoción se retroalimenta de los pensamientos de ella victimistas, y de su pésima percepción de la realidad: es ajena al proceso porque quiere serlo, y al final Samsa aparta a Boulder cada vez más de su hija como resultado. Se produce, al final, una jerarquía en la que el poder pertenece a la que cuide de Tinna: “Querrá a la niña, la prueba viviente de su reinado.” (Baltasar, 2020, p.49), un universo en el que Boulder nunca podrá tener acceso.

Rechaza lo infantil porque lo ha asociado a lo que ella considera débil y por esta razón se avergüenza de ello: “No sé por qué, las cosas de Tinna me avergüenzan. Toda clase de reclinatorios y asientos con barandillas, correas, cinturones y ruedecitas.” (Baltasar, 2022, p.46), y también se puede ver en su lenguaje, puesto que utiliza los diminutivos para despreciar todo lo relacionado con el bebé: “No me apetece nada, (…), (…) salir a mirar cochecitos y elegir las primeras ropitas.” (Baltasar, 2020, p.40). El argumento de la novela no es revolucionario, pues defiende el cuidado solo hacia ella misma: “Me siento utilizada, me siento excluida, me siento prescrita. No me gusto. No me gusta esta vida, es la vida de una china, de una esclava[4]. Mejor no pensar en nada” (Baltasar, 2020, p.46). La maternidad se contempla, de este modo, a través de una mirada crítica, que desprecia también los cuerpos de las embarazadas, puesto que Boulder los relaciona con la obesidad mórbida: “(…) cuerpos que un día se amaron con violencia, ahora blandos y vulnerables, flotando en esa morbidez asidos por los tentáculos.” (Baltasar, 2020, p.39).   Es un discurso misógino y cosificador, que demuestra su visión fría y productiva de los cuerpos: “Kilos y más kilos de mujeres y recién nacidos.” (Baltasar, 2020, p.49), y en el que tampoco faltan las comparaciones con animales: “Son diez o quince madres, cada una con su bebé, como si fueran lanceros.” (Baltasar, 2020, p.48), y que demuestran que dichos cuerpos pueden llevar a la confusión a Boulder, dado que todas son iguales para ella: “Durante las sesiones de tres cuartos de hora reparo en que las embarazadas se parecen como sembrados, como animales de granja. Podría cambiar a Samsa por cualquier otra.” (Baltasar, 2020, p.40).

Boulder desprecia la maternidad, porque esta experiencia vital destruye la identidad de Samsa: “(…) esperar que Samsa se reconstruya, que eche en falta piezas de sí misma y luche por recuperarlas y encajarlas con las de esa nueva mujer que ya no vive para ella, sino a través de otra, (…)” (Baltasar, 2020, p.47). El planteamiento en la novela de la maternidad como un obstáculo para la libertad de la mujer: “(…) la maternidad es el tatuaje que fija y numera la vida en tu brazo, la mancha que inhibe la libertad” (Baltasar, 2020, p.47), se repite como un mantra, y puede ser interesante, ya que las elecciones de Samsa responden a la crítica de Boulder, pues Samsa elimina el trabajo y su vida social para cuidar de la pequeña. Hay que plantearse, sin embargo, hasta qué punto la maternidad de Samsa y Boulder puede ser compartida, si una de las madres carece de instinto maternal y tampoco intenta relacionarse de una forma constructiva con él, sino que rechaza formar parte de la experiencia. Boulder termina queriendo criar a su hija: “Yo también he asumido la maternidad, por amor a ella y no por necesidad de un hijo, pero la he asumido y la reclamo.” (Baltasar, 2020, p.51), pero siempre en sus parámetros. Boulder es una madre ausente: “Veo a Tinna cuatro o cinco días al mes y con eso me basta. Es cierto, me basta. No necesito ejercer de madre, al menos no de la forma en que Samsa entiende que es ser madre.” (Baltasar, 2020, p.71).

Es interesante el enfrentamiento con Samsa en calidad de madre, porque también señala los fallos de Samsa en su crianza, pues obliga a la pequeña a un rol femenino, mientras que Boulder propone otras ideas: “A mí tampoco me gusta el vestidito blanco de punto con las medias rosadas. ¿Sabes qué haremos? Elegiremos otra cosa.” (Baltasar, 2020, p.49), que se resuelve con el enfado de Samsa, que no deja participar a Boulder en la crianza: “Samsa coge a Tinna y me pregunta por qué le he puesto unos pantalones piratas con una camiseta que no pega. Me lo escupe al oído con una rabia baja que desconozco, pero no me extraña.” (Baltasar, 2020, p.50). Problematizar la maternidad es necesario, en tanto que está en auge discutir y proponer modelos que cuestionen el cuidado tradicional, pero la novela no consigue profundizar en las contradicciones de la maternidad, y ofrece la representación de una pareja lesbiana con el modelo butchfemme, que reproduce al mismo tiempo el modelo de  paternidad compartida caduco, en el que una de ellas es una madre cariñosa y cuidadora, frente a la madre ausente e incapaz de profesar amor hacia su hija de forma constante.      

4.     Conclusión

El personaje de Boulder funciona como un arquetipo de una identidad lesbiana que se inscribe en la repetición de las normas sociales y culturales de una relación heterosexual, pues no rompe con la concepción de la mujer como una compañera sexual, ya que no se potencia la parte emocional en la intimidad, como tampoco se produce un intercambio intelectual que conduzca a un debate productivo en la materia de la maternidad o de la construcción de la identidad lesbiana. Se presenta una pareja que perpetúa el ideal heterosexual, pues defiende la unión de contrarios mediante el modelo butch-femme, que no subvierte los roles femeninos y masculinos, y que muestra a dos mujeres que no se entienden, que forman parte de subculturas diferentes, la del rol masculino y la del rol femenino.

La novela tiene el deseo sexual, como un eje muy marcado de la protagonista, que condiciona sus decisiones vitales, puesto que es una mujer desarraigada de todo y de todos, incapaz de crear lazos reales que permitan el avance o cambio de su personalidad que, como indica su nombre, es monolítica, fría y solitaria. La agencia pertenece a la mujer más masculina, mientras que Samsa está dispuesta a recibir en silencio, se muestran roles identitarios fijos, que impiden la fluctuación de la experimentación sexual. Es un deseo descontrolado que no se autogestiona, sino que se practica constantemente como forma de vida, aunque rompa el vínculo creado con otra mujer, y tampoco el sexo sea un acto revolucionario de cuidado, pues cosifica a las mujeres constantemente. La construcción de la intimidad se rige por la verticalidad del individuo que es incapacidad de inclinarse y sentir ternura, se niega a exponerse y se esconde constantemente en la cocina, dado que es un espacio solitario, claustrofóbico y que permite cierto estado de autosuficiencia, o también el bar, en el que puede poner en práctica el deseo fuera de su hogar. El posicionamiento de Boulder hacia la maternidad es una extensión de su visión negativa hacia lo ella considera como actos feminizados, que funcionan como una génesis de destrucción de su personalidad, pues ella rechaza el cuidado hacia su pareja y hacia su hija.

La crítica de esta investigación nace desde un posicionamiento alejado de la concepción de una forma correcta de existir en el mundo como sujeto lésbico, sino que se postula como un planteamiento crítico de cómo se puede pensar la subjetividad lésbica desde unos parámetros menos restringidos y enclaustrados en un modelo binario fijo y reconocible por su antigüedad, puesto que el modelo relacional heterosexual ha sido formulado en esta novela mediante la relación homosexual entre mujeres, que no cuestionan las estructuras de poder, y que, por tanto, funcionan como unos engranajes más del sistema capitalista y patriarcal en el que están inscritas.

5.     Bibliografía

Bachiller, C. R., & Platero, L. (2017). Butch/Femme. In Barbarismos» queer» y otras esdrújulas (pp. 56-64). Bellaterra.

Bauman, Z. (2003). Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Fondo de cultura económica.

Baltasar, E. (2020) Boulder. Random House.

Bourdieu, P. (2000) La dominación masculina. Editorial Anagrama

Butler, J. (2006). Deshacer el género. Barcelona. Paidós.

———– (2007), El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad. Paidós

Chodorow, N. (1978) The reproduction of Mothering: Psychoanalysis and the Sociology of Gender. Berkeley: University of California Press.

Coll-Planas, G. (2009) La voluntad y el deseo: Construcciones discursivas del género y la sexualidad: el caso de trans, gays y lesbianas. Universidat Autònoma de Barcelona.

García, D. (2024, 22 de octubre).  El lenguaje del privilegio. Revista contexto y acción. https://ctxt.es/es/20241001/Culturas/47645/eva-baltasar-constance-debre-cristina-peri-rossi-queer-privilegios.htm

Foucault, M. (1976) Historia de la sexualidad 1: La voluntad de saber. Buenos aires: Siglo XXI.

————— (1988) El sujeto y el poder. Revista mexicana de sociología, 50 (3), 3-20.

Martínez, A. (2015) La identidad sexual en clave lesbiana. Tensiones político-conceptuales: desde el feminismo radical hasta Judith Butler. Sexualidad, Salud y Sociedad (Río de Janeiro)

Wittig, M. (2006). El pensamiento heterosexual. El pensamiento heterosexual y otros ensayos, 45-57.

 

[1] Se aprecia la similitud entre la teoría en Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (2003) en la que concibe a los sujetos posmodernos como individuos desarraigados afectivamente en pos de la satisfacción personal. Se crea de este modo una nueva insensibilidad en la que los individuos están dispuestos a romper compromisos y lealtades con tal de cumplir con sus intereses. En este caso, Boulder busca un beneficio concreto: el sexo, por lo que el cuerpo de Samsa se convierte en mercancía y único motivo por el que mantener la relación, por lo que en el momento en el que desparezca, buscará a otra persona con el que practicarlo.

[2] Hay que tener en cuenta que: “La relación entre masculino y femenino no puede representarse en una economía significante en la que lo masculino es un círculo cerrado de significante y significado.” (Butler, 2007, p.61-62)

[3] Esta idea de Monique Wittig apareció: “En 1978, durante la conferencia anual de la Modern Language Association en Nueva York, cuando Monique Wittig concluyó su conferencia “El pensamiento heterosexual” con la frase “las lesbianas no son mujeres”, (…).” (Sáez y Vidarte, 2006, p.9)

[4] La valoración de Boulder de cuidar a Samsa como una analogía de los sujetos subalternos, como los esclavos, además del término racista de “trabajar como una china” funcionan como una parodia de lo que los sujetos hegemónicos consideran que es proporcionar cuidado y atención hacia otros seres, y dejar de ser ellos los únicos que reciban un trato de favor.

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Inés Tamargo López

Alumna de Estudios Hispánicos en la Universidad de Alcalá de Henares. Le interesa la literatura, especialmente la literatura no mimética y las novelas gráficas. No se olvida del teatro y rescata estas palabras de Mayorga que expuso la importancia de nuestra carrera: “El silencio nos es necesario, desde luego, para un acto fundamental de humanidad: escuchar las palabras de otros. También para decir las propias”.

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