Empoderamiento y rebeldía como forma de resistencia frente a la violencia sobre las mujeres

por Feb 24, 2021

Empoderamiento y rebeldía como forma de resistencia frente a la violencia sobre las mujeres

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Un análisis comparado de Fruta podrida de Lina Meruane y Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enríquez

1. Introducción

Lina Meruane es una escritora chilena nacida en 1970 en Santiago de Chile. Descendiente de palestinos e italianos, inició su carrera como columnista, periodista cultural y cuentista. A los 27 años, tras recibir una beca de escritura del Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes de Chile, logró terminar su primer libro de cuentos, titulado Las Infantas (1997). Esta obra tuvo una muy buena acogida en Chile y fue avalada por escritores de gran influencia como Roberto Bolaño. Continuó escribiendo y, en el año 2000, antes de marcharse a Estados Unidos para hacer un doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Nueva York, publicó sus primeras novelas, Póstuma y Cercada. Ya en Estados Unidos, escribió Fruta podrida en 2004 y Sangre en el ojo en 2010, dos de sus novelas más reconocidas internacionalmente. Asimismo, durante su estancia en Nueva York, dedicó parte de su creación a ensayos sobre la enfermedad del sida y sobre su identidad palestina. Su última obra publicada ha sido la novela Sistema nervioso, que salió a la luz en 2018.

En su obra son varios los tópicos sobre los que reflexiona, entre ellos la corporalidad femenina, la monstruosidad o la enfermedad, todos ellos desde una perspectiva de género. El vínculo entre enfermedad, monstruosidad, deformidad y literatura queda especialmente plasmado en las novelas de Fruta podrida, Sangre en el ojo y Sistema nervioso.

Por su parte, Mariana Enríquez es una escritora argentina, nacida en 1973 en Buenos Aires. Licenciada en Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Plata, es además periodista casi a tiempo completo y docente. Como periodista, es subeditora del suplemento cultural Radar del diario Página/12. A los 19 años escribió su primera novela, Bajar es lo peor (1995). Tras el éxito de este primer libro, comenzó a trabajar como periodista, y no se volvió a acercar a la ficción hasta 2004, cuando publicó su segunda novela, Cómo desaparecer completamente. En ella, plasma con crudo realismo y honestidad el día a día de clases más humildes de su país.

Inspirada por escritores como Henry James, Stevenson, H. P. Lovecraft, Shirley Jackson o Stephen King, a parir de 2005 empezó a escribir relatos inscritos dentro del género del terror. Su primer libro de cuentos es Los peligros de fumar en la cama (2009), seguido de Las cosas que perdimos en el fuego (2016) y Ese verano a oscuras (2019). Asimismo, en 2014 publicó La hermana menor, una biografía intelectual que aborda la vida de la escritora argentina Silvina Ocampo. Incluida dentro del grupo de la denominada «nueva narrativa argentina», en 2017 fue galardonada con el Premi Ciutat de Barcelona en la categoría por su libro de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego. En 2019, por su última novela Nuestra parte de noche, ganó otro premio, el Premio Herralde de la Editorial Anagrama.

En el presente trabajo, se abordará la novela Fruta podrida (2004) de Lina Meruane, así como el relato Las cosas que perdimos en el fuego (2016), de la antología de cuentos con homónimo título, de Mariana Enríquez. La selección de estas obras responde a mi afán de analizar las distintas formas en las que se manifiesta la violencia sobre y contra las mujeres en un sistema patriarcal como el nuestro, tanto en el plano físico, moral, psicológico, como en el social, político y económico.

En Fruta podrida, Meruane critica el sistema sanitario chileno de la época por su intromisión continua en los cuerpos de las mujeres y por su búsqueda exclusiva de la eficiencia y el prestigio internacional, dejando de lado la humanidad y la libertad de decisión de sus pacientes. Por su parte, en Las cosas que perdimos en el fuego, Enríquez indaga sobre la concepción tradicional del cuerpo de las mujeres como objeto de deseo del hombre, para dar paso a una construcción de una nueva identidad de lo femenino que pone en tela de juicio todo el sistema. Lo hace a través del terror de lo cotidiano con el fin de poder identificar la crueldad de una realidad que nos afecta a todas.

2. Contexto sociopolítico: Chile y Argentina

Chile y Argentina son los dos países en los que ambientan sus obras Lina Meruane y Mariana Enríquez, respectivamente. A pesar de que, tras las dictaduras militares instaladas en ambos (la de Pinochet en Chile y la de Videla en Argentina) cada uno experimentó un proceso diferente de transición a la democracia, hoy día se hallan en una situación sociopolítica análoga, en contraste con el resto de países de Latinoamérica.

Esto queda plasmado en Fruta podrida y en Las cosas que perdimos en el fuego, donde, a través de una historia ficticia, se ponen al descubierto situaciones reales y cotidianas que tienen lugar en Chile y en Argentina. En concreto, se abordan las distintas manifestaciones de la violencia sobre las mujeres y sus cuerpos, así como las formas en que las que éstas se rebelan contra aquéllas.

En Fruta podrida, Meruane refleja las secuelas que acarreó el régimen de Pinochet en el ámbito social y económico. Las políticas neoliberales que se implantaron en Chile durante esa época protegían a las multinacionales que se lucraban con la riqueza frutícola y humana del país, mientras daban la espalda a una población trabajadora especialmente dominada por mujeres. Las hermanas protagonistas Zoila y María, junto con las temporeras que trabajan los campos frutícolas, simbolizan esa población subyugada al poder económico y patriarcal que no puede más que tratar de sobrevivir acatando las reglas del juego. Mientras que Zoila se enfrenta a las órdenes de las autoridades médicas, quienes le impiden tomar sus propias decisiones acerca de su enfermedad y su cuerpo y le exigen su sometimiento a tratamientos abusivos con el único fin de “colaborar con la ciencia”, María es manipulada por los médicos y por el jefe de la empresa frutícola, quienes, como hacen con las temporeras, le persuaden a engendrar hijos constantemente para después venderlos ilegalmente en el mercado internacional y lucrarse. Estas brutales prácticas hacen surgir en las hermanas la decisión de tomarse la justicia por su mano y acabar con el sistema de explotación (tanto patriarcal como de clase), empleando precisamente sus cuerpos y la enfermedad de Zoila como forma de resistencia y como arma de ataque.

Por su parte, en Las cosas que perdimos en el fuego, Enríquez parte del estado de riesgo en el que viven las mujeres de Argentina como elemento cotidiano para ambientar su relato. De manera cruda y utilizando la hipérbole como recurso, plasma una realidad donde la agresión y la intolerancia hacia las mujeres están totalmente normalizadas. Así, aborda la cuestión de los feminicidios, y en concreto las quemas que se llevan a cabo contra las mujeres por parte de sus parejas masculinas, como forma brutal de violencia de género. Frente a este abuso y maltrato hacia la población femenina, junto con la ola de feminicidios, un grupo de mujeres reaccionan y deciden poner fin a esta situación, haciéndose cargo de su destino para enfrentarse a este tipo de agresiones personales de un modo insólito y estremecedor: comienzan a quemarse a sí mismas como símbolo de rebelión y resistencia en hogueras rituales que organiza el colectivo de las “Mujeres Ardientes”. Además, aparecen zonas urbanas de la ciudad de Buenos Aires, así como lugares rurales alejados de la gran metrópoli, donde tienen lugar los rituales femeninos de las hogueras. De esta manera, Enríquez lleva al lector al contexto sociopolítico de su país, mostrando su cara más cruel y desgarradora. Las acciones de los personajes masculinos del cuento, en concreto aquellos que han quemado a sus parejas, sirven como ejemplo de la situación de abuso y desigualdad en toda Argentina. La violencia expuesta en la obra no se plantea como un dilema generalizado que afecta de igual manera a toda la sociedad: se refiere específicamente a la ejercida por hombres al agredir a sus parejas mujeres.

Es evidente que la violencia de género es un problema global que se encuentra a la orden del día: solamente hace falta ojear las portadas de los periódicos o las redes sociales para percatarse de la incidencia de esta cuestión. Y, concretamente en Chile y Argentina, las estadísticas sobre este tema son alarmantes, algo a lo que hacen referencia constante Meruane y Enríquez en sus obras.

3. Manifestaciones de la violencia sobre las mujeres y sus cuerpos

En este apartado se analizarán las distintas manifestaciones de la violencia sobre la mujer y sobre su cuerpo en las dos obras objeto de estudio. Es necesario dejar claro que, aunque este tipo de violencia sea especialmente visible en su plano físico, no se exhibe únicamente de esa forma, sino también en sus vertientes moral, psicológica o cultural. En éstas tres últimas, aunque en principio no se atenta contra la integridad física de la mujer, los resultados pueden ser igual de devastadores que los de la violencia física.

3.1. La concepción de la belleza: ¿qué es lo bello?

La noción tradicional y socialmente aceptada de lo que significa la belleza reside en la perfección de los cuerpos, en la simetría, en lo visualmente atractivo y estético. Además, el ideal de belleza femenina está muy enraizada al sistema patriarcal, lo que genera una violencia latente sobre las mujeres al sentirse inseguras o insuficientes cuando no logran encajar en ese canon. En Fruta podrida y en Las cosas que perdimos en el fuego, sin embargo, se entrevé la esperanza de un nuevo orden en el que esta noción tan reducida de la belleza desaparece y se da paso a una noción más amplia de la misma que permita incluir a todas las mujeres, independientemente de sus cuerpos y sus imperfecciones. De hecho, en ellas se exalta lo contrario: la enfermedad, la podredumbre, lo feo, lo deforme, lo espantoso, lo repulsivo.

En el caso de Fruta podrida, Meruane realza los cuerpos enfermos y lo podrido a través de una metáfora entre las frutas que produce la empresa de la hermana mayor, María, y el cuerpo enfermo de la hermana menor, Zoila. El cuerpo de Zoila experimenta una simbiosis con las frutas: éstas, debido a las plagas que acechan los campos, están constantemente pudriéndose, al igual que el cuerpo de Zoila, que experimenta un gradual aumento de azúcar en su sangre y se va descomponiendo poco a poco. Su cuerpo se convierte en “una fruta ya madura” de la que crece pelo en lugares inesperados y de la que surgen líquidos extraños. En varias ocasiones en las que Zoila se desmaya debido a sus brutales bajadas de azúcar, María la compara con un insecto, con la mosca de la fruta que asedia sus campos, con una plaga que se escapa de sus rutinarios protocolos químicos de un sistema totalmente higienizado: “Zoila era un bicho recién fumigado. Era una mosca enredada en la alfombra de la araña, el puro armazón de un insecto recién vaciado” (Meruane, 2007, p. 15).

Por su parte, en Las cosas que perdimos en el fuego, Enríquez exalta la monstruosidad, lo feo y los cuerpos de las mujeres quemadas, en contraposición con lo que socialmente se entiende como bello. La descripción de la primera mujer quemada por su marido que aparece en el relato, la chica del subte, muestra visiblemente estos atributos:

Tenía la cara y los brazos completamente desfigurados por una quemadura extensa, completa y profunda (…), con su boca sin labios y una nariz pésimamente reconstruida; le quedaba un solo ojo, el otro era un hueco de piel, y la cara toda, la cabeza, el cuello, una máscara marrón recorrida por telarañas. En la nuca conservaba un mechón de pelo largo, lo que acrecentaba el efecto máscara. (Enríquez, 2016, p. 185).

Sin embargo, y a pesar de que su apariencia cause asco y miedo en la gente que viaja en el tren en el que ella pide limosna, Enríquez no quiere que se la vea como un monstruo, como alguien carente de identidad; al contrario, la retrata como una heroína que encabeza el movimiento feminista que más tarde se va a desencadenar. La propia chica del subte se enorgullece de su cuerpo, no se esconde. De hecho, lo realza vistiéndose con “jeans ajustados, blusas, transparentes, incluso sandalias con tacos cuando hacía calor” (Enríquez, 2016, p. 186). Asimismo, al contar su historia junto con otras mujeres que la acompañan, dice algo impresionante y brutal e introduce, de una manera un tanto irónica, una nueva noción de belleza: “Si siguen así, los hombres se van a tener que acostumbrar. La mayoría de las mujeres van a ser como yo, si no se mueren. Estaría bueno, ¿no? Una belleza nueva” (Enríquez, 2016, p. 190).

La idea de “belleza nueva”, protagonizada por las mujeres quemadas en Las cosas que perdimos en el fuego, junto con la podredumbre del cuerpo-fruta de Zoila que sirve como forma de resistencia en Fruta podrida, resultan claves en ese intento de cambiar la concepción de lo bello.

3.2. Mercantilización y cosificación del cuerpo de la mujer

Otra manifestación de la violencia sobre las mujeres es la mercantilización y cosificación de sus cuerpos.

En Fruta podrida, prácticamente todos los personajes femeninos (Zoila, María y las temporeras que trabajan en la empresa frutícola) sufren una mercantilización de sus cuerpos, siendo los grandes hospitales y empresas, quienes, aprovechándose de sus precarias condiciones económicas y de su vulnerabilidad, tejen una red de compraventa ilegal con sus vientres (en el caso de las temporeras y de María) y con sus órganos (en el caso de Zoila). El modo en el que se comercializa con los cuerpos femeninos se lleva al límite: las empresas internacionales médicas, junto con las corporaciones exportadoras de la fruta, obligan a las temporeras a que engendren constantemente hijos con el fin de utilizar sus órganos para la experimentación y después venderlos en el mercado internacional. Si no se someten a la venta de sus vientres, amenazan con despedirlas, algo que no se pueden permitir por su frágil situación. Asimismo, mientras María, embarazada de diecinueve semanas, se plantea la forma de conseguir el dinero necesario para pagar el prometido trasplante de páncreas que quizás algún día logre mejorar a su hermana Zoila, el Médico [sic] le sugiere la posibilidad de ir pagando por cuotas y también le dice que “podría compensar los gastos que vendrían mediante donaciones anuales a la ciencia…” (Meruane, 2007, p. 30), al tiempo que fija su fija su mirada metálica en el vientre de la embarazada. Es evidente que lo que pretende el Médico aquí es transformar el cuerpo de María en una eficiente planta de producción que “fabrique” bebés y los entregue a “la ciencia” como si de donaciones se tratara.

En Las cosas que perdimos en el fuego, por su parte, se hace más énfasis en la cosificación de la mujer, en la idea de que la mujer es un objeto de posesión del hombre. A lo largo del cuento, se observa la existencia de un entramado de relaciones de poder donde el sexo masculino está en clara ventaja respecto al femenino. En primer lugar, se cuenta por qué la chica del subte fue agredida por su marido, Juan Martín Pozzi: ella le era infiel y él se negaba a que “fuera de nadie más” (Enríquez, 2016, p. 186). Es decir, si no le pertenecía a él, entonces era mejor arruinarla y quemarla. Aquí se percibe notoriamente esa concepción de la mujer como objeto susceptible de poseerse, que puede o merece ser castigada si no se adecúa a tal concepción. Más adelante, la historia presenta el caso de la segunda mujer quemada, Lucila, una modelo muy guapa que era relativamente famosa hasta que anunció su noviazgo con Mario Ponte, un futbolista de renombre. A partir de entonces, su fama se disparó, logrando conseguir mejores contratos publicitarios para y cerrar todos los desfiles. Así, se ve cómo Lucila únicamente adquiere mayor visibilidad y un estatus social más favorable debido a su relación con Mario, lo que supone que, para alcanzar el éxito siendo mujer, resulta necesario contar con un intermediario masculino. Esto, de nuevo, cosifica a la mujer, pues se la utiliza como mero complemento al hombre, carente de autonomía, que solo adquiere significado cuando se une a él.

3.3. Complicidad del Estado y de la sociedad ante esta violencia

Frente a esta violencia sistemática contra las mujeres, el Estado y la sociedad, en vez de luchar contra ella, se vuelven cómplices de la misma.

Mientras que en Fruta podrida el Estado evita paralizar ese entramado de compraventa ilegal de órganos del que participan los grandes hospitales y las corporaciones internacionales, en Las cosas que perdimos en el fuego el Estado mismo ejerce un control exacerbado sobre las mujeres cuando la noticia de las hogueras de mujeres se hace eco.

En la obra de Meruane, el Estado, a pesar de conocer los negocios totalmente inmorales que se están llevando a cabo las empresas contra miles de mujeres chilenas, decide otorgarles una inmunidad-impunidad total, lo que permite que continúen perpetuando esa violencia contra ellas sin que nadie les recrimine nada. Por otro lado, en el relato de Enríquez, ese control y vigilancia del Estado queda plasmado en las acciones que llevan a cabo tanto los jueces como la policía hacia determinadas mujeres:

Los jueces expedían órdenes de allanamiento con mucha facilidad, y, a pesar de las protestas, las mujeres sin familia o que sencillamente andaban solas por la calle caían bajo sospecha: la policía les hacía abrir el bolso, la mochila, el baúl del auto cuando ellos lo deseaban, en cualquier momento, en cualquier lugar. (Enríquez, 2016, p. 194)

Asimismo, en el momento en el que Silvina se ofrece a filmar una de las quemas, evita comprar una cámara nueva porque teme que el Estado la rastree. Se observa, por tanto, el miedo que existe por ese seguimiento y vigilancia excesivas que ejerce el Estado sobre las mujeres, que además es sobre todo hacia un estereotipo concreto de mujeres: solas y sin familia. Justificándose en esa idea preconcebida, se las juzga y acosa, y la policía invade su privacidad de modo totalmente arbitrario.

Por último, me parece relevante hablar del papel de la sociedad frente a estas situaciones de violencia. En Las cosas que perdimos en el fuego, cuando el marido de la chica del subte, Juan Martín Pozzi, la quema echándole alcohol en la cara y prendiéndole fuego, dice, al llegar al hospital, que se ha quemado ella sola de forma accidental fumando un cigarrillo. Y todo el mundo le cree, incluso el padre de la propia víctima. Este cambio de versión de lo acontecido hace que se justifique la agresión contra la chica, es decir, hasta que no se pruebe lo contrario, la versión verdadera es la del hombre, en vez de creer directamente a la víctima: existe una complicidad con el agresor. Asimismo, con el caso de Lucila, la otra mujer quemada a manos de su pareja, nadie cree su versión a la primera, ya que reconocer abusos de este tipo supondría mostrarse débil ante el género femenino, el “género inferior”.

4. Resistencia de las mujeres frente a las distintas manifestaciones de la violencia 

A continuación, se reflexionará sobre las distintas formas en las que las mujeres presentes en las obras analizadas muestran resistencia ante la violencia que el sistema patriarcal ejerce contra ellas. Asimismo, se abordarán los símbolos de su empoderamiento y rebeldía frente a esta opresión.

4.1. Dos elementos como símbolo de regeneración: el fuego y la fruta

Tanto en Fruta podrida como en Las cosas que perdimos en el fuego se emplean dos elementos naturales como metáfora de purificación y regeneración del cuerpo de la mujer: la fruta y el fuego. Resulta relevante mencionar cómo estos dos elementos aparecen en el propio título de cada obra, pues con ello se les está otorgando de antemano una importancia clave.

En Fruta podrida, la fruta funciona como eje central en torno al cual gira la historia de las hermanas. De hecho, como se ha mencionado al comienzo del trabajo, se produce una fusión entre el cuerpo de Zoila y la fruta en proceso de pudrición de la empresa en la que trabaja María. En este sentido, las hermanas acaban poniendo en marcha un plan de venganza contra el sistema que las oprime, en el que María envenena toda la fruta de su empresa que sabe se va a exportar internacionalmente, desmantelando así la cadena de producción y desestabilizando la economía nacional y mundial. La fruta facturada hacia el norte del país se mezcla con Zoila, quien emprende el mismo camino para culminar con el plan, y quien se dice a sí misma: “tú serás la fruta que pase inadvertida” (Meruane, 2007, p. 139). Con ello se puede observar cómo la fruta y la podredumbre de la misma, representan esa subversión y rebeldía de las protagonistas ante la violencia ejercida sobre sus cuerpos.

En Las cosas que perdimos en el fuego, el fuego se erige como elemento esencial que las “Mujeres Ardientes” emplean en sus hogueras rituales. Ante los abusos producidos contra miles de mujeres, este colectivo comienza a organizar una serie de hogueras para la quema de sus cuerpos, simulando ceremonias de brujería, buscando protestar contra los feminicidios e instaurar una belleza nueva forjada por el fuego. Es decir, el fuego se revela como fundamento purificador y transformador que, al igual que ocurre con los cultivos, sirve para regenerar y comenzar de cero. De esta manera, las cicatrices de las mujeres quemadas se presentan como la nueva seña de identidad de mujeres liberadas y como recuerdo del pasado violento sufrido por todas las mujeres víctimas de feminicidios. Esto queda retratado cuando María Helena, una de las integrantes del colectivo de las Mujeres Ardientes, le dice a Silvina: “Las quemas las hacen los hombres, chiquita. Siempre nos quemaron. Ahora nos quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices”. (Enríquez, 2016, p. 192). Asimismo, resulta interesante el tratamiento que hace Enríquez de estas hogueras, pues, a pesar de que puedan parecer espeluznantes, también causan cierta esperanza como auténticos rituales de depuración y liberación, algo que queda plasmado en la siguiente cita: “La mujer entró en el fuego como en una pileta de natación, se zambulló, dispuesta a sumergirse: no había duda de que lo hacía por su propia voluntad” (Enríquez, 2016, p. 193).

Junto con el fuego, las mujeres se empoderan a través de sus propios cuerpos para crear un nuevo discurso en el que se derroque la estructura patriarcal, al igual que en Fruta podrida Zoila utiliza su cuerpo-fruta como arma para la resistencia.

4.2. Insumisión a través de lo putrefacto, lo enfermo y lo deforme

A lo largo de la novela de Meruane, Zoila, la hermana diabética, siente que las autoridades médicas se apropian de su cuerpo y de su enfermedad, impidiéndole tomar decisión alguna sobre su diabetes y sobre su persona. Por ello, se rebela infatigablemente contra los dictados médicos, que le proponen incesantemente un trasplante de páncreas, y contra los cuidados de su hermana María. Ella no quiere someterse a ningún tratamiento ni a ningún trasplante de órganos, reivindicando constantemente el derecho a morir libremente. Así, se percibe cómo, a través de lo enfermo, de lo que está a punto de morir, de lo que se está pudriendo, Zoila se rebela y se mantiene firme en sus convicciones cuando dice “tengo una energía infinita para la resistencia” (Meruane, 2007, p. 79).

En la misma línea, el relato de Enríquez muestra cómo las mujeres quemadas, en vez de esconderse de sus cicatrices causadas por el fuego, las reivindican y empiezan a salir a la calle y realizar actividades cotidianas como cualquier otra persona:

[…] las primeras mujeres sobrevivientes habían empezado a mostrarse. A tomar colectivos. A comprar en el supermercado. A tomar taxis y subterráneos, a abrir cuentas de banco y disfrutar de un café en las veredas de los bares, con las horribles caras iluminadas por el sol de la tarde, con los dedos, a veces sin algunas falanges, sosteniendo la taza. (Meruane, 2016, p. 196)

Se aprecia, por tanto, cómo sus deformidades, sus “horribles caras”, se emplean como manera de subversión y como insumisión ante las normas que dicta la sociedad.

4.3. La sororidad como arma clave

En este último apartado, se profundizará en la sororidad de las mujeres como factor esencial para luchar contra la violencia de género y el sistema patriarcal, cuestión que ambas obras tocan desde diversos puntos.

En Fruta podrida, a pesar de que al comienzo María se deja manipular por su jefe de la empresa frutícola y por los médicos de su hermana, acaba dándose cuenta se que ella es, al igual que Zoila, un cuerpo con el que negocian y de que tiene que unir esfuerzos con ella para poder luchar contra ese poder que las oprime a ambas. En el momento en el que intercambian sus pasaportes para que Zoila pueda viajar al norte a consumar el plan que han urdido las dos para desmantelar el sistema, es cuando tiene lugar esa fusión y sororidad entre las hermanas. Esto lo hace María al percatarse de la dificultad de conseguir un cambio si se hace en solitario. Asimismo, las temporeras que trabajan los campos de la fruta acaban levantándose y haciendo huelga tras comprender que a todas les está ocurriendo lo mismo: están abusando de su precariedad para aprovecharse de sus cuerpos y utilizando a sus bebés como objetos de experimentación en el mercado ilegal. Sin doblegarse ante la amenaza de su jefe, que las intimida con “descontarles cada minuto de cimarra en el baño” (Meruane, 2007, p. 102), acaban entrelazando sus demandas y rebelándose contra su explotación gritando y cantando el himno nacional:

[…] y empezaron todas juntas a cantar el himno nacional, y otras a chillar a viva voz, es tu cielo azulado, a todo el volumen que les permitían los pulmones, y las brizas te cruzan, seguido de una retahíla de reclamos: que les pagaran al menos el sueldo mínimo, que les pusieran sillas porque tenían destrozadas las rodillas, que instalaran hélices en los techos para que de veras circulara la brisa de la patria. (Meruane, 2007, p. 103)

Esa unificación de las temporeras acaba generando, debido a su fuerza, una situación verdaderamente delicada, como afirma el propio jefe de las mismas, quien recurre a María para que vaya urgentemente a calmar a las mujeres, porque él no consigue amainarla ni gestionarla.

En Las cosas que perdimos en el fuego, se produce un vínculo muy similar entre todas las mujeres que forman parte del colectivo de las Mujeres Ardientes, y también de mujeres externas a él pero que se solidarizan con las mujeres quemadas. Tras el intento de asesinato de Lorena Pérez y su hija por parte del padre de ésta, un grupo de mujeres se moviliza para protestar contra esta brutal agresión en las puertas del hospital en el que se encuentran las víctimas. Entre ellas está Silvina, su madre y la chica del subte. Además, se dice de esta última que, a diferencia de cuando pedía limosna en el tren, “ya no estaba sola. La acompañaba un grupo de mujeres de distintas edades” (Enríquez, 2016, p. 190). Es llamativo, y a la vez comprensible, que las mujeres que se unen para protestar y para apoyar a las mujeres quemadas, sean de todas las edades, habiendo varias de más de sesenta años “dispuestas a pasar la noche en la calle, acampar en la vereda y pintar sus carteles que pedían BASTA BASTA DE QUEMARNOS” (Enríquez, 2016, p. 190). De esta forma, con estas movilizaciones, nace la semilla que desembocará en la revolución feminista. Ante la pasividad que muestra la sociedad y el Estado ante estas situaciones extremas de violencia contra la mujer, este colectivo femenino une sus fuerzas para ofrecer resistencia y romper con estos crímenes amparados por una sociedad tan patriarcal.

Con este análisis, y viendo cómo María se une a su hermana Zoila, cómo las temporeras hacen de sus demandas un único grito y cómo las Mujeres Ardientes se movilizan de la mano, se contempla la importancia y el enorme alcance que implica hermanarse en cuestiones sociales de género para poder cambiar el paradigma de una vez por todas.

 5. Conclusión

Las autoras Lina Meruane y Mariana Enríquez reflejan en sus obras Fruta Podrida y Las cosas que perdimos en el fuego, respectivamente, una realidad cotidiana palpable tanto en Chile como en Argentina: la violencia machista. A pesar de que se trata de obras ficticias, ambas pretenden revelar esa situación sociopolítica tan grave que afecta a las mujeres a diario, ya sea mediante hipérboles, metáforas o paralelismos.

De este modo, en las dos obras se van sucediendo distintas manifestaciones de la violencia sobre las mujeres y sobre sus cuerpos, que no solo se proyectan en su vertiente física, sino también en la psicológica, moral y cultural. Entre ellas, se encuentran: la concepción socialmente aceptada de la belleza, que en muchas ocasiones frustra y merma a las mujeres psicológicamente cuando éstas no consiguen encajar en el canon ideal; la mercantilización y cosificación del cuerpo de la mujer, que las convierte en meros objetos de deseo y de posesión del hombre, así como en mercancías con las que se puede negociar; y la complicidad de la sociedad y del Estado ante esa violencia, que no hace más que perpetuar la problemática y otorgar impunidad a los autores de las agresiones contra las mujeres.

Sin embargo, esta violencia no queda simplemente plasmada y descrita en las obras, sino que tanto Meruane como Enríquez muestran mecanismos de resistencia que las mujeres ponen en marcha para luchar contra ese abuso y opresión del sistema patriarcal. Lo hacen a través de metáforas de regeneración (como los elementos naturales del fuego y la fruta), que permiten a las protagonistas de las obras labrar una nueva belleza y liberarse de las cadenas que las subyugan al poder masculino, así como mediante la reivindicación de lo putrefacto, lo enfermo y lo deforme.

Por último, se hace énfasis en la crucial trascendencia de la sororidad en estas cuestiones, en la importancia de hermanarse y de aunar esfuerzos para poder derribar las estructuras de violencia sistemática que se ejercen sobre las mujeres.

 

6. Bibliografía

Enríquez, M. (2016). Las cosas que perdimos en el fuego. Nueva York: Vintage Español.

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Ferrús, B. (2016). «Fruta podrida»: La escritura descompuesta de Lina Meruane. Rassegna Iberistica, 39 (106), 325-336. Disponible en: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5824019

Meruane, L. (2007). Fruta podrida. Buenos Aires: Eterna Cadencia.

Rodríguez de la Vega, V. (2018). Desafiando al patriarcado a través del fuego: el empoderamiento de las mujeres en Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enríquez. Journal of Peripheral Cultural Production of the Luso-Hispanic World, 8(1), 145-161. Disponible en: https://escholarship.org/uc/item/2mx6c3s1

Sánchez, L. A. (2019). Resistencia y libertad: Una lectura de “Las cosas que perdimos en el fuego» de Mariana Enríquez desde las perspectivas de Foucault y de Beauvoir. Acta literaria, (59), 107-119. Disponible en: https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?pid=S0717-68482019000200107&script=sci_arttext&tlng=en

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