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Voluntad y razón. Presencia de Schopenhauer en “El árbol de la ciencia” y “Niebla”

Voluntad y razón son dos términos que se oponen en el pensamiento de Schopenhauer. Por un lado, habla de la “voluntad” como el deseo de vivir, de resistir a la muerte. Para Schopenhauer este instinto de perpetuación y de conservación del individuo es una fuerza irracional que se encuentra intrínseca en cada ser que habita en el universo y que no puede ser explicada mediante ningún método. Además, piensa que la naturaleza de esta vida es cruel y dolorosa, y por ello la voluntad tiene una connotación de insatisfacción, puesto que la existencia es un continuo desengaño. A esto se contrapone la razón, que está relacionada con el ámbito del conocimiento y de la ciencia, a la cual se llega mediante la inteligencia y que pretende falsear el predominio de la voluntad, creando una falsa apariencia de orden en el universo mediante relaciones causales que, sin embargo, no abocan a una causa última que justifique el mundo.

A lo largo del capítulo IV de El árbol de la ciencia (1911) de Pío Baroja, el pensamiento de Schopenhauer está muy presente durante la conversación que mantienen Andrés Hurtado y su tío Iturrioz. De hecho, el título del capítulo es “Inquisiciones”, lo cual ya nos está dando un adelanto de lo que vamos a encontrar en él: una serie de indagaciones y análisis acerca de un determinado tema, que va a ser el sentido de la vida.

En un principio, Andrés Hurtado va a casa de su tío porque, debido a una serie de desengaños en su familia, en la universidad (en la que ve que los profesores son personajes cómicos y patéticos) y en el hospital (donde ve el maltrato que sufren los pacientes), piensa que el mundo es un caos que no tiene sentido. Esto mismo es lo que decía Schopenhauer, quien, como se ha explicado anteriormente, planteaba que la vida es una fuerza sin propósito, propulsada por el instinto más básico de supervivencia. Sin embargo, Andrés no ha perdido la confianza en que la ciencia y la filosofía puedan ofrecerle respuestas últimas. Por ello, busca en su tío una respuesta alentadora, una teoría que ayude a ordenar ese caos y dar un sentido a la existencia: “una explicación biológica del origen de la vida y del hombre”.

Durante este diálogo, se plantean las nociones de “voluntad” y “razón” como sendos principios opuestos. Andrés expresa la idea de que la voluntad es el instinto que hay en cada uno de nosotros de vivir, lo cual es incompatible con el conocimiento, que viene dado a través de la ciencia. A medida que vamos adquiriendo el pensamiento científico y vamos conociendo la realidad del mundo, el desengaño es mayor. Según Iturrioz, se desvela entonces la única verdad: que la vida es una fuerza absurda, que sólo conlleva sufrimiento. Por tanto, la “verdad” que estaba buscando Andrés sólo le origina angustia.

Esto se ejemplifica con la metáfora de origen bíblico del árbol de la vida y el árbol de la ciencia, que es explicada por Iturrioz. En el primero se hallan todos los placeres terrenales, y, al comer de él, el hombre se convierte en un ser egoísta y primitivo, sin conocimiento, ya que vive en una especie de ficción donde no hay verdad, pero a la vez produce felicidad y optimismo. Es decir, en él se encuentra la voluntad, que es ignorante de la falta de sentido de la vida. En el árbol de la ciencia, en cambio, se encuentra la verdad del mundo, la razón, pero el hombre al comer de él se dice que “muere”, en el sentido de que se vuelve más pesimista y su voluntad se anula al percibir que no lo lleva a ninguna parte.

A raíz de este pensamiento encontramos la solución que propone Iturrioz, la cual consiste en aprender a convivir con la desesperanza. Puesto que el mundo es un lugar caótico y conocerlo sólo causa infelicidad, la mejor manera de actuar es no hacer nada, tal y como propone el estoicismo. Por tanto, Andrés Hurtado comprende que, por más que se esfuerce en intentar conocer todas las novedades científicas y la verdad del mundo en pos de respuestas universales, su esfuerzo es inútil, puesto que no puede hacer nada para cambiar el mal originario que gobierna la vida. De hecho, más adelante irá a trabajar a Alcolea, un pueblo castellano, y pondrá en práctica lo que ha hablado con su tío, pues renuncia incluso a intentar mejorar la vida de los habitantes. Por tanto, la voluntad para Andrés Hurtado en esta novela se revela como un principio negativo, ya que está condenada al fracaso.

También, podemos observar el pensamiento de Schopenhauer en la nivola Niebla (1914) de Miguel de Unamuno, publicada solo tres años después, en especial en el capítulo XXXI. Niebla es la historia de Augusto Pérez, un personaje arquetípico de cualquier ser humano, que al principio carece de personalidad y de intenciones. De hecho, la primera imagen que tenemos de él es su salida a la calle para dar un paseo, sin un rumbo definido. Aquí podemos ver uno de los pensamientos de Schopenhauer que se comentaban al inicio del ensayo: Augusto no posee una voluntad firme, no tiene un propósito claro en su existencia que lo lleve a un destino escogido conscientemente.

A medida que avanza la narración se ve cómo Augusto intenta darle un sentido a su vida, y se va formando a través de actos de voluntad. El caso más relevante tiene lugar con su enamoramiento de Eugenia. El hecho de que intente ordenar el caos que es su vida hacia un sentido tiene que ver con la razón, ya que intenta solucionar todos sus problemas a través de respuestas lógicas y racionales. Sin embargo, durante el capítulo XXXI Augusto mantendrá una conversación con el autor, Miguel de Unamuno, que pondrá en duda estos conceptos.

Para entonces, Augusto ha decidido suicidarse después de ser engañado por Eugenia, y decide consultar su decisión con Unamuno. Durante esta charla, el protagonista descubre que es un ser de ficción, y le sobreviene una crisis existencial. Si lo que Unamuno dice es cierto, Augusto no sería autor ni responsable de ninguna de las decisiones que ha tomado a lo largo de la novela, sino que está supeditado al poder de un ser superior, una especie de dios, que es la voluntad caprichosa del autor. Por tanto, la lógica que había intentado dar a su vida estaba siendo manejada por fuerzas ajenas a su control, lo cual refleja la idea de Schopenhauer de que la voluntad de la vida es un impulso ciego e irracional, que está dominado por fuerzas exteriores al ser humano y que escapan de su poder. También, se da cuenta de que el mundo es una representación, ya que nada de lo que ve es real, sino una imagen, una ficción, un simulacro debido a la imaginación o el sueño de otra instancia superior.

Otro momento clave que refleja la importancia de la voluntad en Augusto se produce cuando Unamuno declara su intención de matarle. Para Augusto, a pesar de que el desenlace es el mismo ―la propia muerte―, el hecho de que el autor decida matarle es desesperanzador, puesto que la capacidad de decisión de acabar con su vida, el libre albedrío, le es arrebatada por completo. De nuevo, se presenta el problema de la voluntad de la vida como una fuerza que escapa al dominio de nuestra decisión racional y consciente, la cual se trata en este fragmento desde el punto de vista de un ser superior, de un dios que controla nuestra vida.

En consecuencia, Augusto se da cuenta de que todo lo que ha hecho para construirse a sí mismo, para darle un sentido a su vida, no ha servido de nada. No era él el que tomaba las decisiones, sino una entidad o una fuerza ajena. De esta forma, se percata de que no merece la pena esforzarse para lograr un fin, y lo mejor es no hacer nada. De nuevo, la conclusión a la que llega es que la única posición moral digna es la ataraxia de los epicúreos, pues todo viene dado por una fuerza superior ante la que no cabe oposición alguna. Así, vuelve a su domicilio, asume que su destino es morir y decide no intervenir para impedirlo.

A la vista de estos dos textos, podemos plantearnos la siguiente cuestión: ¿por qué estos autores comparten esta visión pesimista sobre la vida? Puede ser un reflejo de la crisis filosófica y política de finales de siglo, cuando abundaron novelas que representaban el cansancio vital de los autores. Al no encontrar respuestas en el uso de la razón, y como secuela de la crisis de la filosofía positivista, estos autores deciden leer a pensadores irracionalistas como Schopenhauer buscando en su nihilismo una explicación del mundo. Así se dan cuenta de que no pueden cambiar la realidad que los rodea y empiezan a crear personajes en sus obras que se agotan en el intelectualismo, es decir, el saber del mundo los consume y, al igual que Andrés Hurtado y Augusto, acaban suicidándose ante la vida que se les plantea. Esta situación final es trágica y desesperanzadora, ya que refleja el hecho de que la única solución para evitar la angustia existencial es la muerte.

En conclusión, en estas dos obras se releja la crisis que hubo a finales de siglo, y se plantea la existencia de la vida humana desde la dicotomía de la voluntad y la razón. En ambas se llega al mismo pensamiento: la vida es cruel y conocer la verdad del mundo a través de la razón solo hace que el instinto de supervivencia ―es decir, la voluntad― disminuya, es mejor no hacer nada y asumir la realidad que nos rodea.

 

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Esther García-Almonacid

Esther García-Almonacid, alumna de tercero del grado de Estudios Hispánicos de la Universidad de Alcalá. Es aficionada a la literatura, y en su tiempo libre realiza actividades relacionadas con todo tipo de artes como el teatro o la escritura. En un futuro, aspira a ser profesora de lengua y literatura en la ESO o, en su defecto, investigadora sobre la inteligencia artificial en el ámbito lingüístico.

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