¿Qué se traduce cuando ya nadie lee?

por Feb 7, 2022

¿Qué se traduce cuando ya nadie lee?

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El curso pasado, justo cuando atravesábamos el meridiano del primer semestre, tuve una terrorífica revelación: la Literatura ya no es el ónfalo de la cultura. Digo que fue una revelación porque la idea vino a mí estando irreversiblemente rodeado de las causas; y digo que fue terrorífica porque la asignatura que imparto se llama «Traducción Literaria».

Cada vez menos gente lee. Es normal; me atrevería, incluso, a decir que es natural. Habitamos un mundo urgente, frenético, en el que la cultura multimodal se ha impuesto de manera lógica y ha permeado irremediablemente en el zeitgeist. Un simple experimento nos puede contextualizar: si preguntamos en el aula cuántas alumnas han leído un libro ese mes (incluso en una carrera eminentemente humanística como Traducción e Interpretación) el número de manos levantadas no será elevado; si, en cambio, preguntamos cuántas de ellas han visto un meme, han visualizado un capítulo de una serie o han echado una partida a un videojuego ese mismo día, casi todas las manos se levantarán. La terrorífica revelación cayó sobre mí como una losa, pero, poco a poco me fui sobreponiendo. Comprendí que, por mucho que la Literatura hubiese sido mi luz, mi guía, mi piedra angular y mi salvavidas, la deriva cultural que experimentaba el siglo xxi era lógica, y que, de hecho, más que una deriva era una mutación: comencé a vislumbrar la compleja cosmogonía del fenómeno meme, a entender y disfrutar intrincadas sagas de videojuegos y a valorar la complejidad semiótica del séptimo arte. Y, paradójicamente, cuando la temida semiología me consiguió guiar hasta un puerto seguro, la revelación dejó de ser terrorífica.

La traductología, antes y después de conformarse como ámbito de estudio, se ha preocupado por los vericuetos y las implicaciones del trasvase semiótico y, por ello, ahora más que nunca necesitamos el lenguaje crítico que ha desarrollado a lo largo de los siglos. Hoy en día que nos envuelve una cultura eminentemente multimodal e intersemiótica, obsesionada con remixes, reboots o remakes, necesitamos más que nunca un enfoque académico que nos permita analizar los trasvases semióticos que se producen en nuestro capital cultural, estudiar los flujos de poder, los impactos sociales, las implicaciones culturales, los matices y las esquirlas que quedan flotando en el aire cuando un texto original engendra un texto meta; y eso es, precisamente, lo que hacemos aquellas personas que estudiamos la traducción.

Más allá de un enfoque interesante, creo que esta línea de investigación (heredera, por supuesto, de autores como Hutcheon, Gentzler o Bassnett) supone un rayo de esperanza para un alumnado que, cada año más, pasa por Traducción sosteniendo una inseguridad recurrente. En un ámbito laboral amenazado por el intrusismo, por la machine translation y por el declive del mercado editorial, el estudio de la cultura contemporánea como un fenómeno postraducido implica no solo que las nuevas textualidades que se generan en el entorno global se pueden traducir, sino que, más aún, surgen a través de procesos eminentemente traducidos. En última instancia, esta idea, además de empoderar y animar a alumnas que son mucho más que diccionarios con patas, permite que valoren modalidades textuales contemporáneas denostadas por la academia y que se contemplen como creadoras en vez de como intermediarias que parasitan textos. Ahora que la asunción de referentes se ha convertido en la hoja de ruta de la génesis textual posmoderna, necesitamos voces que conozcan el arte de la copia, y la traductología no es ni más ni menos que una ciencia humanística que nos enseña a copiar bien.

La red está plagada de nuevas textualidades, de hipertextos conformados por hipotextos sumativos que se generan por derivación, por adaptación, por recreación o por versionado, así que el trasvase semiótico existe en el núcleo mismo del nacimiento de videojuegos, memes, fanfictions, canciones y series. Y, si bien las causas que motivaron mi terrorífica revelación me hicieron cuestionarme la vigencia de asignaturas como Traducción Literaria, cuanto más avanza mi estudio más puedo reiterar la importancia de la materia. Puede que Elden Ring, Uncharted, Stranger Things o los memes de Baby Yoda definan hoy en día más la cultura que habitamos que un poema de publicación reciente, pero tengo la certeza de que solo aquellas personas que aprendan a traducir la delicadeza de Plath, que sepan adaptar la voz de Shakespeare o que sepan encontrar su ser en los caleidoscopios de Woolf estarán listas para generar estos nuevos textos que definen la era global como un contexto postraducido. No nos debe dar miedo afirmar que El Cantar del Mío Cid es un fanfic de Rodrigo Díaz de Vivar, que el Ulises de Joyce es un remake de la Odisea, o que el vínculo entre la memesfera y La tierra baldía de Eliot es mucho más estrecho de lo que pensamos, y la traducción es el rayo que atraviesa todas esas afirmaciones. Al fin y al cabo, nos urge entender que la historia de la cultura humana es solo una sala de espejos deformantes en la que unas obras se reflejan en otras hasta que el primer referente referenciado se pierde de vista.

Fotografía: Elena Muñoz Martínez