Mi nivola

por | Jun 24, 2020

Por fin me han pedido que hable de ello. Más de cien años después y, tras haber llorado el suicidio de mi querido amigo Augusto, me han pedido que hable de la nivola. Llevaba deseando que alguien me reconociera esta invención mucho tiempo. Todos los estudiosos de la historia de la literatura del siglo XX se equivocan otorgándosela a don Miguel. Porque no es así. Todo el mundo es testigo de que fui yo quien, tras recibir la apreciación de Augusto diciendo que lo que estaba escribiendo no era una novela, inventó el término de nivola. Como muchos recordarán, se basa en la respuesta que le dio Manuel Machado a Eduardo Benot cuando este le dijo que un soneto en alejandrinos no era un soneto; pues, en efecto, ¡se trataba de un sonite! Y ni aún recordándolo en el prólogo que el mismo don Miguel me pidió escribir (seguramente porque veía venir la falsa atribución que se iba a hacer sobre la invención de este nuevo género) he logrado que se me reconozca el mérito.

En el momento en el que Augusto me preguntó por el contenido de –lo que yo hasta entonces pensaba que era– mi novela, yo no quería desvelar esa información. Pero ahora tampoco creo que venga al caso. Lo que sí que hice entonces, casi sin darme cuenta, fue dictar las pautas para escribir este tipo de textos. Se me ha pedido que redacte una definición normal de este nuevo género, y esa es ahora la única tarea que nos ocupa. Con gran sorpresa descubrí al leer la obra de don Miguel que él había escrito también una nivola, tomando como referencia las claves que yo le dicté a Augusto y que más tarde reproduciría en Niebla.

Una nivola es aquella obra que se crea a partir de la pretensión de buscar una obra verdadera, una obra que no sea tan solo una copia de la realidad, sino que sea la realidad misma. Se debe escribir con la conciencia de que la vida y la literatura están ligadas, de que se interrelacionan. De esta manera, no deben de estar nunca separadas, y todo aquello de lo que se escribe debe provenir de experiencias vitales. Yo mismo, por ponerme de ejemplo, empecé a escribir para desquitarme de los quebraderos de cabeza que me estaba dando el embarazo de mi mujer.

Esta literatura debe estar sometida a las mismas condiciones de la vida, se debe escribir como se vive, sin saber lo que vendrá. Este es el punto de partida que lo diferencia de los escritos realistas. Como bien dijo don Miguel en su ensayo “A lo que salga” en 1904, los escritores hemos de dejarnos llevar como don Quijote se dejaba llevar por Rocinante. La forma no ha de tener importancia, porque es necesario escribir sin tener de antemano una concepción de la obra en su totalidad. Debemos abandonar esas escrituras ovíparas de los realistas, que podrán estar muy bien documentadas, preparadas y planificadas, pero que conforman obras aburridas y lentas. Es más conveniente inclinarnos por una gestación vivípara, que le de un pulso acelerado y apresurado a nuestra obra, que discurra sin plan alguno. De esta manera, podremos prescindir de los tradicionales recursos de composición novelesca para crear una falsa ilusión de autenticidad. La finalidad de la literatura es superar esa separación entre ficción y realidad que tan solo será posible dejando de crear esas obras formalmente impecables, obras que traten de reproducir la realidad a través de su perfección.

Para poder llegar a conformar una nivola, sí que podemos utilizar algunos recursos que traten de ir en contra de aquellos que conforman el género novelesco. Así, en el texto deben de predominar los diálogos y, cuando sea necesario –es decir, en esas inevitables ocasiones en las que un personaje se queda solo–, los monólogos. Es muy importante la poca presencia del narrador, pues esta es una figura que nos va a impedir acercarnos a las condiciones mismas de la vida porque, ¿a quién le narra alguien su vida? ¿Acaso tenemos una voz que retransmite lo que hacemos continuamente, o es nuestro propio pensamiento –que no deja de ser el monólogo que mantenemos con nosotros mismos– el que se ocupa de esta función? De esta forma se podrán evitar todos esos párrafos en los que el autor parece que dice las cosas porque sí, en los que se cae en descripciones inútiles que tan solo le aportan mayor lentitud a la obra y que, sinceramente, aburren.

Los personajes van a formar otro de los elementos más importantes que podrán diferenciar a la nivola de la novela. Frente a los redondos de las novelas realistas, a los que termina siendo imposible entender por sus muchas variaciones, mi género requiere un desarrollo escaso del plano psicológico de sus personajes. Tan solo debe haber un único carácter de su personalidad, y a veces este debe ser el de no tenerlo.

Se puede decir, por lo tanto, que la nivola es una propuesta o defensa de la literatura poco laborada formalmente; una inversión del género novelesco, una anti-novela cuyo único objetivo es el de romper con esas convenciones de género que sí que tiene el discurso tradicional, ya oxidado y pasado de moda. Se trata de mostrar ese rechazo de la literatura como obra de arte abstracta y artificialmente construida, aislada y fundamentalmente distinta de la realidad.

Víctor Goti

¿Te ha gustado el artículo? Puedes ayudarnos a hacer crecer la revista compartiéndolo en redes sociales.

También puedes suscribirte para que te avisemos de los nuevos artículos publicados.