El saber y el olvido en “Corazón tan blanco” (1992), de Javier Marías

por Mar 7, 2024

El saber y el olvido en “Corazón tan blanco” (1992), de Javier Marías

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Corazón tan blanco, de Javier Marías (Madrid, 1951), es una novela publicada en 1992 que muestra la vida de Juan y de los que le rodean; sobre todo, de Luisa, su mujer, y de Ranz, su padre, un personaje muy importante en la diégesis de la obra. La historia se sitúa en los años noventa del siglo pasado y es referida a través de dos narradores. En el primer capítulo observamos a un narrador heterodiegético que narra cómo una mujer decide suicidarse disparándose en el pecho; el segundo, que narra el resto de la novela, es un narrador homodiegético, al que también nos referiremos como Juan.

Para entender el contexto y el discurso narrativo de la obra, tomamos como referencia a Elide Pittarello, una de las especialistas más importantes en la obra de Marías, quien habla de

desarticulaciones textuales en novelas españolas contemporáneas que remiten a la prolongada crisis epistemológica del siglo XX. De espaldas a la tradición, los planteamientos comparten el rechazo del logos al representar las experiencias de un devenir enigmático. El sabotaje de la verdad relativa al paradigma metafísico del conocimiento se despliega tanto en los enunciados como en las enunciaciones. Por analogía, se esboza una pequeña constelación de autores de obras híbridas […] Javier Marías, etc. Ajeno a la historia literaria, el análisis de estas disidencias narrativas privilegia las brechas relacionadas con el sujeto escindido, el realce de los objetos, la injerencia icónica y el estilo desfigurado. (Pittarello, 2022)

A estas características, se suman las que manifiestan otros críticos:

Comparten su cualidad de ser atípicas puesto que en el periodo en que la tendencia mayoritaria fue trocar el experimento discursivo por el placer de la intriga y la anécdota, Marías optó por una exploración de nuevos territorios discursivos, epistemológicos y ontológicos. (Steenmeijer, 2022: 121)

Todo ello se puede ver en fragmentos de la novela como el siguiente:

Si ahora me acuerdo de todo esto es porque lo que sucedió después, muy poco después y en Nueva York todavía, se pareció en un aspecto (pero creo que sólo en uno, o fueron dos, o tres) a lo que ocurrió aún más tarde (pero poco más tarde), cuando ya había regresado a Madrid con Luisa y volví a tener con más fuerza y tal vez más motivo los presentimientos de desastre que me acompañaron desde la ceremonia de boda. (Marías, 1992: 195)

En este trabajo, se va a realizar un análisis centrado en dos temas principales: el olvido y el saber. Además, se van a nombrar todos los elementos que influyen en el querer olvidar aquello que se sabe y en saber aquello que se dice estar olvidado. Vemos viajes en el tiempo, prolepsis y analepsis, en la obra y el narrador va variando, opinando o alertando, acerca de lo que sucedió o sucederá. Llama la atención el hecho de que Juan se refiera a su padre como “Ranz” al comienzo de la historia, y según va avanzando, acaba prevaleciendo el uso de “mi padre”. Esta variación se entiende como una forma de representar la lejanía que sentía hacía él al comienzo de la historia y la afinidad con la que acaba.

Es muy evidente la relación de esta obra con Macbeth, ya desde el título, “el corazón tan blanco” de Lady Macbeth, análogo a los de varios personajes de la obra (la segunda mujer de Ranz, Teresa, el del propio Ranz o el de Julia). Pero otras analogías son posibles, como la de Andrés Hurtado, protagonista de El árbol de la ciencia, como se verá más adelante. Con todo esto, el objetivo del trabajo es poder comprender qué es lo que mueve a Juan en cada paso que da para descubrir el secreto que oculta su padre y el sentimiento del que no se puede desprender; comprender y entender a Ranz y ver cómo en la historia el olvido es un motivo justificable para perdonar hasta el acto más perverso.

Todo comienza con el sentimiento de desastre de Juan, el narrador, cuando se casa. Un sentimiento que va aumentando a medida que pasan los meses, a causa de varios
sucesos que va viviendo el personaje principal. Este sentimiento se hace todavía más notorio al escuchar accidentalmente la conversación de Miriam y Guillermo, dos extraños, a través de la pared del hotel donde se hospedaban Juan y Luisa en La Habana, durante su viaje de novios. La discusión gira en torno a la mujer enferma de Guillermo, y este, en un momento de la conversación, menciona que podría matarla si fuera necesario para poder estar con Miriam. En esas palabras, se halla un paralelismo con lo que, al final, el lector descubre que sucede realmente con el padre de Juan, Ranz. A través de Luisa, la mujer de Juan, se da a conocer el secreto que esconde su suegro. Esta vez, no del boca a boca, como sucede con Custardoy o Villalobos, que contaron partes de la historia de forma fugaz y abstracta, sino a través de la rendija de su dormitorio, separados por una puerta. Indirectamente Ranz le cuenta la verdad a su hijo sin él tener conocimiento alguno. El protagonista se debate constantemente entre si quiere saber o no, no solo con su padre, sino también con Berta (su compañera de cuarto durante unos meses en Nueva York) y con Luisa. Él necesita saber y necesita comprender el mundo en su totalidad, aunque, a veces, es consciente de las consecuencias que conlleva la curiosidad. No se puede eliminar lo que sabes una vez que lo has sabido. Esta verdad es sabida a lo largo de los años, aunque sí se puede intentar meterlo en una cajita y esconderla en algún rincón de tu mente, como hizo Ranz durante la mayor parte de su vida.

“No contarlo es borrarlo un poco, olvidarlo un poco, negarlo, no contar su historia puede ser un pequeño favor que hacen al mundo” (Marías, 1992: 145). Acabamos comprendiendo al personaje de Ranz y entendemos la razón de su optimismo y por qué siempre está contando historias relacionadas con su trabajo durante el franquismo. Es una compensación por el oscuro pasado que intenta ocultar. Vemos en él a un personaje que sabe y que prefiere olvidar. Al mismo tiempo, quiere prevenir a su hijo de que no le pase lo mismo que a él, que la historia no se repita. Así ocurre, por ejemplo, cuando le recomienda que es bueno que las parejas tengan secretos, puesto que su padre quiere evitar que le suceda lo mismo que le pasó a él cuando le contó la verdad a Teresa (su segunda mujer) sobre la muerte de su primera esposa: “No era sólo que después de saber ya no pudiera soportarme a mí […] Es que ella también había dicho, había dicho algo una vez, mucho antes, y lo que había dicho tuvo su consecuencia” (Marías, 1992: 257), ya que el secreto que Teresa escuchó fue que Ranz había hecho lo que ella le había pedido, que matara a su esposa (según el lector puede interpretar).

Juan es un personaje muy inteligente, curioso; necesita saber y comprender, como ya hemos mencionado; siempre tiene su mente en funcionamiento: si no es traduciendo lo que oye a varios idiomas, es recordando y razonando sobre varias cuestiones de la vida y de las personas que lo rodean. Necesita ver con sus propios ojos la verdad, aquello que se esconde tras la cortina. Este personaje recuerda a Andrés Hurtado, el protagonista de El árbol de la ciencia, y a su necesidad de saber cómo funciona el mundo, la razón de todo, aunque puede que lo que descubra finalmente no le guste y lo lleve a un final no deseado: “El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir” (Baroja, 1911: 166). Se entiende como una especie de advertencia que se dan a sí mismos: los dos personajes necesitan saber, pero tienen el pleno conocimiento de que aquello podría “matarlos” metafórica, como sucede con la mariposa de forma literal. “Si no, la duda lo arrasa, lo destruye todo. Claro que lo destruye todo” (Baroja, 1911: 163). Restándole el carácter existencialista de El árbol de la ciencia, entendemos que tanto Andrés como Juan indagan para encontrar la causalidad, el porqué. A diferencia del final trágico de Andrés Hurtado, Juan llega hasta el final y consigue descubrir y entender de dónde nace esa sensación de desastre, pero no se sabe si acabarán disipándose o formarán parte de él toda la vida: “los presentimientos de desastre que me acompañaron desde la ceremonia de boda y que aún no se han disipado (no enteramente al menos, y quizá no se vayan nunca)” (Marías, 1992: 195). En Juan, la duda no lo destruye todo. Hay un choque, casi imperceptible, en el momento en el que tanto Luisa como su marido saben la verdad, pero no hay una destrucción, tenían lo que llevaban mucho tiempo buscando.

Luisa, al escuchar que su suegro mató a su primera mujer expresa reiteradas veces su ofrecimiento de que “no me lo cuente si no quiere”. Pero ya no hay vuelta atrás. En ese momento se muestra arrepentida de haber escuchado y haber tenido la necesidad de saber. Como en Baroja, “a más comprender, corresponde menos desear” (Baroja, 1911: 166). “Escuchar es lo más peligroso, es saber, es estar enterado y estar al tanto, los oídos carecen de párpados que puedan cerrarse instintivamente a lo pronunciado, no pueden guardarse, siempre es demasiado tarde” (Marías, 1992: 78). Ella decide libremente ayudar a su marido porque también necesita saber y, a pesar de lo que acaba escuchando, asume esa verdad y sigue adelante sin cambiar la relación con su suegro. Sorprendentemente, nada más acabar Ranz de contar la historia, no hay una reacción catastrófica, como el lector podría esperar, sino que Luisa propone salir a cenar, como si no hubiera sucedido nada importante. Con esta propuesta, entendemos que, en el fondo, nunca habría querido escucharlo, pero no se puede saber lo que se debe o no escuchar hasta que ya está hecho, y entonces ya es demasiado tarde.

“El malestar y los sentimientos de desastre que me acompañaban desde mi matrimonio, hace ya casi un año, ahora se han atenuado y tal vez acaben desapareciendo, durante un tiempo” (Marías, 1992: 223). Con estas palabras, Juan se refiere a todo lo que no se cuenta, a las palabras que deciden borrarse o no dejarlas salir; al malestar continuo desde que contrajo matrimonio, desde la primera discusión entre Miriam y Guillermo, desde que su padre le preguntó “¿Y ahora qué?” justo en el banquete de su boda. En esta obra, el narrador hace un recorrido desde el nacimiento de todo hasta el final, y acaba averiguando que, a veces, es mejor no saber. Su padre es la prueba de ello.

Juan, cuando escucha desde su habitación la parte de la historia que le faltaba de su padre, une todas las piezas del puzle y, por fin, lo entiende. Entiende por qué su padre hacía continuas referencias a su trabajo como artista durante el franquismo, entiende por qué le daba cierto tipo de consejos, por qué no encajaba con él, por qué se sentía tan alejado: porque desde antes de que él naciera ya se le había truncado la vida y llevaba más de la mitad intentando olvidar y borrar aquel acto que cometió, y para ello tuvo que desprenderse de partes de él mismo antes de perder a más personas, como a su hijo Juan. “Guarda silencio quien ya tiene algo y puede perderlo, no quien ya lo perdió o está a punto de ganarlo” (Marías, 1992: 223), ya que, con su verdad, fue el causante de la muerte de sus dos primeras esposas, directa e indirectamente. Aunque en un momento anterior a la confesión, Juan se replanteara cerrar la puerta de su cuarto ―“Pensé si no debería cerrar mi puerta, clausurar la rendija para que todo volviera a ser murmullo indistinguible o imperceptible susurro, pero ya ella demasiado tarde, para mí también, lo había oído” (Marías, 1992: 261)―, decidió atreverse, porque la curiosidad, el saber, tenía más peso que la propia consecuencia.

En Corazón tan blanco también es protagonista el poder que tiene la palabra, sobre todo, por el trabajo del protagonista:

Yo hablo y entiendo y leo cuatro lenguas incluyendo la mía […] Supongo que por eso tengo la tendencia a querer comprenderlo todo, cuanto se dice y llega a mis oídos, tanto en el trabajo como fuera de él […] aunque sea mejor que no lo comprenda y lo que se diga no esté dicho para que yo lo oiga, o incluso esté dicho justamente para que yo no lo capte. (Marías, 1992: 38).

Como bien dice, todo lo que llega a sus oídos necesita analizarlo, comprenderlo, y gracias a eso, consigue resolver el misterio que envolvía a su padre. “Aunque sea mejor que no lo comprenda y lo que se diga no esté dicho para que yo lo oiga, o incluso esté dicho justamente para que yo no lo capte”, como sucede con el dormitorio continuo al suyo en La Habana o en el dormitorio que da a su salón, en su casa, cuando Luisa consigue sacarle la verdad a su suegro.

La palabra es una navaja de doble filo, pues, como se muestra durante todo el análisis, es capaz de arreglar todo un año de dudas y malos presentimientos y, también, de robarte la vida o destruirla, como pasó con Ranz y Teresa.

Cada paso dado y cada palabra dicha por cualquier persona en cualquier circunstancia (en la vacilación o el convencimiento, en la sinceridad o el engaño) tiene repercusiones inimaginables que afectan a quien no nos conoce ni lo pretende, a quien no ha nacido o ignora que podrá padecernos, y se convierten literalmente en asunto de vida o muerte, tantas vidas y muertes tienen su enigmático origen en lo que nadie advierte y nadie recuerda. (Marías, 1992: 79) Mientras que hay reiteración y retractación, repetición y rectificación para las palabras, pueden ser desmentidas y nos desdecimos, puede haber deformación y olvido. Sólo se es culpable de oírlas, lo que no es evitable, […] este sabe que en realidad no ha hecho nada, incluso si ha obligado con su lengua al oído […] y el incomprensible susurro que nos persuade. (Marías, 1992: 79)

El “incomprensible susurro que nos persuade” hace alusión al susurro de la joven Teresa que le dirige a Ranz el día que se despidieron, y que tuvo las graves consecuencias que ya hemos tratado anteriormente. Como dice Ranz, todo comienza al hacer uso de la palabra sin preocuparse por su utilización o sin pensar cuáles seleccionar antes de decirlas, ya que las palabras no tienen precio alguno y se utilizan de múltiples formas. Pero verdaderamente no se sabe el poder que tienen hasta que sucede algo, hasta que se echa la vista atrás y observamos que para las palabras no pasa el tiempo, siguen ahí, flotando en el aire, en un tiempo que quizá ya no existe. Y entonces es cuando entra el olvido, uno intenta olvidar aquello que dijo, pero la palabra ya no tiene billete de vuelta, una vez sale de la boca, penetra en los oídos del más cercano, como sucedió con Ranz y Teresa, y como sucede con Luisa y Juan.

Lo raro es que las palabras no tengan más consecuencias nefastas de las que normalmente tienen […] Nadie puede prever el efecto explosivo que causan, ni siquiera seguirlo. Porque pese a ser las palabras tantas y tan baratas, tan insignificantes, pocos son los capaces de no hacerles caso. Se les da importancia. O no, pero se las ha oído. (Marías, 1992: 256)

“Pero se las ha oído”, y con ese final entendemos por qué dice al principio del libro que los oídos carecen de párpados, y que lo que has oído ya está dentro, no lo puedes extraer.

El olvido es uno de los pilares que mueven la obra, como ya hemos mencionado anteriormente. El protagonista quiere introducirse en la mente de su padre, pero este no se lo permite. Él ya ha olvidado, o cree hacerlo, prefiere dejar el pasado atrás, hacer como que nunca existió:

Ellas no existen desde hace mucho, lo que les pasó tampoco, sólo yo sé, sólo estoy yo para recordarlo, y lo que pasó se me aparece como figuras borrosas, como si la memoria, al igual que los ojos, se cansara con la edad y ya no tuviera fuerzas para ver claramente. No hay gafas para la memoria cansada, querida mía. (Marías, 1992: 255)

Juan utiliza a su mujer para poder sonsacarle la verdad, se aprovecha de la relación que tienen entre ellos, pues así es más fácil, así Ranz no tiene que mirar a los ojos de su hijo y decirle que la causa de la muerte de su madre fue la confesión del asesinato de su primera esposa. Además, Luisa le pregunta si puede contárselo a Juan, y Ranz responde que es libre de hacer lo que quiera, pero que, si lo hace, prefiere no saberlo, prefiere vivir en la ignorancia, volver al olvido.

Por último, cabe destacar la mención a la obra de Shakespeare Macbeth y su relación con el título de la obra y con el tema que se lleva tratando durante todo el análisis.

No es sólo que Lady Macbeth induzca a Macbeth, es que sobre todo está al tanto de que se ha asesinado desde el momento siguiente a que se ha asesinado, ha oído de los propios labios de su marido I have done the deed cuando ha vuelto, ‘He hecho el hecho’, o ‘He cometido el acto’, aunque la palabra deed se entiende hoy en día más como ‘hazaña’. Ella oye la confesión de ese acto o hecho o hazaña, y lo que la hace verdadera cómplice no es haberlo instigado, ni siquiera haber preparado el escenario antes ni haber colaborado luego, haber visitado el cadáver reciente y el lugar del crimen para señalar a los siervos como culpables, sino saber de ese acto y de su cumplimiento. (Marías, 1992: 78)

“He hecho el hecho” frase que ronda por la cabeza del protagonista en varias ocasiones, reflexiona sobre su traducción del inglés y vemos la relación que guarda con su padre. “Ella oye la confesión de ese acto o hecho o hazaña, y lo que la hace verdadera cómplice no es haberlo instigado”, como sucede con la primera mujer del padre de Juan y lo que después se conoce de su segunda esposa: le susurra algo al oído (que nunca llega a revelar, porque en este caso gana el olvido y la vergüenza de Ranz y se desgasta el querer saber de Luisa) la noche en la que se despiden (que el lector puede interpretar como que “ojalá no estuviera/existiera/se muriera tu mujer” o “hice lo que me pediste”).

Ella no fue la culpable, pero el dolor de saber lo que sus palabras provocaron dañaron su “corazón tan blanco”, entendiéndolo como puro, bueno o inocente.

‘Mis manos son de tu color’, le anuncia a Macbeth; ‘Pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco’, como si intentara contagiarle su despreocupación a cambio de contagiarse ella de la sangre vertida de Duncan, a no ser que ‘blanco’ quiera decir aquí ‘pálido y temeroso’, o ‘acobardado’. (Marías, 1992: 78)

“Acobardado”, se interpreta como una alusión a una de las cualidades que alberga Ranz al matar a su primera mujer, salir huyendo y ocultarlo tantos años, incluso, aunque fuera la causa de que su segunda mujer se suicidara: “Se asimila a él y así intenta que él se asimile a ella, a su corazón tan blanco: no es tanto que ella comparta su culpa en ese momento cuanto que procura que él comparta su irremediable inocencia, o su cobardía” (Marías, 1992: 9), porque Teresa no podía soportar el dolor de saber que participó indirectamente en el asesinato y, mucho menos, podía olvidar aquello, como sí hizo Ranz durante tantos años.

Como hemos mencionado al principio, Andrés Hurtado, cuanto más sabe, más comprende el mundo, pero también, más desearía no haber indagado tanto. Seguramente, lo mismo le sucede a Juan. Por fin sabe el oscuro secreto que escondía su padre, pero en el momento en el que se libera, el lector no llega a apreciar el olor a arrepentimiento, simplemente los personajes siguen viviendo sus vidas, ahora sí, siendo más sabios.
Javier Marías sabe utilizar un engranaje lingüístico en el que comienza con la muerte de una desconocida, pues no da apenas información, y sigue hablando de un hombre y de su trabajo, y vemos cómo poco a poco va aportando más y más datos, hasta que el lector tiene la misma necesidad de saber que Juan. Y el tiempo y la construcción de la obra permite que se vayan haciendo conjeturas sobre qué o cuál es el secreto y qué es lo que se está ocultando.

El olvido no es solo ocultar el pasado, sino, también, una oportunidad para cambiar el presente, como hizo Ranz con su hijo y con la mujer de este. Al final, el saber llega al mismo punto: la confesión del asesinato, pero parece que se vuelve a restablecer el mecanismo del olvido y no hay ningún tipo de pensamiento que juzgue a Ranz, se narran los hechos y después cada uno sigue como si no hubiera sucedido nada, porque era más importante la confesión de la acción, que la acción en sí. Puede entenderse también como un reflejo del pensamiento del autor y que él mismo quiso destacar que en la época en la que trascurre la historia se procedía de la misma manera ante los delitos del pasado. El narrador indaga hasta averiguar todo aquello que le perturba durante su primer año de casado, aunque nunca se llega a saber qué hacía Custardoy en la acera frente a la casa de Juan y Luisa esa noche, quizá, esta vez, Juan decida no saber y prefiera olvidar. “Ahora sé algo pero no lo bastante, nunca sabré demasiado” (Marías, 1992: 31).

 

REFERENCIAS

Baroja, Pío (1991). El árbol de la ciencia. Madrid, Cátedra.
Marías, Javier (1992). Corazón tan blanco. Barcelona, Círculo de Lectores.
Pittarello, Elide (2022). «Mundos inadecuados en la narrativa española del siglo XX». En Grietas. Estudios sobre fragmentarismo y narrativa contemporánea, coord. por Teresa Gómez Trueba y Ruben Venzon. Berlín, Peter Lang, págs. 127-143.
Steenmeijer, Marteen (2022). El pensamiento literario de Javier Marías. Amsterdam, Brill.