Representación del género no binario en la literatura de ciencia ficción

por | Sep 28, 2019

Representación del género no binario en la literatura de ciencia ficción

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No resulta descabellado decir que, debido al sistema patriarcal, somos parte de una sociedad que se esfuerza constantemente en hacernos pensar que el género femenino es inferior en relación con el género masculino, como si fuera un mero complemento de este. Se nos olvida que, precisamente por la imposición de esta idea de que lo femenino subyace a lo masculino, nace un sentimiento de subversión que se manifiesta de muchas maneras en todos los ámbitos de nuestra cultura.

Debemos tomar en consideración la idea de que hay una serie de normas sociales, de formas de ser y comportarse, que en muchos casos quedan marcadas en nuestra sociedad como estigmas que constriñen a las personas que se salen del límite de lo normativo. Lo femenino se entiende dentro de la norma como lo otro, muy lejos de ser tan válido como el dominante masculino; de la misma manera el binarismo de género se concibe como la única opción posible, por lo que el resto de los géneros se han visto directamente invisibilizados. No es que formen parte de un segundo papel en la jerarquía social, sino que directamente no existen. Este hecho es destacable porque expone uno de los grandes problemas de nuestra cultura, que no solo es patriarcal – como veíamos al principio – sino que se sustenta en la supremacía de un binarismo hegemónico.

La construcción de la identidad de género de una persona va considerablemente más allá de una simple dicotomía entre hombres y mujeres, es algo mucho más complejo que eso. Es un proceso en el que intervienen cuestiones como los estereotipos en cuanto al género, la percepción que la sociedad tiene de nosotros, la expresión de género que adopta cada persona, la propia concepción de uno mismo…

Lo que sí está claro, al menos en mi opinión, es que para llegar a entender estas identidades, para llegar a entendernos a nosotros mismos, necesitamos ampliar nuestra mente, estar abiertos a modificar nuestros sistemas, nuestras formas de pensar y a reconocer que, tal vez, algo que en un principio nos parece imposible, inconcebible… si se le pone nombre y se le da representación se convierte en lo más usual y puede que así lleguemos a conocernos a nosotros mismos de una manera mucho más profunda y sincera. Los individuos conocemos y construimos el mundo con palabras, porque para nosotros es indivisible el lenguaje y el pensamiento.

Pero cuando hay una represión suele haber también, de alguna manera, una necesidad de rebelarse y reivindicarse, y mucho más cuando lo que se está reprimiendo es, al fin y al cabo, la existencia misma de una persona. Creo que es lógico que esa rebelión se vea reflejada en todos los ámbitos de nuestra cultura y, sin duda alguna, la literatura es uno de los mejores canales para ello, ya que es una forma práctica, usada desde siempre, para transmitir nuestras inquietudes y plasmar en negro sobre blanco la sociedad tal y como la percibimos.

El debate sobre cómo podemos representar inequívocamente la cultura y la sociedad, y retratar fielmente los hitos más importantes de la humanidad prevalece desde mucho tiempo atrás ¿pero podemos afirmar que la literatura realmente es un buen método para conocer las culturas y sociedades pasadas y reflejar las actuales? En contra de la literatura como espejo social, siempre se ha argumentado que su principal problema es su esencia ficcional frente a otros medios aparentemente más objetivos como el periodismo o los textos históricos. Los textos literarios son más subjetivos, más expresivos y se divisa en ellos juicios de valor individuales. Los hechos de la ficción no son fehacientes porque carecen de la supuesta objetividad necesaria para relatar la historia tal cual es.

Lo que tenemos que plantearnos es si realmente el único texto que es subjetivo, que recurre a la ficción, es el texto literario. Lo cierto es que no lo es – ni siquiera los textos históricos o periodísticos se libran completamente de un juicio, que le resta objetividad por la mencionada relación entre lenguaje y pensamiento – y, aunque así lo fuera, es precisamente esa ficcionalidad la que hace que mucha gente se sienta atraída hacia el texto; además de hacer que la difusión y comunicación de los temas que se quieran tratar sea ágil y práctica, por lo que es uno de los mejores soportes para reflejar cómo es la sociedad.

Así se puede ver representado en la literatura, de una manera eficaz, el reflejo de una sociedad que es mucho más diversa de lo que parece a simple vista. Resulta palpable, si conocemos mínimamente el género de la ciencia ficción – o incluso el de la fantasía – que, desde su irrupción en el siglo XX, cuando se afianza con mayor seguridad, su objetivo casi principal es la reivindicación de identidades marginales, luchas sociales, y la manifestación del inconformismo social de la época, así como la expresión más subjetiva y experimental del individuo. Ello es posible gracias a que la línea que separa el mundo de la ciencia ficción con la realidad está mucho más borrosa que en otros géneros. De esta forma, en la ciencia ficción – y también la fantasía – se recurre menos a la objetividad y el realismo, y más a la creatividad, aunque siempre basándose en sistemas de leyes científicas – que no tienen por qué corresponder con las nuestras –.

La ciencia ficción posibilita la creación de mundos y sociedades completamente hiperbólicas, alejadas de la normatividad del mundo real, con todo tipo de diversidad – de cuerpos, de identidades, de jerarquías de poder, familiares…– donde poder exponer su crítica social. Trazan un paralelismo entre ese mundo ficticio y el real valiéndose del recurso – muy usado actualmente – de las distopías. Y de esta manera nos proponen una situación horribilis, porque es extrema – pero que se corresponde con un problema real – y el lector empatiza con los revolucionarios y su causa, hasta que se da cuenta de que esa situación no es tan extrema, ni dista tanto de cualquiera que se experimenta en el mundo real – como la predominancia del heteropatriarcado y la norma cisgénero –. También pueden presentar una sociedad utópica y el lector descifra que, si se hace algo, su sociedad puede cambiar y mejorar, acercándose un poco a esa utopía.

Este tipo de obras pueden reflejar cantidades muy variopintas de identidades de género ya que la ciencia ficción trastoca las leyes de nuestra lógica para adaptarlas a un mundo totalmente ficcional y así nos pueden presentar personajes con capacidades muy poco humanas, pero que creo que sirven muy bien para simbolizar de manera explícita ciertos procesos de la psicología y la moral humana. Estas novelas tratan de una u otra manera de romper con la dualidad tanto sexual como de género que se impone hoy en día como hegemónica. Imperial Radch, de Ann Leckie (EE. UU. 1966), es un ejemplo de ello. La trilogía, que cuenta con Ancillary Justice, Ancillary Sword y Ancillary Mercy, no solo otorga reflexiones sobre la colonización y el supremacismo blanco, también aborda de una manera bastante directa cuestiones acerca del género de los personajes utilizando un recurso interesante, cuanto menos, para abordar los problemas que puedan surgir al tener la necesidad de usar, por ejemplo, un pronombre para referirse a alguien.

Creo que no se puede obviar el ya considerado como un clásico transgresor, The left hand of darkness, de Ursula K. Le Guin (EE. UU. 1929), que nos plantea una sociedad no terrestre, que no concibe la identidad de los individuos como la hacen los humanos. No se guían por un binarismo normativo, sino que su género y su sexo fluctúan de uno a otro. No son machos o hembras, sino que son las dos cosas y pueden variar de una a otra, ya sea por voluntad propia o porque así lo requiere su proceso físico. Durante un ciclo, destinado puramente a reproducirse, sus genitales se dilatan y, según el proceso hormonal que hayan tenido, acaban con unos u otros genitales. Cuando no están en este ciclo de reproducción sus genitales se contraen. De esta manera, no son considerados tampoco masculinos o femeninos, sino que oscilan entre todas las posibilidades dentro del espectro de género. Una misma criatura es capaz de ejercer, por ejemplo, el rol de madre – típicamente asociado a lo femenino – y cuando finaliza su siguiente ciclo reproductivo, ejercer el rol de padre – típicamente asociado al masculino –. El protagonista, sin embargo, no es una de estas criaturas, sino que es un ser humano, pero además es cisgénero y se identifica como masculino de forma fija. Esto significa que el protagonista, Genly Ai, siente el impulso irrefrenable de tratar a estos individuos adaptando su percepción normativa de la sociedad a estas nuevas circunstancias, que no es capaz de comprender del todo. Podemos ver cómo trata a uno de los personajes, Estraven, como si fuera una mujer cuando no lo es. Genly Ai tiene una idea preconcebida de cómo tiene que representarse lo femenino, de cómo es una mujer, cómo habla, cómo se comporta e incluso de cómo piensa, y Estraven se parece lo suficiente a ese prototipo como para que no sea capaz de verle como otra cosa.

En concreto, la literatura de ciencia ficción siempre ha sido el canal por el que han pasado las reivindicaciones estéticas y sociales más extravagantes y transgresoras y no podría ser menos con la representación de la diversidad sexual y la de género, y con la construcción de nuestra propia identidad como individuos.

Uno de los aspectos que considero que es de los más importantes cuando se habla del género no binario es el lenguaje. Si el lenguaje es una herramienta de comunicación y construcción, debería prestarse a nuestro servicio, evolucionar con el tiempo y se ha de adaptar a las necesidades comunicativas que va precisando la sociedad. De esta manera, creo que el hecho de que el género no binario, entre otras muchas identidades, esté tan invisibilizado en nuestra sociedad es precisamente por la falta de una etiqueta, un nombre, una palabra, que defina de manera específica esta realidad que parece que no queremos ver. Se precisa de una lengua que lo tenga presente y lo incorpore dentro de ella de manera que las personas sean capaces de expresarse. En concreto, en la obra de la que acabamos de hablar, The left hand of darkness, los guedenianos – el nombre por el que se conoce a la especie de Estraven – hablan en karhidi, una lengua en la que no se encuentran marcas de género. Esto le supone un grave problema a Genly Ai puesto que su lengua – el inglés – al igual que la nuestra, carece de un sistema que nos permita referirnos a una persona sin que, inevitablemente, se le esté atribuyendo a ese sujeto connotaciones masculinas o femeninas.

Muchas personas le recriminaron a Ursula K. Le Guin el hecho de que estuviera vendiendo una historia que pretendía trascender los límites del género binario cuando prácticamente todos los personajes que aparecen son hombres. La propia autora respondió admitiendo que veía un error garrafal en el hecho de haber usado constantemente un pronombre masculino he – él en español – porque eso hacía que los lectores tuvieran la percepción de que los personajes estaban siendo escritos como si fueran hombres; nada más lejos de su intención real. En mi opinión, esta anécdota es una ejemplificación más de que el género masculino en una gramática no se percibe como el género neutro que desde las instituciones academicistas intentan hacernos creer y la percepción lo es todo en las palabras.

En el extremo contrario encontramos a Ann Leckie y su trilogía Imperial Radch, donde se alude constantemente a un uso del lenguaje que marca el femenino, pero utilizándolo de manera neutral. Pienso que esto sigue siendo un problema para representar apropiadamente una realidad no binaria, pero al menos plantea una reflexión y un esfuerzo en el lector mayor de lo que planteaba la anterior novela, donde los lectores no veían constantemente a los personajes como mujeres y, desde luego, no los veían como hombres.

Pero tampoco puedo afirmar que fuera la solución más adecuada. Lo cierto es que al final nos encontramos con que, en la mayoría de los casos, los géneros no binarios son atribuidos a inteligencias artificiales o alienígenas y vemos cómo parece más sencillo para la ciencia ficción representar esta diversidad en algo que no sea humano, ya que la mayoría de estos recursos son parte de la propia trama. Como decimos esto es positivo, por un lado, porque permite que se introduzcan estas cuestiones dentro de la literatura, pero por el otro, se nos olvida profundizar más en ello y naturalizarlo, que al final debería ser el objetivo.

Pienso que la literatura cumple una función elemental, ya que es la primera en transformar esa realidad, en principio abstracta, en un lenguaje concreto que sirva para compartir esa diversidad entre el mayor número de personas posible, sin embargo, veo evidente que aún queda un largo camino que recorrer en cuanto a la representación del género no binario. Aunque son muy reconocidas, ni The left hand of darkness ni Imperial Radch son la representación más correcta de la diversidad de género, pero es un camino que se está recorriendo con paso firme y que nos está dejando una nueva ola de autoras de ciencia ficción que aportan innovación al género sin dejar de lado la calidad.

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