Image001

Una figura polisémica: lo que nos dicen los fantasmas

Quizás no sea una locura afirmar que se viven tiempos fantasmagóricos. No solo por el pesimismo que a uno le embarga tanto fuera como dentro del ámbito académico. No hace falta más que estar atento a las noticias para escuchar a políticos internacionalistas abrazar medidas populistas o expresar exabruptos y tonterías sin inmutarse, o ver cómo son cada vez más los lugares donde la guerra y la destrucción ganan protagonismo. Ante semejante panorama, parece difícil no “ver fantasmas por todas partes”. Esta expresión se utiliza con un tono peyorativo y de sospecha: cuando uno cree ver señales de peligro, intenciones ocultas, conspiraciones o problemas que, quizás, no existen, pero que asedian la tranquilidad del sujeto.

No obstante, esta misma expresión parece haber alcanzado un reverso más positivo en el ámbito de la creación contemporánea. El fantasma es, en la actualidad, una figura de gran valor polisémico que permite a autores de muy diversas disciplinas trabajar temáticas contemporáneas y relevantes de manera muy singular, dado las variedades en que se puede aparecer lo espectral. Como han defendido investigadoras como Esther Peeren, lo fantasmagórico es algo que no se puede controlar y que aparece al acecho, irrumpiendo en la realidad de una manera que no se puede controlar. Derrida apuntó en Espectros de Marx (1995) que el fantasma es algo que está y no está al mismo tiempo, es una ausencia que toma un aura de presencia.

Actualmente, y dado mi especialización en la temática de la memoria en mis investigaciones desde que defendí mi tesis doctoral –teniendo como uno de los grandes puntos el libro Memoria y Guerra Civil en la obra de Jorge Semprún, publicado en Guillermo Escolar Editores en 2023, coincidiendo con el aniversario del nacimiento del escritor español– el proyecto de investigación en el que estoy imbuido se centra en la emergencia y relevancia de lo fantasmagórico en las literatura hispánicas aparecida en el primer cuarto del presente siglo, sin dejar de atender también, aunque otorgándole menor importancia, la presencia que esta figura límbica ha tenido en el cine. Todo ello desde una óptica interdisciplinar, teniendo en cuenta los estudios procedentes de ámbitos como la Filosofía, la Estética o la Sociología.

Tal cual han apreciado investigadores como Carolyn Wolfenzon, Mariana Tello Weiss o Jaume Peris, aunque no de manera exclusiva, la irrupción de lo espectral coincide con el interés por rescatar y reevaluar los procesos de memoria histórica en muy diferentes países, normalmente ligados a los traumas recientes padecidos. Mariana Enriquez ha demostrado en sus cuentos fantásticos y en la rompedora novela Nuestra parte de noche (2019) cómo los espectros y demás monstruos que pueblan el presente se interpretan desde esa “memoria herida” –por decirlo con Paul Ricoeur– que aún no ha cicatrizado en Argentina y que hace emerger ese terrorismo de Estado que practicaron Videla y sus secuaces durante los años de la cruenta dictadura iniciada en 1976. ¿Dónde están los desaparecidos? Sin abandonar el país del Cono Sur, otros escritores como Samantha Schweblin o Martín Kohan han poblado sus textos de fantasmas, y esta figura también posee un notable y sugerente rol en textos de no ficción de Leila Guerriero. Esta variedad nos deja, además, una pista extraordinaria: lo fantasmagórico ya no está solo en la literatura de corte no mimético, también en aquella que abraza presupuestos factuales. Cabría hablarse de una auténtica arqueología y etnografía “cazafantasmas”: lo espectral en la literatura ha puesto en palabras historias sobre épocas terribles que solo pueden ser acogidas en el marco de una “imaginación” sobre la época.

Y es que, cuando no todo se conoce sobre el pasado –es sabido que uno de los objetivos de los regímenes autoritarios es el de eliminar las pruebas de sus acciones– imaginar es prácticamente un deber. Así lo expresa la escritora y dramaturga chilena Nona Fernández, quien ha trabajado lo espectral a lo largo de su trayectoria, y con especial ahínco en su extraordinaria novela La dimensión desconocida (2016), como he tratado de demostrar en artículos académicos publicados en revistas como Asparkía. Investigació feminista o Brumal. Revista de Estudios sobre lo Fantástico. Según los países de nacimiento, los creadores hacen irrumpir de diferente manera esta poética de la ausencia, tal cual lo ha denominado Anthony Nuckols, conforme al modo en que la memoria colectiva se ha desplegado. Irina R. Troconis lo ha estudiado en el contexto venezolano con la aparición de espectros en la nación tras el adiós de Hugo Chávez, mientras que en otros países –y dada la importancia que ha tenido en ello el realismo mágico– lo fantasmagórico se liga inequívocamente a las tradiciones y al folclore, tomando gran preponderancia los espacios rurales, como ha recalcado Raúl Molina Gil, profesor de la Universidad de Alcalá.

Los escritores españoles, por su parte, no han sido ajenos a las modalidades en que los fantasmas han ido poblando los textos de numerosos escritores al otro lado del Atlántico. La Guerra Civil es el marco desde el que emergen los fantasmas, como se observa en novelas de Marta Sanz o Javier Cercas, pero mucho mayor impacto y originalidad –incluso en clave política– tiene la aparición de esta figura en obras del último lustro, firmadas por creadores que habría que incluir ya en la cuarta generación –o “Generación de los Bisnietos”– como Paisaje Nacional (2024), de Millanes Rivas. Los jóvenes creadores, por medio de la inteligente introducción de estas ausencias que se manifiestan en el ahora, nos informan que aún puede contarse el conflicto bélico de 1936 y todas sus heridas aún sin cicatrizar de una forma llamativa y singular en pos de captar lectores interesados.

Aunque la dimensión histórica de la literatura mnemónica es en la que se focalizan mis investigaciones, lo cierto es que lo fantasmagórico atraviesa muy distintos temas en novelas y relatos en español aparecidos en los últimos años, desde la identidad hasta el feminismo, con numerosos guiños a autores canónicos que ya trabajaron esta figura límbica, como William Shakespeare o Juan Rulfo. Eso sí, es una operación no exenta de riesgos. Al final, el investigador puede también caer en lo que antes se refería y empezar a ver “fantasmas por todas partes”. Como nos avisa Valeria Luiselli en su cita inicial de Los ingrávidos (2011): “¡Ten cuidado! Si juegas al fantasma, en uno te conviertes”.

Elios
Elios Mendieta
Elios Mendieta es profesor e investigador en la Universidad Complutense de Madrid. Es doctor en Estudios Literarios por esta misma universidad y Licenciado en Periodismo por la Universidad de Málaga. Es autor de Paolo Sorrentino (Cátedra, 2022) y Memoria y Guerra Civil en la obra de Jorge Semprún (Guillermo Escolar, 2023). Sus ámbitos de investigación se sitúan en la Teoría de la Literatura, la Literatura Comparada, la Literatura Hispánica contemporánea y los Medios Comparados.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *