En este mundo el tema no significa nada. ‘‘Los últimos y los primeros’’, de Álvaro Guijarro
Álvaro Guijarro, Los últimos y los primeros Valencia, Pre-Textos 109 páginas, 18 euros Los últimos y…
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Eso es lo que hace la autora a lo largo de todo el poemario: preguntarse y hacer que nosotros nos preguntemos ¿Para qué sirve el amor?, ¿para qué la ira?, ¿para qué vivir e ir dejando atrás las cosas? La mirada de Casielles es precisa, no se aparta del instante que sucede, no se aparta del que deja atrás.
Un bosque que se muere. Un corazón que se muere. Amores, ríos, familias, paisajes, todos enfrentan el traidor filo de la guadaña en la última novela de Pol Guasch en cuyas páginas, sin embargo, se expresa la vida con cada latido. En las manos, el paraíso quema es una ventana a una ficción apocalíptica que podría ser la de la realidad que habitamos. Un agujero en una pared por el que husmear en la vida de unos personajes que perfectamente podríamos ser nosotros.
David aún espera con admirable serenidad; admirable, pues ya completa más de tres horas sentado en el mismo lugar; tres horas que bien se podrían explicar por el hecho irrefutable de que él comprende perfectamente el porqué está allí y que, sabiendo lo que de antemano sabe, las probabilidades de fracasar en su único objetivo son minúsculas e incluso inexistentes.
“Anoxia” es una novela sobre las imágenes fotográficas y también una reflexión sobre la muerte y el duelo. Es una exploración en la imagen artística como lugar de significación que crea un registro inmune a la devastación operada por el tiempo. Se celebra el consuelo que las fotografías y se execra el uso público del dolor y el afán de poseer y usar espuriamente ese algo intangible que porta todo símbolo artístico.
Vivo, vivo a la vez que muero, escondida
Hace tiempo no sé quién soy, no tengo recuerdo
Sueño con ser yo, me despierto y todo es pesadilla
Sé que me buscan, ¿y si mi vida entrego?
¿Qué vendrá después? ¿Qué seremos cuando el vacío nos transforme en un mero espejismo? A Rafaela, desde hacía tiempo, no dejaban de someterla las mismas preguntas. Por si no fuera suficiente, superar la muerte de una de sus mejores amigas le estaba costando más de lo que el orgullo le permitía reconocer.
Victorio García se levantó, desayunó un vaso de achicoria con unas galletas María, se puso el traje que había dejado doblado en la silla la noche anterior y salió al jardín a coger las flores.
A partir de un yo poético completamente destrozado se plantea una visión del desamor desde el punto de vista de un hijo que ha perdido a su padre, que no es capaz de mirar más allá del “futuro del día de mañana que no tiene futuro”.
Nadie recuerda los nombres de los que dieron la vida por una causa que no era la suya, solo recordamos a los que toman las decisiones desde la comodidad de un sillón, sin haber pisado jamás una trinchera ni haber empuñado un arma.
Porque leer el último poemario de Pilar Adón es cobijarnos en su intimidad para encarar, junto con su palabra precisa y punzante, eso que llamamos ausencia y que nadie nos ha enseñado a (sobre)vivir.
Un decano que investiga exhaustivamente los juicios de brujas sucedidos en aquel lugar, un grupo de chicas misteriosas, y una profesora de arte, Annabelle, que organiza clases de mitología extraescolares para un selecto grupo de escogidas… todo esto enmarca una historia espeluznante de asesinatos.