Letras contra la censura

por Abr 29, 2024

Letras contra la censura

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El primer número de Contrapunto en el que participé fue el 14, que salió publicado en octubre de 2014. Estaba estudiando el tercer curso del Grado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Alcalá y la revista llevaba en marcha poco más de un año. El profesor -y por entonces director de la revista- Fernando Larraz nos invitó en una de las clases a que asistiéramos a una reunión del comité editorial. Escuché allí hablar de secciones, autores, libros… y salí del aula siendo parte del proyecto. Aunque hace casi diez años desde que empecé a colaborar con Contrapunto, durante todo este tiempo mi participación, o al menos así lo siento, ha ido mucho más allá: he escrito reseñas, he revisado textos, he coordinado números, he asistido a congresos y presentaciones de libros; en definitiva, he leído mucho y aprendido sobre literatura, pero lo más importante es que he conocido a estudiantes de otros cursos y grados que, a día de hoy, considero buenos amigos. Desde mis inicios en Contrapunto, y entre reseña y reseña, mis intereses se fueron ampliando y comencé mi carrera investigadora interrogándome en torno a la relación entre censura editorial y literatura bajo el franquismo, lo que se convirtió en el foco central de mis estudios.

Carlos Barral, editor a cuya labor contra las limitaciones impuestas por el Estado a las obras literarias dediqué mi tesis y algunos trabajos, decía a los autores de su entorno que había que obligar a la censura a pronunciarse hasta el final. Estoy convencida de que esa idea fue la que movió sus pasos a lo largo de toda su trayectoria como profesional en el mundo de las letras, del que fue uno de sus principales protagonistas desde mediados de los años cincuenta hasta los setenta. Un veredicto desfavorable, que a otro editor hubiera servido para cesar en su proyecto, generaba en Barral una inmediata respuesta, un deseo irrefrenable por querer invertir el dictamen oficial y sacar a la luz la novela, ensayo o poemario que, junto con su equipo, se había propuesto. Con ingenio e insistencia, trataba de buscar el modo de crear un catálogo con el que ofrecer lecturas alternativas a las que seguían modelos instaurados en la primera posguerra y, sobre todo, de que llegasen al país las corrientes estéticas e ideológicas que llevaban décadas circulando por los vecinos europeos.

Estudiar las estrategias que Barral puso en marcha para intentar cumplir con sus objetivos profesionales ha sido una tarea amplia, con muchas aristas. Por un lado, el trabajo con las fuentes de archivo me ha resultado fundamental durante estos años y, aunque ha estado sujeto a numerosas limitaciones -con la pandemia y sus consiguientes restricciones de acceso de por medio-, lo he disfrutado mucho. Principalmente, las horas y horas que he pasado en el Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares, leyendo y transcribiendo expedientes de censura, y mis visitas a la Biblioteca de Catalunya, en Barcelona, para inspeccionar los documentos del Fondo Barral, han sido el pilar de mi investigación y el hilo conductor que me ha permitido analizar y conocer mucho mejor cómo fueron las tensas relaciones entre editor y administración censora y cómo evolucionaron los libros en su camino de las manos de los autores a las de los lectores, tras haber pasado por ellos el lápiz rojo de los censores. Por otro lado, como complemento a la constante lectura y relectura de las Memorias de Barral, me siento afortunada porque, a lo largo de estos años, he entrado en contacto con personas que, de un modo u otro, conocieron y trabajaron con él y han compartido conmigo cómo recuerdan su carácter, sus gustos literarios y su modo de proceder ante las que el editor creía injusticias por parte del aparato censor. También ha sido un descubrimiento leer y escuchar testimonios inéditos de autores como Antonio Ferres (Madrid, 1924), Luis Goytisolo (Barcelona, 1935), o Raúl Guerra Garrido (Madrid, 1935), refiriéndose al impacto que la censura tuvo en sus obras, en sus trayectorias profesionales, en sus vidas. Palabras que deben ser recogidas sin que sea tarde y que contribuyen, desde distintos prismas, a trazar el panorama de la censura y la expresión literaria.

Esta investigación, que espero difundir pronto a través de su publicación, ha pretendido, en definitiva, ser una aportación, un grano de arena, a los campos de estudios en los que se inserta. Todavía queda mucho por oír, por decir, por investigar de las obras que permanecen mutiladas o invisibles, de los autores que enfrentaron sus textos literarios a las tijeras del Estado y de los editores contra la censura. Como defendía Carlos Barral, hay que pronunciarse hasta el final.