Ante el éxito de “Los domingos”. Una mirada crítica
Alauda Ruiz de Azúa mostró perspectivas estimulantes acerca de la maternidad y de la violencia patriarcal en la película Cinco lobitos (2022) y en la serie Querer (2024) respectivamente. No repetían lo ya dicho, sino que transitaban por lugares nuevos, si bien la resolución de Cinco lobitos no deja de resultar problemática. Recientemente, en un peldaño más arriba en la consideración pública y en el reconocimiento crítico, Los domingos se ha convertido en tema de conversación desde que se estrenó, con un repunte tras la celebración de la entrega de los premios Goya. Lo sabrán ustedes: es la historia de la vocación de Ainara, una chica vasca de diecisiete años que insiste, ante la incredulidad y las reticencias de una parte de su entorno, en ingresar en una orden de clausura. Al parecer, la película documenta qué es la vocación religiosa en la actualidad, como si fuera un fenómeno más o menos común y de suficiente interés, y se propone hacerlo sin prejuicios, como si la base explicativa (la Iglesia y la religión católicas) fuera un mero accidente abstracto en el proceso espiritual de la joven y en su relación con Dios.
Sobre la interpretación de Los domingos, la crítica, apoyándose en las explicaciones de la cineasta, ha consensuado el tópico de la imparcialidad y la neutralidad, reavivando la premisa ―superada hace mucho tiempo― de que en la ficción solo es creíble quien muestra la realidad con rigurosa objetividad. Parece ser que el mérito de Ruiz de Azúa consiste en haberse vuelto transparente y en haberse elevado sobre la realidad para observarla tal como es, desproveyendo su mirada de perspectivas críticas de cualquier signo y dando a cada persona la posibilidad de sacar sus propias conclusiones tras ver la película. De ahí, dice algún crítico, que los fans de monjitas, conventos y curas gallardos vean en Los domingos una apología de la vida religiosa y que los comecuras nos escandalicemos ante un caso flagrante de proselitismo e irracionalidad. Lo mismo vale, al parecer, para que unos y otros corroboremos posiciones previas sin que nadie sienta incomodidad.
A mí, en cambio, Los domingos sí me incomoda, pero no porque me obligue a replantear mi ideología a través de miradas novedosas y preguntas inteligentes. En realidad, más que incomodarme, me molesta la recepción que ha tenido la película porque creo que Ruiz de Azúa, en contra de lo que afirma ―y tal vez, en contra de su propia intención―, hace trampas flagrantes. Lejos de su pretendida ecuanimidad, se trata, en mi opinión, de una película palmariamente sesgada. La parcialidad es evidente en numerosos detalles. Por ejemplo, en el personaje de la tía Maite, que es la más activa en el entorno de la chica para evitar que entre en el convento. Yo mismo me podría identificar con sus puntos de vista si no fuera porque la película dota al personaje de rasgos que nos la hacen muy antipática: es irascible, injusta con su marido y manipuladora; no duda en mentir sobre las relaciones sexuales de su sobrina para evitar que sea aceptada en el convento; es codiciosa cuando llega el momento de la herencia; y es católica por convención, no por convicción. Siempre se ponen en evidencia estos defectos ante sus antagonistas. En la conversación que tiene con la superiora, contrasta su vehemencia con la bonhomía de la religiosa, agraciada con una hermosa capacidad de comprensión y con un hablar pausado y sonriente. En la última escena de la película, dominada por la codicia, Maite pierde los papeles ante su sobrina, la cual exhibe una serenidad modélica cuando le promete que rezará por ella. En contraposición con la tía, la gracia divina parece proporcionar a los personajes religiosos de ademanes seguros, alegría íntima y juiciosa elocuencia. Por ejemplo, el cura del colegio que influye en el proceso de discernimiento ―como nos enseña la película que se llama― o adiestramiento ―que es en lo que en realidad consiste― de Ainara es superlativamente sexy, simpático, empático y claro. Aquí no hay tampoco punto de comparación con el imbécil del padre de la joven novicia. Igualmente, la superiora está dotada de una profunda sabiduría y las demás monjas, de una inocencia y de una certeza admirables. Es también bastante cuestionable la escena de la supuesta revelación divina que experimenta la protagonista, una especie de éxtasis en el que por fin Dios le aclara su llamada a la vida conventual.
Hay muchas otras trampas en el guion. Me pregunto, por ejemplo, por qué se decidió que la inopinada llegada de su familia interrumpiera el coito iniciático de la protagonista. ¿Tenía miedo Ruiz de Azúa a las complicaciones que la consumación sexual de la chica podía acarrear a su historia? Con tan oportuna irrupción, la película refuerza el tabú católico de la virginidad (de las mujeres). Ni este ni ningún otro elemento antimoderno del catolicismo es cuestionado por la historia que narra la película: la misoginia, el clasismo, el puritanismo, el sectarismo o la homofobia, por ejemplo, brillan por su ausencia y blanquean la realidad social, política, histórica de la Iglesia. Sabemos que están (porque suelen estar allí donde está la Santa madre), pero no se dicen, como si fuera de mal gusto nombrarlos en una película sobre la espiritualidad y el reclamo divino.
A la vista de todo esto y de muchos detalles más de la historia, me parece muy evidente que Los domingos es una película de propaganda católica. Por supuesto, quienes no comulgamos con la Santa madre interpretaremos la historia de la vocación de Ainara de una manera muy distinta. Pero en eso no se diferencia de cualquier otra película o novela católica sobre santos, mártires o vocaciones y, en general, de cualquier otro documento de propaganda ideológica del tipo que sea. Cualquier persona con una neurona racionalista verá lo evidente: que la niña es pasto de la secta católica, la cual, a través de sus agentes, se aprovecha de su inestabilidad y de sus traumas para atacar como hienas y convencerla de que nada en el mundo secular merece la pena: ni la familia, ni el trabajo, ni la formación, ni la inquietud intelectual, ni la sexualidad, ni la amistad. Por supuesto, tampoco la libertad personal, la lucha por la justicia, los afectos y los cuidados de las personas cercanas, de los que Ainara desiste. En realidad, algo de razón deben de tener quienes la convencen, porque todas estas cosas tienen una apariencia caricaturescamente turbia en la película. Alrededor de Ainara, el mundo secular aparece dominado irremediablemente por el dinero, la falsedad, la competencia y la ambición. Siendo así, quién no querría profesar.
Todo esto y otros rasgos explican que la película alimente la beatería nacional. Imagino que la película la estará poniendo en sus clases el profesorado de religión, tanto en colegios privados como en institutos públicos. Y que sentirán con fruición que ahora disponen de armas renovadas contra el laicismo, el feminismo y sus demás antagonistas. Porque con Los domingos se renueva el añejo canon católico con modelos aggiornatos, eficaces para señalar el camino a adolescentes que quieran ser tan valientes, serenos, seguros, sensibles y hermosos como la beata Ainara. Y eso, además, con la satisfacción de sentirse legitimados por la crítica, por los premios, por los datos de taquilla y por una factura técnica notable. Pero nada de eso evita que, si decidimos ver que el emperador está desnudo, Los domingos comparezca como otra película maniquea, muy recomendable para el interés de la Santa madre, tal vez un poco mejor hecha que otras, pero de pésimo gusto, incuestionablemente tediosa, esquemática y sentimentaloide.
Fernando Larraz es profesor de Literatura Española en la Universidad de Alcalá. Antes trabajó en las Universidades Autónoma de Madrid, Tübingen, Birmingham y Autónoma de Barcelona. Sus trabajos de investigación se centran en la literatura del exilio republicano de 1939, la censura editorial bajo el franquismo y la historia de la edición literaria en lengua española. Impulsó la fundación de Contrapunto, de la que ha sido director durante seis años.

