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La ficción como pregunta: teoría, educación y escritura

Cuando Roland Barthes proclamó la “muerte del autor”, probablemente no imaginó que su sentencia acabaría encarnándose en las aulas. En el contexto educativo actual, la enseñanza de la literatura se debate entre la transmisión de contenidos y la formación de lectores. Pero ¿qué significa hoy enseñar literatura, en un mundo saturado de relatos? ¿Cómo educar la mirada crítica en una época en la que leer ya no es una excepción, sino una sobreexposición? ¿Dónde se traza la frontera –si es que existe– entre interpretar y crear?

Estas preguntas han guiado buena parte de mi trayectoria investigadora, situada actualmente en el cruce entre teoría literaria, educación y escritura. Una encrucijada que cristalizó en el concepto de “ficción crítica” al que dediqué mi tesis doctoral (En el centro del vacío hay otra fiesta: crisis del lenguaje y ficción crítica. De Borges a Vila-Matas, 2019), y que no solo es disciplinar, sino también existencial. Porque leer no es una actividad inocente. Y enseñar a leer –verdaderamente leer– implica desafiar las inercias de una cultura que convierte los textos en objetos, las interpretaciones en fórmulas, la experiencia estética en producto pedagógico.

Mi recorrido académico comenzó en el ámbito de los estudios literarios con un enfoque centrado en la teoría, la literatura comparada y el hispanoamericanismo. En esos primeros años me interesaba especialmente la ficción como forma de pensamiento, como espacio donde las ideas se ponen a prueba narrativamente. Pero con el tiempo, esa mirada ha ido desplazándose –sin perder densidad teórica– hacia los contextos en que los textos circulan, se enseñan, se apropian. La didáctica de la literatura se ha convertido así en un nuevo eje de mi trabajo: una zona fértil donde confluyen las preguntas estéticas con las preguntas pedagógicas, y donde la lectura deja de ser un acto privado para convertirse en un hecho cultural y formativo.

En ese tránsito hacia la educación literaria también ha ido ganando terreno mi práctica como escritor de ficción. Escribir narrativa me ha permitido volver a pensar la teoría desde dentro, desde los propios dilemas del lenguaje, la estructura, la voz. La ficción no es, para mí, una simple aplicación creativa de las ideas, sino un modo de interrogarlas en carne viva, de someterlas a prueba en el terreno movedizo del relato, como traté de hacer en Too late (La Navaja Suiza, 2022). Esa experiencia me ha hecho más consciente de que no hay teoría sin forma, ni pedagogía sin relato. En última instancia, toda escritura –académica, ensayística, narrativa– es una forma de ficción: una puesta en escena de la mirada, una manera de construir mundo.

Frente a cierta tendencia a concebir la enseñanza literaria como la transmisión de un canon o de una serie de habilidades técnicas, defiendo una idea que puede parecer paradójica: que leer es, en el fondo, una forma de escribir. Todo texto leído deviene una suerte de reescritura, reconfigurado a la luz de la memoria, la sensibilidad y la historia del lector. Así, cada lectura es una pequeña operación de literatura comparada. No leemos con la mirada desnuda, sino con un archivo vivo de referencias que transforma también lo ya leído. De ahí que enseñar literatura no deba consistir únicamente en enseñar su historia, sino en enseñar a leer como quien enseña a componer, a intervenir, a pensar con y contra los textos.

Sin embargo, la educación literaria arrastra aún una concepción fósil del texto, como si fuera un cuerpo cerrado que el estudiante debe diseccionar con herramientas críticas ya legitimadas. Esa concepción ignora que la literatura es una práctica viva, cambiante, que exige ser actualizada en cada encuentro. Y que cada generación de lectores –nacida en distintos paisajes culturales– se aproxima al texto desde otros códigos y otras gramáticas del sentido.

Mi trabajo parte, por tanto, de una premisa fundamental: la literatura no es un conjunto de contenidos, sino una forma de pensamiento. Una forma de mirar el mundo que exige lentitud, atención, duda. Enseñar literatura implica enseñar a pensar literariamente: a reconocer estructuras, a desarmar convenciones, a leer también lo que no está dicho. El texto, como el mundo, está lleno de huecos. Y es ahí –en esos pliegues del sentido– donde se juega la experiencia literaria.

Es curioso, no obstante, que la teoría literaria y la escritura creativa hayan vivido tanto tiempo en compartimentos estancos. En los programas universitarios, la teoría se asocia al rigor académico, mientras que la escritura creativa suele relegarse a talleres extracurriculares donde reina la expresión subjetiva. Pero esta dicotomía es artificial. Muchos grandes escritores han sido, también, grandes teóricos. Borges es el ejemplo más nítido: sus ficciones son ensayos disfrazados de relatos; sus ensayos, ficciones con pretensión especulativa. Por su parte, Ricardo Piglia nos enseñó que la crítica puede adoptar formas narrativas y que pensar en literatura no excluye narrar desde la teoría. No es casual que estos escritores-teóricos hayan sido, a su vez, grandes maestros.

Inspirado por esta tradición, he intentado trazar puentes entre ambos territorios: el del análisis y el de la invención. Me interesa la posibilidad de una teoría que no renuncie al asombro ni a la imaginación; y de una escritura que sepa pensar sus propios mecanismos, que se interpele a sí misma. En esta línea he desarrollado investigaciones sobre intertextualidad, literatura comparada, y las relaciones entre la literatura y otras formas de representación, como la imagen. Porque escribir –igual que leer– es también mirar; premisa que ha dado cuerpo a mi participación en el proyecto textovisual Gabinete de la posibilidad (Comisura, 2023).

En un artículo reciente, Aprender a no leer: ética y estética de lo ilegible (2024), publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, propuse una idea que puede causar cierto desconcierto: la necesidad de desaprender ciertas formas de lectura. En un mundo hipertextualizado, leer no basta. Hay que saber qué no leer, cómo no leer, por qué no leer. Esa renuncia no es desinterés, sino lucidez crítica. Frente al ruido, elegir el silencio. Frente a la abundancia, la omisión significativa. La alfabetización del siglo XXI no consiste en acumular textos, sino en aprender a gestionarlos, a desacelerar, a habitar la página como quien explora un territorio incierto.

De ahí que me guste pensar la literatura como un laboratorio. No un lugar de certidumbres, sino de experimentación. Un espacio para ensayar otras formas de percepción, de sensibilidad y de comunidad. Porque leer –de verdad leer– es una forma de alteridad. Es ponerse en la piel de otro, ensanchar el campo de lo posible y resistir a los discursos únicos.

La teoría, la pedagogía, la creación… todas estas prácticas convergen, al final, en una misma inquietud: ¿cómo nos enseñamos a leer el mundo? Y ¿cómo nos leemos a nosotros mismos? La literatura no responde de forma definitiva a estas preguntas, pero insiste en ellas. Las hace vibrar. Las desplaza. Y ese movimiento es, quizá, su mayor potencia: recordarnos que vivir –como leer, como escribir– es también una forma de interrogación.

Foto Mario Aznar
Mario Aznar

Mario Aznar es profesor, escritor y crítico literario. Doctor Internacional en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid, completó su formación en las ciudades de Florencia y Nápoles, donde frecuentó los seminarios del Instituto Italiano de Estudios Filosóficos. Además de su producción académica, ha prologado los libros de Enrique Vila-Matas Impón tu suerte (Círculo de Tiza, 2018) y Ocho entrevistas inventadas(H&O, 2024). Su novela Too late (La Navaja Suiza, 2022) fue merecedora del segundo premio en el 44º Tigre Juan de narrativa. Recientemente ha colaborado en el proyecto textovisual Gabinete de la posibilidad (Comisura, 2023), junto a autores como Juan Gómez Bárcena, Layla Martínez y Alejadro Morellón, y ha sido merecedor del II Premio de No Ficción La Caja Books por su proyecto Niños salvajes, que verá la luz en 2026. Ha sido director del Máster en Escritura Creativa de la Universidad Internacional de La Rioja y actualmente es profesor de Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Universidad de Murcia. Desde 2016 edita la web literaria lectorsalteado.com.

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