¿Cómo se narra después del trauma? “Oxígeno”, de Marta Jiménez Serrano
La vivienda es hoy una de las grandes inquietudes de una generación de jóvenes que contempla desde lejos, cada vez más, la posibilidad de acceder a una casa propia y que se resigna a alquilar o a permanecer en la casa familiar. No es ese el centro de Oxígeno, de Marta Jiménez Serrano, pero sí uno de los asuntos que la recorren. A ese trasfondo se suman otros temas que atraviesan la obra como son la precariedad, la convivencia, la enfermedad, la vulnerabilidad del cuerpo y, en especial, la fragilidad de la existencia. Y es que el relato se sostiene sobre un hecho autobiográfico que marcó la vida de la autora para siempre: una experiencia cercana a la muerte debido a una intoxicación por monóxido de carbono.
Una mujer inconsciente en el suelo del baño, herida y al borde de la muerte. Así comienza la historia de Jiménez Serrano. La voz narradora reconoce que la literatura necesita trama, sentido y estructura, ingredientes de los que su relato carece; pero, afirma, no se trata de una novela, sino de lo que ocurrió. Con la ayuda de testigos como Víctor Soto, enfermero del SUMMA 112 que la asistió, de médicos y trabajadores del servicio de urgencias, y de Juan, su novio en aquel momento —quien la descubre inconsciente y con la cabeza abierta—, logra reconstruir lo sucedido hasta donde su memoria no alcanza.
Comencé la reseña con el tema de la vivienda, y es que en él está la base de todo. Su casera, una mujer acomodada residente en California, alquila una casa en Madrid bajo una condición inexpugnable: no quiere hacerse cargo de nada. Hasta tal punto llega su deseo de mantenerse al margen que una caldera defectuosa, que debía ser sustituida por el riesgo mortal que entrañaba, es ignorada. Casi acaba con la vida de Marta y Juan, que a la vez son los protagonistas de Oxígeno. ¿Qué ocurre antes de todo esto? Incursiones diarias y repetidas en idealista, alertas directas al buzón de correo electrónico, numerosas visitas a pisos destartalados y mohosos, por mensualidades desorbitadas, a las que se suman la fianza, el depósito, el aval, las nóminas… Es la realidad a la que nos vemos abocados muchos de nosotros, tan reconocible que interpela dolorosamente a un sector de la población entre el que me incluyo.
Lo cierto es que el libro supone para la autora una suerte de peculiar ejercicio narrativo. Se encuentra, en primer lugar, ante la imposibilidad de narrar algo que protagonizó, pero que no recuerda: “las historias las narran los que las vieron o los que las vivieron, y yo esta ni la vi ni la viví” (21). Reflexiona también sobre la muerte, que encaja y dota de sentido a casi cualquier historia. Menos la muerte del narrador, como es de esperar. Revela además los mecanismos que se plantea utilizar en la narración, que debe generar cierto apego hacia los personajes para que su casi muerte nos provoque tristeza, y lo hace, en ocasiones, en segunda persona. Somos parte del relato. Incluso la narradora parece sorprenderse por el propio devenir de la historia, como cuando, tras ser llevados al hospital y una vez Marta recobra la plena consciencia, la colocan en mitad del pasillo, camilla con camilla, junto a su novio, provocando un reencuentro muy emotivo. “Es un recurso demasiado fácil, demasiado cursi”, piensa ella, “pero esta historia no la escribo yo, la escriben Ana Belén, Víctor, Santiago y Pedro, los cuatro trabajadores del SUMMA que nos salvaron la vida” (113).
Juan, es decir, Juan Gómez Bárcena, aparece incorporado a la historia. Es, como decía antes, quien encuentra a Marta inconsciente. Se narra incluso el momento en que se conocen, a raíz de una charla que él imparte sobre la estructura de la novela, a propuesta de un chico con el que Marta hablaba entonces. En ciertas partes, además, escribe sobre Toñanes, en lo que puede leerse como un eco de Lo demás es aire, novela en la que Marta aparece también narrada como “la madrileña”. Surge una conexión especial si, como yo, has pasado horas y horas con la novela de Gómez Bárcena, y se siente como el cierre de un círculo en esta obra de Jiménez Serrano. Muy distinto es el trato que recibe la casera, hacia quien la autora dirige un odio visceral que le impide darle voz o retratarla con sus vulnerabilidades, como a una persona de carne y hueso. Una negligencia estuvo a punto de acabar con sus vidas, y no tiene la más mínima intención de redimirla.
La historia se convierte en una suerte de terapia para la autora, que en los últimos compases de la narración logra afrontar el trauma. Escribir este libro ha sido parte de ese proceso, de borrar el miedo a no despertar por las mañanas. La estructura de la narración emula la propia de la literatura del duelo, pero en este caso no trata sobre la pérdida de un ser querido, que suele ser por lo general el padre o la madre, sino sobre la casi pérdida de su propia vida. De ahí que Oxígeno sea, por encima de la variedad temática presente entre sus páginas, un libro sobre la supervivencia y sobre la ardua tarea de encontrar sentido después del desastre. Se trata, además, de una obra que consolida una carrera todavía breve como la de Marta Jiménez Serrano, que ya con Los nombres propios atrajo la atención del público y que, con seguridad, seguirá despertando interés con todo lo que escriba.

Juan García-Cardona
Juan García-Cardona es profesor en la Universidad de Málaga. En los últimos años, su línea de investigación principal se ha centrado en la literatura rural española reciente, a la que ha dedicado su tesis doctoral y artículos en relación con la memoria histórica (Siglo XXI, 2023) o la representación de la inmigración (Philologica Canariensia, 2024). Además, ha publicado en diversas revistas artículos sobre el género literario de la autoficción (Pasavento, 2022), la adaptación cinematográfica (Trasvases entre la Literatura y el Cine, 2019) y la prensa cultural española (EPI, 2022; Ocnos, 2023; Revista de Literatura, 2025). Ha presentado más de una veintena de ponencias y es coorganizador del congreso anual Transmedialidad, Intertextualidad y Adaptación Cinematográfica.
