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Barro: presencia en bruto. Sobre “Solo tierra, solo lluvia, solo barro”, de Montse Albets

Hay novelas que llegan con el ruido de los premios por delante. Es el caso de Solo tierra, solo lluvia, solo barro (2025), de Montse Albets, que ganó el Llibreter 2025 a la mejor novela catalana del año y que ha recibido numerosos elogios por parte de la crítica en ambos idiomas (Título original: Només terra, només pluja, només fang, Edicions del Periscopi, 2024).

Tierra, lluvia, barro: una misma materia en transformación. La tierra como lo que queda cuando la vida se retira; la lluvia como la irrupción de lo incontrolable; el barro como la mezcla resultante, pegajosa e informe, de la que sin embargo acaso pueda emerger algo. Tierra, lluvia, barro: una misma materia, Maria —la protagonista del relato—, en transformación, y también los tres estadios del duelo. Porque de eso va, en el fondo, la novela de Albets: del duelo.

Maria regresa a Ca la Viuda, la casa familiar en las afueras de un pueblo, con un cochecito de bebé, algunas bolsas y un par de maletas para encerrarse en compañía de retratos de antepasados y fantasmas. No lo sabremos a ciencia cierta hasta el último tercio de la novela, pero su bebé ha muerto y ella lo ha sacado del hospital para velarlo a su manera. El gesto es radical y Albets lo sostiene sin caer en el melodrama ni quedar atrapada en las cuatro paredes del dolor de su protagonista. Las ventanas son siempre necesarias, son respiraderos, y la autora los administra con oficio: las escenas del exterior, las vecinas y vecinos del pueblo, el cotilleo en Ca la Puri (la peluquería) o las peleas de Cristineta con el altavoz Alexa que le han regalado sus hijos para que le haga compañía —ellos no tienen tiempo— son las bombonas de oxígeno imprescindibles para continuar. Y el humor, porque el humor es clave en el texto: funciona como antídoto contra el sentimentalismo y evita la asfixia.

La arquitectura narrativa se construye en una polifonía de voces muy controlada. Se alterna el monólogo interior de la protagonista con una voz narradora omnisciente y los diálogos directos de las y los vecinos. Pero a eso se le van añadiendo distintos materiales: correos electrónicos que llegan al teléfono de Maria, búsquedas en internet, registros de llamadas, listas de la compra, el diario escrito por la madre… El recurso, por supuesto, no es nuevo, pero aquí funciona con una precisión a veces cruel: cuando la guardería a la que estaba apuntado el bebé, por ejemplo, manda un correo informando sobre las “experiencias motivadoras” del nuevo curso, el lenguaje burocrático se torna repentinamente una forma de violencia tan silenciosa como la del propio duelo.

Maria necesita tiempo. Tiempo. En Diario de duelo, escribió Barthes que el tiempo del duelo no transcurre, sino que pesa: que cada día no es, digamos, una unidad que avanza, más bien una superficie en la que la persona simplemente cae. No hay progresión, solo presencia en bruto. O sea, el duelo suspende la temporalidad ordinaria y la sustituye por la mera existencia. Pienso que la novela capta bastante bien esta fenomenología: “el tiempo lo paso existiendo”, sostiene la voz narradora en un momento dado, y aquí no hay metáfora, sino más bien diagnóstico, porque vivir el duelo es vaciarse de toda dimensión futura y quedarse en el presente más desnudo. Por eso ahora, para Maria, el tiempo es tan solo “un vacío inmenso”, sin orillas, en el que solo la materia más elemental (tierra, lluvia, barro) tiene cabida, ocupa.

Decía más arriba que la columna vertebral de la novela es el duelo. Sin embargo, conforme avanza se descubre otro núcleo: las violencias ejercidas sobre las mujeres de la familia de la protagonista. Capa a capa, y como si de un ejercicio de arqueología se tratara, va desvelándose, de forma retrospectiva y fragmentaria, un pasado atravesado por la violencia machista, en cuya red han quedado atrapadas, no solo la madre y la abuela de Maria, sino también otras mujeres del pueblo. Superpuesto al presente, este pasado está cargado de violencias silenciadas, amores no correspondidos y maternidades difíciles.

Solo tierra, solo lluvia, solo barro es una novela interesante, mayoritariamente por su reflexión sobre las relaciones entre temporalidad y duelo, pero algunas de sus bisagras carecen de aceite. La voz de la comunidad rural —esa especie de coro de vecinas chismosas— funciona, pero corre el peligro de caer en el costumbrismo. El pueblo huele demasiado a refugio y apenas hay tensiones más allá del interior de la casa. La novela predica la necesidad del otro para sobrevivir (también al duelo), pero le falta espacio y profundidad para terminar de demostrarlo. Y el inventario, finalmente, cae a veces en el lugar común. El arranque de la novela —la huida hacia el pueblo, la necesidad de desaparecer— pertenece a un imaginario muy transitado por la narrativa neorrural contemporánea, en tanto que la figura de Manel, por ejemplo, es prototípica: un hombre mayor, solterón y toda la vida enamorado en secreto de la madre de Maria. Por eso cuida como puede a la protagonista —que se parece físicamente mucho a su madre, claro—, dejando sacos de leña en su puerta o llevándole comida. Manel es un personaje trazado con ternura y cumple con su función, pero no podemos evitar sabérnoslo un poco de memoria, ¿no…?

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Doctora internacional en Literatura Española por la Universidad de Salamanca, con máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid y Master of Arts in Spanish en la University of Wisconsin-Milwaukee, actualmente es investigadora posdoctoral Juan de la Cierva en la Universidad de Alcalá. En el pasado, ha sido profesora en la Universidad de Salamanca, en la UNIR, en la Universidad de Burgos, en la Universitat Jaume I y en la University of Wisconsin-Milwaukee, así como contratada posdoctoral en la Université catholique de Louvain. Es autora del ensayo "Ideología, poder y cuerpo. La novela política contemporánea" (Bellaterra, 2023) y escribe reseñas mensuales en el periódico Mundo Obrero.

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