“The Irishman”. Una historia, una película, un director

por | Dic 18, 2019

“The Irishman”. Una historia, una película, un director

por

The Irishman

Director: Martin Scorsese

Reparto: Robert De Niro, Al Pascino, Joe Pesci

Duración: 210 minútos

Frente a los Cines Verdi de la Calle Bravo de Murillo, y a pesar de la lluvia, una fila de gente esperaba para entrar. Con la apertura de las puertas, el lugar se agitó: algunos corrieron para hacer fila frente a la sala, querían garantizar un buen asiento —en este teatro no se reservan butacas—; otros preguntaban a los encargados —o a cualquiera— cómo obtener los tickets que compraron desde casa; incluso había algún despistado que necesitaba adquirir su pase de entrada. Era una escena peculiar. En lo personal, no había visto nada así desde comienzos de la primera década del siglo, cuando estrenaban las películas taquilleras y no había internet para reservar lugar ni se acostumbraba a enumerar los asientos del cine. La cantidad de personas ansiosas por entrar y la anticipación que se percibía en la atmósfera recordaban a las proyecciones de los filmes de Marvel. Sin embargo, el público estaba ahí para ver The Irishman, la nueva película de Martin Scorsese, protagonizada por Robert De Niro, Al Pacino y Joe Pesci.

            La comparación con la franquicia de Disney no es un capricho. El director americano, famoso por filmes como Taxi Driver (1976) y The King Of Comedy (1982), entre tantos otros, ha desatado una controversia al expresar su opinión sobre la saga de superhéroes. No pudo ser más contundente: no son cinema. La expresión, cabe aclarar, apunta a una forma específica de aproximarse al séptimo arte. Para resumir, podemos recordar la división entre “alta” y “baja” cultura, entre vanguardia y kitsch. Scorsese, al hablar de cinema, parece apuntar a una forma de cine más cercana a la vanguardia: textos artísticos que desafíen al espectador, que lo interpelen y, si es necesario, lo incomoden, siempre con un propósito estético.

            Por tanto, y para que la comparación entre The Irishman y Marvel sea justa, es importante aclarar un par de puntos. Primero, frente a la distribución masiva de Disney, el filme del director apenas se puede encontrar en unos pocos teatros de Madrid —es probable que la situación se repita en todas las ciudades en las que se estrene, que tampoco serán muchas—. Esto se debe que la película fue producida por Netflix y, en consecuencia, estuvo disponible en el streaming pocos días después del estreno en las salas. Segundo, el público que esperaba ansioso para entrar a los Verdi, en su mayoría, había superado la cuarentena. Con escasas excepciones, incluso quienes salían de esta estadística respondían a un perfil específico: cinéfilos y seguidores del cine de autor, como quien escribe estas líneas. Esto no quiere decir que pocas personas estén interesadas en la obra de Scorsese. Pero, probablemente, muchos prefieran verla en sus casas.

            Es necesario dejar de lado, al menos por un momento, todas estas cuestiones contextuales y centrarnos en las más de tres horas de proyección. The Irishman narra la biografía (real) de Frank Sheeran (Robert De Niro), un asesino de la mafia que trabajó con el sindicalista Jimmy Hoffa (Al Pacino), desaparecido en el año 1975. Esta versión de los hechos es una adaptación del libro de Charles Brand, I Heard You Paint Houses, que recoge el testimonio y las confesiones que el irlandés realizó antes de morir. El espectador es testigo de la vida del asesino, de sus crímenes, pecados y arrepentimientos. Se retrata una suerte de filosofía de vida que recuerda a la banalidad del mal de la que habló Hanna Arent: Sheeran se ve a sí mismo como un soldado, alguien que hizo lo que le ordenaban, incluso si esto entraba —o no— en conflicto con su propia moral.

            Sin duda, uno de los platos fuertes de esta película es la actuación. Al Pacino, tras unos años en los que podía llegar a parecer una parodia de sí mismo, recuerda aquí —así como lo hizo en Once Upon a Time In Hollywood, de Quentin Tarantino— la razón por la que es una de las figuras claves del cine de los últimos cincuenta años. Por su parte, Joe Pesci, que hace del callado mafioso Russell Bufalino, sorprende con una actuación sutil que contrasta con los ruidosos papeles que interpretó en otras películas de Scorsese. El silencio que caracteriza a este personaje saca a relucir lo mejor del actor, cuyos gestos y presencia son capaces de comunicar la densidad de su psicología. Finalmente, Robert De Niro probablemente haya logrado con este uno de sus mejores trabajos. La narración se centra en él, se sostiene sobre su personaje, y la lleva de forma magistral. Captura la humanidad de una persona que, a primera vista, puede parecer solo un asesino, y la transmite al espectador.

            No se puede hablar de las actuaciones sin tomar en cuenta el efecto de rejuvenecimiento digital. Aunque muchos se han quejado de este aspecto de la producción, lo cierto es que la tecnología muestra su efectividad —no es la primera vez—. Más importante, cuesta encontrar un filme en el que las virtudes del avance tecnológico sean utilizadas para algo más que para producir imágenes impactantes o escenas de acción imposibles. Aquí, el trabajo sirve para sumar verosimilitud a una historia que necesita recorrer los ochenta años de vida de Frank Sheeran.

            Pero el aspecto clave de The Irishman es la dirección. La gente suele olvidar que el trabajo de un director es, antes que crear historias, contarlas. Scorsese, que ya se ha dado a la labor de filmar películas “basadas en hechos reales”, es un excelente ejemplo con el cual contrastar esta idea y su biografía del irlandés podría ser su producto más logrado. En una época en la que el cine depende de hiperbólicas escenas de acción para mantener la atención del espectador, esta película recuerda cómo lo esencial de una narración es la historia que cuenta, cómo cada detalle suma en la construcción del discurso. Los elementos que agilizan este filme son los clásicos de cualquier otro: los diálogos entre los personajes, la tensión que existe entre ellos y los conflictos internos que los definen. Cada cuadro sirve para hilar esta trama. Los efectos especiales, la calidad de la imagen, la bellísima fotografía, el impecable gusto musical del director y la violencia, inevitable en una película sobre mafiosos, están ahí para complementar la estructura narrativa y no al revés. Las tres horas y media de filme son muy distintas a las que vemos en Avengers: Endgame, por ejemplo, y son la prueba de que no se necesitan épicas luchas maniqueístas para mantener al espectador sentado en la butaca. Esa diferencia es una primera pista sobre lo que separa a la franquicia de Marvel de lo que Scorsese llama cinema.

            Al salir de la sala, no pude evitar pensar en lo raro que es el evento al que acababa de asistir. Raro por la escasez. Lo cierto es que pocas personas esperan con ansias el trabajo de un director. Hoy por hoy, la gente sigue franquicias —la saga de los Avengers, de Star Wars— y no autores. Como consecuencia, cada vez hay menos interés en este tipo de cine. Incluso Tarantino, uno de los pocos nombres que es capaz de llenar salas, afirma estar llegando a sus últimas películas. Entre las razones que cita Scorsese para cuestionar a Marvel, señala que, incluso si no hay nada malo en hacer películas con el único propósito de entretener y complacer a la audiencia/cliente, el problema es que cada vez hay menos espacio para otro tipo de cine. Esto tiene un claro matiz personal: el americano, que hubiera querido estrenar su nueva producción en las salas y no en el streaming, acudió a Netflix porque nadie quería financiar el proyecto. La posibilidad de que The Irishman, sin duda una de las mejores películas del año —quizá de la década—, no hubiera sido producida es un síntoma de los problemas que tiene la industria cinematográfica actual.

            En un artículo en el que Scorsese explica su posición frente a Marvel, comenta que, cuando ve una obra de lo que sí considera cinema, sabe que va a ver algo nuevo, inesperado e, incluso, que se encontrará con innombrables áreas de la experiencia, lo que implica un “riesgo emocional”. En contraste, las megaproducciones de Disney no corren riesgos. The Irishman confronta al espectador con la complejidad del ser humano, y lo hace al enfrentarlo a un individuo cuya ambigüedad moral nos interpela. A diferencia de tantas otras películas, incluso de “alta cultura”, esta no realiza concesiones. En ningún momento da una respuesta clara. Al final del filme, es difícil emitir un juicio sobre su protagonista. Esto no quiere decir que no haya realizado acciones evidentemente inmorales, e incluso malas, pero nos recuerda que, hasta en la ambigüedad que viven los protagonistas de la cinta, el mundo conserva su complejidad. Esto resulta inquietante y, más allá de la polémica que ha desatado Scorsese en torno al cine, es un hecho que el arte siempre debería movernos en un sentido profundo.

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