Daniel Gamper, «Las mejores palabras. De la libre expresión»

por | Abr 28, 2020

Daniel Gamper, «Las mejores palabras. De la libre expresión»

por

Daniel Gamper, Las mejores palabras. De la libre expresión

Barcelona, Anagrama

157 páginas, 16,9 euros

“Quid est veritas?”

“Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”

 En 2016 el diccionario Oxford eligió “post-truth” como la palabra del año. Llama la atención esta paradoja por la cual la noción que subraya el engaño de las apariencias y las palabras —sobre todo políticas— se concrete como fenómeno/vocablo; es decir, se encarne y adquiera solidez. El apogeo de la posverdad parece culminar un proceso de poscultura (Steiner) que ha llevado a diversos pensadores a describir las distintas muertes de Dios, de la historia, del hombre o del arte, entre otras. Pero la historia de las mentalidades está compuesta de ciclos y, por ello, tras haberse alcanzado el consenso del fin de los grandes relatos (Lyotard), surge de nuevo el comezón de preguntarse por la verdad.

Sin duda, Las mejores palabras. De la libre expresión, del filósofo Daniel Gamper (47º Premio Anagrama de Ensayo), motiva reflexiones de nuestro presente. Era ya un libro necesario para el año 2019 que lo vio nacer pero, más si cabe, para el cambio de era que supone el 2020, pues el acontecimiento vírico ha puesto sobre la mesa términos que parecían estériles y bizarros como “humanidad” y “especie”. Leído desde esta clave, se entiende por qué no es tan solo una giro poético la frase de apertura: “Al hablar buscamos casi siempre las mejores palabras. O tal vez son las palabras las que nos buscan y nos encuentran, utilizándonos para su subsistencia y reproducción”.

Sin que se deba poner en exacta correspondencia, Gamper comparte con los pensadores y artistas de la Europa Central de principios del siglo XX la preocupación por el estado del lenguaje, en su esencia y en su naturaleza social. Se ha hecho una lectura profética de los escritos de Weininger, Wittgenstein, Hofmannsthal o Kafka: el desgaste de la lengua presagiaba las guerras mundiales y los totalitarismos en el seno del Viejo Continente. Aquí hay que guardar más prudencia y abandonar una destructiva interpretación romántica. Las mejores palabras. De la libre expresión se inscribe en el tiempo en que las personas, desde los principales líderes mundiales a los usuarios de redes 2.0., contribuyen a la viralización de fake news y a la “infoxicación” (Cornella). En ese contexto de escepticismo y empobrecimiento, el autor considera que, sin caer en la mudez ni el elitismo, ciertas palabras deben ser sometidas a un proceso de revalorización y reivindicación. Al menos hasta 2019, nos encontrábamos en un espacio democrático propicio para ello, pero habrá que ver cómo afectan o intervienen en el proceso las transformaciones culturales y biopolíticas que nos esperan.

En realidad, no se trata de un ensayo más contra el ruido. Antes al contrario, recalca en el primero de los apartados que “el ruido es el medio” y que en ese ecosistema sonoro —peligroso, pues en él se efectúa el control sobre los cuerpos— debemos cribar el lenguaje y sobrevivir. La actitud de los ciudadanos es diversa, entre el “empatista”, cuyo discurso le parece casi mudo, sin autenticidad ni valentía, y el “polemista”, que grita por obligación. El tratamiento del silencio, otra noción de moda en las dos últimas décadas, resulta ambiguo. Gamper rechaza, no sin ironía, posturas extremas y radicales de cierta pseudoespiritualidad que parecen invitar, hipócritamente, a retiros e impracticables abandonos del sistema. Pero para el pensador catalán también sería aprovechable, en cuanto el silencio oxigena no solo la comunicación humana, mediante la pausa entre los enunciados y la escucha civil, sino las palabras mismas confiriéndoles su valor en ese momento de detención en que la persona se vuelve a fijar en su significado. Este “acto de resistencia” que aquí solo se apunta, en un final sinestésico en que se habla de la voz como tacto, ha sido delineado por otro gran ensayista, Josep María Esquirol, que en La resistencia íntima (2015) elabora una “filosofía de la proximidad”.

El lenguaje nos pertenece a todos, pero el prurito de horizontalidad en busca de una demolición de las jerarquías ha llevado a una desorientación en las comunicaciones sociales: entre gobernantes y ciudadanos, entre profesores y alumnos o entre padres e hijos. Asimismo, Gamper reduce el valor político de la efímera palabra del usuario 2.0. Aunque habría quien atisbara aquí un menoscabo, emplea este argumento a modo de protección, pues critica las penas que se imponen a dichas manifestaciones públicas en el contexto de la progresiva censura estatal. Aboga por no seguir ese camino que, conduciendo al de la autocensura, aniquilaría nuestra creatividad. Existe en su pensamiento un rechazo a la doxa, pero no en el sentido del Antiguo Régimen, como pensamiento inferior por provenir de extractos socioculturales más bajos; lo que a Gamper le preocupa es la consciencia del individuo de elaborar una palabra propia y auténtica: “la palabra libre tiene que ser conquistada en contra de lo que hay”. Esto lo han intentado algunos colectivos como el feminismo o el multiculturalismo, cuya principal misión es “renombrar el mundo” en la creencia etno y psicolingüística del vínculo entre lenguaje, pensamiento y realidad. Sin embargo, este curso necesario de la historia ha dejado ciertos tics de infantilización política y nuevos modos de censura. En definitiva, se ha de lograr una polifonía que consista en cultivar la palabra en el cautiverio del espacio democrático. Aquí resulta pertinente Aristóteles y, por qué no decirlo, algunas de las mejores ideas de humanistas e ilustrados.

Es imposible no releer este libro a la (oscura) luz de nuestros días. Queda demostrado que algunas palabras adquieren vida propia, resisten y nos contagian. Una de ellas es la palabra crisis. El ensayo da a entender que esto es un hecho, que existen términos válidos todavía para comprender los problemas trascendentales de un grupo humano, desde la pareja hasta la especie en esta “aldea global” (McLuhan) en que se ha convertido el planeta. No sabemos qué es una crisis, pero sí sus efectos y esto basta para que el vocablo nos sea todavía útil y verdadero. De esta crisis parecen salir reforzadas, por decantación, muy pocas palabras: “especie”, “solidaridad”, “silencio”, pero sobre todo “muerte”, “negligencia”, “estupidez”. En palabras de Gamper: “Nunca llegaremos a un acuerdo sobre la naturaleza de las mejores palabras. Conformémonos, que no es poco, con saber identificar colectivamente las peores que se ponen al servicio de la dominación”. Y este no constituye un mal punto de partida, por cuanto se mantienen como bastiones irreductibles para una comunicación humana básica y eficaz y para la comprensión de cualquier fenómeno, la vida o el mundo.

¿Te ha gustado el artículo? Puedes ayudarnos a hacer crecer la revista compartiéndolo en redes sociales.

También puedes suscribirte para que te avisemos de los nuevos artículos publicados.