Canvas

De la burguesía también se sale: escritoras obreras militantes en el periodo de entreguerras

La academia, como todo espacio de socialización, reproduce los discursos y tensiones de cada época. Quienes nos formamos antes de la última explosión feminista, esto es, antes de 2018, entramos en la investigación aceptando la inercia que nos llevaba a interesarnos por unos objetos de estudio o por otros sin ningún tipo de reflexión ni conciencia; la misma inercia con la que habíamos construido nuestro gusto e interés literario, esa que configuraba el valor de un texto bajo los parámetros de la literatura producida por los escritores (masculino no genérico) aristócratas y burgueses de todos los tiempos y territorios. Aprendimos a leer sin perspectiva de clase ni de género (ni hablar de otros ejes de opresión) porque lo que producía la clase obrera eran panfletos y las mujeres, textos de mala calidad literaria (sea lo que sea eso). Imaginemos, entonces, la combinación de ambos ejes… ¿Qué podían escribir las mujeres obreras? Nada digno de ser estudiado. ¿A quién le podía interesar la violencia que sufrían las trabajadoras de una fábrica, la imposibilidad de abortar si no se tenían recursos o las dificultades vividas por una mujer a causa de un proceso migratorio? A nadie con cierta sensibilidad y conocimiento literarios.

Aprender a investigar con la conciencia de lo que nos atraviesa y deseamos, aceptar que nuestras ganas de saber responden tanto a procesos mentales como emocionales o tener una actitud crítica con el canon son fases de un proceso de deconstrucción que tuve la suerte de comenzar muy lentamente gracias a Julio Rodríguez Puértolas. Aquel catedrático de Literatura Española que hablaba de la Edad Conflictiva y no del Siglo de Oro, de la Generación de la República y no del 27, aquel que en sus Jornadas sobre la Cultura de la República nos descubría la literatura proletaria y daba el mismo valor al testimonio de una militante que a un poema de Alberti, te invitaba (sin que te dieras cuenta) a leer los textos como parte viva de la historia. Al tiempo que la guerra de Irak, la tragedia del Prestige y la (maldita) LOU despertaban mi conciencia política, Julio nos enseñaba que la historia se escribe en la literatura y que si la literatura no se estudia en su «radical historicidad» (en términos de Juan Carlos Rodríguez), siempre dejaremos preguntas importantes sin contestar. 

En sus clases sobre Galdós y Clarín consiguió sacarme del embrujo de la supremacía autorial, de los intertextos y de la hermenéutica de las figuras retóricas como formas únicas de hacer Filología. Entonces no dejaba de mencionar El caballero encantado (1909), un texto al que no se le había prestado mucha atención y que denunciaba, entre otros, el caciquismo del momento. Atraída por ese misterio, comencé a investigar sobre esa novela y pronto me di cuenta de que lo que la crítica había denostado no era solo esta obra, sino toda una época, la de ese Galdós maduro que dirigió la Conjunción Republicano-Socialista y escribía novelas dialogadas y Episodios Nacionales llenos de seres mitológicos. Una rareza incomprensible para un autor realista decimonónico. El descubrimiento bien merecía una tesis doctoral, así que me aventuré a ello. Entonces, busqué las respuestas en la vida pública del novelista. Lo inserté en el campo literario y político español entre 1901-1920 para estudiar cómo se relacionaba con sus círculos sociales afines. Y demostré que aquel cambio estético respondía no a su senilidad, como había sostenido la crítica galdosiana, sino a una actitud experimental común en la época que pedía una nueva novela, la de la incipiente clase media. Esta tesis, dirigida, claro, por Julio Rodríguez Puértolas, se convertiría tras un intenso reposo en la monografía Galdós en su siglo XX. Una novela para el consenso social (Iberoamericana / Vervuert, 2020).

Estudiar a Galdós desde esta perspectiva me empujó a ponerlo en relación con el movimiento obrero y a descubrir su inmenso y marginado campo cultural. Me di cuenta, entonces, de que nuestra visión sobre él (la transmitida por el imaginario cultural burgués) oscilaba siempre entre la mitificación y el desprecio, y que proyectaba los deseos y necesidades de sus antagonistas, no los suyos. Por suerte, se podía girar el prisma porque a finales del XIX y principios del XX, la clase obrera, al tiempo que se organizaba, empezaba a relatarse a sí misma creando un campo cultural propio que ponía en jaque la hegemonía de las clases dominantes. La revolución de la literatura obrera en términos sociológicos y editoriales fue tal, que a finales de los 20 y principios de los 30 los relatos sobre este grupo social fueron codiciados hasta por los grandes grupos editoriales (pensemos, por ejemplo, en Luisa Carnés).

En este punto mi experiencia investigadora se vio atravesada por otro proceso vital, el vinculado a mi militancia a través de colectivos como Ashabá y la Universidad Feminista, que me llevó a cruzar el eje de género con mi ya asentada perspectiva de clase. Empecé a estudiar textos de diferentes escritoras obreras (o cercanas), como Luisa Carnés, Antonia Maymón o Margarita Nelken, pero sobre todo me encandilé con la desconocida obra literaria de Federica Montseny y su órgano de prensa La Revista Blanca. Gracias a mi amigo César de Vicente llegué a La victoria, la primera novela larga de esta autora, en la que, a través de una estética antiburguesa (diálogos, ausencia de artificios y profundidad psicológica de los personajes, imposibilidad de consenso en la resolución de la trama, antagonismos…), discutía sobre dos de los problemas más candentes entre lxs anarquistas en la época: la emancipación de las mujeres y el amor libre. Este texto, de una claridad pasmosa, me interrogaba profundamente: ¿cómo era posible una obra tan lúcida en la oscura España de Primo de Rivera? ¿Qué le llevaba a la joven Federica de veinte años a escribir con esa vehemencia, a crear un personaje tan extraordinario y a señalar a los compañeros de manera tan incisiva? ¿Qué necesitaban, qué se preguntaban las mujeres de entonces? Para responder a esas preguntas me sumergí en los intensos debates de la época sobre género y en las redes intelectuales de La Revista Blanca, en la dimensión sociológica de las publicaciones y en las discusiones entre anarquistas y feministas. Solo así podría dar una explicación al texto de una mujer que (perdón, spoiler) cuando es acosada, decide llevar una pistola encima en lugar de encerrarse en su casa. Los primeros resultados en este campo me han llevado a escribir varios artículos y a reeditar la novela cuando se cumplían los cien años de su publicación (La Oveja Roja, 2025). Desde entonces, trato de registrar su recepción a través de presentaciones, clubes de lectura, intercambio de mensajes con lectorxs y, aunque todavía no tengo unos resultados absolutos, puedo adelantar que para una buena parte de las personas que se han acercado a ella, los principales problemas que recoge se encuentran aún (y desgraciadamente) sin resolver.

Tras algunos años leyendo bajo esta coordinadas, siento que por fin transito un espacio que me atraviesa y con el que me identifico vitalmente. Estudiar a estas mujeres me vincula con mi propia genealogía: soy capaz de leer a mis abuelas, que migraron del campo a la ciudad en los 60; a mis padres, trabajadorxs desde los 11 y 13 años; a una clase social incomprendida y pisoteada. Siento que su historia, su memoria, es de alguna forma también la mía y que merece ser estudiada, compartida. Y, claro, también creo que urge desplazar de nuestra imaginación de una vez a los reyes y aristócratas de antes, y a los tecnooligarcas de hoy, que dejemos de soñar su opulencia, amoralidad e individualismo. Las obras de estas mujeres, que fueron capaces de armar la utopía, de imaginar un mundo mejor en unas condiciones absolutamente adversas, llena de energía y optimismo para hacer frente con rabia a la distopía que hoy nos gobierna. Necesitamos un nuevo imaginario conectado con nuestra realidad y con nuestros deseos (mínimo) en términos de clase y género, y esta literatura puede ayudarnos a empezar a construirlo.

Literaturas hispánicas
Carolina Fernández Cordero

Carolina Fernández Cordero es profesora en el Departamento de Filología Española de la Universidad Autónoma de Madrid. Sus investigaciones se centran en el estudio de diversas manifestaciones culturales contemporáneas en español, desde la perspectiva de la historia social de la literatura, el pensamiento crítico y los estudios de género. Ha formado parte distintos colectivos teatrales y musicales (Antígona. Grupo de Teatro Político, Mántises y Ashabá) y participa en grupos de investigación sobre la memoria republicana y la construcción de la subjetivación política en la actualidad.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *