La desintegración del yo en “La lluvia amarilla” (1988), de Julio Llamazares

por Nov 24, 2023

La desintegración del yo en “La lluvia amarilla” (1988), de Julio Llamazares

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La lluvia amarilla de Julio Llamazares (León, 1955) es una novela corta, estructurada mediante analepsis de un antihéroe que estando al borde de la nada, la locura y la muerte, reconstruye, a través de los recuerdos, su pasado y el pasado de todo un pueblo. La memoria, como constituyente principal de la historia, además del olvido, es el recuerdo de una etapa anterior, una etapa mejor descrita mediante un subjetivismo lírico e íntimo. Esas continuas analepsis están justificadas por el despliegue de un monólogo interior y flujo de conciencia influenciado por la memoria. En este ensayo, nos centraremos en analizar la desintegración de un yo, fundiéndose el protagonista con la naturaleza y Ainielle, un final anticipado por el determinismo de la locura y la muerte a la que está sometido el protagonista, ayudándonos de metáforas, como la imagen de la perra o el propio color amarillo.

Como sostiene Morúa (2013), se observa una base realista sobre la que se sustenta un existencialismo y tremendismo incipiente y determinista. Andrés es un sujeto que se ve frustrado por el abandono de su pueblo, un pueblo que lo ha visto crecer. Esta historia hace alusión al éxodo rural de los habitantes que buscan una vida mejor en la ciudad, huyendo así de un pueblo que está muerto.

Andrés de Casa Sosa, el protagonista, es el único habitante de Ainielle, un pueblo del pirineo aragonés, y es quien va contando su historia y la de su pueblo, exponiendo como poco a poco se fue quedando solo y sus sentimientos de resignación ante las salidas de sus vecinos, sus hijos y la muerte de su hija y esposa, enfatizando así el paso inexorable de su propia muerte. La única presencia que le acompaña a lo largo de su existencia y camino hacia la muerte en el monte es su perra, que no tiene nombre. Sin embargo, el comienzo de la novela sí que presenta un cierto positivismo: «Ainielle existe» (Llamazares, 1988: 8), por lo que se establece la prevalencia del espacio frente al tiempo, a pesar de que el pueblo ya esté en ruinas y habitado por sus fantasmas.

A su vez, el estilo, la voz narrativa y el monólogo interno va a potenciar ese existencialismo y determinismo. Sus frases, por lo general más bien cortas y con pocos verbos, generan un ritmo lento, monótono, intensificado por el empleo frecuente de la reiteración anafórica de gran fuerza intensificadora.

De la muerte al olvido

La muerte, como uno de los temas principales de la novela, reside en Ainielle, pero también es parte del pueblo. Andrés no quiere dejar el lugar que lo vio crecer y en el lugar, por lo tanto, en el que permanece su memoria y la de su familia, puesto que la memoria es la identidad de una persona. Sin embargo, “la memoria será el objeto de la corrosión del recuerdo” (Varo, 2010: 259). El autor insiste en vincular corazón y memoria cuando hace decir a su personaje que el abandono de los últimos vecinos le dejó “el corazón y la memoria deshechos” (Llamazares, 1988: 20).

No obstante, no solo la memoria tiene un papel fundamental, sino que también la perspectiva y la mirada de Andrés que conforma y construye Ainielle y, posteriormente, su muerte y olvido: “Y, como si el propio pueblo fuera ya una simple creación de mi mirada, la herrumbre y el olvido cayeron sobre él con todo su poder y toda su crueldad” (Llamazares, 1988: 90).

Como sostiene Izquierdo (1995: 57), para Llamazares los recuerdos y la memoria son sinónimos a ser-existente y ser-en-el-mundo, puesto que los dos son manifestaciones de una existencia preocupada por lo real, cuestión principal si tenemos en cuenta que los recuerdos incapacitan al olvido, que intenta convertirlos en el silencio infinito de la nada, pero también puede ser una memoria inventada e imaginada, en la que lo real y lo imaginado no puede distinguirse, cuestión en la que se ve envuelto el protagonista, dado que la memoria va asociada al olvido, en el que Andrés desconoce la veracidad de sus recuerdos, ya que la vejez no permite que recuerde si lo que ha contado o vivido es verídico.

La destrucción de la memoria hará derrumbarse a ambos, no solo a Andrés. El olvido implica la desaparición de los recuerdos y, con ello, la desaparición de Ainielle: “Esas sustancias viejas, cansadas, amarillas como la lluvia en el molino aquella noche, como mi corazón ahora y mi memoria, que un día, tal vez muy pronto ya, se pudrirán también del todo y se desmoronarán, al fin, en medio de la nieve, quizá conmigo dentro todavía de la casa” (Llamazares, 1988: 84). Es por ello por lo que la memoria tiene dos perspectivas y funciones, una memoria individual, la de Andrés y cada una de sus exhabitantes, pero también una colectiva, la propia historia del pueblo, que desaparecerán con el abandono del pueblo y la muerte de Andrés, pero quedará en manos de la naturaleza.

A pesar de su soledad, es la memoria y el recuerdo los que le ayudan a luchar contra su soledad y su locura. No obstante, él es consciente de que “al igual que las palabras, cuando nacen, crean silencio y confusión en torno suyo, los recuerdos también dejan bancos de niebla a su alrededor” (Llamazares, 1988: 41). Andrés, entonces, sabe que no puede creer firmemente en la memoria, por lo que se desdibujan los límites entre realidad y fantasía, entre lo que verdaderamente ha ocurrido y lo que no, entre lo vivido y lo soñado o deseado: “De pronto, el tiempo y la memoria se habían confundido y todo lo demás –la casa, el pueblo, el cielo, las montañas– había dejado de existir, salvo como recuerdo muy lejano de sí mismo” (Llamazares, 1988: 41). Este proceso de nebuloso y opaco recuerdo y la pérdida de su propia conciencia materializan su enajenación, incluso llegando a dudar de su propia existencia:

Si mi memoria no mentía. 1961, si mi memoria no mentía. ¿Y qué es, acaso, la memoria sino una gran mentira? ¿Cómo podría yo ahora estar seguro de que aquella era, en efecto, la última noche de 1961? […] ¿No lo habré quizá soñado o imaginado todo para llenar con sueños y recuerdos inventados un tiempo abandonado y ya vacío? ¿No habré estado, en realidad, durante todo este tiempo, mintiéndome a mí mismo? (Llamazares, 1988: 39).

No obstante, de una manera contraproducente se presenta a la memoria como algo infranqueable por la muerte: “Hay grietas de la memoria tan secas y profundas que ni siquiera el diluvio de la muerte bastaría tal vez para borrarlas” (Llamazares, 1988: 55), estableciendo así la importancia y la inmortalidad de la memoria, a pesar de que sea una memoria fracturada y fragmentada. Este es un punto de vista positivo ante la inminencia del olvido, pues él sabe que eso es imposible y que la muerte conlleva el abandono.

Esta dialéctica entre lo real-imaginado, provoca que el lector se cuestione si Andrés es realmente un narrador objetivo y fidedigno, dentro de su subjetividad, o está condicionado por su locura. Es importante destacar que Andrés considera estar muerto desde el día en que abandonan el pueblo los últimos vecinos: “Yo me di cuenta de que mi corazón estaba muerto el día en que se fueron los últimos vecinos” (Llamazares, 1988:107). La soledad cada día es más fuerte y Andrés llega a perder la noción y la memoria de los días. Es por ello por lo que él desconoce si estos últimos años son fruto de su recuerdo, sueños, o simplemente está muerto: “Era como si el tiempo se hubiera detenido de repente; como si mi corazón estuviera ya podrido por completo” (Llamazares, 1988:107). Además, debido a su resistencia a abandonar un mundo al que todos vuelven la espalda, era ya un ser condenado de antemano a la soledad y la locura.

Como afirma Calderón (2014: 20) “el tiempo es un ente que se escapa a la capacidad de memoria y reconstrucción del pasado de Andrés”. El olvido es objeto del paso del tiempo, como las fotografías, que van adquiriendo un color amarillento y se va borrando la imagen al pasar de los años. Del mismo modo, la memoria está dañada por el paso del tiempo, y la soledad del personaje, tiñéndose de amarilla, tal y como le ocurre al pueblo:

Lentamente, las horas van pasando y la lluvia amarilla va borrando la sombra del tejado de Bescós y el círculo infinito de la luna. […] La que envejece a los hombres. La que destruye poco a poco sus rostros y sus cartas y fotografías. La misma que una noche, junto al río, entró en mi alma para no volver ya nunca a abandonarme el resto de los días de mi vida (Llamazares, 1988: 119).

Sin embargo, Andrés en varias ocasiones se muestra sin voluntad para recordar, pues destruye todos los objetos de su esposa, comenzando justamente con su fotografía, como lo hace la lluvia amarilla: “Poco a poco, todas las cosas de Sabina –las fotografías, las cartas, los pendientes y el anillo de la boda, incluso algunas ropas y recuerdos familiares– fueron amontonándose en medio del pasillo”. (Llamazares 1988: 39). Y también se deja vencer por la soledad: “no sé si decidido o resignado a enfrentarme de una vez a la infinita soledad que, desde hacía varias noches, me esperaba entre las sábanas” (Llamazares, 1988: 30). Su estado anímico se manifiesta en cómo Andrés, incluso, huye hacia el molino cuando sus vecinos están abandonando el pueblo, no lucha por hacer que se queden, prefiere no mirar, para así no tener que olvidar: “También aquella noche, corrí a esconderme en el molino. Lo hacía siempre que alguien se marchaba para no tener que despedirme, para que nadie viera la pena que me ahogaba cada vez que, en Ainielle, otra casa se cerraba” (Llamazares, 1988: 18).

Esos recuerdos de una vida mejor que persiguen a los habitantes son los que provocan que estos se vayan del pueblo o recuerdos traumáticos que hacen que se suiciden, como Sabina: “los recuerdos nos hacían cada vez más silenciosos y lejanos. Y, así, cuando llegó la nieve, la nieve estaba ya, desde hacía mucho tiempo, en nuestros propios corazones” (Llamazares, 1988: 20). Sabina se suicida porque no puede superar la desaparición de sus hijos, Sara, quien murió siendo pequeña, y Camilo, que desapareció durante la Guerra Civil y mientras ella vivió nunca quiso creer que su hijo estaba muerto, pues prefiere creer que está vivo. El trauma por la desaparición de Camilo es la razón para la imposibilidad de hablar de lo ocurrido, y por lo que, poco a poco, el silencio también va ganando terreno en la relación de Sabina y Andrés, además de estar ya presente en el pueblo. Es debido a ello por lo que a Sabina se le describe con una mirada lejana e inexpresiva, queriendo mostrar que su vida ya no estaba con Andrés, sino con sus hijos en el otro mundo.

Al olvidar el tiempo, no tiene Andrés otra opción más que aferrarse a los recuerdos, de los que también llega a dudar; por tanto, el personaje se divide entre permanecer en los recuerdos, el que fue en un tiempo próspero, y el del presente de la narración, un ser solitario, olvidado por los otros, obsesionado en su intento de mantener vivo el pueblo a través del recuerdo fracasado. No obstante, la fragmentación de los recuerdos y de la memoria son una muestra del mismo quebrantamiento del héroe, lo cual conlleva un desmembramiento social de la colectividad.

También hay que tener en cuenta que, a pesar de que él intenta olvidar las experiencias traumáticas, como el suicidio de su mujer, al tirar y enterrar la soga con la que esta se suicidó, posteriormente, el objeto se reincorpora, cobrando así importancia la relación entre el ser y la ausencia o el silencio. La soga, al igual que el pueblo, es algo que se quiere olvidar, pero esto es imposible. En un primer momento, cuando está enterrada en la nieve reaparece de forma inesperada y sorpresiva, cuando Andrés ya ha renunciado a buscarla. Su lógica es ambivalente: miedo a la cercanía de la muerte y a su recuerdo horripilante y atroz, pero también es concebida como un objeto de buena suerte, necesaria apropiación afectiva de un último reducto que persiste, con el que se enfrentarse de este modo a la nada.

Su fotografía tendrá la misma función, dado que los ojos de Sabina en el papel que amarillea miran a Andrés como si estuvieran vivos. Barthes (1990) señalará bien este efecto de la imagen fotográfica, desprovista de cualquier trasfondo metafórico: la fotografía muestra algo que estuvo ahí, pero que ya no volverá. Aunque la experiencia traumática de su muerte se recuerde: “Es extraño que recuerde esto ahora, cuando el tiempo ya empieza a agotarse, cuando el miedo atraviesa mis ojos y la lluvia amarilla va borrando de ellos la memoria y la luz de los ojos queridos” (Llamazares, 1988: 89). Es por ello por lo que en el momento en el que la muerte acecha a Andrés, este ya no recuerda los ojos vivos sino los de su esposa ya muertos.

Esta dialéctica provoca que Andrés, debido a sus memorias y recuerdos, se encuentre en un estado entre la locura y la cordura. Ya no sabe lo que es real y lo que es inventado. Por ello, el personaje empieza a experimentar toda suerte de alucinaciones, unas alucinaciones que desencadenan un nihilismo existencial y una angustia vital que va aumentando a lo largo de la novela, desembocando en la total enajenación del personaje. Esa ambigüedad entre la realidad y la imaginación se ve aumentada mediante el uso de la primera persona del narrador. Y es entonces, cuando tanto Andrés como el lector se encuentran en un mundo en el que la vida y la muerte confluyen, materializando en el hecho de que Andrés se llame a sí mismo: “un fantasma solitario en medio del olvido y las ruinas” (Llamazares, 1988: 51). Y es que, al igual que en la novela hispanoamericana Pedro Páramo, Ainielle como Comala son dos pueblos en los que todo lo que ya fue, ya está muerto, incluyendo a sus protagonistas.

Andrés se mueve entre otros fantasmas de Ainielle, y nunca se establece claramente si él mismo pertenece a este grupo. Por lo tanto, nunca se sabe si Andrés está muerto o vivo durante su narración. Sin duda se crea un ambiente enigmático que amplía un entendimiento tradicional de la realidad. Por una parte, nos cuenta que es “un fantasma solitario en medio del olvido y las ruinas” (Llamazares, 1988: 51) y por otra parte niega estar muerto todavía.

Sin embargo, los fantasmas de Sabina, el hijo paralítico de Acín, su hija Sara, su hijo Camilo, desaparecido durante la guerra civil, la madre que siempre le pone la lumbre al anochecer y la voz de su padre le acompañan en Ainielle. “Todas las casas estaban habitadas por los muertos. No tuve otro remedio que resignarme a compartir con ellos mis recuerdos y el calor de la cocina” (Llamazares, 1988: 92). De vez en cuando Andrés se sienta en los portales de las casas vacías a charlar con sus vecinos difuntos y es que los muertos del pueblo y sus anteriores vecinos le hacen compañía hasta su muerte: “sentados junto al fuego, esperando el momento en que mi sombra se reúna para siempre con las suyas” (Llamazares, 1988: 92).

En cuanto a las apariciones, las de Sabina son las más frecuentes, junto a las de su madre: “mi madre había venido para velar mi propia muerte” (Llamazares, 1988: 86). Con el paso de los días, toda su familia va apareciendo en la cocina de su casa compartiendo los recuerdos y esperando el momento en el que él se uniera a ellos. A pesar de que la mayoría de las apariciones son positivas, destaca un niño monstruoso, con la cabeza deformada y una crin de caballo recorriéndole la espalda:

Desde el primer momento, comprendí quién era él. Pese a que nunca antes le había visto, desde el primer momento reconocí en su ceguera la oscuridad de la cuadra de la casa de Acín. Él me miró también, como si me conociera, y comenzó a reír. Era una risa áspera, seca, sin eco, nacida de una boca sin dientes ni garganta (Llamazares, 1988: 68).

El gran número de fantasmas que forman parte del espacio narrativo de Ainielle señala el carácter fantasmagórico de un pueblo condenado a desaparecer. Además, esta explicación se refuerza si tenemos en cuenta que el pueblo se compara numerosas veces con un cementerio, por lo que al mismo tiempo que se funde la realidad con lo fantástico para crear un mundo enigmático lleno de zozobra e inquietud.

No obstante, hay también autores que afirman que estos hechos son productos de una evasión de la realidad: “No resulta frecuente, en la novela existencial española de posguerra, la aproximación a elementos ajenos a la realidad” (Barrero, 1987: 212). Se dan sueños irrealizables, como cuando Andrés sueña que Sabina permanece al lado de él mientras duerme, después de haber sido mordido por una serpiente: “Mientras duró la fiebre, Sabina no se fue ni un solo instante de mi lado” (Llamazares, 1988: 67). Otra manera de evadir la realidad es a través de las pesadillas que lo acosan, las sombras que él ve, el fantasma de la madre, de Sabina, de su padre y de sus hijos: “Con mi madre, en la cocina, sólo había sombras muertas, sombras negras, silenciosas, sentadas en corrillo en torno al fuego, que se volvieron al unísono a mirarme cuando, de pronto, abrí la puerta a sus espaldas.” (Llamazares, 1988: 88) También se da a través de las voces que oye, como cuando está quemando la foto de Sabina, oía su voz inconfundible que lo llamaba por su nombre. Cuando está enfermo: “Recuerdo que rezaba. Su voz era la misma de cuando aún estaba viva” (Llamazares, 1988: 67). Otra forma de evasión es con los ruidos que escucha: “La respiración sonaba justo allí, detrás de aquella puerta, en la pequeña habitación cerrada con candado desde hacía veinte años en la que había agonizado y muerto Sara” (Llamazares, 1988: 56). Tal vez el evadir la realidad le ayude a soportar tanta melancolía, tristeza y frustración.

A su vez, se propone para esta locura una causa racional, el veneno del mordisco de una víbora. En el capítulo VII, Andrés lucha con la muerte debido a la picadura de una víbora venenosa. La relación infernal tradicionalmente trazada entre serpiente y diablo se agudiza al describir el ambiente, destacando cómo después de morder y envenenar a Andrés, la serpiente huye hacia la casa de Acín, una casa habitada por el monstruoso hijo de este, quien se le aparecerá de forma reiterada en ese estado. Es ahora, cuando la soledad y el alejamiento de Andrés hace que su vida corra peligro, estando lejos del auxilio médico más cercano. Y es entonces, cuando en un estado de enajenación, el momento en el que Andrés enumera minuciosamente los preparativos para contrarrestar el avance del veneno por el brazo: “la atadura del cinto a la muñeca y la aplicación de un remedio casero de agua hervida con ortigas, aceite de oliva, barro crudo y alcohol” (Llamazares, 1988: 64). Es importante destacar que no se examinan las ramificaciones puramente fisiológicas de la picadura, sino que se explora el mundo de la pesadilla (Margenot, 2001) en la que se le aparecen cientos de víboras y finalmente el mundo onírico se une al mundo real al hallarse un nido de víboras en el colchón del niño de Acín (Llamazares, 1988: 70). Este estado de locura y alucinación onírica de las serpientes establecen una relación con los fantasmas de Ainielle. El hecho de que Andrés vea fantasmas ya en un estado cuerdo afirma las sospechas de que quizás los fantasmas son reales y no sean alucinaciones.

Este estado abúlico y angustioso, en el que Andrés solo se deja ser en el mundo, pasa sus últimos años de vida vagando entre la locura, sin preocuparse de su existencia. Únicamente quiere dejar que pasen sus últimos días de vida hasta que vengan a buscarlo y lo encuentren muerto, fruto de la desesperación de una vida llena de frustraciones. Es eso lo que ha deseado desde el comienzo de la novela, en la que se describe como un grupo de personas le buscan entre los escombros del pueblo, ya muerto. Caer en el olvido es caer en la nada. Frente a esa concepción de la nada, lo único que hace Andrés es dejarse caer en esta: “seguramente entonces, al borde de la nada, más allá del silencio, yo estaría preguntándome el porqué del olvido, la abrasada razón por la que el tiempo coloca amargas hierbas sobre nosotros” (Llamazares, 1988: 87).

Los últimos capítulos de la novela muestran una actitud pesimista por parte de Andrés y su espera al encuentro con la muerte: “¿Cuánto tiempo habrá todavía de pasar antes de que me encuentren y mi alma pueda, al fin, descansar junto a mi cuerpo para siempre?” (Llamazares, 1988: 116). El desenlace para Andrés es el hallazgo de sus restos por los habitantes de Berbusa, que lo llevan hasta la tumba que el mismo vacío y lo colocan al lado de Sabina y de su hija Sara. Con este final se concluye la existencia de Andrés y de su pueblo Ainielle, que quedarán en el olvido. Ya no hay ningún símbolo de optimismo, su hijo Andrés no volverá, a pesar de que su nombre es significativo, puesto que al haberle puesto su mismo nombre es una esperanza de poder sobrevivir, pero que, al final, no ha sucedido y su hijo no regresará. La muerte es la última consecuencia del olvido y Andrés es consciente de que es el proceso mortal producido por el aislamiento que se desarrolla “desde la pérdida del habla y de la capacidad perceptiva, pasando por la pérdida del sentido de la realidad, hasta la ausencia total de la misma” (Beisel 1995b: 214, citado en Margenot, 2001: 504).

El devenir-Ainielle de Andrés

Ya desde el principio de la novela se presenta al pueblo bajo un “montón de ruinas y escombros” y “la soledad inmensa del paraje” (Llamazares, 1988: 9), en el que el “silencio sepulcral” (Llamazares, 1988: 11) envuelve todo. “Ainielle está sumido bajo un contraluz amarillento y fantasmal de las linternas, mientras las manos buscan en silencio una vez más la caricia nerviosa de las armas, descubrirán entre los chopos la silueta del molino erguido aún sobre la podredumbre de la hiedra y el olvido” (Llamazares, 1988: 11). Estas descripciones se manifiestan a través del monólogo interior de Andrés, un flujo de conciencia que se sirve de numerosas figuras estilistas, asimilándolo así al verso y, muchas veces, siendo uno, como en estos ejemplos que destacan por ser heptasílabos y endecasílabos:

Primero, fue la hierba, [7] / el musgo de las casas y del río. [11] / Luego, el perfil del cielo. [7] Más tarde, las pizarras y las nubes. [11] / Los árboles, el agua, [7] / la nieve, las aliagas [7] […] (Llamazares, 1988: 119).

Como arena, el silencio. [7] / sepultará mis ojos. [7] Como arena que el viento [7] ya no podrá esparcir [7].

Como arena, el silencio [7] / sepultará las casas. [7]/ Como arena, las casas [7] / se desmoronarán. [7] / Oigo ya sus lamentos. [7] Solitarios. Sombríos. [7]/ Abogados por el viento [7] / y la vegetación [7] (Llamazares, 1988:125).

Como se puede observar, la naturaleza que rodea el pueblo, ya casi abandonado y bajo los escombros de una vida pasada, es descrita por Andrés como una compañía, pero también una amenaza (Mayock, 2010): El viento de Francia es “aquel hosco visitante”, la “gélida brisa” es “tocada ya por la mano invisible de la nieve”, aunque también dice: “la compañía de los chopos me calmaba” (Llamazares, 1988: 18, 20 y 104 respectivamente).

Los árboles cobran mucha importancia a lo largo de la novela, dado que tienen vida propia y esto se ve en cómo Andrés les habla para consolarse después del suicidio de su mujer y cómo los caracteriza con sentimientos humanos: “Aunque no nos demos cuenta, un árbol está vivo, y siente, y sufre, y se retuerce de dolor cuando el hacha entra en su carne, formando las estrías y los nudos por los que penetraran más tarde el moho y la carcoma que acabaran pudriéndola algún día” (Llamazares, 1988: 132). Además, el viento tiene voz, muerde y aúlla como un lobo: “el aullido del silencio que era tan fuerte, tan profundo, que, incapaz de soportarlo por más tiempo, él abandonaba la cocina buscando en la penumbra del portal el calor y la mirada, más humana, de la perra” (Llamazares, 1988: 24). La metáfora “el aullido del silencio” es de naturaleza antitética, pero se utiliza para subrayar la intensidad del silencio del narrador. También se describe el silencio como poseedor de “láminas heladas e infinitas” y al narrador le preocupa no poder romper “la malla espesa de silencio que amenazaba ya de adueñarse por entero de la casa y de él mismo” (Llamazares, 1988: 24). De manera parecida, la lluvia se lamenta y las piedras sepultadas bajo el musgo gritan.

Al dotar al pueblo y la naturaleza de actos y sentimientos humanos, señala que los tres son un mismo entre, un mismo ser que confluyen dentro de cada uno de ellos, haciendo que sean solo uno: «la corriente del río estaba dentro de mí mismo» (Llamazares, 1988: 108), reforzando la unión de esta dialéctica hombre-naturaleza, pero también la dialéctica naturaleza-pueblo, al describir la Iglesia invadida por zarzales. Además, el simbolismo de las ruinas de las casas potencia estas imágenes:

En unas, el musgo crecía ya como una oscura maldición por los tejados. En otras, las zarzas invadían los portales y las cuadras se habían convertido en árboles auténticos, en bosques interiores cuyas raíces reventaban los muros y las puertas y en cuyas sombras anidaban la muerte y los fantasmas (Llamazares, 1988: 66).

Las ruinas no son la causa última solo del paso del tiempo, sino también de la naturaleza, que se superpone donde antes había vida humana. Asimismo, Andrés no solo es un eje de la naturaleza, sino un objeto que destruir y dominar: “Yo escuchaba en la noche el crujido del óxido, la oscura podredumbre del moho en las paredes, sabiendo que, muy pronto sus brazos invisibles alcanzarán también mi propia casa” (Llamazares, 1988: 92) por lo que, junto con la muerte de Andrés, el pueblo definitivamente morirá con él.

No obstante, el borroso límite provocado por la angustia existencial por la soledad y el olvido se manifiesta también en la mirada y la perspectiva del único habitante del pueblo. Andrés desde el inicio dice que el pueblo ya lleva muerto mucho tiempo, debido al abandono de todos los habitantes e incluso afirma que el pueblo ya lleva muerto muchos años: “Durante todos estos años, he sido el único testigo de la descomposición final de un pueblo que quizá ya estaba muerto antes incluso de que yo hubiese nacido” (Llamazares, 1988: 75-76), pero Andrés también ha sido testigo de su propia descomposición. Tras los sucesivos y progresivos abandonos de sus vecinos, Andrés compara Ainielle con un cementerio: “Ainielle ya es tan sólo un cementerio abandonado para siempre y sin remedio a su destino” (Llamazares, 1988: 75), con el paso del tiempo, las casas se van hundiendo formando ese cementerio de ruinas que nombra Andrés: “He visto derrumbarse las casas una a una y he luchado inútilmente por evitar que ésta acabará antes de tiempo convirtiéndose en mi propia sepultura” (Llamazares, 1988: 76) y él se concibe a sí mismo como un cadáver: “Nadie habrá podido imaginar las terribles dentelladas que el olvido le ha asestado a este triste cadáver insepulto” (Llamazares, 1988: 12), un cadáver insepulto que acabará bajo las ruinas de su propio pueblo.

No obstante, no solo la naturaleza ocupa el terreno que es suyo, sino que el silencio también toma su terreno, el silencio propio de un pueblo solitario: “Un inmenso silencio llenaba todo el pueblo, introducía su larga lengua sucia hurgando en la penumbra de las casas la herrumbre del olvido y el polvo amontonado por los años” (Llamazares, 1988: 26).

Además, como afirma Izquierdo (1995: 65): “se describe la naturaleza reflejando está el estado de ánimo del protagonista”. En ella se encuentra hasta una afirmación realizada por el protagonista-narrador: “la memoria no fuera más que la memoria del paisaje y el paisaje un simple espejo de mí mismo”. Esta afirmación se ve reforzada si tenemos en cuenta que se observa un tratamiento neorromántico del paisaje, en el que la naturaleza es un elemento contrario al hombre, puesto que acabaría un día devolviéndole a la tierra lo que siempre fue suyo, lo que siempre ha esperado desde que el primer hombre de Ainielle se lo arrebató. Sincrónicamente, esta devastación que provoca lo “amarillo” es debido a la naturaleza descontrolada y a las propiedades que el tiempo tiene sobre las construcciones humanas. La naturaleza, pues, se erigirá como un instrumento maligno (Pardo, 2002) dentro de la simbología que se establece en La lluvia amarilla, no siendo en ningún caso un motivo que conlleve la paz o la purificación. Así pues, la naturaleza participa junto con “la lluvia amarilla” en la destrucción de Ainielle, recuperando, poco a poco, aquello que el hombre y la civilización le habían hurtado.

Andrés ha decidido permanecer en esa soledad, ya que su objetivo es no marcharse del pueblo, un pueblo que está muerto, en el que ya no queda nada, ni hombres, ni animales, ni comestibles, solo él y su soledad: “Durante todos estos años, aquí solo, igual que un perro, he visto transcurrir los días y los meses” (Llamazares, 1988: 137). Evita relacionarse con persona alguna, no acepta que alguien llegue al pueblo: “he guardado día y noche los caminos de Ainielle, sin permitir que nadie se acercase al pueblo” (Llamazares, 1988: 136). El rechazo de la compañía de otras personas, y la reducción de los contactos humanos al mínimo, son imprescindibles para subsistir en la soledad absoluta. Convive con la soledad ya que no halla en el mundo que lo rodea ningún elemento de apoyo. Producto de esto, él se considera en conflicto con la humanidad porque los demás son insensibles hacia sus problemas. Manifiesta desprecio hacia el vacío del mundo externo, marginándose él mismo y creándose uno propio: “Fue la última vez que me rebajé a intentar pedir ayuda, la última ocasión en que alguien pudo verme más allá de las fronteras que el orgullo y la memoria claramente me imponían” (Llamazares, 1988: 102). Sin embargo, también se queja de su soledad: “Hasta su orilla he ido muchas veces estos años, buscando compañía, cuando la soledad era tan fuerte que ni siquiera los recuerdos podían sustraerme a su obsesión” (Llamazares, 1988: 103). Andrés es un personaje contradictorio, pero con una base humana, es fiel a su pueblo, aunque esto conlleve que se tenga que aislar, prefiere alejarse antes que olvidar y dejar atrás tiempos mejores.

El tono de la narración y las poderosas imágenes poéticas revelan aún más la humanidad de Andrés, su conciencia, su poder de elegir cómo ser y dónde estar, como afirma Mayock (2010: 592). El lector lo ve atado a la tierra y amenazado obligatoriamente por la naturaleza al mismo tiempo que lo ve reconocerse como un ser humano con voluntad propia. Como dice Margenot (2001) “el apartamiento social en el que se encuentra es en parte autoimpuesto ya que no permite que nadie se acerque a Ainielle” (Llamazares, 1988: 505). Además, esta autora plantea una asimilación con una novela también existencial y tremendista, puesto que cuando Andrés mata a la perra (Llamazares, 1988: 133), lo vemos como a un Pascual Duarte más intelectual, más capaz de pensar y de pensarse, pero todavía afligido y atormentado por la conciencia del otro (en este caso, de la perra). Al final, el protagonista se autopresenta como un “cazador de perros” (Llamazares, 1988: 139), es decir, como la muerte en sí. Ello queda patente en el aserto de Andrés al pensar que sus días están contados y que pronto tendrá que comparecer ante Dios: “Nunca le tuve miedo. Ni siquiera de niño. Ni siquiera la noche en que la lluvia amarilla me enseñó su secreto. Nunca le tuve miedo porque siempre supe que él también es un pobre y solitario cazador de perros viejos” (Llamazares, 1988: 139).

Este “perro de Ainielle” es testigo de los acontecimientos diarios que hace que sepamos que somos seres humanos. Al fin y al cabo, la vida de Andrés de Casa Sosas no es solo la lucha de un ser humano contra la naturaleza, el abandono y el olvido, sino que también es un reflejo de un pueblo despoblado de lo que es y ha sido. Al final de la novela, el protagonista se ve como el perro fiel de su pueblo abandonado, un perro que no ha podido, o sabido, portarse de otra manera.

Sin embargo, es importante destacar que el mismo protagonista afirma que su futuro es el mismo que el que ha sufrido su perra: “es lo mismo que, dentro de muy poco, ocurrirá también conmigo ¿que soy yo, sino ya más que un perro? ¿Que he sido yo estos años, aquí solo, sino el perro más fiel de esta casa y de Ainielle?” (Llamazares, 1988: 136). Esta relación simbiótica se extiende, también, al paisaje, como ya se ha señalado. Al igual que los personajes de Luna de lobos, Andrés acaba rehuyendo el trato humano, convirtiéndose en una suerte de misántropo, y sintiéndose más cómodo al lado del río o entre los árboles: “Me había acostumbrado ya al silencio y, ahora, después de tanto tiempo, después de tantos meses aislado entre la nieve, el humo ya cercano de las casas y la presencia de personas por las calles […] me llenaban de temor y de recelo” (Llamazares, 1988: 48).

Es la fidelidad a ese yo y a esas referencias lo que impide a Andrés abandonar su pueblo, porque al hacerlo se abandonaría a sí mismo, traicionándose. Sin embargo, las circunstancias sociales y políticas en torno a él han cambiado el pueblo abandonado por todos, y también ha cambiado el ideal del yo requerido por ellas. Penkov (2012, citado en Bueno, 2014: 162) es consciente de estos requerimientos de la sociedad actual y sus ideales posmodernos y afirma cómo Andrés se aferra al pasado porque “posee esa idea tradicional de la identidad, no son capaces de reinventarse, aunque en ese proceso expresan el dolor que éste conlleva, así como las tensiones, las pérdidas”.

Frente a la soledad, Andrés se siente ligado al pueblo, a la casa, a la tradición sobre la cual se ha sustentado toda su vida. La correlación metafórica que se establece entre “viejo” y “amarillo” nos conduce a un tercer elemento: la “muerte”, producto de la soledad y del abandono al que se ven sometidos ambos. A partir de ese momento, Andrés de Casa Sosas se convertirá en la memoria del pueblo, todo vivirá mientras él siga existiendo, mientras siga luchando contra la lluvia amarilla del olvido. Andrés de Casa Sosas será el único habitante de Ainielle, conformando los dos un solo ser.

El determinismo de la lluvia, el amarillo y la nieve

Como ya se ha podido observar, esta novela corta cuenta con numerosos elementos neorrománticos, pero hay tres símbolos, la lluvia, el color amarillo y la nieve, que cobran vital importancia.

El amarillo se posiciona como símbolo prevalente en la narración y que va envolviendo toda la historia contada por el protagonista. Sin embargo, como afirma Mayock (2010) el uso del amarillo revela cuidadosamente el vaivén entre el determinismo (captado por Llamazares en la relación de la lluvia amarilla con la muerte y la relación de Andrés con la tierra) y el libre albedrio (captado por Llamazares a través de la relación del sol amarillo con el concepto de un nuevo día y la apreciación por el poder de la naturaleza: “Día a día, en efecto, a partir de aquella noche junto al río, la lluvia ha ido anegando mi memoria y tiñiendo mi mirada de amarillo. No solo mi mirada. Las montañas también. Y los recuerdos que, de ellos, aún siguen suspendidos” (Llamazares, 1988: 119).

Al final, todo el mundo se vuelve amarillo (Llamazares, 1988: 135) como en una “fotografía amarillenta” (Llamazares, 1988: 37) que, más que los propios recuerdos y el momento representado en ella, indica el tiempo que ha transcurrido desde que se ha tomado la foto. La visión de la lluvia amarilla que tiene Andrés es, entonces, una visión más romántica que realista de la naturaleza, esta última sirve como espejo de la mente o del estado de ánimo del propio narrador protagonista. En segunda instancia, la lluvia amarilla se asocia, por consiguiente, al individuo mismo que la percibe, tanto a su condición física como a su psique (Schmidt-Welle, 2014), pero también se asocia al olvido y a la debilidad creciente de las fuerzas vitales del narrador, como sostiene Schmidt-Welle (2014). Afirma que “el tiempo es una lluvia paciente y amarilla que apaga poco a poco los fuegos más violentos” (Llamazares, 1988: 55) y se refiere al “fuego, debilitado ya y reducido a un círculo de brasas amarillas” (Llamazares, 1988: 40).

Como afirma Andrés-Suarez (2000) la lluvia posee una gama simbólica muy amplia, además de aludir a la muerte, evoca el dolor: “el dolor encharca mis pulmones como una lluvia amarga y amarilla” (Llamazares, 1988: 74), el origen de la tristeza: “la lluvia –confiesa Andrés– entró en mi alma para no volver nunca a abandonarme el resto de los días de mi vida” (Llamazares, 1988: 119) y el olvido: “La lluvia ha ido anegando mi memoria y tiñendo mi mirada de amarillo” (Llamazares, 1988: 90) siempre presente en los recuerdos de Andrés quién la está percibiendo desde el interior de su casa. Es una lluvia que cae constantemente sobre todo el pueblo, que lo va deshaciendo poco a poco.

Por otro lado, la nieve constituye «una maldición antigua y blanca» (Llamazares, 1988: 21) para Andrés, el único habitante que presencia y relata la ruina paulatina de su pueblo. La nieve rompe las puertas y las ventanas, hunde los tejados de las casas, la nieve invade, a su vez, todo el pueblo de una forma amenazante, pero también a Andrés: “con sepultar también la cama en la que yo permanecía atenazado por una fuerza extraña que me impedía levantarme y escapar de aquella interminable pesadilla” (Llamazares, 1988: 25). A su vez, la nieve llega a simbolizar el dolor producido por la pérdida de los contactos sociales y de la colectividad que el pueblo constituía, es decir, el aislamiento y la desolación interior (Llera, 2014).

Este elemento metafórico aparece con mucha frecuencia en el texto, especialmente cuando el protagonista evoca la noche en que murió Sabina: “había reventado las puertas y las ventanas de la casa y se extendía poco a poco por las habitaciones cubriendo las paredes y amenazando con sepultar también la cama en que yo permanecía atenazado” (Llamazares, 1988: 25). Cuando Sabina ya ha muerto, Andrés recuerda los ojos de su mujer “insomnes y quemados por la nieve” (Llamazares, 1988: 32). La nieve funciona también, directamente, como metáfora de la muerte: “Jamás volví a sentir el vértigo invencible de la nieve al penetrar dentro de mí” (Llamazares, 1988: 122.). No obstante, la nieve también sobrepasa los niveles de lo real, y no solo puede invadir las casas y a Andrés, sino también los recuerdos de este mismo: “la nieve de la infancia comenzó a fundirse en ellos como si la visión de la ventana y de la nieve que caía sobre el pueblo formarán también parte del recuerdo” (Llamazares, 1988: 22).

Estos símbolos, que se reiteran a lo largo de la novela, sostienen el determinismo por el que se ve sometido el protagonista. Andrés será consciente de que Sabina ha sido vencida por el amarillo, por esa lluvia destructora que avejenta las cosas, en el momento en que tiene conocimiento de su ausencia, a pesar de que varios días anteriores esta también se había ido de la casa de madrugada (Llera, 2014). De este modo, la búsqueda es unidireccional, Andrés ya sabe dónde debe ir y qué es lo que encontrará: “Sabina estaba allí, balanceándose, colgada como un saco entre la vieja maquinaria, con los ojos inmensamente abiertos y el cuello quebrantado por la soga” (Llamazares, 1988: 27). La muerte de su compañera deja completamente solo a Andrés en Ainielle, donde a partir de ahora fluirán todos los recuerdos de días mejores. A partir de este momento la soledad será un elemento acuciante para el personaje, “sólo ciertos recuerdos, ciertos adioses, ciertos momentos en compañía de la perra, logran un mínimo alivio de esta desazón que va impregnándolo todo, lo mismo que el amarillo de la muerte” (Pardo, 2002).

Asimismo, también se observan otros símbolos a lo largo de la novela, como la hiedra y la carcoma: “en sólo cuatro años, la hiedra y la carcoma han destruido el trabajo de toda una familia y todo un siglo” (Llamazares, 1988: 84), además de los colores blanco y negro.

Como se puede observar al final de la novela: “Día a día, en efecto, a partir de aquella noche junto al río, la lluvia ha ido anegando mi memoria y tiñendo mi mirada de amarillo. No sólo mi mirada. Las montañas también. Y las casas. Y el cielo. Y los recuerdos que, de ellos, aún siguen suspendidos” (Llamazares, 1988: 119). Tanto la lluvia, como la naturaleza y el olvido han vencido a Andrés, dado que todo es «amarillo» en el presente. Todo es olvido. Finalmente, todo se convierte de color amarillo en Ainielle representando la muerte y el olvido del pueblo. Andrés ya sabía el final de su vida tras matar a su perra, pues aquella lluvia amarilla se ha hecho con lo absoluto y con lo material. Andrés, con la muerte del can, ha terminado el ciclo de la vida (o de la muerte), ha sido el último en conocerla, el último en pasar la noticia. De este modo, el ciclo de la vida que caracterizaba a los habitantes del pueblo de Ainielle queda roto, ya que nadie podrá pasar la noticia de la muerte de Andrés.

Bibliografía

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