Hablar sin ser vistos: La perspectiva del exilio republicano en “Fábulas del tiempo amargo”, de María Teresa León

por | Abr 12, 2019

Hablar sin ser vistos: La perspectiva del exilio republicano en “Fábulas del tiempo amargo”, de María Teresa León

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María Teresa León (Logroño, 1903 – Madrid, 1988) fue, según José Carlos Mainer, la única escritora del 27 que eligió sin ningún tipo de vacilación el camino de la narrativa. Si se repasa su producción se puede observar que la afirmación es cierta: comenzó publicando en el Diario de Burgos sus primeros artículos y cuentos infantiles entre 1924 y 1928, etapa de iniciación que culminó con la publicación de su colección de relatos Cuentos para soñar, a la que seguirían más colecciones, novelas e, incluso, guiones cinematográficos. No obstante, para comprender plenamente las obras publicadas por María Teresa León se debe tener en cuenta la importancia que la política tuvo en su vida. Entre sus acciones políticas más importantes se encuentra la fundación, junto a Rafael Alberti, de la revista Octubre. Órgano de los Escritores y Artistas Revolucionarios, que se postularía como uno de los pilares fundamentales de la defensa de la cultura en el año 1933. Durante toda la Guerra Civil, fue organizadora de la Alianza de Intelectuales Antifascistas y dirigió las Guerrillas del Teatro del Ejército del Centro, y del Teatro de Arte y Propaganda. Además, participó en el Salvamento del Museo del Prado, arriesgando su vida en un par de ocasiones.

Por todo ello, no resulta extraño que, tras verse obligada a abandonar su país al culminar la guerra, María Teresa León se mantuviese leal a la República y, por ende, a su condición de exiliada. En “Las estatuas”, cuarto cuento de la colección Fábulas del tiempo amargo, se lee: “Te traigo una virtud: serás constante” (2003: 323). Esta “constancia” es lo que define la lealtad a la condición del exiliado, pues tiene que ver con el empeño de reconstruir la España que precedió al triunfo de los falangistas y de salvaguardar la memoria histórica.

La finalidad del presente artículo es demostrar que la colección de cuentos Fábulas del tiempo amargo, publicada en 1962 en la revista Ecuador 0º 0’ 0’’. Revista de Poesía Universal de México, constituye una perfecta descripción del exilio republicano, ya que no solo trata los temas principales de los que se ocupó la narrativa del exilio: “la tierra y el tiempo que los escritores dejaron atrás” (Aguinaga 2006: 45), el sentimiento de desarraigo y el anhelo de regresar; sino que también es una contundente crítica al olvido consentido de la memoria histórica, tanto a aquellos que permanecieron en España y fueron víctimas de la manipulación del Régimen franquista, como a aquellos exiliados que optaron por resignarse y empezar una nueva vida. Así pues, se podrá comprender por qué María Teresa León consideraba que “vivir no es tan importante como recordar”, pues todo tiempo que nosotros vivimos, estamos viviendo o podamos vivir será siempre pasado, siempre será recuerdo.

Análisis del título de la obra

Sin duda, uno de los elementos paratextuales más visibles y llamativos de cualquier obra literaria es el título, ya que permite al lector conocer o intuir el propósito del universo textual al que se va a acercar. El sustantivo que encabeza el sintagma nominal Fábulas del tiempo amargo no solo lo convierte en un título remático que clasifica esta obra en un género literario concreto, sino que, al ser analizado con detenimiento, puede ayudar a ampliar la descripción del exilio que ofrece María Teresa León.

Por un lado, si se atiende a la definición del diccionario de la Real Academia Española, una fábula es un “breve relato ficticio, en prosa o verso, con intención didáctica o crítica frecuentemente manifestada en una moraleja final, y en el que pueden intervenir personas, animales y otros seres animados o inanimados”. En efecto, los cinco relatos contenidos en esta obra cumplen las condiciones establecidas por la definición del género: son breves, están escritos en prosa, constan de una intención crítica que se ocupa de aspectos morales y reúnen a múltiples personajes de diferentes naturalezas. Además, es bien sabido que este tipo de narraciones forman parte del patrimonio del pueblo, pues la tradición oral fue una de las vertientes mediante las que se desarrolló la fábula. Por tanto, al ser considerado un género popular, puede que la autora lo concibiese como el medio perfecto a través del cual profundizar en la historia personal y colectiva de un pueblo herido, expatriado y anhelante de la recuperación de sus raíces, del regreso a la España legal.

Por el otro lado, si se analiza el origen del sustantivo fábula, nos percatamos de que se trata de una palabra derivada del verbo latino fabulari, el cual evolucionó históricamente hasta a nuestro verbo hablar. En el último cuento de la colección, “Por aquí, por allá”, se encuentra la afirmación “Hablo. Pero nadie me ve” (2003: 339) que resume a la perfección la desalentadora situación a la que se enfrentaron los exiliados al ser privados de su público natural por el Régimen franquista. Situación que se vio agravada cuando se dieron cuenta de que la temática de sus obras solo interesaba a minúsculos núcleos intelectuales de los países de asilo, hecho que Francisco Ayala señaló en su artículo “Para quién escribimos nosotros”, publicado en la revista Cuadernos Americanos en el año 1949. Así pues, no parece descabellado afirmar que Fábulas del tiempo amargo podría interpretarse, o traducirse, como la necesidad de hablar del exilio, a pesar de no ser escuchado ni visto, para salvaguardar la historia y evitar que solo sea escrita por los vencedores. 

Estilo. Equilibrio entre forma y contenido ideológico

Sin duda, el cuento fue el género literario más cultivado por esta autora, pero no con su esquema genérico tradicional basado en la didáctica, sino como un medio a través del cual ofrece al lector un territorio distinto, reflexivo, maravilloso, en el que intervienen mente y corazón por igual.

A pesar de su inclinación hacia la prosa, al sumergirnos en cualquiera de sus obras, percibimos al instante su conciencia del valor de la forma. El cuidado con el que fueron elegidas cada una de las palabras, expresiones, símbolos y construcciones sintácticas que conforman Fábulas del tiempo amargo puede llevar a considerar su estilo como poema en prosa:

¡Roto, todo, roto: las cartas, las manos, los almanaques, las distancias, las largas cabelleras azules…! Por los muros fríos, silenciosas quedaban acurrucadas las palabras, queriendo hacer pasar desapercibidos sus significados gloriosos. Las casas, cortadas a tijera; los últimos suspiros, humeando, juraban no morirse antes de tiempo (316).

No obstante, como se puede observar, su ritmo parece ajustarse de manera más adecuada a una obra narrativa que a la poesía, pues dicho ritmo no gobierna las categorías morfológicas ni ordena los campos léxicos, al igual que tampoco existen periodos ajustados a una ninguna equivalencia silábica. Por tanto, nos encontramos ante un componente poético que, debido a las tendencias modernistas en las que la presencia de la imagen era fundamental, se filtró con facilidad en el discurso narrativo de la escritora. Se trata de un precioso lirismo que caracteriza no solo Fábulas del tiempo amargo, sino toda su obra. Además, no se ha de olvidar que el objeto de estudio del presente trabajo es una colección de cinco relatos concebidos como fábulas y, como bien señala María Alicia Domínguez: “la fábula es hija del mito y de la poesía”.

El predominio de la forma sobre el contenido en Fábulas del tiempo amargo es señalado en la biografía más reciente de María Teresa León: “un predominio de las coordenadas estéticas frente a la finalidad social, ideológica y práctica de la literatura” (Ferris 2017: 5256). Sin embargo, me hallo en pleno desacuerdo con tal concepción. Cualquier migración es fruto de motivos sociales o económicos y, como señala Marra-López, es un momento tan importante en la existencia del escritor que se convierte en una obsesión y, por tanto, en el leitmotiv de su obra, en “un condicionamiento difícil de superar”. La vida política de María Teresa León fue tan activa que parece imposible afirmar que el estilo predomina sobre la finalidad social de su obra. De hecho, en Fábulas del tiempo amargo esta finalidad no desaparece. En ocasiones puede aparecer algo velada por los elementos líricos, pero con solo leer la crítica que aparece en el relato “Las estatuas”, dirigida a los exiliados que renegaban de su condición y optaron por el olvido para poder vivir una nueva vida, y a la política hacia los exiliados adoptada por Juan Domingo Perón en Argentina, bastaría para observar el equilibrio estético e ideológico de la obra.

A los primeros a quien dirige la crítica en este relato, María Teresa León los considera “falsos exiliados” (2003: 327) y los describe de la siguiente manera:

Fueron apareciendo, dentro de su círculo de egoísmo cristalino, los acomodados, los cazadores vigorosos de fortuna, los que flotan siempre, los del para qué, los que creen en los puntos finales, los distraídos del sol que más calienta, los segregadores de caparazones con excusas, los que se olvidaron de todo… Se oían risas, risitas, encogimientos de hombros y qué se me da a mí y lo importante es comer (2003: 326).

Se observa que las metáforas encadenadas en esta enumeración, que incrementa la tensión narrativa según va avanzando y se distiende en los puntos suspensivos, atacan directamente a los exiliados que rechazan la tarea de “reconstruir” la España previa a la guerra para proteger la memoria histórica. A pesar del desprecio recibido por parte de los falsos exiliados, que llegan a pedir la incineración de la narradora como si fuera una bruja, pero ella no se amedrenta y les pronuncia una arenga: “una regla de la felicidad común es jugarla unidos, ¡jugadla, hermanos! Defended la memoria, seguid siendo una familia, no dejéis los apellidos solamente para las piedras de las tumbas” (2003: 327).

La crítica a la política argentina aparece a través de la figura de las estatuas y, aunque no se especifica el material del que están hechas, se puede relacionar su frialdad característica con el comportamiento de escasa empatía que, según las Fábulas, mantuvo la administración argentina con los exiliados durante el gobierno de Perón, época en la que se escribió la colección de cuentos: “¡Pronto! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Papeles, papeles! (…) La estatua nos medía, pesaba, aquilataba. ¡Vamos, muestra los dientes! Veinte años, soldado; setenta y cinco, inútil” (2003: 322). Las estatuas, además, interrumpen el intento de la narradora de convencer a los falsos exiliados de su recapacitación (“Las estatuas nos interrumpieron bruscamente”, 2003: 328), más adelante la orden de mantener el silencio es explícita (“La estatua intervino en su papel furioso: ¡Silencio! ¡Inconveniente para menores! ¡Callen!”, 2003: 330) y, finalmente, dejan clara su posición opresora: “La estatua, sin aviso, me la arrebato. ¡A la cárcel con ella! ¿Qué es esto de hacer política y levantar vuelo a la esperanza?” (2003: 330). Esta censura de las estatuas puede relacionarse con la que sufrió María Teresa León en su programa radiofónico que mantuvo durante su estancia en Argentina, en el cual llegó un momento en el que no podía recitar siquiera un poema de Rubén Darío por contener “veinte veces la palabra libertad” (Ferris 2017: 5256).

Con este breve análisis, se puede observar que el lirismo de la prosa de esta escritora no va en detrimento del contenido ideológico de Fábulas del tiempo amargo, sino que llega incluso a intensificarlo. Hecho debido a que el punto de vista es plenamente subjetivo y, a través de la fantasía, la autora recrea un mundo ambiguo en el que denuncia el error que supone el olvido de la memoria y el abuso de poder.

El tiempo amargo del exilio

Cuanto más se profundiza en esta colección más indudable parece que María Teresa León está ofreciendo un valioso testimonio sobre lo que para ella significó el exilio, transmitiéndonos su sentimiento de nostalgia, su dolor ante el paso del tiempo lejos de su tierra natal y su desesperación ante el auge de una mentalidad a favor del olvido, entre otras preocupaciones que veremos en el presente apartado. Con el fin de profundizar aún más en este aspecto, a continuación, se presenta un análisis de los aspectos más significativos para la descripción de las consecuencias del exilio español.

El relato con el que se inicia la colección (“Soledad, ¿por quién preguntas?”) y el siguiente (“Comed, comed, que ya estoy invitada”) recrean, según Gregorio Torres Nebrera, motivos legendarios probablemente basados en leyendas americanas (84).  [A continuación, todas las citas, salvo excepciones señaladas, pertenecen a LEÓN, María Teresa. Fábulas del tiempo amargo y otros relatos. Cátedra, edición de Gregorio Torres Nebrera, 2003].  Es cierto que ambos cuentos evocan un sacrificio, pero, como se verá en su correspondiente análisis, el segundo relato no parece obedecer tanto a esta descripción.

“Un cráneo. Sobre él han ido clavando caracoles y piedrecitas azules” (305) es la frase que inaugura el relato, advirtiendo al lector de la atmósfera macabra en la que acontecen los sucesos narrados. La advertencia no cesa con este breve párrafo inicial, pues es seguida de los siguientes cruentos versos: “Doncellas tejen / con intestino humano. / Cabezas humanas / cuelgan como pesas” (ibid.). No cabe duda de que la intención del tono lúgubre es anunciar el sacrificio que va a tener lugar, además de ajustarse a los requisitos dramáticos de la acción narrativa. Cabe destacar que los versos, repetidos más adelante, no solo sirven como elemento dramático, sino que dan cuenta del ritual que se está llevando a cabo. Además, son estas cabezas humanas las que pueden orientar hacia el carácter de leyenda americana apuntado por Torres Nebrera, pues recuerdan a las cabezas reducidas de los aborígenes Jíbaros.

La referencia al exilio aparece en el párrafo que sigue a los citados anteriormente: “Estoy lejos. Me he desplazado y la única probabilidad que tengo de que me admitan es sentarme a tejer” (ibid.). Como vemos, la narradora se encuentra en una tierra extraña y ha de imitar sus costumbres si desea integrarse. No obstante, la adopción de estas costumbres supondrá el olvido de su esencia. Este hecho se ve reflejado en la mosca “viva de otro tiempo” que simboliza la memoria, razón por la cual la acompaña a lo largo del relato y se espanta al imitar a quienes la rodean: “Cuando detengo la mano, se posa; si tejo, huye” (306). Pero ella, aunque lo desease, no puede integrarse porque es parte del sacrificio: será enterrada viva junto a el Rey-rey, figura que parece encarnar, paradójicamente, a la República (“El Rey-rey está de rodillas. Lo pinchan. Lo hienden. Lo levantan” y “El Rey-rey consigue solamente llorar porque está en la plaza inmensa de su destino, ciego”, 307). Así pues, la sepultura enmascara el sacrificio que supuso para María Teresa León abandonar forzosamente su tierra natal con el fin de salvaguardar la memoria histórica.

A diferencia del relato anterior, en “Comed, comed que ya estoy invitada” no encontramos ningún tipo de símbolo que pueda llevar a pensar en la influencia de las leyendas americanas. Conociendo el interés de la autora por Gustavo Adolfo Bécquer, a quien en 1946 le dedicó una novela titulada El gran amor de Gustavo Adolfo Bécquer (una vida pobre y apasionada), parece más fácil relacionar este relato con la leyenda La corza blanca. Centrándonos en lo que nos corresponde, María Teresa León presenta un testimonio de la Guerra Civil a través de la recreación de una cacería. La narradora encarna a una corza que huye de los monteros que pretenden darle caza a ella y a los demás animales del bosque: “No sé quién dio la señal ni dónde. Comenzaron a sonar las trompas. ¡Corre, ciervo, huye! ¡Corre, corza, todo ha terminado!” (310). No obstante, la huida solo puede ser concebida de una manera: “Huir, pero quedarse. Huir, pero volviendo la cabeza” (ibid.), es decir, sin olvidarse de la tierra que se deja atrás. Y, además, sin considerarlo un deseo: “Hubiera querido morir y no correr” (ibid.), pues, para la narradora, parece preferible la muerte antes que el desconsuelo de “perder, gota a gota, la sangre sobre la tierra que nunca jamás volveremos a pisar…” (311). Finalmente, la corza es abatida y llevada a la cocina. En este punto, la canción que servía de ritual en el relato anterior es sustituida por la música de los utensilios culinarios, los cuales recuerdan a los instrumentos utilizados en las marchas militares que anuncian la victoria: “los timbales de las tapaderas, el flautín de los hervidores, las fogatas de las salsas y el mortal canto de los cuchillos” (ibid.). Durante la comida se descubre que la corza forma parte de la familia que la ha asesinado, lo que se corresponde con la reflexión sobre la manera en la que las familias españolas quedaron divididas y fueron víctimas del cainismo. La única que se percata de la ausencia de este miembro de la familia es la madre, con la que también tiene diferencias ideológicas: “¿No ha vuelto mi hija? ¡Siempre rondando por el bosque con las ratas!” (312). Sin embargo, es este personaje el que, a pesar de todo, se siente perturbado por la corza, “¿No la oís llorar?” (ibid.) insiste varias veces. Al contrario, su hermano se siente entusiasmado ante el festín que demuestra su victoria: “’Mirad desangrarse la corza! Mi hermano se detiene halagado y redondo” (313).

La figura del exiliado desdeñada por las gentes del interior aparece reflejada en el penúltimo párrafo del cuento: “Nadie me ve, pero me oyen todos. Oyen levantando sus inmundas barbillas grasientas. Hermosa novedad, murmuran sin asustarse. Y así van sorbiendo mi último dulzor, sin darme importancia” (314). Los comensales acaban con la corza, menos con su cabeza, que “ha quedado en mitad de la fuente” (ibid.); tal y como ocurre en La cabeza del cordero, de Francisco Ayala. Podemos establecer que la cabeza de los animales, al menos en estos dos cuentos, simbolizan la memoria. A José Torres le atormenta por haber renegado de ella para construir su futuro, mientras que la narradora de este relato decide recogerla y seguir hacia delante: “agarro mi cabeza y desaparezco del salón del banquete sin dar a nadie cuenta de mis actos” (ibid.), pues a pesar de todas las atrocidades acontecidas en el pasado, no podemos construir un futuro sin memoria, cuestión de la que es muy consciente María Teresa León.

El silencio y la represión fueron las consecuencias inmediatas que sufrieron aquellos que se quedaron en el país tras la derrota de la República. León Felipe declaró que los poetas del exilio se habían llevado “la canción”, pero lo que realmente ocurrió es que “Los pájaros habían dejado de cantar” (311), como describe nuestra autora, porque aquellos que sobrevivieron a la guerra y no pudieron marcharse hubiesen seguido cantando si el miedo a la muerte no hubiese superado a su voluntad y, más adelante, si la manipulación franquista no hubiese envenenado la conciencia de las generaciones venideras. No obstante, la alusión a las palabras de León Felipe reaparece en “Las estatuas” gracias a uno de los “hombrecillos blancos” que encarna a la esperanzadora juventud de España que en la década de los años 60 comenzó a denunciar las inconsistencias del franquismo, como fue el caso de Luís Martín Santos o Juan Goytisolo: “Yo soy la juventud que siguió después de que tus pasos se fueron, nuestros ojos no te vieron jamás. (…) Dicen que os habéis llevado la canción…” (329)

 

El viaje es el cuento de la colección que, por sus personajes, parece adaptarse más a lo que tradicionalmente se conoce como “fábula”. María Teresa León se sirve del típico zorro astuto y lobo feroz para retratar la manipulación y la violencia del régimen franquista. De este modo, intenta describir cómo el franquismo trató de amoldar a los españoles para alienarlos con su estructura ideológica:

Por dentro de mi corazón las manos del Zorro pretendían ordenar mis sentimientos; aquí el amor a lo que fue tuyo, aquí el amor a lo que oíste, aquí el amor a lo que probaron tus labios, aquí el amor al amor… Con sus patas perturbaba mi morada de fe limpia (316).

Y con la manipulación de los medios: “El Zorro ya preparaba volantes sobre nuestra captura”, cuando tal suceso aún no ha ocurrido.

El águila es el animal que ayuda a escapar a la narradora de las garras del Zorro y el Lobo (“Habló el Águila. Todo terminó, vamos, déjate llevar, arréglate como puedas entre mis alas, así es el fin”, ibid.). Es en este momento cuando comienza el viaje de expatriación de la narradora, durante el cual cobra protagonismo la angustia ante el inexorable paso del tiempo (“El tiempo transcurriría con sus pies descarnados”, 317) y el dolor por el abandono de la tierra (“Pronto el Águila avanzaría en lo desconocido, dejando para otra ocasión mi realidad”, 318; o “¡Dolor de no acompañarte, congoja de haberte abandonado!”, ibid.). La narradora intenta compartir con el Águila muchas de las reflexiones que lleva a cabo, pero esta no la oye: “¡Ah, que los niños nazcan con uñas de acero! Grité al oído del Águila. ¿Qué, qué?, me contestaba sin oírme” (317). No hemos de olvidar la cuestión del silencio que hemos anotado en el análisis del cuento anterior. El Águila forma parte del sistema franquista y es quien la traslada de su tierra natal al exilio, por tanto, puede que esta sea la razón por la que el Águila parezca sorda ante las confesiones de la narradora y solo se dirija a ella cuando la siente en peligro: “Me moví. ¡Cuídate, llegamos a la mar!” (318). Casi al final del relato se encuentra la finalidad de la huida: “Trotaba todo en una memoria de existir sin límites. Así el cielo, recamado de nuestro afán, huía y huíamos para no dejarlo al Lobo, para que el Zorro no lo describiera con su pluma” (319), es decir, para evitar que la memoria histórica sea manipulada y que no se cumpla la afirmación de que la historia la exclusivamente escriben los vencedores. Sin embargo, este destino parece ineludible porque el paso del tiempo provocará que las nuevas generaciones se críen sin ningún tipo de referencia que no esté manipulada; así lo transmiten las últimas palabras del Águila: “¿No te quedas? (…) Fue entonces cuando oí que cuanto viniera más tarde, estaría para siempre herido.” (320)

Antes de comenzar con el análisis del siguiente relato, se ha de señalar que la mención a las Guerrillas del Teatro, comentada al principio del artículo, aparece entre las líneas que conforman El viaje a modo de homenaje, como un dulce recuerdo que parece imposible entre los terrores de la guerra: “Y aquella caravana ¡tan alegre! Los magníficos teatros entre los árboles, las réplicas ante las velas contestadas por las explosiones, la improvisación feliz en el regazo militar de las miradas.” (316).

Como se ha comentado en el apartado anterior, “Las estatuas” es el relato con mayor denuncia social. Además del abuso de poder y del olvido, se critica el horror de la guerra: “Este es el niño que nació mientras la madre agonizaba; este otro dejó su talento reluciente sobre aquel campo vacío; (…) hubo quien estalló de un impacto el día de su mayor salud” (325). No obstante, no solo destacan las cuestiones ideológicas, sino también el sentimiento de incertidumbre y angustia hacia el paso del tiempo en una tierra extraña: “Si me alejo ¿quién cuidará de mi sangre?” (322). Este tema, además, es reforzado por los versos de un villancico, documentado en el Cancionero General (2003: 323), que se repiten al principio y al final del relato: “Si muero en tierras extrañas / Lejos de donde nací / ¿Quién tendrá piedad de mí?” (323 y 330). La incertidumbre y la angustia hacen llegar a la narradora a la cruda definición de lo que significaría el exilio: “Yo sé que a veces a nuestra verdad pura la maltrata el tiempo, ya no alcanzaremos a vivir, no somos novedad, la costumbres nos desgastó por los bordes, somos los habituados a una muerte lenta alumbrada con mala luz” (330). Este desaliento, junto a la crítica a los falsos exiliados, lleva a pensar en El remate de Max Aub, pues uno de sus personajes principales, Remigio, ansía también la vuelta y critica a aquellos que reniegan de su condición, pero, al comprender lo que ha supuesto su ausencia tras el paso del tiempo, pierde la esperanza. El soñado regreso a la realidad que fueron forzados a abandonar durante más de cuarenta años es imposible. A diferencia de Remigio, la narradora de “Las estatuas” deposita su esperanza en el futuro de su tierra, como se ha comentado con anterioridad:

¿Cómo, no quieres reconocerme? Yo soy la juventud que siguió después de que tus pasos se fueron, nuestros ojos no te vieron jamás. Te referimos, te cantamos, eres la fermentación de nuestro sueño. Si dos se separan, una tercera puede unirlos tiernamente (329).

Sin embargo, María Teresa León prevé que gran parte de la juventud, aunque defienda la reconciliación, no tendrá en cuenta la memoria (salvo excepciones), dado que es algo pasado que le resulta ajeno; lo cual supone un fiel retrato de lo que ocurrió y aun hoy en día sigue ocurriendo, por desgracia: “¿Y qué culpa puedo yo tener de aquello? Soy un joven papel blanco que me voy escribiendo al paso de las horas nuevas” (ibid.).

Podría decirse que todos los deseos de regresar que aparecen en “Las estatuas” (“¡Ayúdame a irme!”, 322; “No me dejen morir con tantos deseos de correr, de volar, de irme”, 323) son concedidos en el último relato de la colección, “Por aquí, por allá”; si no supiésemos que el regreso que se recrea es un sueño más. Hecho que se avisa ya en la primera frase: “En la falda del viento recliné la cabeza y concluyó mi sueño” (331) que es, también, la última (343); rasgo que otorga circularidad al relato. Sin embargo, la pronta comparación con Ulises (“Hallé ante mí la sagrada puerta de mi sangre y la franqueé con la docilidad de Ulises”, 331) augura que el sueño acabará convirtiéndose en pesadilla, pues al regresar a Ítaca el héroe no solo no es reconocido, sino que, además, es rechazado. No obstante, esto permite percatarse de que María Teresa León, a pesar de que soñaba con entrar en Madrid por la Puerta de Alcalá montada sobre un caballo blanco (Santoja 2003: 136), era ya consciente, en la época durante la que escribió Fábulas del tiempo amargo, de que su regreso a España no sería como ella había soñado, pues volver a pisar su tierra natal supondría enfrentarse cara a cara con la realidad impuesta por el franquismo, con los sueños allí abandonados.

La narradora cuenta cómo, nada más llegar a la orilla con su barco, hasta las piedras desprecian su sueño: “Vamos en busca de nosotros mismos, pues aquí y allá se nos quedaron una mirada perdida, un ademán incumplido, una palabra que se interrumpió… ¿Solo eso pretendes? Pues es más fácil escribir en el agua” (332). Unas líneas después de haber sido abofeteada con la realidad (“Déjanos, hace tiempo que no suena tu nombre ni preguntan dónde estás”, 333), aparece una desalentadora soleá flamenca que incrementa el sentimiento de angustia ante la pérdida de la identidad: “Ya era yo lo que no era, / ni lo que solía ser. / Soy un árbol de tristeza / arrimado a una pared” (ibid.). Entonces, la narradora asume el paso del tiempo: “Cada ventana corresponde a una vida. Ha sucedido sin que participemos: colgaron las lámparas y nacieron los niños, aprendieron a leer y se les rompió el primer juguete” (336). No obstante, se niega a creer que el tiempo transcurrido es capaz de arrebatarle sus propios recuerdos: “Pero ahí está aún la sombra de mi puño cerrado”.

En este relato aparece también una crítica explícita a la manipulación con la que el franquismo engañó a toda una generación: “Me tocaron el hombro. ¿No me ves? Somos las verdades aparentes. Vamos al cine, a los cafés, a los bares” (341). Sin embargo, estas mentiras que hicieron creer a la gente en el falso bienestar no son las más nocivas, existen otras peores:

 

Tendrías que ver a los que llevan las máscaras y tiran el rostro al cieno. El cieno les pude al año miles de rostros; máscaras de las complacencias vergonzosas, de los negocios ilícitos, de las trampas organizadas, de las hipotecas a extranjeros, de las mentiras gubernamentales. (…) Nosotras solo correteamos las calles; somos las pobres apariencias intrascendentes; apenas pesamos en la conciencia de los interesados; somos la pequeña mentira de los que no se quieren resignar. ¡Adiós, adiós, tenemos que seguir! Nos llaman de todas partes (342).

Además, a continuación, relata la incredulidad que le produce el hecho de que la manipulación no solo la llevaba a cabo el régimen, sino también los medios intelectuales: “Detuvo a los chiquillos voceadores del periódico. (…) ¿Los doctos hicieron esto? ¿Para eso sirven los papeles y los libros?” (ibid.).

Fuese como fuese, a pesar del rechazo recibido y de la manipulación, María Teresa León no pierde la esperanza ni su afán reconciliador: “El ruiseñor cantará para todos, nos sentaremos a una mesa, comeremos de un pan…” (343). Así pues, aunque el sueño del regreso supusiese finalmente una pesadilla, no fue motivo de rechazo o rendición, sino de superación.

Conclusión

Algunos intelectuales consideran que “cuando una historia se suscita tan radicalmente de la experiencia, cuando en ella encuentra el obsesivo sustrato que la contiene, es más difícil de lograr, ya que existe una mayor predeterminación en sus elementos, más dificultades para que la imaginación recabe su libertad” (Díez 2001: 17). Sin embargo, María Teresa León consiguió fundir experiencia e imaginación, brindándonos una obra que no solo preserva la memoria como un conjunto de datos propio de cualquier archivo documental histórico, sino que también transmite los sentimientos de una época en la que la desolación producida por la conciencia del devenir del mundo sin la presencia del yo se establece como uno de los pilares temáticos fundamentales.

El análisis llevado a cabo permite defender que Fábulas del tiempo amargo es una colección de relatos que describen a la perfección las preocupaciones principales de los narradores españoles exiliados tras la Guerra Civil. A diferencia de obras como El remate o La cabeza del cordero, mencionadas anteriormente, la comunión entre la memoria y el elemento fantástico posibilitan a María Teresa León trascender la atmósfera grisácea de la nostalgia, acentuar la sensibilidad de su discurso y afirmar su capacidad creadora.

A pesar de que la derrota de la República supuso la condena de la memoria histórica española, aún hoy desdeñada por ideologías heredadas del franquismo, debemos hallar la manera de salvaguardar nuestro pasado. La investigación literaria es uno de los caminos que podemos tomar para este propósito, pues la literatura española del exilio constituye uno de los depósitos de la memoria más importantes y necesarios para la comprensión de la historia contemporánea de nuestro país. No obstante, queda mucho trabajo por hacer, porque nos encontramos ante un periodo cuya reconstrucción aún no ha concluido. Se conoce la obra de Max Aub, la de Francisco Ayala, la de Jorge Semprún, etc. pero existen muchísimos escritores, y sobre todo escritoras, cuya obra no ha recibido la atención que se merece, como es el caso de María Teresa León, quien no solo fue silenciada en primera instancia por ser mujer, sino, también por cuestiones ideológicas durante el exilio y, finalmente, por el olvido.

 

Bibliografía

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