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La herencia es aire. “Ocupación”, de Margayta Yakovenko

Hay un modo de escribir sobre la familia propia que se ha vuelto tan recurrente en la narrativa contemporánea que casi ha adquirido ya los contornos de género: la investigación personal que parte de lo particular —cualquier cosa, pero, sobre todo, conversaciones, fotografías y cartas descoloridas, documentos dispersos…— para alcanzar el estatuto de relato memorialístico colectivo. La acumulación de títulos que instalan el yo del escritor-investigador en su centro es a estas alturas apabullante, y la realidad es que algunos lo hacen con mayor fortuna (o acierto) que otros. ¿El peligro mayoritario? Quedarse en un ejercicio de exposición egocéntrica en el que la voz narradora acaba eclipsando aquello que decía querer iluminar. Ocupación, la última novela de Margaryta Yakovenko, no cae por suerte en la trampa.

Lo primero que se puede decir sobre el libro es que fluye sin tropiezos. Lo segundo, que combina con destreza biografía, material familiar e historia, y se vale de la ficción para rellenar los huecos de la memoria. Cuidado: sin floritura ni dilación, porque Ocupación va al grano, administra bien los ritmos y se abstiene de explotar los quiebres emocionales. Yakovenko escribe con contención, me parece a mí, porque el dramatismo es el peor enemigo en estos casos, y la complicidad de quien lee —emotiva, claro, pero política a la vez— se gana con precisión, no con aspavientos. El detonante biográfico es uno y devastador: el abuelo de la autora muere en abril de 2022 en Tokmak, ciudad rodeada por las tropas rusas desde febrero de ese año. Muere prácticamente solo, enfermo e incomunicado. Tras su entierro, la casa familiar es ocupada. Yakovenko, residente en España desde niña, no pudo enterrarlo, y de esa imposibilidad —física, pero sobre todo simbólica—, nace la novela.

El texto arranca con una frase que es toda una declaración de lo que está por venir: “La última vez que hablé con mi abuelo me dijo: Nací en una guerra y moriré en una guerra”. La bofetada es fuerte, pero se mantiene hasta el final el pulso. El recorrido que emprende la autora comienza con el bisabuelo a comienzos del XX bajo el Imperio ruso, continúa con el abuelo en la Ucrania soviética y llega hasta el presente. Los ingredientes para el canto nostálgico de los orígenes están ahí, ¿verdad? Y en parte lo es; sin embargo, también es cierto que el texto se transforma poco a poco en algo de mayor calado político: el trazado de la historia reciente de un país que ha cambiado de nombre (de dueños: ocupación) unas cuantas veces a lo largo de un mismo siglo. Porque el tema de la ocupación aquí no es solo el que anuncian los titulares de la guerra en curso —un conflicto que ha sido en buena medida barrido de los noticieros por otras atrocidades—, sino también el de la identidad como construcción frágil, siempre a merced del trazado de las fronteras, del idioma, etc. “¿Se empezaron a considerar soviéticos? ¿Se consideraban antes rusos? ¿Qué idioma hablaban?”, se pregunta Yakovenko al hablar de sus abuelos tras la Revolución. Las preguntas, por supuesto, están lejos de ser retóricas, pues conectan con la experiencia migratoria que la autora exploró ya en su primera novela, Desencajada, publicada en Caballo de Troya en 2020. La identidad, sugiere a fin de cuentas el texto, es una ficción, pero no porque sea falsa, sino porque cambia en función de las manos que detenten el poder de nombrar.

El tramo final de Ocupación concentra, creo, la imagen más dura: la casa tomada, los recuerdos convertidos en propiedad ajena, el pasado entregado como si fuera un botín de guerra. Otra ocupación. Pero no es una metáfora, sino un hecho material: “Todo lo que hay en ese piso, sus cosas, nuestros recuerdos, nos ha sido arrebatado”. A la pérdida del abuelo su suma entonces otra, más silenciosa pero igual de irreparable: la del lugar físico que sostiene la memoria familiar. Así, la herencia que le queda, nos dice la voz narradora, “está de hecha de aire, de momentos que me pueden ser arrebatados con un solo soplo de viento. Que morirán por el paso del tiempo. Que morirán”. La fuerza de las líneas procede de la lucidez de quien constata que, a falta de tierra firme, cuando no existe superficie material, tampoco hay lugar donde anclar la identidad. Y, sin embargo, el libro no termina en derrota: “Me presupongo una vida larga porque tengo una misión: recuperar lo que nos robaron”. Es la única salida posible.

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Doctora internacional en Literatura Española por la Universidad de Salamanca, con máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid y Master of Arts in Spanish en la University of Wisconsin-Milwaukee, actualmente es investigadora posdoctoral Juan de la Cierva en la Universidad de Alcalá. En el pasado, ha sido profesora en la Universidad de Salamanca, en la UNIR, en la Universidad de Burgos, en la Universitat Jaume I y en la University of Wisconsin-Milwaukee, así como contratada posdoctoral en la Université catholique de Louvain. Es autora del ensayo "Ideología, poder y cuerpo. La novela política contemporánea" (Bellaterra, 2023) y escribe reseñas mensuales en el periódico Mundo Obrero.

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