Una canción de pasos incendiados. “La casa y el viento”, de Héctor Tizón

por Abr 8, 2024

Una canción de pasos incendiados. “La casa y el viento”, de Héctor Tizón

por

En 1976, Héctor Tizón (Jujuy, 1929) partió al exilio. Esta experiencia, compartida transnacional y transhistóricamente, vertebró su autoría y su literatura, al igual que impulsó la construcción discursiva de un yo problemático: el del propio desterrado argentino. Así lo corroboran títulos como El traidor venerado (1978), Recuento (1984), El viejo soldado (escrita en el exilio y publicada en 2002) y La casa y el viento. Terminada en España en 1982 y publicada en Argentina en 1984, esta novela indaga en lo que significa ser un exiliado. La deambulación por callejones inhóspitos —líneas cronológicas, laberintos…— de su personaje principal integra todo un imaginario de motivos, temáticas y símbolos que, en un plano vivencial y cultural, garantizan la expresión no solo de las señas de identidad que la dictadura cívico-militar violentó y tergiversó, sino también del compromiso que entraña resistir para contar.

El viaje, presentado en parábola al estilo de Pedro Páramo (1955), nace como una recreación teórica de un historial personal. Tizón novela la despedida desde una conciencia dolorida, pero segura y significada tanto ética como políticamente. El personaje-autor, sometido a un proceso tensionado entre el reconocimiento y el desconocimiento, no renuncia ni cede; se marcha porque “no quise seguir viviendo entre violentos y asesinos” (p. 175). El exiliado decide no dejar de andar, pues inmovilizarse es morir o, dicho de otro modo, desdibujar reminiscencias sacras de ayer y dejarse comer por las aves: los militares en constante acecho. Su objetivo, filtrado por la resignación, comprende radiografiar el paisaje argentino y traducir las sombras en que “abandoné la memoria de mis muertos” (p. 175). La responsabilidad reside en no paralizar nunca la mirada, adiestrada para desenterrar los ecos de un ritmo oculto, vivo, que canonizará los recuerdos del trayecto.

El paisaje es un páramo onírico cuya idiosincrasia, definida por hospedajes, fluctúa entre la ruralidad primigenia y la brutalidad más deshumanizada. Sus habitantes son seres enigmáticos, fantasmas silenciados: máscaras estáticas de sí mismos que ignoran los ladridos de los perros, de los desaparecidos. Argentina es sorda y ciega. En sus espacios no se enraíza. Los núcleos del pasado se adhieren a la vejez y se transmiten en los relámpagos que luchan contra la oscuridad de la represión. A la vez, se manifiestan en la invocación de la infancia, prisma añorado de la soledad más absoluta y oasis que salva al desterrado de una realidad desolada por culpa del viento —“borrachera delirante pero fría de terror y de sangre” (p. 128)— que convierte el campo en hueso.

En este campo se escucha una melodía lejana, rastreada mientras se atraviesa la tierra y se cruza el mar: aquella que, en 1939, los republicanos españoles hicieron suya. La copla es distinta de la marcha militar que favorece la ausencia de versos y de libros de historia nacional. Los poetas, no los abogados, son los verdaderos testigos, aunque la flauta, la voz, permanezca enterrada. La palabra es la única capaz de malograr “el sueño del verdugo” (p. 152). Sin ella se vapulea al extraño, transfiguración del expatriado, y su agresor, ciudadano prejuicioso, rompe a llorar. Héctor Tizón delega en la cultura la función de historizar, de hacer entender: de quemarse para, así, renacer porque “todo lo que ha pasado por el fuego se convierte en incorpóreo y sigue viviendo” (p. 150).

La casa y el viento es un libro que no desaparece cuando arde un refugio dormido. El protagonista sigue la luz que trasciende la herida caliente del animal muerto, la Argentina que todos tocan sin temor a mancharse. En la nación los espectros limpian sus manos ensangrentadas. La labor del viajante es señalar y escribir la memoria de este cadáver, la del país escindido, “para no llegar vacío a donde viviré recordándolo” (p. 134). Con este fin el exilio resucita: la expectativa de un tiempo nuevo reaparece en una senda de pasos incendiados.