Naturaleza y otredad: una lectura ecocrítica de “Oso”, de Marian Engel

por Mar 27, 2024

Naturaleza y otredad: una lectura ecocrítica de “Oso”, de Marian Engel

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En el contexto de la reflexión acerca de la condición del ser humano mismo, la pregunta por la naturaleza se revela absolutamente esencial. Todo sujeto se halla atravesado por la pregunta por lo otro. Una pregunta que le define, pues el sujeto se constituye en virtud de aquello que no es. Es fundamental, por tanto, pensar esa negación del sujeto para comprender el sujeto. Por ello, la naturaleza entendida como aquello que el Yo humano ―miembro de lo que se conoce como ‘cultura’― no es, la naturaleza entendida como otredad del ser humano, es sin embargo definitoria de su condición. Así, la relación entre el ser humano y la naturaleza deviene un lugar privilegiado desde el cual reflexionar casi todas las cuestiones vitales que nos interpelan.

Por otro lado, esta es una relación que hoy, más que nunca, ha de preocupar a la humanidad. Especialmente, en la medida en que, en términos generales, su identidad se sigue construyendo a través de la dominación de la naturaleza: “como sociedad, seguimos profundamente inmersos en la inercia semiótica y material de una cultura económica hegemónica diseñada para expandir e intensificar su metabolismo, ignorar los límites ecológicos de dicha expansión, acelerar su ritmo destructivo (…)” (Prádanos, 2019). Ante la hegemonía cultural, la perspectiva ecocrítica, que desde la última década del siglo XX viene ganando fuerza en las consideraciones académicas y sociales de la literatura, constituye un marco crítico que podría contribuir considerablemente “a la descolonización del imaginario dominante” (Prádanos, 2019), un imaginario antropocéntrico, productivista, patriarcal, utilitarista, racista y, por ello, absolutamente reduccionista. Al hacer de la naturaleza su objeto de estudio, la ecocrítica tambalea la red de significaciones en la que acostumbramos a movernos. Lejos del reduccionismo, la literatura posee un particular potencial artístico que le permite mantenerse siempre en el ejercicio de sugerir, evocar y producir múltiples sentidos, “puede servir para comprender la complejidad como complejidad, la totalidad como totalidad” (Bula Caraballo, 2009: 66), se revela como lugar privilegiado para explorar los matices de la relación entre la especie humana y la naturaleza. Por ende, tal vez sean la literatura y las humanidades ambientales el lugar adecuado para articular una crítica de la hegemonía cultural imperante, hegemonía que trae consigo el desastre medioambiental.

En este contexto del Antropoceno y su ímpetu destructivo se sitúa la pertinencia de una lectura ecocrítica de la novela Oso, de la escritora canadiense Marian Engel. Publicado en 1976, Oso narra una historia de retorno a la naturaleza. Una bibliotecaria joven llamada Lou viaja hasta una zona remota de Canadá para hacer el inventario de los libros y otros objetos guardados en una casa victoriana legada por un misterioso “Coronel Cary” al Instituto Histórico para el que trabaja. Desvelar la información relevante contenida en la gran biblioteca es su tarea para el verano. Lejos de la gran ciudad, Lou redescubre la naturaleza y forja, poco a poco, una fuerte relación erótica con un misterioso oso que habita en la propiedad de los Cary. En la base de la novela se encuentra, entonces, la dialéctica entre cultura y naturaleza, entre lo humano y lo animal, entre lo propio y lo ajeno. Lou, inmersa en la naturaleza, irá dejando de lado su “humanidad”. A través del encuentro con lo animal ―esto es, con la otredad―, se irá despojando paulatinamente de sí misma. Finalmente retornará, pero lo hará ‘de otra manera’, habiendo ganado una experiencia que le permitirá cambiar su vida en la urbe.

En el fondo de la historia, por tanto, late la preocupación por un Otro que está más allá de lo humano, que “aparece”, por así decir, a través de la naturaleza y el oso. Del mismo modo, el fondo del presente trabajo se articula a través de la pregunta por la otredad como preocupación fundamental en la ecocrítica. En primer lugar, interpretaremos el movimiento efectuado por la protagonista, en virtud del cual abandona la ciudad para pasar la temporada estival en una zona remota del norte. Aludiendo a la perspectiva ecofeminista, se presenta una reflexión en torno a los cambios acontecidos en la protagonista que, tras vivir en mayor harmonía con la naturaleza, hace frente a la otredad y la ‘incorpora’, anunciado un cambio fundamental en su vida futura. En el segundo apartado se lleva a cabo un análisis de la naturaleza desde su carácter dual o jánico, pues es tan bella como terrible, y se reflexiona acerca de las posibilidades de pensar esta naturaleza que permanece, en último término, impasible ante el ser humano. Finalmente, se atiende al personaje del oso, que da título a la novela, haciendo hincapié en su inexorable silencio y, por ello, en su absoluta otredad.

1. Lou se va al campo: la contraposición entre naturaleza y cultura

“El 15 de mayo Lou cargó carpetas, papel, fichas, cuadernos y una máquina de escribir en su coche. Había desenterrado su viejo equipo de acampada: chaquetones de lana a cuadros, botas de montaña y un saco de dormir juvenil. El director le estrechó la mano como despedida y retrocedió por el olor a naftalina” (Engel, 2015: 17). Así, una mañana de mayo, Lou, la bibliotecaria, la chica de ciudad a la que no le gusta pasar frío en invierno, la chica que se pasa meses enteros sin tomar el aire, encerrada en su despacho del Instituto Histórico, deja atrás la ciudad para marcharse a la isla de Cary para documentar su biblioteca. Algo cambia a partir de ese viaje que supone el encuentro con la naturaleza. La Lou que retornará de este viaje no será ya la misma.

Es significativa la caracterización de la vida de Lou antes del acontecimiento que marca un antes y un después ―el viaje a la naturaleza. En la ciudad, vive encerrada en un día a día gris, en una cotidianidad vacía. Lou se refugia en su trabajo. Se refugia literalmente, pues su despacho está situado en el sótano del instituto. Durante el invierno, Lou vive bajo tierra como un topo que se refugia de las amenazas del mundo exterior. En cierto sentido, su rutina es el reflejo de la desilusión en el seno de la vida de la mujer contemporánea, una mujer que, en este caso, está realmente sola e inmersa en ese vacío existencial. Un inmenso vacío que trata de llenar manteniendo relaciones sexuales con las que, a fin de cuentas, no logra sentir nada. Su refugio son las antigüedades con las que trabaja, objetos que le obligan a trascender su presente. Sin embargo, cada año, cuando la oscuridad del invierno da paso a la primavera, la luz alumbra la verdad de su existencia triste e insatisfecha:

cuando mejoraba el tiempo y conseguía filtrarse algo de sol por el sótano, cuando flotaba polvo primaveral en los rayos de luz y los viejos ceniceros de estaño empezaban a apestar a un invierno de nicotina y contemplación, los defectos de su gris mundo privado se hacían evidentes hasta para ella, pues, por mucho que adorase las cosas viejas y gastadas —cosas ya amadas y sufridas, objetos con un pasado—, al verse los brazos pálidos como babosas y las huellas dactilares con manchas d tinta viejísimas, al comprobar que los comunicados del tablón de anuncios estaban arrugados y obsoletos, al descubrir que sus ojos ya no enfocaban ante tanta luz, siempre se avergonzaba, pues la imagen de la Buena Vida que tiempo atrás había grabado en su alma era muy distinta de esta, y el contraste le hacía sufrir (Engel, 2015: 10-11).

Lou está atrapada en una suerte de ‘malestar en la cultura’; la premisa de partida es la de la insatisfacción de la vida de la protagonista. Una vida que destaca por lo alejada de la naturaleza que se encuentra. Y este alejamiento de la naturaleza se traduce en un alejamiento con respecto al presente. Pues Lou ama las cosas viejas, gastadas, que han sido amadas, en el pasado, por otros, mientras que ella ni ama ni es amada, y su presente se escapa. Algo que atestigua su malestar es el hecho de que sea propensa a las crisis de fe, en las cuales cuestionaba su trabajo, pero también lo más hondo de su identidad personal se pone en evidencia.

Gracias al abandono de la ciudad, la situación cambia. En la isla de Cary Lou retorna poco a poco a sí misma. Se trata de un viaje de redescubrimiento, en la medida en que recuerda haber estado ahí siendo una niña. Su experiencia, por tanto, roza la de la infancia, paraíso perdido de ilusiones genuinas. En lo referente a este paraíso perdido que tiene que ver tanto con la naturaleza como con la infancia, es enormemente significativo que desde el comienzo se haga acentúe su terrible belleza. Un enorme esqueleto de libélula, atrapada en una telaraña, le fascina. Ya en la cabaña le entusiasma su situación, estar sola en ese lugar aislado es la más feliz casualidad. Se duerme escuchando el crepitar del fuego y se levanta con el aire frío y límpido de la mañana. Anonada, en mitad de la naturaleza, “saboreó la novedad que la rodeaba, las varas amarillas de los sauces jóvenes en la linde del bosque, la escorada caseta de las barcas, los verdes retoños de los árboles, y luego se volvió hacia la increíble casa (…). Lou apenas podía creerse aquella perfección” (Engel, 2015: 35).

Frente a la ciudad, el mundo natural gana importancia. Es un lugar absolutamente diferente. En la ciudad, repleta de luces, ya no queda verdadera oscuridad. No hay tampoco amanecer. La civilización se ha alejado cada vez más de la naturaleza y sus ciclos. Pero en la isla de Cary, “en cambio, Lou volvió a despertarse temblando y alzó la nariz como un animal” (Engel, 2015: 53). En un lugar remoto de Canadá, lejos del mundanal ruido, la mujer humana se animaliza o, más bien, da rienda suelta al animal que realmente es1. Solo entonces comienza a sanar. A este respecto, cobra relevancia la perspectiva ecofeminista, que señala el paralelismo entre las opresiones de la naturaleza y la de la mujer, impuestas por la razón antropocéntrica. Como observó Simone de Beauvoir, “la cultura patriarcal condenaba a las mujeres a la inmanencia cíclica del orden natural y reservaba para el varón la historicidad y el acceso al ser como proyecto propio de lo auténticamente humano” (Puleo, 2011: 22). Dicha cultura haría que la vida en sociedad, lejos de la naturaleza, sea para las mujeres especialmente dañina. Por este motivo, pensar la relación de la humanidad con la naturaleza desde la particularidad de la mujer resulta especialmente significativo2.

2. Hermosa y terrible naturaleza

Al arribar, Lou apenas puede creerse la perfección de la naturaleza. No obstante, la pregunta contra la que Oso choca irremediablemente es la siguiente: ¿es realmente perfecta la naturaleza? Algo significativo a este respecto es que en las páginas de la novela hay numerosas alusiones a los románticos. Alusiones de autoría, principalmente: se señala que un número considerable de los libros que guarda la biblioteca de Cary fueron escritos por ellos. Descubre, por ejemplo, las memorias de Trelawny sobre Shelley y Byron, y leyéndolo llega a la conclusión de que “los victorianos eran morbosos por naturaleza” (Engel, 2015: 110). Ese morbo romántico, que deja entrever la duplicidad de su carácter, es fundamental para entender la naturaleza. Precisamente

la ideología romántica es un viaje sin retorno hacia la unidad de una Belleza Esencial que es tan inexistente como irrenunciable. Este círculo vicioso le otorga toda su heroicidad y todo su patetismo. Ante «lo misterioso Uno primordial» [la Naturaleza] (…) la conciencia romántica se enardece y se desgarra intuyendo que aquél es la fuente que nutre su creatividad y, al mismo tiempo, el abismo en el que se condena su vitalidad [énfasis añadido] (Argullol, 1995: 46).

En este sentido, el pensamiento romántico proporciona una clave interpretativa, en la medida en que la naturaleza presentada por Engel es también de rostro jánico. Por una parte, es hermosa, perfecta. Pero, por otro lado, resulta terrible. Se habla de la crudeza del paisaje, de cómo la gente no lograba sobrevivir a los duros inviernos. Lou reflexiona sobre cómo, a pesar de la turbulencia de ese paisaje, hubo seres humanos que tomaron la decisión establecerse allí. Llega a la conclusión de que precisamente, habían buscado esa brutalidad, porque “eran fanáticos del paisaje” (Engel, 2015: 104), unos románticos que no podían soportar lo doméstico, que necesitaban estar cerca de la belleza, pero también de la violencia y de la muerte ―“Los verdaderamente románticos sucumbían de forma espantosa, recordó. Se hundían en el hielo, contraían neumonía o tuberculosis, morían de fiebres extrañas, escorbuto, depresión o abandono” (Engel, 2015: 105).

El descubrimiento del mundo natural por parte de Lou pasa por una primera fase idílica que sin embargo se quiebra con una suerte de retorno al cuerpo y a sus males. Al arribar, Lou apenas puede creerse la perfección de la naturaleza, pero ésta es también molesta. Contempla la hermosura de la noche estrellada, pero los mosquitos le pican. Esto deja entrever el carácter contradictorio de la naturaleza, que es bella pero horrible. Una mañana, ya en pleno verano, Lou se debate acerca de las moscas negras

Estaba sopesando si debía considerar aquellas moscas como un buen síntoma de la vitalidad del Norte, una señal de que la naturaleza nunca se rendiría, de que por muy depredador que fuese el hombre había cosas que escapaban a su control, cuando un bicho no mayor que una mosquita le arrancó un trozo de pantorrilla de un mordisco, a través de los pantalones. La pierna empezó a sangrar profusamente (Engel, 2015: 86).

En consecuencia, parece que toda tentativa de pensar la naturaleza colisiona irremediablemente con un absurdo. A lo largo de la novela hay relampagueos de oscuridad, que recuerdan ―tanto a Lou como al lector― que la naturaleza no siempre puede ser vista, comprendida o controlada. Al intentar dar un sentido a la (molesta) presencia de las moscas negras, Lou es atacada por el sinsentido. Realmente la naturaleza escapa a su control. Y queda su cuerpo sangrante, la sensación de peligro ante el afuera amenazante, ante ese otro irreductible que es la naturaleza. Como el romántico Wordsworth, Lou descubre que los procesos naturales son inexorables, “the weeds go on growing, oblivious of human suffering” (Bate, 1991: 34). Pero también descubre el hecho de que, paradójicamente, la indiferencia de la naturaleza, su radical otredad, garantiza la supervivencia del ser humano. Su ‘espíritu’ se entrelaza en el crecimiento de las plantas, plantas que crecen siempre, impasibles (Bate, 1991: 34).

Pero, como ya se afirmó, la naturaleza es jánica, paradójica. Por ello, puede entreverse, a pesar de su inexorable crudeza, cierta belleza en el mundo natural. Así pues, cabe asociar lo natural con un ‘bien’. De ahí la relevancia de vivir cerca de la naturaleza, en harmonía con ella. El mundo natural posee un valor intrínseco que ha de ser apreciado también por los seres humanos. En este sentido, lo natural es eminentemente político; tiene consecuencias inmediatas en la vida de los seres humanos, en su bienestar. Se trata de algo que ya era reivindicado por los románticos, cuyo pensamiento ecológico puede entenderse como un intento de permitir a la humanidad vivir mejor en el mundo material a través del cultivo de la armonía con el medio ambiente (Bate, 1991: 40). Es por ello que Lou gana algo de incalculable valor al irse de la ciudad: la posibilidad de conquistar a posteriori una vida digna, pues gracias a la naturaleza aprende cómo vivir de acuerdo con su naturaleza.

En la medida en que mantiene la tensión entre lo ominoso y lo bello de la naturaleza, puede decirse que Oso no es una obra ingenua. Como ya señaló Schiller, la ingenuidad absoluta era imposible en el mundo post- kantiano; la humanidad no puede retornar a la Arcadia, perdida ya desde siempre en la modernidad (Bate, 1991: 105). Como se pondrá de manifiesto en el siguiente apartado, no hay comunión posible entre el ser humano y la naturaleza.

3. El silencio del oso

El oso que habita en la isla de Cary es el otro protagonista de la novela. El primer coronel Cary, que se estableció en aquella zona en la segunda mitad del siglo XIX, trajo un oso y, desde entonces, distintos osos han habitado la isla. El oso supone un punto de contacto entre Lou y el primer coronel, ya que le fascinaban estos animales. En los libros encuentra misteriosas notas con toda clase de información acerca de ellos, datos acerca de sus características biológicas, información sobre leyendas antiguas, etc.3 El oso es un personaje absolutamente misterioso con el que Lou entabla una relación cada vez más íntima. A pesar de ello, Lou no logra descifrar los motivos de la fijación del coronel con los osos, como tampoco logra solventar el misterio del oso.

Su interés en el presente trabajo reside, primeramente, en su relación con Lou, con la humana. El retorno a la naturaleza de Lou tiene lugar a través de esta relación con el animal salvaje. Esto es significativo, ya que tanto mujeres como animales son excluidos de la cosmovisión hegemónica ―de la lógica patriarcal―, que coloca al varón en el centro, domesticando a la mujer y al animal, sometiéndolos a su dominio4. Este paralelismo dota de un sentido especial el hecho de que la liberación de Lou esté engarzada en la relación con el oso. Ambos pertenecen a posiciones marginales, y solamente desde la marginalidad es posible cuestionar la cultura hegemónica.

En segundo lugar, es relevante la pregunta por su naturaleza misma, que permanece para el ser humano velada. La relación entre el ser humano y el oso, que durante el libro es vivida a través de las experiencias de Lou, pero que ya está presente desde que el primer Cary decidiera vivir acompañado por un oso, habla de cierta domesticación del animal salvaje y, por ende, de la naturaleza. ¿Pero es esta domesticación verdaderamente posible? El oso es ciertamente manso, amable, incluso tierno. A Lou le parece inofensivo. Sin embargo, Homer, un vecino, le recuerda continuamente que no debe confiarse ante un animal salvaje, que es por naturaleza impredecible. Un día caluroso Lou va con el oso a nadar al río. En cierto momento, el oso, con su brutal fuerza, la empuja con sus patas hacia el fondo. Casi la ahoga. Efectivamente, la amenaza está ahí. En cualquier caso, la relación entre Lou y el oso sigue adelante y se torna cada vez más íntima. El oso se transforma en un compañero maravilloso y Lou llega incluso a dormir con él. Habla con el oso, especula que él escucha lo que dice, que la entiende: “—¡Ay, oso, somos una pareja graciosísima!” Él se volvió y, sí, seguro que sonrió.” (Engel, 2015: 87). Lou le humaniza cada vez más, cocina para él y come sentada a su lado, le hace bailar con ella al son de la radio y se enamora de él.

Sin embargo, ¿realmente el oso sonríe? ¿realmente el oso la entiende? En algunas ocasiones, parece que realmente la comprende: “—Ve a sentarte— dijo Lou. Y eso hizo el oso” (Engel, 2015: 84). Otras veces, se pone de manifiesto la distancia insalvable media entre ambos. Después de bailar, Lou abraza al oso erguido, como si fuera un hombre. Pero el oso se queda quieto: “Él no correspondió al abrazo. Se quedó inmóvil mientras ella bailaba tan cerca de él como podía. Entonces el oso bostezó” (Engel, 2015: 139). Al llevar su presunto amor por oso hasta el extremo, intenta tener relaciones sexuales con él, imponiéndole un erotismo eminentemente humano a un animal, un erotismo que tiene que ver con la ruptura del tabú. El oso, por su parte, no es afectado por los tabúes, vive al margen de las reglas de los seres humanos. Por su distancia, la relación sexual consumada es imposible. Pero Lou lleva demasiado lejos la imposición de su amor humano al oso, sabiendo que algo no está bien, que es preciso que su relación termine: “—Se acabó —le dijo—. Se acabó. Tú tienes que volver a tu sitio y yo al mío” (Engel, 2015: 160). Al final, el oso le desgarra la espalda con un zarpazo. Cuando Lou nota la sangre corriéndole por la espalda, le grita para que se marche. El animal no reacciona ante su dolor y se limita a irse lentamente, “con parsimonia, él se levantó y bajó pesadamente la escalera” (Engel, 2015: 161). El miedo ante el animal salvaje retorna, y cuando se calman las cosas se da cuenta de que la relación se ha roto: “algo se había perdido entre ellos: la comunión intensa, vibrante, que los había unido durante el verano. Cuando miró por la ventana, los abedules ya amarilleaban (…)” (Engel, 2015: 164). Llega el otoño, y Lou se da cuenta de que tiene que volver a casa. Y se marcha, finalmente, dejando atrás a ese oso con el que tanta intimidad creyó tener, un animal que la noche anterior le había aterrorizado pero que hoy, pasado el susto, era otra vez ese animal ambiguo, tal vez “amante, dios o amigo. O quizá perro, porque cuando tendió la mano, el oso se la lamió y restregó el hocico” (Engel, 2015: 164). Al final de su relación con el oso, tras haberlo conocido, no ha logrado descifrar su misterio. “Oso ―susurró― ¿quién y qué eres?” (Engel, 20015: 42), se pregunta Lou una y otra vez. Pero ante la pregunta por la naturaleza del oso no es posible hallar respuesta. Solo queda el silencio ante lo otro. Como dijera un conocido filósofo austríaco: “De lo que no se puede hablar, hay que callar” (Wittgenstein, 2008: 277).

4. Conclusión

A lo largo del presente trabajo, se ha llevado a cabo una aproximación a la novela Oso desde una perspectiva ecocrítica. Se ha comenzado aludiendo a la contraposición entre cultura y naturaleza ―entre ciudad y campo― y al malestar de la mujer contemporánea, ubicada lejos de la naturaleza. Con ello, se acercaba el escrito a la teoría de la crítica ecofeminista, que pone de manifiesto los daños sufridos por las mujeres en una cultura cargada de insalubres “mandatos sociales colonizadores y agresivos” (Puleo, 2011: 14), que arremete contra la otredad en tanto que naturaleza y, simultáneamente, contra la otredad en tanto que mujer. En las páginas restantes, se ha articulado una lectura articulada fundamentalmente desde la preocupación por la otredad. Una otredad que, como se ha indicado, es representada mediante la naturaleza general y, más particularmente, a través de la figura del oso. El paratexto, la dedicación, es revelador: “Para John Rich, que sabe cómo piensan los animales”. Cómo piensan los animales. Esa es la pregunta que se Marian Engel, y esa es la pregunta que sostiene el libro. ¿Puede la humanidad saber cómo piensan los animales?

Siguiendo la lectura aquí presentada, en la novela la aproximación a la otredad (la naturaleza, el animal) no revierte en una comunicación plena, sino más bien, en la ausencia de comunicación, en el silencio, la indiferencia. En ello reside, precisamente, el interés de Oso, que solo así logra desmarcarse de una interpretación antropocéntrica de la naturaleza. Lou se pregunta por la naturaleza misma, sin hallar una respuesta. Cree que la naturaleza es hermosa, incluso benigna, pero le pican los mosquitos; se pregunta por el oso, a veces incluso cree que puede comprenderla, pero lo cierto es que no lo sabe. Pero es este fracaso de la tentativa de imponer una interpretación unívoco a la naturaleza lo que la torna especialmente valiosa5. La obra logra, en consecuencia, poner en evidencia los límites del entendimiento humano y sus constructos. A través del silencio del oso y de las situaciones absurdas e incómodas que Lou experimenta con respecto al entorno y los animales, la novela logra aproximar al lector a una idea de naturaleza que trasciende el entendimiento humano, una naturaleza que “tiene una manera de ser en sus propios términos”, que “es ambigua, enigmática y resistente a nuestras imposiciones de sentido” (Bula Caraballo, 2009: 261). Oso revela que “el lenguaje solo puede ocuparse significativamente de un segmento de la realidad particular y restringido. El resto ― y, presumiblemente, la mayor parte― es silencio” (Steiner, 1982: 38). Es decir: revela la pequeñez de lo humano frente a la inmensidad del mundo, un mundo repleto de otredad.

No es que la naturaleza se transforme en el lugar de la incomunicación absoluta, pues hay, efectivamente, una relación con el otro: Lou vive todo el verano en ese lugar, sumida en esa naturaleza, acompañada por el oso. La relación está ahí. Lo que no hay es una victoria de lo humano frente a lo natural. Esa relación no conlleva que Lou haga del oso lo que ella quiere sino, más bien, que logre en último término aprehender esa distancia que les separa ―distancia que, paradójicamente, también les junta. La naturaleza permanece impasible, absolutamente otra, pero el contacto con ella hace que Lou tome consciencia de esa otredad que tan fundamental es, pues sin ella el individuo no puede mantener una relación autentica consigo mismo. De ahí que el lector de Oso pueda argüir que sólo gracias a la naturaleza Lou logra finalmente conocerse a sí misma, que solamente examinando su vida desde esta nueva perspectiva puede decidirse a cambiar lo que está mal. Por ende, a través del personaje de Lou, la humanidad da un giro radical. Ya no se trata de matar al Otro sino de hacerle frente, de aprender de él y de su incómodo silencio. Se trata de atender a la naturaleza en su singularidad, de amarla genuinamente. Habiendo puesto de manifiesto el carácter moderno de la novela, y por la imposibilidad de literatura de índole sentimental en el mundo moderno y contemporáneo, lo único que resta es la ardua tarea propuesta por Schiller: “the modern poet must unite the naïve with the sentimental. In doing so, the poet becomes at one and the same time a seeker after lost nature and a guardian of the nature that remains” (Bate, 1991: 105). Así pues, no es posible hablar de un ingenuo retorno a la naturaleza; el poeta (el escritor) debe mantenerse en la tensión propia de una conciencia del propio yo arrancado desde siempre del origen, de la naturaleza originaria y primordial. Uno retorna a la naturaleza no para hallar reposo sino, más bien, para hallar en la relación con la naturaleza la terrible inmensidad de la distancia que separa. La cura de la humanidad es, en este sentido, amarga y difícil.

Por otro lado, sucede que toda lectura ecocrítica tiene inmediatas consecuencias éticas y políticas. Escribía Horkheimer que la razón desencanta la naturaleza, la desvaloriza, y torna, de este modo, más sencilla la tarea de imponernos sobre ella, “degradándola a mero material, a mera materia prima, que ha de ser dominada sin otro fin ni objetivo que el del dominio mismo” (Horkheimer, 2002: 119). Frente a dicha degradación, la ecocrítica revaloriza la naturaleza, tornándola, en cierto modo, casi ‘sagrada’ en virtud de su indecible misterio. Proteger a la naturaleza es, como señalábamos, la labor del poeta y del escritor. Así, en la literatura la naturaleza recobra su importancia ante la cultura humana: “De sierva estigmatizada, la naturaleza deviene en Madre a reverenciar que contrarresta simbólica y físicamente la masificación y automatización de la ciudad” (Matorell Campos y Alonso, 2017: 363). La ecocrítica revela lo contaminados que están nuestros modos de leer y de pensar por el antropocentrismo (Clark, 2019: 14), pero, al poner el foco en la necesidad de respetar nuestro planeta y considerar la naturaleza como algo que ha de ser protegido y no explotado, logra desasirse ―al menos en parte― de esta lógica. Pues pone sobre la mesa la posibilidad de replantearnos las relaciones del ser humano con la tierra desde la no-dominancia, ni de la razón ni del dinero6. Plantea entonces una salida frente a la hegemonía cultural, al igual que Lou logra romper con su vida anterior, en la que imperaba la lógica de la ciudad, la lógica de la razón y el dominio de la naturaleza. Es por ello que, en última instancia, una lectura ecocrítica de Oso resulta iluminadora para pensar el siglo XXI, un siglo en el que el ser humano sigue obcecado con acabar con su Otro.

 

1 Ya en la primera página Lou era comparada con un topo, dando a entender que el carácter de Lou se hallaría fuertemente vinculado a cierta animalidad.

2 Cabría apuntalar que no está claro que un hombre fuera portador de tanto sufrimiento, y es preciso mencionar que parte del malestar de Lou procede de experiencias de abuso sexual. Por ello, el significado que tal vez tuviera para él el contacto con la naturaleza podría ser menos profundo y visceral.

3 Por ejemplo: “Según la leyenda rutena, un oso cuyos excrementos son de oro salva de la ignominia a Waldo, un príncipe perdido” (Engel, 2015: 86).

4 Como señala Alicia Puleo: “Nonhuman animals are frequently used as a means to build a virile identity, historically viewed as a way to establish a separation from any feeling of empathy and compassion for the Other. Let us think, for instance, about how gangs of boys torture and kill animals just for fun, or about sport hunting, which can be defi ned as a systematic war declared against wild animals, generally by male individuals” (2020: 118).

5 Como señalan Raglon y Scholtmeijer: “rather than giving nature symbolic or metaphoric roles… we believe that the best stories about nature are those that have sensed the power of nature to resist, or question, or evade the meanings we attempt to impose on the natural world… strong narratives… incorporate the idea of resistance into the narrative” (Bula Caraballo, 2009: 252).

6 Entonces el hombre, no siendo ya el centro del mundo, debe dejar de olvidarse siempre de ese “mundo material, biológico, químico y mineral que sostiene nuestra existencia”. Los seres humanos debemos recordar que “a nuestro mundo de símbolos y relaciones sociales lo sostiene otro que, por medio de la evolución, da forma a nuestros pensamientos y sentimientos, y sin el que difícilmente nos podemos comprender a nosotros mismos, estando como estamos inmersos en redes de relaciones que incluyen a otros seres humanos, pero también al clima, a otros seres vivos, a los nichos ecológicos y al planeta entero” (Bula Caraballo, 2009: 64).

 

5. Bibliografía citada

Argullol, R. (1987), La atracción del abismo. Un itinerario por el paisaje romántico, Barcelona, Plaza y Janés.

Bate, J. (1991), Romantic Ecology. Wordsworth and the Environmental Tradition, Nueva York, Routledge, 1991.

Bula Caraballo, G. (2009), “Qué es la ecocrítica”, Revista Logos, n.º 25, pp. 63-73.

Clark, T. (2019), “Introduction”, The value of Ecocriticism, Cambridge University Press.

Engel, M. (2015), Oso, Trad. de Magdalena Palmer, Madrid, Impedimenta.

Martorell Campos, F. y Alonso, A. (2017), “Dominar, proteger, crear. Un ensayo filosófico sobre las actitudes utópicas ante la naturaleza”, en Res publica 20.2, Madrid, pp. 357-376.

Prádanos, L. (2019), “Humanidades ambientales: ecocrítica y descolonización cultural”, 452ºF. Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, n. º 21, 2019.

Puleo, A. (2011), “Introducción”, Ecofeminismo para otro mundo posible, Madrid, Cátedra.

Puleo, A. (2020), “That Obscure Object of Desire: Body and Violence”, en M. Carretero, Spanish Thinking about Animals, Michigan State University Press, pp. 115-128.

Steiner, G. (1982), “El abandono de la palabra”, Lenguaje y silencio, Barcelona, Gedisa.

Wittgenstein, L. (2008), Tractatus logico-philosophicus, Trad. de Luis M. Valdés Villanueva, Madrid, Tecnos.