El fondo del vaso

por Abr 19, 2023

El fondo del vaso

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Sujeto con firmeza el pequeño vaso de cristal que Brie, la camarera de los lunes, rellena con un licor ambarino mientras recoge el billete de cinco euros que le tiendo. Gruño un Gracias sin mirarla, llevándome el contenido a los labios, bebiendo apenas cuatro gotas y me relamo fijando la vista en el espejo que cubre la pared de la barra, puesto a propósito para crear el efecto de que hay más botellas, más barra, más clientela. Me miro a mí misma y me espanta lo que devuelve el reflejo: las ojeras se hacen notorias a pesar del maquillaje aplicado por la mañana; el pelo empieza a estar fuera del recogido y mis manos, una en la copa y la otra sosteniendo un cigarrillo, se tocan tímidamente por las puntas de los dedos. Tomo una bocanada de aire y me llevo el cigarro a los labios; el humo pasa sin problemas, sin atascarse como antaño y el duelo de miradas contra mi reflejo se detiene en el momento en que Brie aparece con el cambio.

–¿Mal lunes?

–Malas decisiones. –Murmuro, exhalando el humo, dirigiendo la mirada a la chica.

Brie es jovencita, apenas roza la veintena. Se paga sus estudios sirviendo copas a gente como Harold, quien se escapa de la garita del edificio de enfrente para tomarse un par de cañas; a Flor, una mujer cuyo divorcio cada vez se complica más y que disfruta de los gin-tonics sentada junto a la vieja gramola, que ni funciona ni sirve de nada. Muchos clientes que van y vienen, que piden un refresco, un Martini o un atrevido champagne, que no le dan demasiada conversación. Y luego estoy yo, que recurro sin saber por qué a este bar, al más apartado de mi hogar, a ahogar las miserias en bourbon barato y a ennegrecer los pulmones con un tabaco que escondo en la guantera para evitar fumar en las noches negras que me acompañan desde pequeña. Tomo malas decisiones desde que tengo uso de razón, pero me encanta fingir que son lo suficientemente buenas como para engañarme a mí misma y a los de mi alrededor. Como la advertencia de la cajetilla, como un aura negativa que cubre con un manto negro a quienes me rodean en mi día a día. Por eso solo dejo caer la máscara a estas horas de la noche, donde nadie me conoce lo suficiente como para preguntarme qué me hace acudir cada noche a hacerle el hueco de mi trasero a un taburete que nunca ha sido repuesto.

Brie deja, a una distancia prudencial, un cuenco con encurtidos. Es su manera de decir Mete algo al estómago o mañana la resaca será peor, un me preocupo por ti, aunque no debería hacerlo versión barato y de paso cambia el cenicero por otro limpio, no sin antes esperar a que apague el que se muere entre mis dedos con cierto desatiendo. Con una cosa menos, decido beberme el contenido de la copa en dos tragos largos que pasan por mi garganta como si fuera algo abrasivo que purifica y quema mis entrañas. Aguanto el tipo porque, joder, llevo bebiendo la misma mierda desde hace meses, cuando acabé en la puerta de este local con el alma vacía y las esperanzas marchitas. Había pedido una cerveza para poder usar el lavabo y, desde entonces, la caña me esperaba en la barra cada madrugada con un chupito de acompañamiento cortesía-de-la-casa que se convirtió en una copa. Descubrí que el bourbon era capaz de rellenar las fisuras de mi corazón, adormecía más rápido mis sentidos y le daba una prórroga a la esperanza, que se aferraba al último atisbo de cordura que dejaba en el felpudo de la entrada.

En el fondo sé lo que pasa, en el fondo sé que algo pide a gritos que pare de anestesiar mis sentidos, pero este rato es el único en que mis demonios están dormidos. Mi cabeza, medio ida, se mueve al compás de la base de rap que rebota de los altavoces, con un rapero nacional cuya voz rasgada cuenta que el amor le duele, le lastima, pero que lo necesita. Y mi corazón arde, pensando en esa persona que hace que yo también lo necesite. En su estúpida sonrisa y en sus simpáticas estupideces. En cómo, poco a poco, se ha colado en mi cabeza y, como la canción, hace que quiera morir, matar y vivir por volver a estar entre sus sábanas. En cómo anestesia, mejor que el alcohol, el dolor que arrastraba conmigo la primera vez que nos vimos. Pido otra copa solo con empujar un poco el vaso hacia el interior de la barra; Brie lo capta, coge la botella, lo rellena y murmura un Invita la casa. Pero mi cabeza escucha un Invítale a casa, así que saco el teléfono del bolsillo, busco su contacto y espero el tonillo; su voz, grave, lenta, sensual, aunque él no lo sepa, me responde como si esperara esa llamada. Le digo Ven a mi casa, me contesta Ven a la mía. Me niego, se ríe y amenaza sin hacerlo que va a venir a buscarme y a mi estómago esto le gusta, porque es como algo que a mi cuerpo le faltaba y yo no le daba.

Estoy jodida. Y ahora también estoy nerviosa.

La media hora de espera hasta que entra por la puerta la paso moviendo el pie al ritmo de una nueva canción, un nuevo rapero cuya letra me importa poco pero su base me hace sentir salvaje. No sé cuántas veces me he retocado, disimuladamente, mirándome al espejo, donde una yo de mejor aspecto y mirada salvaje me mira con burla y ciertos nervios. En una de esas, sus manos pasan por mi cintura con esa firmeza que le caracteriza, lentas, acariciando la tela y sus labios acaban en mi oreja, un Hola, nena que me derrite y por dentro me llena. Le dedico una sonrisa ladeada, a través del espejo y su respuesta se oculta tras mi pelo, en mi cuello, donde deposita un beso antes de girar mi asiento y mirarme a los ojos.

–¿Mal lunes? –Vuelvo a escuchar.

–Pero buenas decisiones.

Y le beso, porque ambos sabemos que lo único bueno que podemos hacer es sentirnos cerca. Un beso intenso, pero sin crear espectáculo. Se separa de mi boca y tiene la desfachatez de beberse mi copa. Veo cómo su garganta realiza el movimiento al tragar, pero me sorprende vertiendo la mitad en mi boca a través de otro beso que significa Vámonos de aquí, tengo ganas de otras cosas. Le digo que sí, me despido de Brie y cojo mis cosas para salir con él del establecimiento, dejando atrás esos beats hipnotizantes sin darme tiempo a escuchar el verso restante. Tampoco me importa.

Acabamos en su apartamento, donde nos empezamos a desnudar nada más cruzar el umbral, donde buscamos los labios del otro a la mínima y las caricias componen una melodía que brota de nuestras gargantas en forma de jadeos, gemidos y pequeñas risas. Un zapato que sale, un jersey que cae. Unas llaves que retintinean al bajarse un pantalón. Una cremallera que se desabrocha, un sujetador que vuela. Como Hansel y Gretel, pero a nuestra manera, vamos dejando un caminito de prendas hasta la cama, donde no sabemos quién de los dos toca primero el colchón, porque las ganas nos hacen revolvernos, girar, tocar y besar. Un cajón que se abre, un condón que sale de su envoltorio. Se pone encima, me coge de las muñecas, me pide permiso con la mirada y yo solo sé besarle en respuesta, con el calor que brota de mi corazón pidiendo a gritos que esto no acabe, aunque ni siquiera haya empezado. Entra en mí y vuelve a buscar mi mirada; la suya, oscurecida, promete más de lo que diría su boca. Me encuentra, me besa, me hace suya y después le hago mío. Encima de él, con las caderas siguiendo el ritmo de esas canciones que llevaba toda la noche escuchando, cuyas letras parecían tener sentido ahora y me volvían a herir el corazón. Llegamos al orgasmo. Repetimos. Nos quedamos dormidos. Yo sobre su pecho, con un brazo rodeando su cintura. Él bocarriba, abrazándome por los hombros. Me susurra una petición: quiere que me quede a dormir. Miro el reloj, las 5:05 de la mañana y asiento, cierro los ojos y recibo un beso en el pelo, con muchas promesas que al despertar no sabré si son ciertas o si el bourbon ha querido que me las crea.