Un ensayo de novelizar la identidad castellana. “Castellano”, de Lorenzo Silva
Lorenzo Silva, Castellano
Barcelona, Destino
362 páginas, 20,90 euros
Al lector acostumbrado a transitar por las ficciones de Lorenzo Silva (Madrid, 1966) no le va a resultar sencilla la lectura de su última obra. Se va a encontrar continuamente sorprendido. Lo primero por el título: Castellano. Algo parece faltarle. Puede referirse a la lengua de Castilla y a la misma se remite en algunos pasajes en los que se evocan las obras principales que la van forjando a lo largo de los siglos medios. Pero también, al paisaje y al paisanaje de la identidad de una nación que el 23 de abril de 1521, hace exactamente medio milenio, se levantó con la fuerza de las leyes y con la razón de las armas contra el segundo de los Austrias, un insensible Carlos I, que acababa de ser elegido emperador del Sacro Imperio Germano y precisaba de los recursos del principal de sus reinos peninsulares para costear tan arriesgada empresa. No dudará en enfrentarse, así, al “ser castellano”, al conjunto de las ciudades que siguiendo el ejemplo de Toledo y de Salamanca se negarán a pagar los impuestos exigidos en las cortes de La Coruña, antes de partir con la flota imperial. No faltaban, por tanto, mimbres para componer una novela histórica en la que se diera cuenta de la trama de acontecimientos que, desde mayo de 1520 hasta la primavera de 1521, enfrentó a un pueblo contra un monarca que fue incapaz de advertir la energía y la entereza con la que algunos nobles y prelados, caballeros y gente de a pie se sentían dispuestos a defenderse de las injustas exacciones con las que iban a ser oprimidos. Carlos rendía culto a Julio César y obraba, por consecuencia, como un dictador, educado lejos de España y ajeno a sus fueros y tradiciones. Todo ello se encuentra en este libro, por supuesto, pero contado de una manera distinta a los cauces habituales de que se sirve la novela histórica. De hecho, a nada que se avanza en la lectura se descubre que el propósito del autor no es el de armar una obra de ficción, sino el de facilitar los medios para penetrar en la esencia de la historia de ese “espíritu castellano” que fue violentamente abatido en los campos de Villalar en 1521. Se trataría, así, de una historia novelada, constituida con una sólida documentación de la que se da cuenta en el epílogo, alzada tras la lectura no sólo de ensayos relevantes –el de Joseph Pérez en especial–, sino de los textos en los que se iba construyendo la conciencia de lo “castellano”, anclada de modo especial en la defensa de la libertad y en la lucha contra cualquier forma de tiranía. Continuamente se alude a la figura de Fernán González y se remite al Libro que un monje arlantino tuvo a bien componer sobre un antiguo cantar de gesta para celebrar la unidad de Castilla y de León afirmada en 1230 y sostenida, luego, a pesar de los intermitentes conflictos por alcanzar la hegemonía peninsular. Los héroes de la épica se ajustaban al arquetipo de la rebeldía contra el poder injusto de las distintas curias regias que procuraban sujetarlos a su obediencia. Lo indica con precisión un verso del llamado Poema de Almería: “Castellae vires per saecula fuere rebelles”. Desde la mitad del siglo xii hasta esa segunda década del siglo xvi esta proclama –la de rebelarse contra cualquier imposición injusta– se fue cumpliendo inexorablemente. Silva no se olvida de este desarrollo y articula, así, una obra, plural y variada, en la que va dando cuenta de su personal indagación sobre lo que significa ser castellano –como él lo es por parte de madre– y lo que supone esa condición, fijada en un largo decurso histórico y mantenida, aún, quinientos años después, ante continuas oleadas de exacerbados nacionalismos.
Silva viaja al interior de Castilla, en la realidad porque va desplazándose por los escenarios más emblemáticos de aquella revuelta de los comuneros contra un césar ensoberbecido por el poder, pero también porque se adentra en su memoria personal, en los episodios de una biografía que lo forjaron como escritor y como intelectual comprometido, también, con la defensa de la libertad. Dejando de lado la serie de Bevilacqua/Chamorro, buena parte de su narrativa gira en torno a los conflictos armados que, a lo largo del siglo xx, han provocado la desaparición de pueblos y de naciones, aplastados por sistemas opresivos. Castellano incide en este mismo asunto: un reino, amparado en argumentos jurídicos, rechaza ser gobernado con el despotismo con el que un rey extranjero pretendía forzarlo a pagar gravámanes injustos. Contra esas imposiciones, se teje una tupida red de alegatos y de discursos, de proclamas y de arengas que provocan que Castilla se oponga con contundencia a tales órdenes: “En la arrogancia toledana, la inteligencia salmantina y la ira segoviana tiene la revuelta comunera los pilares que la ponen en pie” (p. 92). Basta esta frase para darse cuenta de que esta obra no es una novela al uso. Podría formar parte de un ensayo dedicado a estos mismos hechos, porque hay episodios de la historia que desbordan los límites de la ficción convencional; un sutil entrelazado de capítulos permite que el lector avance por ese meticuloso registro de sucesos históricos –en los que no se permite ninguna concesión a la invención (y de hecho casi ni se usa el estilo directo)– que se esboza en los capítulos impares, para acompañar, en los pares, al autor por ese descubrimiento de “lo castellano” que latía también en su vida sin que hubiera sido plenamente consciente de lo mucho que le debía a esa tierra y a esas raíces que recorre y que reconstruye. La empresa asumida por Castilla frente al obcecado emperador que la desprecia resulta excepcional y Silva, proclamándose “mesetario”, lo indica con justeza: fue la primera revolución de la Europa moderna, “que no estalló en París, ni en Londres, ni en Berlín, ni en Barcelona (…) sino en Toledo, a orillas del Tajo, el río que parte en dos el seco páramo castellano” (p. 56). El peso de esa revelación lo mueve a adentrarse en la intrahistoria de su propia identidad: “A fuerza de ver repudiada a Castilla y desprestigiado lo castellano tomé conciencia, algo culpable, de mi propio desapego” (íd.).
No caben etiquetas, en suma, para definir esta obra ni tampoco son necesarias. Contaba Silva con un elenco de figuras reales que por sí mismas ya habían sido recreadas literariamente: los comuneros –en especial Juan de Padilla y su esposa, doña María de Padilla, hija del Gran Tendilla–, la reina doña Juana, a la que se procura implicar en la revuelta para que recupere el trono, los magnates de Castilla –apoyando alguno como Girón a los comuneros, defendiendo otros sus privilegios–, los consejeros del inexperto rey –en especial, Adriano de Utrecht (regente en este difícil año y creado papa en 1522)–, aguerridos prelados –como el obispo de Zamora, Antonio de Acuña, que parecía seguir los pasos de Alfonso Carrillo y de hecho aspiraba a ser elegido arzobispo de Toledo–, más el desglose de las principales ciudades de Castilla que adquieren vida a través de las reivindicaciones de sus procuradores o representantes: Toledo, Salamanca, Segovia, Medina, Tordesillas, Burgos, trazado un itinerario que se cierra en Villalar. Pero Silva renuncia, de manera expresa a armar una novela con estos materiales, porque no necesita inventar nada, todo lo tiene delante de él y, por ello, viaja al interior de esa Castilla –del alma de su paisaje y de sus pueblos– hasta llegar a San Pedro de Arlanza: “Aquí es donde me pregunto por el sentido último de la fallida aventura castellana, de todos esos esfuerzos, sacrificios, alardes y arrojos sin cuento, que pararon en una identidad deshilachada y disuelta en otra u otras” (p. 329). Comprende, entonces, que a pesar de la derrota ese espíritu pervive, que sigue forjando el carácter castellano –y se evoca a Delibes y se recuerda la acertada noción de la lengua castellana fijada por Unamuno–, presente en su literatura y en unos símbolos –don Quijote no quiso “renunciar a la libertad ni a luz dolorosa del ideal” (p. 339)– que deben explicarse y recordarse, tal y como obra Silva ante el moderno monumento (Moneo) funerario de Juan de Padilla en Villalar: “sin leyenda ni apenas visitas, aparte de quienes como yo reconstruyen la historia que nadie pone especial afán en difundir” (p. 342).
Leer, en suma, Castellano exige realizar un doble recorrido: uno para reconocer ese empeño de libertad con que las ciudades castellanas quisieron defender sus fueros y, otro, para acompañar al autor de esta obra en su propósito de recobrar la identidad de una nación que, a la postre, encerraba las claves de su propia vida. Aun contenido, el pesimismo –y el orgullo herido– que refleja este libro acertó a definirlo, sesenta años antes de Villalar, Fernán Pérez de Guzmán en sus Generaciones y semblanzas, al referirse a los notables caballeros del reino: “Que Castilla mejor es para ganar de nuevo que para conservar lo ganado; que muchas vezes los que ella fizo ella mesma los desfaze” (Madrid, Cátedra, 1998, p. 140).
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Fernando Gómez Redondo
Fernando Gómez Redondo es catedrático de Teoría de la Literatura y Literaturas Comparadas en la Universidad de Alcalá. Aúna, en sus estudios, el campo de la teoría literaria, el análisis de textos y el trazado de la historia de la literatura. Así deben entenderse su Historia de la prosa medieval castellana (con cuatro volúmenes publicados entre 1997 y 2007), el capítulo inicial dedicado a «Los orígenes del pensamiento literario, 1214-1513» de Las ideas literarias, octavo volumen de la Historia de la literatura española (Barcelona, Crítica, 2011). Entre sus últimas obras se encuentran la Historia de la prosa de los Reyes Católicos, una revisión de Edad Media: Juglaría, Clerecía y Romancero y una edición de la Repetición de amores de Lucena. Ha dirigido el proyecto de Historia de la métrica medieval castellana (FFI2009-09300). Se encuentra, ahora mismo, elaborando una Historia de la poesía medieval castellana, con un primer tomo, La trama de las materias, aparecido en 2020.
