“El hoyo”, una alegoría social

por | May 12, 2020

“El hoyo”, una alegoría social

por

El hoyo

Director: Galder Gaztelo-Urrutia

Reparto: Iván Massagué, Zorion Eguilor, Alexandra Masangkay

Duración: 94 minutos

El hoyo es una alegoría. Utiliza los recursos de la ciencia-ficción para construir símbolos que, en última instancia, hablan de la realidad del espectador. Introduce una novedad, algo que no existe en el mundo en el que vivimos, y juega con las posibilidades que ese elemento proporciona. Un hombre, Goreng (interpretado por Iván Massagué), acepta pasar seis meses en una institución poco convencional. El lugar es una suerte de torre, deducimos por la estructura: una inmensurable cantidad de celdas acomodadas una debajo de la otra. Todos los ingresados deben compartir la comida. El apodo que la institución recibe, “el hoyo”, proviene de la apertura central que poseen las habitaciones. A través de este agujero, baja diariamente una bandeja repleta de comida. Cada interno ha seleccionado un plato. El problema que conlleva un edificio con estas características es previsible. Mientras que los que viven en las celdas superiores comen hasta el cansancio, a veces por pura gula, los habitantes inferiores se quedan solo con las sobras. En los niveles más bajos, la comida no llega y la gente muere de hambre.

Goreng acepta entrar en este lugar a cambio de un diploma. Pero cada interno tiene su propia razón para estar en la institución —el primer compañero del protagonista, Trimagasi, ha cometido homicidio involuntario y está cumpliendo condena—. Las reglas son sencillas: se come una vez al día lo que llega a través del hoyo; no se puede guardar ningún alimento en la celda; se ingresa a la institución con un objeto (el personaje central carga una edición del Quijote); mensualmente, se cambia de nivel; tu compañero de habitación varía solo en caso de muerte (es válido asesinar en el hoyo).

A pesar de lo llamativo de la premisa y el interés que pudiera generar —¿por qué existe un lugar así? ¿Quién lo inventó y con qué objeto?—, la fuerza de la historia recae sobre la psicología de los personajes. La pregunta central, al menos en un primer momento, apunta a la manera en que los individuos reaccionan en ciertas situaciones. Sin embargo, el carácter alegórico de la narración otorga otras dimensiones a este problema. El hoyo reproduce, en un microuniverso, las estructuras que definen la sociedad capitalista contemporánea. Para empezar, el aislamiento inevitable: los que habitan la institución están aislados, no solo porque comparten las celdas con una persona, sino porque ninguno —o casi ninguno, para ser preciso— posee una conciencia colectiva. La comida que llega a través del agujero es suficiente para todos, si cada uno tomara lo que necesita sin excederse. Si hay gente muriendo de hambre, es por la alienación de quienes viven en la torre. La psicología de los personajes adquiere otro nivel. ¿Cómo reacciona una persona con consciencia comunitaria en un lugar así? ¿Cómo cambian sus ideas? ¿Cómo dialoga con un mundo apático y despiadado?

Más allá de estos aspectos netamente simbólicos, no se puede pasar por alto el trabajo del director, Galder Gaztelo-Urrutia (Bilbao, 1974), ni el de los guionistas, David Desola y Pedro Rivero. La historia, con pequeñísimas excepciones, transcurre en un solo escenario: incluso si los protagonistas cambian de nivel, todas las celdas son iguales. Dicho de otro modo, la acción, en un sentido llano, es bastante reducida —aunque no está ausente—. El centro de la narración son los diálogos. Aun así, la película es dinámica y mantiene un buen ritmo. En ningún momento se hace lenta o pesada. No solo, un puñado de personajes alcanza para construir un universo completo, con contradicciones internas que resaltan el absurdo de la realidad que quiere representar.

Esto no evita que parte de la trama sea oscura. Quizá es la intención del filme: plantearse como una interrogante. Algunas escenas parecen no tener sentido con la totalidad del discurso o, por lo menos, no muestran una significación profunda. Asimismo, el final no es solo abierto, sino incluso hermético —no se puede profundizar sin arruinar la historia—.

Resulta irónico, al tomar en cuenta esto, que la parte floja de la alegoría sea su claridad. La crítica a la sociedad contemporánea es evidente. Desde un punto simbólico, no formula preguntas. Por el contrario, afirma: el mundo está mal, parece decir, y está mal por esto. No es, ni siquiera, una crítica novedosa. En consecuencia, la reflexión que genera, en un nivel temático, es plana —incluso si el discurso narrativo puede resultar hermético en sus momentos finales—.

Esto no evita que El hoyo sea una película interesante, con unas virtudes indiscutibles. La situación que plantea, además, resulta de especial interés, sobre todo en los tiempos de distanciamiento social que vivimos. Ayuda a poner en el centro de atención uno de los problemas fundamentales de la sociedad, el aislamiento y la alienación, cuestiones que son previas a la cuarentena y, probablemente, se amplificaran al acabar la crisis.

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