El no de las niñas

El no de las niñas

Leandro Fernández de Moratín escribió El sí de las niñas desde un sistema opresor, patriarcal y, a pesar del final feliz, no le otorgó en ningún momento voz a su protagonista. Doblegada a la voluntad de su madre, reprimía sus sentimientos con tal de complacerla a pesar de que eso supusiese sacrificar su libertad. Finalmente, fue el hombre con el que estaba comprometida el que hizo uso de la razón (tan propia de las ideas ilustradas). De nuevo, ese final feliz recae sobre las manos de un hombre y gracias a su autoridad se llevó a cabo la boda con su sobrino. ¿Qué habría pasado si Francisca hubiese alzado la voz?

“Cuando ya no queda más remedio que saltar, lo haré por mí y por todas las que vendrán.” fueron las últimas palabras de Paquita. Volvamos unas horas antes, cuando a la joven de tan solo dieciséis años su madre le impuso un matrimonio concertado con D. Diego, un hombre de cincuenta y nueve con riquezas que podrían sacarlas de las penurias en las que vivían.

DOÑA IRENE:

Está decidido. Te casarás con D. Diego la semana que viene. Iremos a Madrid: todo el mundo ha de enterarse de la gran noticia. Siempre has sido tan buenecita, cariño…por fin te acompañará un hombre tan bueno como tú. ¿Verdad que sí?

DOÑA FRANCISCA:

Lo que a usted le plazca, madre. Si cree que es lo que mejor me conviene…

DOÑA IRENE:

Pues claro que sí, mi cielo. ¿Cuándo no he querido yo lo mejor para esta familia? Desde que murió tu padre siempre he querido lo mejor para las dos, por eso te educaste en el convento con tus tías. Siempre tan atenta… Este hombre te hará muy feliz, mi pequeña.

DOÑA FRANCISCA:

Madre, no quisiera faltar a su autoridad, pero… ¿no se supone que tendría que sentir esas mariposas en el estómago de las que tanto se habla antes de aceptar el matrimonio? No me gusta este señor, es demasiado mayor para mí.

DOÑA IRENE:

Tú no tienes nada que aceptar, ya está decidido. Es lo que se ha pactado. Además, este buen hombre saldará todas nuestras deudas pendientes. Es natural que una jovencita como tú le agrade tanto. Desde el primer día que te vio, soñó con hacerte su esposa. Muy educadamente, vino a pedirme tu mano y yo, como no podía ser de otra forma por mis principios y por ser mujer de bien, no lo pude negar.

DOÑA FRANCISCA:

De acuerdo, madre, pero déjeme a solas un instante, necesito asentar los sentimientos y las emociones.

DOÑA IRENE:

¿Qué ocurre? ¿No estás conforme? No quieras darle un disgusto así a tu madre, que ya no está para estos trotes…

DOÑA FRANCISCA:

En absoluto, madre. No es eso. Solo necesito hacerme a la idea de lo que supondrá esto para mí. Me voy a hacer mujer y me separaré de usted. ¿Sabe lo complicado que es? Usted me lo ha dado siempre todo y ha sido tan buena conmigo… Tan siquiera sé si estoy preparada para vivir lejos de aquí.

(Sale Dña. Irene y entra Rita)

DOÑA FRANCISCA:

Ay, querida, ¿has escuchado lo que mi madre me decía? Yo…yo…no sé, no sé…No sé qué hacer, qué he de hacer, Rita, dime.

RITA:

Señora, escuché toda la conversación tras la puerta…Debe usted revelarse y explicar a su madre cómo se siente.

DOÑA FRANCISCA:

¡Ni en broma! No puedo faltar a su autoridad, ni mucho menos defraudarla…Qué pensaría entonces de mí…sería una hija irrespetuosa, maleducada, caprichosa, que solo mira por su bien y no por el de su familia.

RITA:

Señora, eso no es cierto…Usted debe mirar por su felicidad. Primero, su madre la llevó a un convento en el que se crio de la manera más precaria. Después, quiere casarla con un viejo desesperado que ya no va a poder darle hijos casi con toda seguridad. ¿Qué será lo siguiente? Con todo el respeto, mi señora, usted sabe la confianza que hay para decirle las cosas tal cual las pienso. Solo quiero lo mejor para usted y me duele saber que no va a ser feliz.

DOÑA FRANCISCA:

Bueno…eso…dicen que es cuestión de acostumbrarse, que con el tiempo le iré cogiendo cariño, que no va a ser un disgusto para toda la vida.

RITA:

¡Pamplinas, señora! Usted es joven y lo que quieren hacerle es antinatural. Aún está en edad de disfrutar, de empezar a vivir después de tanto tiempo encerrada en el convento… ¿Y esta es la vida que quiere? Míreme a los ojos y dígame la verdad, no puede mentirme, a mí no. Además, hasta hace dos días amaba a D. Carlos, ¿qué pasó? ¿Se olvidó de él y de todo el amor que le prometió?

DOÑA FRANCISCA:

Calle, por favor, no quiero mentarlo. Solo con escuchar su nombre recorre mi cuerpo un escalofrío…Si usted…tiene razón, claro que la tiene. Yo soy mujer de un solo hombre, lo amo a él, pero ya sé que no es posible, que no podrá fiarse nunca de mí, ni podremos casarnos jamás. Nuestros caminos se separan, Rita, y yo siento que me desmayo del dolor. Mi corazón se saja ante su ausencia y mi cabeza me pide a gritos que lo busque y lo encuentre, pero la razón, que es más sabia que ellos, me dice que he de olvidarlo, que nunca podrá ser correspondido… Además, qué dirá cuando se entere de tal escándalo…No podrá perdonarlo jamás, Rita.

RITA:

Tranquilícese, señora, estará todo bien. De acuerdo con esto que me dice… ¿Por qué entonces no habla usted y alza su voz? Todavía no es tarde. La boda no está planeada aún, solo se está empezando a organizar.

DOÑA FRANCISCA:

Ojalá, pero… ¿Y el qué dirán? (Interrumpe don Diego llamando a la puerta) ¿Quién es?

DON DIEGO:

Soy don Diego, Francisca. Su madre me dijo que podría encontrarla aquí.

DOÑA FRANCISCA:

Pase, pase.

(Sale Rita.)

DON DIEGO:

Pues bien, señorita…Se preguntará qué hago aquí. Recién acabo de llegar y ansiaba verla más que nada. Como ya sabrá usted, porque lo sabe, ¿verdad?, ¿su madre habló con ella…? ¿O acaso es primera noticia mi nombre en su cabeza?

DOÑA FRANCISCA:

Sí, mi madre me informó.

DON DIEGO:

¿Pero qué es lo que sabe usted?

DOÑA FRANCISCA:

Pues que nos casaremos.

DON DIEGO:

¿Solo eso le ha contado? ¿No le ha dicho nada de mi amor? ¿De mi adulación y admiración? Desde el primer día que la vi paseando junto a aquellas monjas…Sus tías, ¿estoy en lo cierto? No pude sacarla de mi mente. Tuve que averiguar quién era aquella jovenzuela que me robó todos los sentidos. No fue sencillo, pero mi empeño era tal, que estaba dispuesto a sacrificarlo todo para encontrarla y hablar con ella. Hoy estoy aquí, frente a usted, y me he quedado mudo…Tras tanto persistir, ahora tan siquiera sé expresar todo cuanto siento…Dígame, ¿qué ha sentido usted al recibir la noticia y verme?

DOÑA FRANCISCA:

No sé…Yo…Todo esto es nuevo para mí, pero mi madre cree que será lo mejor. Por ende, lo haré.

DON DIEGO:

¿Hacer el qué? ¿Es que no quiere casarse conmigo? ¿No le agrado?

DOÑA FRANCISCA:

No es eso, don Diego. Agradezco su caballerosidad y sinceridad. Yo he querido complacer a mi madre porque será lo que mejor convendrá. La boda tendrá lugar en Madrid.

DON DIEGO:

Pero Francisca, ¿qué importa aquí su madre? Quisiera yo saber si realmente guarda algún sentimiento, por pequeño que sea, en su corazón. No tenga miedo, me gustaría saber qué piensa usted al respecto, por favor.

(Entra Dña. Irene)

DOÑA IRENE:

Bueno, ¿qué me he perdido? ¿Qué es lo que traman ustedes dos, tortolitos?

DON DIEGO:

Ha llegado justo en el momento oportuno, señora…Le preguntaba a Paquita por sus sentimientos hacia mí.

DOÑA IRENE:

Uy, sentimientos…Mi hija solo se acuerda de sus monjas. Ya le digo que es tiempo de mudar bisiesto, y pensar solo en dar gusto a su madre y obedecerla.

DON DIEGO:

¡Qué diantre! ¿Conque tanto se acuerda de…?

DOÑA IRENE:

¿De qué se sorprende? Son niñas…No saben lo que quieren, ni lo que aborrecen…En una edad así, tan…

DON DIEGO:

No; poco a poco; eso no. Precisamente en esa edad son las pasiones más enérgicas y decisivas que en la nuestra, y por cuanto la razón se halla todavía más imperfecta y débil, los ímpetus del corazón son mucho más violentos… (Dirigiéndose entonces a doña Francisca.) Pero de veras, doña Paquita, ¿se volvería usted al convento de buena gana?… La verdad.

DOÑA IRENE:

Pero si ella no…

DON DIEGO:

Déjela usted, señora; que ella responderá.

DOÑA FRANCISCA:

No permita Dios que yo la dé que sentir…

DON DIEGO:

Pero eso lo dice usted tan afligida y…

DOÑA IRENE:

Si es natural, señor. ¿No ve usted que…?

DON DIEGO:

Calle usted, por Dios, doña Irene, y no me diga usted a mí lo que es natural. Lo que es natural es que la chica esté llena de miedos, y no se atreva a decir una palabra que se oponga a lo que su madre quiere que diga…

DOÑA IRENE:

Se equivoca, don Diego…Ella solo obedece a lo que yo mando debido a su gran educación y solo quiere lo mejor para las dos. No es más que eso. ¿Verdad, hija?

DOÑA FRANCISCA:

Sí, bueno…

DON DIEGO:

¡Mandar!… En estas materias tan delicadas los padres que tienen juicio no mandan. Insinúan, proponen, aconsejan; eso sí, todo eso sí; ¡pero mandar!… ¿Y quién ha de evitar después las resultas funestas de lo que mandaron?… Pues ¿cuántas veces vemos matrimonios infelices, uniones monstruosas, verificadas solamente porque un padre tonto se metió a mandar lo que no debiera?… ¡Eh! No, señor; eso no va bien…Mire usted, doña Paquita, yo no soy de aquellos hombres que se disimulan los defectos. Yo sé que ni mi figura ni mi edad son para enamorar perdidamente a nadie; pero tampoco he creído imposible que una muchacha de juicio y bien criada llegase a quererme con aquel amor tranquilo y constante que tanto se parece a la amistad, y es el único que puede hacer los matrimonios felices. Para conseguirlo no he ido a buscar ninguna hija de familia de estas que viven en una decente libertad…Decente, que yo no culpo lo que no se opone al ejercicio de la virtud. Pero ¿cuál sería entre todas ellas la que no estuviese ya prevenida en favor de otro amante más apetecible que yo? Y en Madrid. ¡Figúrese usted en un Madrid!… Lleno de estas ideas me pareció que tal vez hallaría en usted todo cuanto deseaba.

DOÑA IRENE:

Y puede usted creer, señor don Diego, que…

DON DIEGO:

Voy a acabar, señora; déjeme acabar… Yo…

DOÑA PAQUITA:

¡No! Cállense los dos. Ahora voy a hablar yo, que ya he visto y aguantado más que suficiente… (Entra Rita ante el escándalo.) Ahora sí, ya estamos todos y voy a alzar mi voz porque no merezco este castigo. Por un lado, usted, don Diego, qué bonito discurso ese que cuenta, pero la realidad es otra completamente distinta; para empezar, debe agradecerles al mandato y a la autoridad de mi madre que estemos comprometidos porque, como bien decía usted, ni su figura ni su edad son para enamorar perdidamente a nadie y yo jamás me habría enamorado de usted, ni siquiera recordaba haberlo visto. Tengo tan solo dieciséis años y lo que es antinatural es este matrimonio concertado, que parece que a nadie le escandaliza y está completamente normalizado. Este, precisamente, sería un matrimonio infeliz y una unión monstruosa porque yo jamás podré corresponderle de la manera que quiere que lo haga. Ya no es atractivo, ni tampoco puede darme hijos, aunque tan siquiera sé si los deseo. Yo aún no sé prácticamente lo que es vivir y me quieren enjaular en esta relación por obligación. Como usted bien sabe, una muchacha de Madrid que tenga una “decente libertad” nunca le correspondería, ¿y sabe por qué? Pues principalmente por dos motivos: el primero es que, como bien apuntaba, es más que probable que a esta edad ya haya encontrado a alguien más apetecible que usted—igualmente, gracias por preguntarme—y el segundo es que, en caso de tener esa libertad, una mujer joven en su sano juicio no se enamoraría de una persona que prácticamente le cuadruplica la edad, ni sus padres la comprometerían con alguien así por no necesitar el dinero. Por tanto, me va a disculpar, pero ya me cansé de estar a la sombra de mi madre; hoy soy yo la que quiero decidir sobre lo que no me conviene y usted en ningún caso lo hace. Es un aprovechado y le da igual con tal de tenerme entre sus brazos: sabiendo la situación en la que vivimos, viene aquí mostrando un falso interés por lo que de veras pienso y siento. Eso a usted no le importa, solo quiere que sea su esposa. Dígame, ¿por qué no busca a una mujer de edad similar a la suya? Claro que, para usted, las mujeres ya no son atractivas a esa edad porque los cuerpos cambian. Vino aquí guiado por una chica guapa, atractiva, que quería hacerle su esposa y no se ha molestado en conocer nada más de mí. Antes de entablar algún tipo de conversación conmigo, le pidió la mano a mi madre a sabiendas de que no se la podía negar porque se presentó como salvación a nuestros problemas económicos. ¡No, no y no! No estoy dispuesta a sacrificar mi libertad por usted. Ni por usted ni por mi madre.

¿Qué piensa usted, madre? Por una vez no tiene valor ni de interrumpirme y ha palidecido. ¿Está sufriendo porque se ha dado cuenta de que le estaba quitando la libertad a su hija, convirtiéndola en su esclava, o por saber que su salvavidas económico se disipa? A pesar de mi corta edad, pondría la mano en el fuego por lo segundo. ¿Cuándo le he importado? ¿Cuándo me ha preguntado a mí por lo que quería, sentía o me apetecía? ¿Acaso le ha preocupado mi felicidad o solo piensa en sí misma? Usted es la que debiera casarse con él, pero claro…No gusta de él, ¿cierto? Por eso, se lo impone a su hija buenecita, a su niñita, que jamás podrá decirle que no. A fin de cuentas, siempre ha estado en la sombra y ha acatado cada una de sus órdenes: me llevó al convento para que fuera aún más sumisa si cabía y permaneciera siempre bajo su autoridad. Además, me tenía bien controlada por sus hermanas y así se aseguraba de que, cuando saliera, solamente quisiera sus brazos y su cobijo tras su ausencia.

Te anhelé los primeros días e incluso meses, pero pronto caí en la cuenta de que en realidad no estaba ahí por mí y por mi educación, sino por usted. No podía mantenerme y no iba a mover un solo dedo por hacerlo: era una boca menos que alimentar y así usted podía dedicarse a verse con unos y otros sin que yo la viera. Hasta sus hermanas la temen y se compadecieron de mí, por eso me dejaron entrar y no le dijeron que no. Cree que tiene todo bajo control, pero hoy se acabó, no quiero seguir besándole los pies mientras le resuelvo la vida. Por eso esta educación, ¿verdad? Para permanecer silenciada y cumplir con cada una de sus voluntades. No estoy dispuesta a vivir así, madre, pero sé que no tengo otra alternativa. La que nace así, muere así. Usted es una egoísta que, ni aunque quisiera, podría cambiar su forma de verme y de tratarme. (Acerándose a la ventana.) Lo siento, pero no estoy dispuesta a vivir doblegada.

Hoy, a sabiendas de que no hay otra solución posible (mientras da pasos retrocediendo a la ventana), he querido alzar mi voz, por mí y por mi amado, don Carlos, que ya nunca volveré a ver, ni tan siquiera a tocar. (Rompiendo a llorar.) Aún escucho su cálida voz susurrar a mi oído mientras la luna llena era nuestro único testigo. Nos amamos, nos prometimos la vida y el futuro. Ahora las mariposas regresan a mí cuando escucho su nombre, cuando recuerdo su risa o sus ojos verdosos. Soy consciente de que nunca podré vivir mi amor junto a él y solo tengo una única forma de alcanzar la libertad, de abandonar la jaula en la que viviría o bien por este hombre o bien por mi madre. Rita, gracias por escucharme sollozar sin juzgarme y aconsejarme desde el corazón. Por fin he encontrado la verdadera libertad: cuando ya no queda más remedio que saltar, lo haré por mí y por todas las que vendrán.

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Nerea Pozo Costa

Nerea Pozo Costa es estudiante del Máster en Estudios Literarios y Culturales Hispánicos y graduada en Estudios Hispánicos por la Universidad de Alcalá. Ha formado parte del comité organizador del «IV Congreso Internacional Literatura y Franquismo: Ortodoxias y Heterodoxias» y ha participado en varios congresos internacionales. Es miembro del comité editorial de la revista Contrapunto y ha sido beneficiaria de una beca de Iniciación en la Actividad Investigadora (plan propio de la UAH en el curso 2025-2026), con cuyo proyecto aborda los discursos de género en la narrativa escrita por mujeres en el franquismo. Concretamente, está interesada en la literatura feminista y en las articulaciones literarias del poder y la violencia patriarcales.

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