Historia universal y moral de la usurpación. “Bajo la luna negra”, de José Ovejero
José Ovejero: Bajo la luna negra
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2026
176 páginas, 17 euros
Historia moral con moraleja, Bajo la luna negra es una crónica de lo que podría ocurrir si la casualidad quisiera poner en contacto a una familia de clase alta y un mendigo y esa inesperada relación pudiera poner en entredicho la legitimidad de los bienes de cada uno de ellos. En una ciudad turística de costa, en efecto, una travesura de un niño aburrido que roba un sombrero de paja al vagabundo desencadena acontecimientos impredecibles. Pronto nos daremos cuenta de que el acto, banal e inocuo en apariencia, lleva en sí toda la carga simbólica de la usurpación que implica la acumulación de capital de los ricos sobre los pobres. El sombrero no vale nada y, por eso, los padres ―sobre todo, el padre― celebran la travesura y autorizan que su hijo se quede con el sombrero, que pasa a ser un trofeo para el niño, un objeto totémico que prueba su virilidad y su osadía. Sin embargo, el mendigo no acepta la impunidad con la que se le ha sustraído una de las pocas cosas que posee y, como si en ese sombrero residieran los restos de su maltrecha dignidad, porfía por recuperarlo. Lo previsible ―y lo que ocurre― es un desenlace dramático en el que se ilumina el contraste entre las bajezas de los ricos y la inocencia del pobre, pese a algunos matices que se dan al esquema.
La novela, narrada con un ritmo muy alto que abstrae precedentes y datos superfluos, hace uso de un narrador trasparente, denotativo, casi como si se tratara del guion de una de esas muchas películas dramáticas de bajo presupuesto, con un punto de género policial,que pasan sin demasiada atención por las carteleras. La elección de esta voz narrativa aséptica, neutral y objetiva, que se limita a registrar hechos, es llevada a cabo con tal radicalidad que parece evidente que se trata de una estrategia discursiva buscada por el autor. Más difícil resulta dar con el porqué de esa voluntad de renunciar a toda retórica y a todo matiz subjetivo para mostrar los hechos sin explicarlos de forma fría y desapasionada, que resulta un punto anacrónica y ya vista en el pasado.
Poco hay también que decir de los personajes, de los diálogos y de los espacios. De las conclusiones a las que lleva la lectura de la novela, sí. Parece claro que hay una tesis: mostrar el injusto contraste entre la precariedad vital de unos y los privilegios de los otros y también las grietas que subsisten a la naturalización de este estado antinatural, por las que a veces, con ayuda de la ficción, puede ser cuestionada la realidad. Lo que ocurre es que hemos visto y leído ya demasiadas veces a ese hombre rico, prepotente y amoral, maltratador y agresivo, seguro de sus privilegios. También se repite el modelo de esa mujer frívola y asustada, anulada y alienada y a ese hijo al que se educa para que llegue a ser tan fuerte y competitivo como a uno mismo le gustaría ser. Me temo que también conocemos a ese sujeto indigente, desprovisto de derechos y de bienes, ingenuo, víctima perpetua, instintivo y traumatizado. A todos estos personajes los hemos visto demasiadas veces para que la historia de la crueldad de los poderosos incomode y para la reparación moral conmueva. Lo que en un principio podía parecer una buena idea deviene en una historia gravada de otros muchos clichés (pueden sumarse policías superficiales, neonazis desalmados, migrantes solidarios…) a los que la parquedad expresiva no ayuda a subvertir.
Fernando Larraz es profesor de Literatura Española en la Universidad de Alcalá. Antes trabajó en las Universidades Autónoma de Madrid, Tübingen, Birmingham y Autónoma de Barcelona. Sus trabajos de investigación se centran en la literatura del exilio republicano de 1939, la censura editorial bajo el franquismo y la historia de la edición literaria en lengua española. Impulsó la fundación de Contrapunto, de la que ha sido director durante seis años.

