Entre dos aguas

por | May 2, 2019

Entre dos aguas

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Pocos momentos de los Diarios de Max Aub captaron mi atención como una nota del 10 de noviembre de 1943: “¿Por qué soy el ‘raro’? […] ¿Por qué nunca se acuerdan de mí en listas, suscripciones, homenajes a firmar? En el fondo porque no saben dónde catalogarme. San Juan ha ayudado mucho a las mentes cuadriculadas para volver a encajarme bajo el marbete ‘Dramaturgos’, ahora Campo cerrado va a desconcertarles de nuevo. Y será peor cuando salgan los versos”. El mal de la especialización, inevitable en ciertos ámbitos, no ha hecho sino agudizarse en este tiempo: la gente ya no solo deja que la etiqueten, sino que se etiqueta a sí misma (en sus currículos, en facebook) y se puede llegar a catedrático habiendo investigado solo y exclusivamente, por ejemplo, sobre Gerardo Diego.

Llegué a la Filología no porque quisiera ser crítico o historiador de la literatura, sino porque desde los quince años la literatura era mi alimento y mi adicción, porque ya entonces escribía y pensaba que mis futuros compañeros tendrían motivaciones similares: áspero desengaño, pues la mayoría, como comprobé, lo hacía con vistas a un cómodo sueldo de funcionario. Llegué al exilio gracias a José Herrera Petere y a la moda de la “novela de la memoria”. En Alemania, donde había marchado como Erasmus sin beca (había ahorrado el verano anterior fregando platos en un hotel de la campiña inglesa) al contrario que en España (“solo se puede y debe estudiar a los escritores muertos, pues solo así se conoce el sentido de conjunto de la obra”, nos aleccionaba un profesor en Cáceres) se prestaba especial atención a lo actual: seminarios sobre Roberto Bolaño, aunque también, horror de los horrores, sobre Pérez Reverte. En Marburgo (donde con cierta mitomanía me gustaba evocar a Ortega y Gasset, que estudió allí, o a Martin Heidegger, que enseñó y escribió Ser y tiempo) un catedrático recién llegado nos puso a leer a Rafael Chirbes, Manuel Rivas o, con especial relevancia, Soldados de Salamina de Javier Cercas. A la presentación de esa novela había asistido yo en Cáceres, cuando Cercas estaba lejos de ser una celebridad: la biblioteca estaba casi vacía para escucharlo, a pesar de que se hubiera publicado en Tusquets. Pero algo me sonaba a falso en esas novelas: yo quería oír la voz de quienes vivieron la guerra y escribieron mientras la sufrían. Así llegué a Petere, autor de una trilogía bélica escrita en 1938: Acero de Madrid, sobre la defensa de la capital del “No pasarán”, Puentes de sangre, sobre el paso del Ebro, canto de cisne del Ejército popular, y Cumbres de Extremadura, “novela de guerrilleros” sobre los extremeños que, cual irreductibles galos, sobrevivían en la bolsa de La Serena (capital Castuera) y se adentraban tras las líneas franquistas para realizar acciones de sabotaje.

De las novelas de guerra de Petere pasé a su obra del exilio, aún casi sin estudiar, y descubrí el tesoro de inéditos y revelaciones que albergaba su legado, donado poco antes por su viuda, Carmen Soler, a la Diputación de Guadalajara, y aún sin catalogar. Defendí la tesis en febrero de 2009, ante un tribunal tan cualificado como entrañable, con José Ángel Ascunce, Francisco Caudet o Serge Salaün, a los que ya conocía porque desde 2006 procuré asistir, siempre que la economía lo permitía, a los congresos sobre el exilio que se iban organizando en San Sebastián, París o sobre todo en Barcelona, sede del Grupo de Estudios del Exilio Literario, capitaneado por Manuel Aznar Soler, y motor de la recuperación de ese legado.

Desde 2008 había emigrado más hacia el Este, y era lector de español en la Universidad Masaryk de Brno. Estando allí, y dado que mi contrato tenía fecha de caducidad, me postulé a plazas universitarias en España, Gran Bretaña, Francia y Alemania, para comprobar que la endogamia no es un vicio español, sino universitario, como lo son también el gregarismo y una vergonzosa falta de independencia intelectual. Finalmente conseguí, aunque de rebote, volver a España y Extremadura, aunque los seis años de extranjería dejaron en mí una ya consustancial diferencia, un cierto rechazo a lo demasiado castizo y autóctono y un interés por las existencias dislocadas y mixtas. Quizás por eso, he seguido investigando sobre el exilio y sobre trayectorias que combinaban distintas pertenencias: Máximo José Kahn, con sus tres patrias imaginarias (alemana, española, judía), José María Camps, exiliado en la República Democrática Alemana, comunista español supervisado por la Stasi, o todas las existencias truncadas por la guerra civil española entre Francia y España, que narré en La Resistencia franco-española 1936-1950. Una historia compartida.

También desde mi regreso, volví a la escritura de ficción y de poemas, que la tesis doctoral y posterior fiebre investigadora (que potencia este sistema hecho para matar la creatividad) habían agostado. Ni del todo académico, ni del todo escritor, uno vive en una indefinición que quiere creer fértil, entre dos tierras o entre dos aguas, en una tierra de nadie (acaso mía) que, como sabía bien Max Aub, viene bastante mal en este país de pancartas y etiquetas.

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