La “tinta derramada” que nos cuestiona

por | May 3, 2019

La “tinta derramada” que nos cuestiona

por

Juan Carlos Abril, En busca de una pausa

Madrid, Pre-Textos

92 páginas, 16 euros

Estás perdido en el poema

como en un bosque, ya no sabes

distinguir el camino,

esos sueños que omites y aquel tiempo

en el que no creías

en la inseguridad.

Resina que se ha vuelto costra,

regalo de la decepción,

sed que no ha conocido el agua

 

Juan Carlos Abril

 

Que la poesía ha abandonado su función de vademécum y el escritor su papel de guía social es una conclusión que se refuerza leyendo a Juan Carlos Abril (Jaén, 1974). No es que el poeta no presienta tener una voz, un mirar genuino y un comezón de comunicabilidad, sino que su garganta está anegada de incertidumbre en un mundo sin dios: posthistórico, postmetafísico y, a la vuelta de la esquina, post-post. Especificación antes de seguir adelante: hablo del poeta poeta, y no de la pop-, para- o, como nos refirió el propio Juan Carlos Abril en nuestro número 48 del noviembre pasado, subpoesía. Y no es esta una mirada elitista, por más que este contradiscurso que va copando la hegemonía del nuevo Relato lírico se esté imponiendo, sino la exigencia ética mínima que debe asumir quien toma la palabra, quien lo hace en un libro con las implicaciones que ello conlleva, la de cierta portavocía: la formación literaria contrastada, la riqueza en el vocabulario, el trabajo de la forma y su correspondencia con un contenido que, conforme al ideal latino, cubra el requisito del movere.

Creo que todo esto se puede encontrar en Juan Carlos Abril y en su poemario En busca de una pausa (Pre-textos, 2018). Entiendo que la tentación de la crítica sea encuadrarle en los veneros ininterrumpidos de la otra sentimentalidad por su marco geográfico y académico, las influencias literarias más directas y palpables o la impresión que la primera lectura deja en la conciencia de quien se acerca a ella por primera vez. Pero, como se dice en un ensayo colectivo titulado Tendencias y estéticas en la poesía española contemporánea (1980-2015), coordinado por Remedios Sánchez, y en la que también participa Abril con un interesante ensayo —“Velocidad y lentitud en la poesía española contemporánea”—, el género de la poesía nunca ha destacado por su univocidad. Menos aún en la segunda mitad del XX y, en especial, en los albores del XXI, en donde la liquidez y el ruido han fraguado una variedad pluralísima e imposible de perimetrar o de nombrar con cada vez más inútiles términos. Ni Narciso, ni Prometeo ni Orfeo, como han planteado filósofos y críticos: esta es la época proteica.

En ese contexto, se entiende cómo un poeta de su experiencia, Juan Carlos Abril, puede citar o remitir con una sutilidad a prueba de iniciado a Montero o Hölderlin, a Brines o Valente, a Gamoneda o Claudio Rodríguez. Incluso hay quien, para adentrarse en su obra, ha comenzado exponiendo reflexiones de Stéphane Mallarmé, aunque no hay en el poeta jienense ni un afán silenciario ni hermético. Pero sí constante enigma. Las circunstancias históricas y socioculturales nos han conducido a un periodo en que es raro que detrás de un poeta recomendable no haya un profesor universitario: decir hoy poeta profesor, etiqueta empleada para algunas figuras de la Generación del 27 casi por primera vez, es emplear un pleonasmo, aunque también una garantía. Abril juega con este factor con consciencia de causa y se regodea en explotar esas evocaciones del mismo modo que disfruta con el hallazgo de la semejanza de los significantes por neologismo, políptoton o paronomasia léxica o sintáctica —“de ver en ver; de voz en voz” (p. 12), “contradicción”  (p. 44), “hábiles labios, lábil avidez” (p. 45) etc.—. Quizás no sea este el rasgo más importante del poemario, pero considero pertinente señalarlo, no solo por algunos hallazgos literarios de peso —la historia personal como “palimpsesto”,  el tiempo como un “herpes”—, sino sobre todo porque el discurso fluctúa entre el recuerdo y sí mismo. La clave metapoética está activada desde el arranque mismo; el poemario comienza como un exilio, —las metáforas del camino y del viaje son constantes— bajo el signo de un “sol negro” (p. 19), símbolo de la melancolía que en quien escribe se asimila a la “tinta derramada” (pp. 46-47).

El spleen del poeta jienense tiene una causa: el cansancio de un trasiego seguramente biográfico por varios países y numerosas aventuras que se deducen de estos versos y de sus anteriores libros —siempre y cuanto el poeta no sea un fingidor: “manipulé mi historia” llega a afirmar—. Quizás de ahí se explica la necesidad de una pausa vital y, no como contradicción, la sigefobia, pues el silencio es espejo de una conciencia que no detiene su dinamismo ni en esa espera que también es, según reza uno de los apartados, “camino”. En esta suerte de conversación que Juan Carlos Abril va entablando con nosotros, una voz casi de carne y hueso, se nos empuja con constantes referencias gráficas al umbral en que nos encontramos: el de la página. Ello sin la seguridad de que se haya habitado (p. 38) pero con la certeza de que nos comunicamos mejor desde las palabras que escribimos, de que hablamos “como en un libro” (p. 44).

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