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Es el mercado, amigo escritor. “El arte de rechazar manuscritos”, de Constantino Bértolo

Constantino Bértolo ha sido director de Debate y fundador de Caballo de Troya, un sello asociado a la búsqueda de nuevas voces. Editor y crítico literario con una dilatada carrera, se encuentra en la posición idónea para ofrecernos este breve ensayo sobre el rechazo de manuscritos, que supera con creces esa meta, hasta convertirse en una suerte de confesión sobre las condiciones reales sobre las que se ejerce ese rechazo. A escasos dos meses de diferencia se han publicado dos obras tremendamente interesantes sobre la labor del editor, como es la de Bértolo, objeto de esta reseña, y como es Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición, de Enrique Murillo, y es que son dos obras cuya lectura conjunta resulta francamente estimulante. De hecho, hay algunos temas que convergen en ambos libros, como la llegada a España de La conjura de los necios.

El arte de rechazar manuscritos no es un tratado académico largo, ni una guía al uso para aspirantes a escritores, si bien los consejos que enumera son de gran valor. Es un texto breve y directo, legible de una sentada, y es este uno de los mayores aciertos. Tal extensión permite una intensidad y un ritmo frenéticos, pues se elimina todo lo que estorba al asunto que realmente nos interesa, que es la “cocina editorial” (52) de la que nos habla en el libro. Bértolo se embarca en la tarea de desenmascarar, nada fácil, el sistema de fuerzas que se esconde tras el rechazo de manuscritos, bajo un título que puede hacer pensar en un manual irónico, y que está compuesto no solo por cuestiones literarias, sino también por las relativas a la economía, un pilar fundamental en cuanto a la sostenibilidad editorial.

El centro del ensayo reside en las dos dimensiones de la edición, “el alma literaria y el alma económica” (38): el editor puede desear desde las entrañas la publicación de un buen libro, pero no puede olvidarse de que todo esto se enmarca en una estructura empresarial que necesita rentabilidad. Llega a afirmar que “el verdadero editor es siempre el capital” (40). Durante la lectura, que fue breve pero intensa, no paraba de preguntarme si la cuestión económica es tan insoslayable como propone el autor. ¿No puede concebirse la literatura como un bien del patrimonio cultural público? ¿No podrían financiarse algunas editoriales con fondos estatales para asegurar que no dependan del capital? Se me ocurre el caso de la editorial malagueña sin ánimo de lucro El Toro Celeste, si bien no permite la dedicación profesional de todos sus miembros. Es muy difícil escapar del corsé capitalista.

El tono cercano es otro de los puntos fuertes del libro de Constantino Bértolo. Al hablar de los manuscritos que llegan a editoriales por distintas vías, no niega que existan ventajas para los textos con filtros previos, ya sea por medio de un agente o por recomendación de alguien perteneciente al circuito editorial. Incluye, respecto a este tema, un correo que manda a un autor que pide respuesta sobre su manuscrito, en el que habla de este filtro informal como un primer “control de calidad” (51), e incluso reconoce que, cuando se siente imbuido por el espíritu capitalista y quiere ser eficiente, le entra la tentación de evaluar solo este montón de recomendados. Sin duda aporta otra dimensión eso de imaginar a un editor absolutamente sobrepasado por los manuscritos originales de autores noveles, que prueban suerte en editoriales sin “enchufismo”, y que acude a aquellos que otros han señalado como prometedores en un afán por rentabilizar su tiempo. Las editoriales necesitan más lectores profesionales y, sobre todo, que no sean una figura extremadamente precaria.

Y es que la frustración por el sometimiento de la industria al capital se repite a lo largo del ensayo. Se hace notar en los tipos de lectura, pues el factor que caracteriza la lectura del editor “es la calculadora que se mueve en su cabeza mientras lee” (71). No solo importa la calidad literaria de un texto, si es que importa en algún momento (el autor defiende que sí), sino que cobran peso otros aspectos como su encaje en el mercado, la recepción crítica o el perfil del autor. Esa calculadora, como defiende el autor (vuelvo a repetir), acompaña y condiciona pero no elimina la literatura. En cualquier caso, los autores son los que salen mal parados, pues, como señala Bértolo, el autor no deja de trabajar gratis en cierto punto: “ustedes trabajen y ya veremos si yo les compro el fruto de su trabajo”, y, con acierto, siguiendo a Marx, “solo cuando los escritores consiguen que un capitalista les compre los derechos de reproducción de su obra se convierten en verdaderos trabajadores productivos” (54). El ensayo es realmente lúcido en este aspecto y deja ver una estructura que puede resultar invisible para aquellos que nos dedicamos al estudio de la literatura.

Más allá de estas cuestiones, también el ensayo ofrece consejos desde el punto de vista de un experimentado editor. Recoge algunas sugerencias valiosas destinadas a optimizar el envío de manuscritos, con cuestiones como la numeración, los márgenes o la información del autor. Por otro lado, enumera algunas señales que pueden ayudar a discernir entre un texto literario y un texto propio de premios, categoría esta enunciada como literatura de menor calidad, con cuestiones como “que la lectura te calle la cabeza”, “que mientras lees te preguntes quién me está hablando”, “por qué me habla” o “qué quiere de mí” (114). Me atrevería a decir que no es el punto fuerte del ensayo, pues son criterios algo intangibles, si bien es cierto que al hablar de arte no hay nada puramente empírico o cuantitativo. 

Para terminar esta reseña, considero El arte de rechazar manuscritos un ejercicio de honestidad que Constantino Bértolo hace a través de su dilatada experiencia en la industria editorial. Es un ensayo breve y sagaz, muy recomendable para aquellos que escriben, y también para los que leen. El tono cercano con el que construye el ensayo funciona muy bien, así como la lectura crítica en torno a la conciencia capitalista de los sistemas de fuerza que rodean este mundo. No sé si el rechazo es menos amargo después de leer este libro, pero sí que creo que puede entenderse como el síntoma de un sistema bastante hermético, obligado a la productividad y a la eficiencia económica, que no puede detenerse a descubrir a grandes escritores que aún no se han dado a conocer. Siempre hay excepciones, claro.

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Juan García-Cardona

Juan García-Cardona es profesor en la Universidad de Málaga. En los últimos años, su línea de investigación principal se ha centrado en la literatura rural española reciente, a la que ha dedicado su tesis doctoral y artículos en relación con la memoria histórica (Siglo XXI, 2023) o la representación de la inmigración (Philologica Canariensia, 2024). Además, ha publicado en diversas revistas artículos sobre el género literario de la autoficción (Pasavento, 2022), la adaptación cinematográfica (Trasvases entre la Literatura y el Cine, 2019) y la prensa cultural española (EPI, 2022; Ocnos, 2023; Revista de Literatura, 2025). Ha presentado más de una veintena de ponencias y es coorganizador del congreso anual Transmedialidad, Intertextualidad y Adaptación Cinematográfica.

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