Lo que nos damos las sombras entre nosotras. La “Poesía completa” de Alejandra Pizarnik

por Ene 5, 2024

Lo que nos damos las sombras entre nosotras. La “Poesía completa” de Alejandra Pizarnik

por

Alejandra Pizarnik, Poesía completa

Lumen

480 páginas, 23,90 euros

Alejandra Pizarnik (Avellaneda, 1936) fue una escritora y traductora argentina de ascendencia rusa y eslovaca. Su Poesía completa fue publicada por Lumen en 2016 y editada por Ana Becciu (Buenos Aires, 1948) también poeta, traductora y amiga de Pizarnik. La misma editorial ha publicado sus Diarios (2013), recientemente reeditados, así como su Prosa completa (2016) y su Nueva correspondencia (1955-1972) (2017). Pizarnik, que vivió en París entre 1960 y 1964, trabó amistad con otros escritores como Julio Cortázar (Ixelles, 1914), Octavio Paz (Ciudad de México, 1914) o Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903). Los poemarios reunidos en Lumen cuentan con sus primeras obras, como La tierra más ajena (1955), La última inocencia (1956) y Las aventuras perdidas (1958). Le siguen obras más maduras como la ya mencionada El árbol de Diana (1962), las aclamadas Los trabajos y las noches (1965) y Extracción de la piedra de la locura (1968), así como El infierno musical (1971). Destaca de esta edición la recopilación de sus Poemas no recogidos en libros (1956-1960, 1962-1972) publicados en revistas como Sur, La Nación, La Estafeta Literaria o Árbol de Fuego, entre otras.

Pizarnik es la poeta de muchas, la poeta de la noche y la imposibilidad. Definida por algunos como surrealista, dado el aparente automatismo de su escritura, que pretende hacer aflorar los pensamientos y emociones más ocultos del yo (“¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo fragmentado”), la poesía de Pizarnik no envejece. Destaca por la alta carga emotiva que logra transmitir por medio de un vocabulario certero e imágenes de oscura belleza. La magnitud de la obra reunida por Becciu permite observar la evolución de la poesía de la autora y constituye una obra de referencia para el análisis y el disfrute de esta.

Los temas en Pizarnik varían, así como la métrica empleada, aunque se caracteriza por el verso libre y la prosa poética, como puede observarse en las piezas de El infierno musical (1971), en sus Pequeños poemas en prosa o en sus Textos de sombra. Enmarcada y relegada algunas veces a un segundo plando dentro del contexto del boom latinoamericano, su obra es precursora de una poesía liberada de prejuicios formales y apela a algunos de los dolores más íntimos del alma. Es la poesía del anhelo y la carencia (“oh deseado/ es sin fin tu no volver”); de la presencia y la ausencia (“un perfume a amado rostro desaparecido”); del Eros y de lo abjecto. El yo poético de Pizarnik es amiga de la noche, es, a veces, la noche misma (“Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche”), amiga de las sombras (“mis huesos torcidos por abrazar una sombra”), de la muerte y de la naturaleza. Todos ellos, elementos siempre presentes en su poesía, revelan a la vez que ocultan la psique del yo poético. Esta característica autoexploratoria de la poesía de Pizarnik, que observa el mundo para revelarse contra él o para permitirse habitar en la tristeza, puede también reconocerse en la referencias habituales a versos de la propia autora, que se erigen casi en axiomas de su filosofía personal, en mantras recitativos. Pizarnik moldea el lenguaje, lo estira y lo fuerza para expresarse. Todo para después repetir, reformular, destruir y empezar de nuevo. Las palabras le son afines, la respetan. Asimismo, las referencias intertextuales con otros poetas son frecuentes, por ejemplo con Chateaubriand (Saint-Malo, 1768) o Trakl (Salzburgo, 1887), entre otros.

Algunas de las imágenes poéticas recurrentes incluyen símbolos de tradición modernista, como el jardín, una especie de locus amoenus para la mente cansada de sí misma, un lugar para retornar a la infancia. También representa lo prohibido y lo inalcanzable. Recurrente es también la imagen de la piedra, que compone el título de su poemario Extracción de la piedra de la locura (1968), nombre también de un cuadro de El Bosco en referencia a una práctica común en la Edad Media que consistía en hacerse extirpar una piedra del cerebro por creerla asociada a la locura (a este respecto resulta también interesante el libro de Benjamín Labatut (Rotterdam, 1980) La piedra de la locura (2021) editado por Anagrama). En Pizarnik la piedra simboliza, en efecto, la locura y la degeneración de una mente que se sabe aislada, pero también es símbolo de lo natural, de lo sencillo, del secreto que hay que descubrir en la persona amada. La piedra nos liga unos a otros como un ancla. Es un arma arrojadiza, empleada contra quien está más allá de la norma y lo aceptable. Las palabras son piedras que trazan un camino de retorno o de indagación en lo que existe detrás del lenguaje (“Vio palabras como pequeñas piedras diseminadas en el espacio negro de la noche”).

Por otro lado, además de la exploración del yo, la relación de este con la alteridad constituye otro de los temas centrales en la obra de la poeta. En relación con el ya mencionado tema de la presencia, el Otro existe en Pizarnik a través de su escritura, así como lo hace ella misma (“emboscado en mi escritura/cantas en mi poema”, “alejandra/alejandra/debajo estoy yo/alejandra”). El Otro es aquel que nos mira ý al que miramos. Por ello, la referencia a los ojos es frecuente. Los ojos son, por un lado, el epítome del anhelo (“ojos/no palabras/ojos/no promesas”). De la persona amada, se requieren su mirada y su voz y el yo poético parece hallarse en continua sorpresa ante la intensidad de los ojos del Otro. Son por tanto, la recompensa que paliará el dolor lacerante de la espera. Por otro lado, la imagen de los ojos pertenece también al yo poético, son herramientas para explorar más allá del plano de lo real (“mis ojos?/ah! trozos de infinito”). En muchas ocasiones los ojos no ven, si no que registran, pasivos, las formas. Es común hallar la construcción de los ojos como lugar, como el sitio en el que sucede la vida (“reunidos de súbito en dos ojos”).

De este modo, la poesía de Pizarnik nos tiende la mano para que nos adentremos en su universo poético, personal y despiadado, como es la propia vida. Nos invita a acompañarla en su viaje a través del dolor y los recovecos oscuros de la mente. La poeta comprende y esa es quizá, junto con la maestría en el ensamblaje de las palabras, su mejor cualidad. Quien alguna vez haya sentido el peso de la soledad y la escisión del mundo, que lea a Pizarnik.