La escritura como deuda. “Dinero y escritura”, de Olivia Teroba
Sin idealizar la figura del escritor ni romantizar la precariedad, Olivia Teroba analiza en Dinero y escritura (Las afueras, 2026) cómo el mercado y las condiciones materiales influyen en lo que se escribe, en la forma en que se publica y en quiénes pueden hacerlo. Esto es una síntesis bien apretada de lo que propone el breve volumen de la escritora mexicana, que es, en realidad, una antología de ensayos autobiográficos de diversa índole –siete en total– que tienen su origen en textos anteriores. Teroba es autora del ensayo Un lugar seguro (en España: Las afueras, 2024), imparte talleres de escritura, dicta charlas y escribe, lo que la sitúa en una posición concreta: la de mujer que se gana la vida como trabajadora cultural. De esa tensión está hecho este pequeño volumen.
La pregunta que lo articula es sencilla e irónica: ¿se puede vivir de escribir, o se vive para conseguir hacerlo? Para responder, Teroba despliega la experiencia propia –en forma de facturas, seguro médico, premios literarios que a veces llegan y a veces no, dolores, familia–, construyendo lo que ella misma define sin ambages como un trabajo. Porque sí: “la escritura es un trabajo”, leemos en un momento dado. La afirmación, formulada así, tiene resonancias que van más allá de la obviedad. En el campo cultural español –que es el que más conozco– ha habido voces que han insistido en esto mismo: escritores como Pablo Gutiérrez llevan tiempo sosteniendo que escribir se parece más a un oficio que a cualquier otra cosa y que el problema aparece cuando ese oficio tiene que pagar las facturas.
Pero la conexión inevitable para mí es con Clavícula (2017), de Marta Sanz, uno de los grandes referentes de la escritura sobre precariedad, género y trabajo en la actualidad. Como es sabido, en esa suerte de diario heterodoxo que es Clavícula, Sanz se abre con un bisturí y expone la inseguridad laboral que la lleva a explotarse, las limitaciones del cuerpo enfermo y la necesidad de trabajar, todo ello trenzado con la culpa. Con Clavícula se rompe el tabú del dinero y el de la queja, podríamos decir, y Teroba sigue ese rastro cuando no duda en afirmarse “parte de un cognitariado que presta sus servicios a precios nimios con tal de mantener cierta libertad de movimiento, es decir, con tal de no trabajar en una oficina y tener tiempo para leer y escribir. Mis prioridades son pagar el seguro médico al mes, comida, ropa, libros. No estoy en una situación desesperada, ni mucho menos. Pero no por ello renunciaré a mi derecho a quejarme”. Y la queja es importante, claro: como en Clavícula, Teroba exige la legitimidad de la queja, mostrando con ese gesto que lo que ocurre en el cuerpo funciona como diagnóstico de una sociedad marcada por un capitalismo voraz (o sea, por la precariedad y la desigualdad).
Las secciones más potentes del libro son “En cuerpo y alma” y “Dinero y escritura”. En la primera, Teroba confiesa escribir “desde el cansancio que es mi cuerpo”. Y es que la escritura no surge a pesar del cansancio sino desde él, por cuanto el cuerpo no es el instrumento de la escritura sino su materia prima y también su límite. En la sección homónima, la autora articula con mayor nitidez la tesis del libro: “La escritura nos pide un tiempo que el capitalismo no nos deja libre, así que se lo quitamos a nuestro bienestar”. La afirmación no es nueva –está en el corazón de toda literatura sobre el cognitariado y el trabajo inmaterial–, pero Teroba la encarna sobre la página de manera eficaz. “El campo cultural se mantiene de la precarización del trabajo de la escritura”, sentencia, por ejemplo, y añade algo que va más allá de la denuncia y que creo muy interesante: la imposibilidad de escribir “obras amplias, decorosas, perfectas” sin los recursos necesarios. Como a Sanz, a quien solo le sale esa suerte de diario-collage de 2017, de las manos de Teroba emerge una escritura desordenada y caótica, además de fragmentaria. El libro, al fin y al cabo, no deja de ser eso: materiales (fragmentos) reunidos.
Dinero y escritura confirma lo que seguramente ya todas y todos sospechábamos: que el problema no tiene solución dentro del sistema que lo genera. “Las condiciones precarias nos dejan poca o ninguna energía para pensar realidades distintas a las que habitamos; poco a poco, perdemos la capacidad de soñar”, escribe hacia el final la mexicana. Esta es la tesis que Fisher –y antes Jameson y Žižek– formuló sobre la parálisis de la imaginación política bajo el capitalismo tardío (es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo…), y la verdad es que Teroba, en este sentido, no aporta nada nuevo (ahí reside, desde mi punto de vista, su limitación, lo quiera o no). Pero no importa del todo, porque lo que está claro es que su escritura desordenada y caótica aspira a nombrar lo que duele, y eso sí que lo consigue.
Doctora internacional en Literatura Española por la Universidad de Salamanca, con máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid y Master of Arts in Spanish en la University of Wisconsin-Milwaukee, actualmente es investigadora posdoctoral Juan de la Cierva en la Universidad de Alcalá. En el pasado, ha sido profesora en la Universidad de Salamanca, en la UNIR, en la Universidad de Burgos, en la Universitat Jaume I y en la University of Wisconsin-Milwaukee, así como contratada posdoctoral en la Université catholique de Louvain. Es autora del ensayo "Ideología, poder y cuerpo. La novela política contemporánea" (Bellaterra, 2023) y escribe reseñas mensuales en el periódico Mundo Obrero.
