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Escribir desde el centro del huracán. “Huracanes en la periferia”, de Ángela Martínez Fernández

Ángela Martínez Fernández, Huracanes en la periferia

Madrid, La Oveja Roja

98 páginas, 15 euros

“La niña de fuego te llama la gente”. Estas palabras resuenan como un eco volátil en Huracanes en la periferia, el primer poemario de Ángela Martínez Fernández (Valencia, 1992). A grito de un cante jondo andaluz y forjado en el transcurso de diez años, este libro se convierte en un intenso recorrido emocional y político que atraviesa la pérdida, la conciencia de clase, el vacío y el deseo enfermo, interrogando los desafíos y las cuentas pendientes que deja la muerte de un ser querido en una misma y en el entorno: “¿Cómo reconstruir esta conciencia nuestra cuando a nuestro alrededor todo parece fragmentado?”, me fui preguntando a medida que leía el libro. “Podría haber sido yo / podría haber sido yo / podría haber sido yo”, como clama la voz poética, entre la memoria herida y el deseo que titubea en medio de un suelo resbaladizo frente al vacío: “es intemperie / un suelo que resbala / y nos tiene al borde de la desesperación”.

Introducido por una carta de César de Vicente, “Querida Ángela”, y unas palabras de la autora, el poemario se organiza en cuatro partes que coinciden, de manera deliberada y simbólica, con las cuatro fases de los huracanes: la perturbación, la depresión, la tormenta y el huracán. En ellas, Ángela Martínez, combinando prosa poética y verso narra un duelo íntimo y colectivo, derivado de un episodio detonante: la muerte de su amigo Tony a los 32 años por un cáncer fulminante. Este evento vertebra el libro y se convierte en el epicentro desde el cual la autora explora temas como la enfermedad, la precariedad laboral, el desarraigo y el dolor, pero también el potencial de la escritura y su capacidad para construir relatos colectivos.

El poemario comienza en “La perturbación” con un desengaño visceral hacia la poesía como herramienta de cambio, percibiéndola como un ejercicio elitista que ignora a la clase trabajadora y las mujeres subalternas. “Las mujeres que me rodean no tienen derecho a un discurso público y las que lo tienen están tomando antidepresivos porque el trabajo devora todo lo que fueron tiempo atrás”, escribe la autora. Este inicio muestra la rabia del yo poético ante un sistema que excluye y silencia, una rabia que no tarda en entrelazarse con el dolor de la enfermedad: “la enfermedad sigue en el centro de la habitación habita un solo cuerpo es un dolor tan grande que no creo que podáis encontrar la solución en los libros”. A medida que avanzamos hacia “La depresión”, la voz poética canaliza esta rabia inicial y retoma la escritura como una forma de purga y sanación. Sin embargo, este proceso se complica con la llegada a la vida adulta, marcada por la autodestrucción, el desencanto y la pérdida. Imágenes como la de una mujer en tacones irrumpiendo en el tanatorio para vender ataúdes muestran la crudeza del sistema que la voz poética enfrenta. En “La tormenta”, la tercera fase, el tiempo se acelera. El yo poético regresa al barrio y a la casa materna, enfrentándose nuevamente a la violencia estructural que atraviesa los cuerpos y las vidas de las mujeres (“Le prendieron fuego a una mujer en el barrio”; “Todas las madres del barrio se estaban muriendo”). La poesía, que había sido refugio, se convierte ahora en un espacio “de sangrado”: “No sé si quiero salir o hundirme / pero el barrio es una masa pegajosa / que todo lo absorbe y yo / un fantasma sin voluntad ni rumbo”. Finalmente, en “El huracán”, los poemas se vuelven un torbellino que cierra el libro como si regresáramos al punto de partida, pero quizá algo más defectuosos y desubicados por los golpes recibidos, las heridas, las roturas y rupturas, en fin, el conjunto de lesiones recibidas. La muerte de Tony vuelve a ser el epicentro y las preguntas sobre “el después” resuenan con impotencia: “sabiendo que no habrá despedida / que no podré coger un helicóptero / para llevármelo de allí”.

No obstante, no todo es desorientación, menoscabo, destrucción y desconsuelo. En mi interpretación del poemario, resuena de fondo la manera en que entre la devastación emerge también una pulsión de vida y de deseo que insiste en “okupar la literatura” (como señala Eva Fernández, su editora) de la misma forma en que se “okupa el ¡ahora!”; ese “ahora” cargado de futuro que canta a viva voz Biznaga, una de mis bandas españolas de punk predilectas: “si el ayer es una deuda / y el mañana un tipo de interés”, “bastará un chispazo para arder”. Porque “ahora que tenemos treinta y tantos / que no nos une el amor, sino el espanto”, “hay otras líneas de sombra / ya no nos volveremos a ver…”. Con estos versos de un par de canciones de la banda, que tarareo y entremezclo con la propuesta del poemario de Ángela Martínez, percibo una palpitación conjunta de pensar nuevas formas de imaginación política: la posibilidad de reparar lo quebrado, aunque sin pretender reconstruirlo como antes. Más allá de lo personal, la autora propone estructuras colectivas muy logradas que cuestionan el modelo de vida precario, al tiempo que recupera la escritura como una manera de reconquistar un espacio público del que el discurso de las mujeres precarizadas ha sido excluido. En este sentido, para cerrar mi lectura y abrir la vuestra, considero que la autora recoge de forma certera como si fueran su propio faro las palabras del poeta Antonio Orihuela para abrir horizontes hacia “otro mundo posible” desde gestos tan íntimos como “una caricia”, porque “una caricia tiene más potencial revolucionario cuando sabes cómo tocar a otra persona”. Adentrarse en Huracanes en la periferia es asumir una sacudida con la fuerza del ciclón del quebranto más doloroso, pero también comprometerse con dos exigencias: recordar (del latín, recordis, “volver a pasar por el corazón”) siempre a los nuestros, a las nuestras, y fantasear un futuro donde “nuestra imaginación” prenda “la primera mecha” para alumbrar con el fuego de quienes insistimos en encarnar, desde las ruinas, una revolución.

Foto Sofia Morante Thomas

Sofía Morante Thomas es poeta y doctoranda en Estudios Lingüísticos, Literarios y Teatrales en la Universidad de Alcalá, donde investiga a la autora Miriam Reyes con un contrato de FPU del Programa Propio. Forma parte del equipo directivo de la Asociación Pandora, una asociación de Estudios Literarios Feministas y de pensamiento contemporáneo. Su último poemario, Otra conversación, fue publicado en febrero de 2024, con la editorial toledana Gato Encerrado, y se suma a su obra anterior Sed de Naufragios (La Poesía Mancha, 2018)

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