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La memoria necesaria de un barrio. “Singapur”, de Alfons Cervera

Se podría hacer una tipología de narradores a lo largo de la historia usando como criterio el trato que dispensan a sus personajes. Galdós, por ejemplo, tan feroz contra las rémoras nacionales y, por otro lado, tan compasivo con los individuos que encarnaban los vicios que las causaban, podría encarnar un modelo. En el extremo opuesto, pienso en Martín Santos, implacable fiscal de las miserias y de los miserables de esa España de posguerra, sin otorgar ninguna posibilidad de redención, tan pesimista con el género humano. Esta clasificación no tiene que ver con elecciones discursivas o con calidades literarias. Ni siquiera con ideologías en un sentido estricto. Sería, más bien una distinción de ethos. El de Alfons Cervera (Gestalgar, 1947) es, en este sentido, inequívoco y refleja su humanismo radical, su bonhomía y una irrenunciable confianza en el ser humano, incluso (o, sobre todo) en situaciones de máxima degradación material.

Este rasgo, que vale para toda su obra, es también muy perceptible en Singapur. Su narrador encuentra la ocasión y la interlocutora en su novia, Lola, cuando esta está a punto de morir enganchada a la heroína. El relato supone la vuelta, años después, a un tiempo, el de su juventud en los años ochenta, y a un lugar en la periferia de una ciudad. Es pues un relato de amor y de despedida y, al mismo tiempo, la crónica de un tiempo, un lugar y unos personajes igualmente consumados y devorados por la escasez de horizontes. Poco a poco, de forma fragmentaria, sin un orden temporal y con predominio de las elipsis, se va tejiendo la historia de un descampado en torno al cual hay bares, una barbería, un Continente, un quiosco, un taller, un cine y un grupo de personas que lo habitaron: Madonna, Josito, Maite, Marsé, Silvio, Rino, Antonia, Marshal y muchos otros. Por obra del pertinaz ejercicio de memoria que hace el narrador, todos ellos reviven en la memoria de un barrio marginal, confinado por fronteras físicas ―la autovía― y simbólicas de las que son muy conscientes. Porque estamos ante una novela de perdedores, de gentes desterradas a un espacio de desesperanza al que han llegado por caminos distintos ―migraciones, azares, huidas, desexilios―. Gentes excluidas del bienestar para las que no se construyeron futuros y para quienes la existencia devino en ruina. A lo largo de cortos capítulos, se evocan historias de estos seres redimidos del olvido, historias de brutalidad, criminalidad y droga, pero también ―sobre todo― de sueños y lealtades, de música y amistad.

Alfons Cervera demuestra una vez más que en la confluencia de memoria y escritura, depurada de sentimentalismos y nostalgias, es posible alumbrar otras confluencias: la del afecto y la denuncia, por ejemplo, porque las emociones son también políticas. Esa memoria está urdida con olores y ruidos, con palabras dichas una vez y talladas para siempre en la identidad y con la música que simbolizó una manera de estar en el mundo. Memoria a la que se agarran los jóvenes de esta periferia, que buscan orientarse en la vida a través de los testimonios de Dachau y de Lincoln, gentes de otra generación, supervivientes de campos y derrotas, como si en ellas estuviera una clave ética que no logran descifrar del todo. Con todo este material, Cervera logra un relato, como todos los suyos, de un perfecto lirismo, de un equilibrio asombroso entre lo poético y lo sucio, entre lo político y lo subjetivo, entre el dolor y la redención, entre el testimonio y la imaginación. La simpatía y la complicidad con esas gentes es algo más que una propuesta narrativa: es una actitud que abomina del uso de la literatura para degradar a las personas y apuesta por la comprensión y la dignidad.

Poco antes de morirse enganchada a la heroína en el asiento de un Ford Fiesta, Lola le dice a su novio “que es imposible que en un sitio como ese pasaran tantas cosas y viviera tanta gente”, a lo que el narrador le responde que “sí, que habrá algo de lo que cuento que me lo invento, pero no todo. Y que aunque me lo invente no quiere decir que no sea verdad”. Estas palabras parecen resumir una definición de la memoria como lugar de una verdad y de unas vidas que se resisten a perderse para siempre. Para eso están las novelas y los cuentos; con esa finalidad, la de mostrar una verdad que nos oriente en nuestro presente, escriben sus relatos autores como Alfons Cervera. 

Fernando Larraz

Fernando Larraz es profesor de Literatura Española en la Universidad de Alcalá. Antes trabajó en las Universidades Autónoma de Madrid, Tübingen, Birmingham y Autónoma de Barcelona. Sus trabajos de investigación se centran en la literatura del exilio republicano de 1939, la censura editorial bajo el franquismo y la historia de la edición literaria en lengua española. Impulsó la fundación de Contrapunto, de la que ha sido director durante seis años.

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