WhatsApp Image 2026 05 21 at 10.40.22

Siempre otra Venecia es posible. “Nocturno en Venecia”, de John Banville

Solo una lectura atenta y sutil podría reconocer en Nocturno en Venecia la pluma de John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) y aún con más dificultad la de su heterónimo Bejamin Black. A primera vista, no se hallan en sus páginas ni el estatismo preciosista del primero ni la crítica social alrededor de un crimen del segundo. Estamos ante una novela histórica que desarrolla un enigma que, finalmente, se resuelve sin que haya justicia ni castigo. Y, sin embargo, vista más de cerca, esta novela tiene algo de ambas autorías: la penetración en el sujeto, la turbulencia inherente en toda relación humana, la creación de espacios desasosegantes, las confesiones personales y la capacidad para las descripciones de Banville; y el suspense, la acción, los diálogos, el realismo y la violencia que caracterizan las historias de Black.

Nocturno en Venecia se sitúa en las postrimerías del siglo XIX en la ciudad de Venecia. Allí han viajado desde Gran Bretaña Laura y Evelyn en su luna de miel, seis meses después de su boda, un tiempo en el que ella se ha resistido a tener relaciones sexuales con él. Laura iba a ser extremadamente rica, pero fue desheredada por su difunto padre y ha quedado solo en rica; Evelyn, mediocre escritor de guías de viaje británicas, ha usufructuado los beneficios económicos de su desigual matrimonio. Se alojan en un viejo palazzo venido a menos que han alquilado a un conde decadente. Enseguida sobreviene lo inesperado: un fortuito encuentro nocturno con un antiguo compañero de colegio al que Evelyn no recuerda y con su bella hermana, de la que se enamora perdidamente; apariciones fantasmales; y la desaparición de Laura tras una escena de violencia sexual ocurrida en la alcoba matrimonial. Todo ello desconcierta profundamente a Evelyn, incapaz de hacer frente a tantos acontecimientos. Se manifiesta entonces su carácter timorato y, a la vez, envanecido y visceral que lo incapacita para dominar la situación. Su impotencia se ve agravada por la sensación de extranjería en esa ciudad incomprensible, que lo pierde entre canales, puentes y callejones, en la que se siente como un muñeco en manos de voluntades ajenas a las que se abandona abúlico y que lo va acercando hacia un desastre que él asume con docilidad.

La ciudad, en efecto, cobra un papel protagonista en esta historia. A través del relato que presta Evelyn, Venecia se revela como un espacio urbano extravagante, siempre cubierto por brumas, habitado por individuos estrafalarios e inquietantes. Banville ha mostrado su cara menos agradable: una ciudad áspera, vetusta, infecta, peligrosa, hedionda, que atrapa a los extranjeros acaudalados que la usan para sus intenciones más abyectas bajo el pretexto de su belleza. En efecto, Banville despoja a Venecia de sus clichés.  Este descreído inglés sin atributos, mediocre, impotente, un hazmerreír acomplejado que solo dispone ya de la confesión escrita y que sufre por su incapacidad para sobreponerse a su origen de clase no siente ningún tipo de fascinación estética. Añora su Inglaterra. De Italia, nada lo satisface: el palazzo es helador y está desprovisto de toda aura que pudiera haber tenido en el pasado; la basílica de San Marcos es un templo decorado con muy mal gusto; la humedad acecha a la salud, las calles están hechas para extraviar a los caminantes y los habitantes son sin excepción golfos.

En este sentido, por una parte Nocturno en Venecia se inserta en toda una tradición literaria de extranjeros incapaces de aprehender la esencia de la ciudad flotante: desde La muerte en Venecia, de Thomas Mann ―por la fascinación erótica que induce la ciudad sobre ambos protagonistas― a El placer del viajero (The Comfort of Strangers en su título original), de Ian McEwan ―por los peligros que ese erotismo entraña para la integridad física e incluso para supervivencia personal―. Y también, esta vez de forma más fortuita, hace eco con la recientísima Arca, de Ricardo Menéndez Salmón, por las coincidentes descripciones de sus respectivos palazzos y las historias de violencia relacionadas, en ambas novelas, con la familia Barbarigo. Por contraste, Nocturno en Venecia evoca también todo un corpus literario sobre los viajes de británicos a Italia en la época victoriana: Henry James, Evelyn Waugh, E. M. Forster o Somerset Maugham. Sin embargo, aquí Banville se dedica a subvertir las consecuencias liberadoras que la experiencia estética produce sobre el puritanismo de los protagonistas de las novelas de estos. Italia, lejos de liberar al pobre Evelyn, lo condena a caer en un profundo abismo.

Nocturno en Venecia es un prodigio de virtuosismo literario. La focalización en Evelyn, la atrayente caracterización de los personajes, la descripción de los espacios, la suspensión de la racionalidad y la resolución de la trama de suspense están realizadas con un buen gusto literario excepcional. Banville tiene pleno dominio sobre el ritmo, la modulación de la personalidad, la dosificación de la información, las palabras y los comportamientos de los personajes. Aunque no dejan de estar presentes los grandes temas: el poder, el erotismo, la avaricia, el miedo, la libertad…, como en otras novelas suyas rehúye interpretaciones históricas o conflictos y representaciones sociales. Incluso renuncia a plantear dilemas morales: la realidad es la que es, parece decir, y no queda demasiado margen para juzgar ni para intervenir. El pacto que ofrece al lector es de otra naturaleza: mostrar, imaginar, crear situaciones, psicologías, espacios, impresiones. En ello se basa su maestría. Poco importa que la resolución de todo el laberinto de enigmas en el que se ha extraviado Evelyn a lo largo de las páginas pueda haber sido más o menos previsible para el lector. Como en casi cualquier novela policial, al final todo se aclara en un rápido desenlace. Pero lo que importa es lo anterior y la persistencia futura en la memoria de imágenes y caracteres.

Fernando Larraz

Fernando Larraz es profesor de Literatura Española en la Universidad de Alcalá. Antes trabajó en las Universidades Autónoma de Madrid, Tübingen, Birmingham y Autónoma de Barcelona. Sus trabajos de investigación se centran en la literatura del exilio republicano de 1939, la censura editorial bajo el franquismo y la historia de la edición literaria en lengua española. Impulsó la fundación de Contrapunto, de la que ha sido director durante seis años.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *