Instantes de humanidad compartida. “El arte de la lectura”, de David Trigg

por | Abr 9, 2019

David Trigg, El arte de la lectura

Traducción de Carme Franch, Karen Fernández y Ángeles Llamazares

Madrid, Phaidon

325 páginas, 29,95 euros

En un itinerario por la historia de la humanidad, la lectura se articula como un hilo común e invariable en el tiempo, como la parte más humana; una fracción de nuestro genoma. Y la representación material de esa lectura —el libro—, se conserva, incluso, dentro de los intereses de la sociedad digital erigida sobre pantallas. Pasarán los años, se modificará su formato y se digitalizará su contenido, pero la lectura se mantendrá como símbolo global del progreso humano.

Este es el mensaje latente en El arte de la lectura: libros y lectores en el arte de Pompeya a nuestros días. David Trigg (crítico inglés afincado en Bristol) construye una crónica visual de la lectura, a modo de homenaje. El personaje principal es el propio libro y la manera en la que distintos artistas lo han representado en sus obras, ya sea como objeto, un libro olvidado en la ventana, o como sujeto, recibiendo el protagonismo de ser leído. Desde un fresco de Pompeya en el que una mujer sujeta una tablilla de cera, hasta pinturas e ilustraciones actuales, la historia del libro y de la lectura se va dibujando a lo largo de estas páginas. En ellas se resumen dos mil años de historia, empleando para ello trescientas pinturas, fotografías, e instalaciones, en las que se investiga sobre la prevalencia del libro en el arte, y se descubre la intersección de lectura y pintura. Las imágenes son acompañadas de leyendas explicativas, análisis, en algunos casos, y citas intercaladas.

Como lectores, se nos presenta la oportunidad de dar un paseo por la Historia del arte de manera anacrónica: la disposición de las imágenes renuncia a cualquier entramado de orden temporal. Aquí los cuadros tenebristas de Caravaggio se entremezclan con la pintura esquemática y sólida de Edward Hopper, el cubismo sintético de Juan Gris con los grabados de Durero, y las fotografías teatralizadas de Cindy Sherman con ilustraciones tradicionales japonesas. Este aparente desorden sobre el que está construido el libro permite trazar conexiones que exceden la propia Historia: son los fuertes contrastes dinámicos los que nos llevan a establecer lazos conceptuales entre obras de distintas épocas y autores dispares. Esta disposición particular no solo le entrega al lector cierta libertad subjetiva, sino que también descongestiona el contenido y aporta fluidez al conjunto.

En una de las páginas del libro encontramos a La virgen leyendo (1505, Carpaccio) seguida del cuadro Muchacha leyendo (1769, Fragonard) en la página contigua. Los dos retratos pictóricos parecen unirse en simbiosis y nos involucran en la escena intimista que protagoniza cada una de las mujeres: la lectura como acto trascendental. Sus perfiles trazan una línea perpendicular dirigiendo su mirada hacia el libro que sostienen, rompiendo la horizontalidad del resto de elementos de la imagen. Desde nuestra posición de observador, nos sorprende una agradable sensación de tranquilidad. Comprendemos que las dos figuras, muy diferentes y distanciadas en el tiempo, mantienen un fuerte vínculo común, que también nosotros, lectores que sujetamos nuestro propio libro, compartimos.

Así es El arte de la lectura. Nos captura y nos extrae de nuestra realidad, involucrándonos en escenas que, aunque las creamos lejanas en el tiempo, nos son familiares. Tan familiares que las sentimos vividas. Conectamos con el joven leyendo a la luz de una vela de 1630, como también lo hacemos con la mujer picassiana inclinada sobre su libro, o con el maestro árabe que lee la lección a su discípulo. Trigg nos está entregando mucho más que un cuidado y comedido recopilatorio de obras de arte. Muestra sin tapujos los aspectos de la vida del libro y la de sus lectores, y deposita en nosotros el papel de valorar las conexiones entre los mismos, deslizándonos para ello al interior de todos esos momentos que la pintura ha eternizado. Identificamos en aquellos nuestros rasgos, y nos unimos a ellos en un instante de humanidad compartida.

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