La soledad absoluta. “La escapada”, de Gonzalo Hidalgo Bayal

por | Abr 10, 2019

La soledad absoluta. “La escapada”, de Gonzalo Hidalgo Bayal

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Gonzalo Hidalgo Bayal, La escapada

Barcelona, Tusquets

304 páginas, 18 euros

Que Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, Cáceres, 1950) no haya alcanzado un reconocimiento mayor del que goza es una anomalía del sistema literario. El mayor motivo de lamento al respecto no es por la fama escamoteada sino por el hecho de que su escritura no sirva de modelo a un mayor número de escritores jóvenes. Su carrera tardía es un ejemplo de gusto excelso, de prosa cadenciosa, lírica y precisa, cuidada hasta el extremo, en la que un ocasional artificio lingüístico (neologismos, palíndromos, paradojas) cobra siempre sentido, al igual que la serena actitud humorística con la que alivia la pesadumbre y soledad de sus personajes, que, como el espacio físico que ocupan, suelen ser melancólicos, fracasados y proclives al vicio de la memoria.  

La escapada es otro brillante jalón en esta carrera; es la historia de un hombre sin atributos, de nombre, o sobrenombre, Foneto, que un día se encuentra por un azar con el narrador de esta novela ―que no es otro que Gonzalo Hidalgo Bayal― después de cuarenta años sin verse. El narrador recuerda hasta qué punto Foneto estaba dotado para la Filología; ahora averigua cómo aquellas facultades se apagaron cuando, tras cumplir con el servicio militar, se hizo con la herencia de un quiosco en una innombrada ciudad de provincias en la que ha pasado el resto de su existencia. Abandonada toda aspiración académica, se conformó con ser quiosquero y asumió ese destino como consecuencia del llamado síndrome de Segismundo, detectado cuando, en una función escolar, tras aprenderse perfectamente el papel protagonista de La vida es sueño, se siente incapaz de representarlo y, en general, de hacer nada que no llevase la marca de la perfección. Foneto ha devenido con los años en arquetipo de la soledad, o más precisamente, de la “solitariedad”, la vocación de estar solo; La escapada es, de hecho, una radiografía de la soledad absoluta y en ello reside una buena parte de su fuerza lírica.

Los dos viejos amigos pasean a lo largo de las páginas de La escapada por el centro de Madrid. Aunque la historia de la novela es la de Foneto, ambos comparten haber llevado “

una existencia decididamente marginal”, a la que Hidalgo Bayal dota, a través de la memoria, de un agudísimo lirismo. Las siluetas de esos dos hombres jubilados, que han visto pasar los años uno en las aulas de un Instituto y el otro en un quiosco, son una imagen perdurable de lo artificioso que es dotar de significado trascendental a la existencia humana. El encuentro entre los dos viejos amigos dispara la memoria del narrador hacia su pasado universitario, cuando compartió aulas, compañeros y exámenes con Foneto. La dificultad ―y el propio sentido― de la novela se revela en la página 47; allí, el narrador reflexiona que todo personaje novelesco “tiene significado y se elige precisamente por su significación”. En las personas, en cambio, “no hay significado posible, porque la existencia carece de significado”. Así pues, Hidalgo Bayal ―narrador― se ve implicado, tras el fortuito encuentro, “en el trance y en la dificultad de querer hablar de una persona, como tal, no como personaje”. Hidalgo Bayal saldrá sin duda con éxito del brete que consiste en crear una persona sin ansiar dar sentido narrativo a su existencia.

Toda la evocación está cargada de melancolía y nostalgia. En el Foneto del presente están las posibilidades malogradas del ayer, pero desde el relato de hoy es posible vislumbrar cómo fueron anunciándose los signos del fracaso. Es la constatación del fracaso, de un fracaso irreparable e inevitable, admitido con estoicismo pero fracaso a fin de cuentas. Como si, sub specie aeternitatis, todos sin excepción fuéramos unos fracasados. “La vida es aprendizaje, sin duda, pero, en la mayoría de los casos, aprendizaje de la frustración o, en último extremo, de la desolación”, se dice al principio del capítulo 40. En esta frase están condensados los personajes de Hidalgo Bayal.

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