Nuestras imperfectas series favoritas: De «Embrujadas» a «Star Trek»

por | Jun 4, 2020

Nuestras imperfectas series favoritas: De «Embrujadas» a «Star Trek»

por

Reconozcámoslo, hay ELITISMO en el mundo seriéfilo, que no Élite. Ya por el 2011 reconocer que te apasionaba Héroes, una serie que la huelga de guionistas del 2007 descuajaringó, era una osadía: “¿Qué dices? Si es un horror, si acaso la primera temporada...”. Este fenómeno clasista ha existido desde el inicio de los tiempos, pero en el terreno de las teleseries podríamos decir que se solidificó con Lost y la incursión activa del espectador de la experiencia narrativa televisada, del archiconocido Yo lo haría así, tan propio de la crítica casposa ahora adoptado por todo televidente. El vuelo 815 de Oceanic Airlines caía y nos convertíamos en jueces demoledores y dictadores que decidíamos cuándo una serie era digna de ver o era completa basura (con su consecuente desprecio y altanería). Los Soprano, Twin Peaks, Breaking Bad, The Wire, House of Cards, El cuento de la criada… ¡Estas sí son dignas! En toda primera cita o cañas con amigos no tardarán en aparecer ni veinte minutos como series favoritas. ¿Cómo vas a decir que te encantaba Entre fantasmas? Quedas expulsado ipso facto. ¿Podrías decir que te apasiona Rick & Morty? ¡Por supuesto! La crítica ha establecido que es merecedora de alabanzas; puedes defenderla. Sin olvidar que ese elitismo también separa comedia de drama (muy a grosso modo) dejando a la primera peor parada. Vale, a la gran mayoría de los mortales nos gusta Friends, Seinfeld, Los Simpsons… pero estas las etiquetamos en el terreno de la risa, género ligero, y por lo tanto no encajan en el elitismo que debe ser profundo y cuitado. Para disfrutar del drama reservamos una hora del día con la habitación a oscuras y toda nuestra atención; para la comedia la hora de la cena. Este elitismo es incluso tan retorcido que se inventa preceptos para evitar el sufrimiento. La etiqueta guilty pleasure está lista y preparada para su uso. Esa serie tan desastrosa ya puede ser comentada y difundida sin miedo. Total, ya la hemos bautizado y no corremos ningún riesgo: la pena queda condonada.

Un momento… ¿pero qué clase de concepto es guilty pleasure? ¿No es acaso una excusa para poder disfrutar de una serie sin juzgarnos o que nos juzguen? Parece más bien un procedimiento que nos permite escapar de ese yugo cultural tan elevado al que a veces nos vemos sometidos entre tanta crítica. Si te gusta, te emociona, te sientes identificado con lo que cuenta… ¡ya está! No hay más que decir. Por mucho que su estructura, sus interpretaciones o su manera de narrar sean imperfectas, si a ti te ha generado alguna respuesta positiva (a pesar de sus errores) no hay nada de lo que avergonzarse. Pero cuidado con las voces que te ataquen de falta de criterio, (¡somos conscientes de sus impurezas! O quizá no nos pispemos… ¿qué más da?), pero hay otros aspectos y matices que ensombrecen las imperfecciones.

Seguramente, a lo largo de este artículo, te ha venido a la cabeza la que es para ti tu serie guilty pleasure y te has sonrojado. Todos tenemos una que encaja en este término clasista y de la que nos avergonzamos. Como se predica con el ejemplo, aquí os traigo mi supuesta vergüenza: adoré con todas mis ansias Embrujadas (Charmed). Ya está, ya lo dije (¡después de tantos años de silencio!). Para quien le suene a chino, fue una serie que se emitió en España en Telecinco del año 2001 al 2006, variando de las tardes de domingo al Prime Time de los jueves. Contaba la historia de tres hermanas que descubrían que eran brujas tras la muerte de su abuela y cuya unión las convertía en poseedoras del poder de tres, en las Embrujadas, las brujas existentes más poderosas de la historia. Con estos poderes tendrán una única misión: salvar a los inocentes de las fuerzas del mal. Como suele pasar con las historias de elegidos-destinados, habrá seres que las amenazarán durante las ocho temporadas e intentarán acabar con ellas. Como serie típica que comenzó a finales de los noventa en Estados Unidos, la cantidad de capítulos no respondía a las necesidades de la historia y su desarrollo (como ocurre con más asiduidad actualmente), sino que el arco narrativo de cada capítulo era autoconclusivo para así poder consumirlos individualmente (si te perdías alguno tampoco te perdías en la historia), con hilos narrativos que lo conectan con otros para crear una totalidad en cada temporada, sin un final premeditado (podría durar toooda la eternidad). Esta, en concreto, fue creada por la necesidad de WB Television Network de contar con otra serie sobrenatural además de Buffy Cazavampiros, lanzada el año anterior.

Tuvo una amplia gama de irregularidades: continuas incongruencias dentro de su mundo imaginario-mágico (lo ampliaron sin control ni sentido); no supieron seguir los preceptos que establecieron en las primeras temporadas; una de las actrices se marchó después de la tercera temporada e incluyeron a otra hermana de un romance extramatrimonial de la madre por arte de birlibirloque; la séptima temporada iba a ser la última y en el último minuto les concedieron la octava (con sus respectivos desajustes)… Y paro aquí porque no habría páginas suficientes para subrayar sus meteduras de pata. Pero, y muy a pesar del canon seriéfilo, poseía elementos que tenían más peso que los puntos discordantes. Porque nos entusiasma un buen chosen one. Harry Potter, la Cazadora (Buffy), Jedis, Eragon… y en este caso las hermanas Halliwell. Sentirse especial y elegido por una mano divina que nos dé dones mágicos, normalmente en secreto, nos atrae como una cerveza fresquita en una calurosa mañana de Navidad (inside joke para fanáticos de Los Simpsons). Bendecido con poderes que, aunque conlleven una supuesta responsabilidad, nos pirran por ese maldito y endemoniado sentimiento épico de luchar con una espada de luz o con una varita contra los malvados. Además, en Embrujadas esas habilidades especiales eran bastante accesibles para comprehender su mundo mágico. Cada una de ellas tenía poderes concretos que irían creciendo y expandiéndose a lo largo de las temporadas. Sabías que Piper, al asustarse, levantaba las manos y detenía el tiempo, que Prue si quería estar en dos lugares a la vez se proyectaba astralmente o si Phoebe quería dar una patada a cualquier demonio macarra daba un salto, levitaba y ¡PUM! En tu mente era muy fácil añadirte a ese mundo fantástico, imaginarte cómo haces explotar el coche del ruidoso de tu vecino o lanzarlo de una acera a otra con un simple movimiento de manos (según lo violento que estuvieras ese día), aprenderte sus Alohomoras o Wingardium leviosas particulares y usarlos en tu imaginación cotidiana. Y, claro, con once años ya te tienen ganado para toda la vida, al menos en mi caso. Curiosamente, durante las primeras semanas del confinamiento en España, el YouTuber Carlos Rubio organizó el “Charmed Fest” para los más fanáticos de la serie. El festival consistía en visionar de manera conjunta los capítulos a través de Instagram, comentar segundo a segundo las vicisitudes de las protagonistas y rememorar esos buenos años. Necesitábamos disfrutar de algo conocido, que nos provocara una sonrisa o un recuerdo agradable en momentos complicados, y ahí estábamos todas las tardes a las seis para alegrar el día. Más de una vez surgía un “qué mal tal cosa en tal momento, no tiene sentido, pero eran críticas familiares, de las de “yo puedo poner la historia de vuelta y media, pero tú no”, porque en mí hay afecto, porque significó algo. De lo que sí hubo total ausencia fue del guilty pleasure. ¿Para qué? No hace falta buscarle tres pies al gato.

Este sentimiento familiar hacia ciertas series o películas imperfectas lo encontré hace unos años en The Big Bang Theory. Sheldon y Koothrappali discuten sobre la calidad de Star Trek con arrobo, les va casi la vida en ello. ¡No son menos admiradores por hablar de los errores! ¡Faltaría más! Si la conversación es vehemente es porque les importa. En otra ocasión, cuando están a punto de ver la nueva película de Star Wars, reconocen que sea buena o mala, volverán a verla sin duda. Porque es parte de su vida, de su imaginario y de sus buenos recuerdos, ¡y les emociona! Por sus personalidades, sus trabajos, sus aficiones y el modo en que la sociedad los trata, se encuentran en una posición donde siempre han sido juzgados y han llegado a tal inmunidad social que no hay vergüenza.

Justo el día que me sentaba para concluir este artículo, entré unos minutos al directo de Instagram del periodista Alberto Rey y le pregunté cuál era su serie mala favorita, a lo que me contestó: “Ninguna, si te gusta una serie ya no es mala”, con asertividad. Lo que a mí me ha llevado no sé cuántas palabras defender, él lo hizo en una sola frase. Pues eso, disfruten sin prejuicios.

¿Te ha gustado el artículo? Puedes ayudarnos a hacer crecer la revista compartiéndolo en redes sociales.

También puedes suscribirte para que te avisemos de los nuevos artículos publicados.