Una lectura desde el existencialismo. “El túnel”, de Ernesto Sábato
La novela El túnel (1948), de Ernesto Sábato, proyecta ya con su título la articulación de un pensamiento existencialista en línea con el planteamiento que Sartre propone en El existencialismo es un humanismo (1946). La persona, primero, no es nada, porque, si no hay un Dios que defina el sentido al que responde su existencia, solo ella puede definirse, la existencia precede a la esencia (Sartre, 2009: 27-31). El túnel simboliza la soledad y la incomunicación de esa existencia vacía de los personajes, que quedan aislados del mundo, y emerge en ellos un sentido de angustia al reconocer la propia responsabilidad que implica la elección de ser (Sartre, 2009: 35-36). Esta corriente filosófica, que encuentra un campo de reflexión especialmente favorable en la literatura —en obras como La náusea (1938), de Sartre, pero también El extranjero (1942), de Albert Camus, o Nada (1945), de Carmen Laforet —, sirve, así, como síntoma de un contexto de posguerra, donde prevalecen la violencia y la pérdida absoluta de valores. A continuación, se tratará de comprender el modo en que Sábato dialoga con estas ideas sartrianas, a cuya influencia refiere de forma directa: “María dijo que estaba leyendo una novela de Sartre” (Sábato, 2000: 119).
En primer lugar, el protagonista, Pablo Castel, parte del reconocimiento —reiterado— de la carencia de sentido que imposibilita tanto la comprensión del sistema en el que se inserta como ser comprendido. Así lo expresa a través del episodio en el que sueña que se ha convertido en pájaro. Castel se ve a sí mismo transformado, desplazado de las coordenadas de su entorno y ajeno a él porque nadie advierte el cambio:
El hombre aquel comenzó a transformarme en pájaro, en un pájaro de tamaño humano. […] Mi única esperanza estaba ahora en los amigos, que inexplicablemente no habían llegado. Cuando por fin llegaron, sucedió algo que me horrorizó: no notaron mi transformación. (Sábato, 2000: 74)
Como consecuencia, el lenguaje —igual que la existencia que no se define— resulta inútil y, por tanto, la posibilidad de comunicarse con los otros queda anulada: “la frase que quería pronunciar salió convertida en un áspero chillido de pájaro […]; y lo que era infinitamente peor, mis amigos no oyeron ese chillido” (Sábato, 2000: 74). Ante esta situación, surgen dos posibles formas de actuar, la necesidad de apelar a un receptor, que va a ser impasible a la situación de crisis: “Me quedé reflexionando en esa idea de la falta de sentido. ¿Toda nuestra vida sería una serie de gritos anónimos en un desierto de astros indiferentes?” (Sábato, 2000: 43), o guardar silencio: “Me callé, espantado” resuelve Castel al darse cuenta de que nadie puede oír su chillido de pájaro (Camus, 2000: 74).
De modo que la confrontación con un espacio de posguerra produce una ruptura de las expectativas —de sentirse queridos, de paliar la soledad y el dolor, de poder ser libres…— para los personajes, que se ven marcados por la violencia y la deshumanización. Por ello, se descubre esta realidad bajo la forma de lo extraño, como le reconoce María a Castel cuando después de su primer encuentro la llama por teléfono para intentar volver a quedar con ella: “Es que todo es tan extraño, ha sido tan extraño… estoy tan perturbada… Claro que pensé en usted…” (Sábato, 2000: 39). Además, se añade cierta condición histórica de esa mirada: “era una mirada extraña, fija, penetrante, parecía venir de atrás; esa mirada me recordaba algo, unos ojos parecidos, pero no podía recordar dónde los había visto” (Sábato, 2000: 38). A partir de esto, se toma conciencia del sinsentido y el absurdo del mundo, constituido como un “caos de objetos y seres inútiles” (Sábato, 2000: 29), que para Castel solo podría resolverse en la esperanza depositada en María, capaz de mitigar su estado de aislamiento, lo que, al no significar nada el amor, no resulta efectivo.
Esta toma de conciencia es para Sartre el primer paso para entender que “el hombre es ante todo un proyecto que se vive subjetivamente” (2009: 32) y supone la iluminación del vacío y la muerte como fundamento de la realidad humana, lo que se refleja en la antítesis del sol oscuro que inunda El túnel: “Pero este sol era un sol negro, un sol nocturno” (Sábato, 2000: 63). En consecuencia, se producen dos efectos: la náusea y la angustia. Por un lado, la náusea evidencia la extrañeza y la percepción del sinsentido, e indica un proceso de cambio. Por otro lado, la angustia responde a una fase posterior en la que el hombre ya no solo reconoce la propia responsabilidad de su individualidad, sino también que con esto “compromete a toda la humanidad” (Sartre, 2009: 34), que es lo que María le reclama a Castel: “¿Has adivinado y pintado ese recuerdo mío o has pintado el recuerdo de muchos seres como vos y yo?”, “No tenemos derecho a pensar en nosotros solos. El mundo es muy complicado” (Sábato, 2000: 64 y 113).
A partir de la conjunción de náusea y angustia, se pueden establecer tres actitudes, desde las cuales se define el ser y de lo que depende el futuro de esa sociedad de posguerra: la indiferencia, una obsesión ansiosa y la superación de la nada que permite la liberación de la deshumanización. Castel, como “un volcán pronto a estallar” (Sábato, 2000: 145), se mantiene en la actitud ansiosa y obsesiva, que —al igual que la indiferencia— conduce al asesinato de María como única solución. Se anula, así, la posibilidad de un futuro que no perpetúe el paradigma de violencia. La novela aprovecha, en este sentido, el potencial de la dureza optimista que reside en la condena del hombre a ser libre para entender la propia responsabilidad en la perduración de un contexto hostil, si bien, desde ese túnel, no llega a vislumbrar una luz de cambio.
Bibliografía
Sábato, E. (2000). El túnel. Buenos Aires: Editorial Planeta Argentina.
Sartre, J. P. (2009). El existencialismo es un humanismo [A. Elkaïm-Sartre, trad.]. Barcelona: Edhasa.
Teresa Martín Merchán es estudiante del Grado de Estudios Hispánicos en la Universidad de Alcalá y ha realizado estudios profesionales de piano en el Conservatorio. Actualmente es codirectora de Contrapunto y coordinadora de la sección Voces. Además, muestra interés por la danza clásica.
