La hora de mostrar las cicatrices. “Las cosas que perdimos en el fuego”, de Mariana Enriquez

por | May 5, 2020

La hora de mostrar las cicatrices. “Las cosas que perdimos en el fuego”, de Mariana Enriquez

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Mariana Enriquez, Las cosas que perdimos en el fuego

Anagrama, 2016

200 páginas, 16,90 euros

Las cosas que perdimos en el fuego es una antología de doce relatos de terror de la autora argentina Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) que cuentan con un estilo muy particular, que resulta imposible que pase desapercibido. En ellos, el terror se confirma como un elemento más de una amalgama muy diversa que la autora combina con maestría para tejer este mundo ficcionado tan especial, que resulta muy cercano al nuestro (al de cada uno) para que cualquier lector, sea de donde sea, lo pueda sentir como propio y, por tanto, se pueda reconocer en las historias en mayor o menor medida.

El volumen comienza con un primer relato titulado “El chico sucio”, una curiosa aproximación a la literatura de fantasmas, pero a partir de una historia centrada en un niño de la calle y su relación con una vecina de clase acomodada, que siente “que no era la princesa en el castillo, sino la loca en la torre”. La violencia de las calles de Buenos Aires y la pobreza son señas de identidad de todo el volumen. En una línea similar discurre “La Hostería”, el segundo relato. Haciendo gala de la misma sensibilidad, la autora desvía el tema hacia el amor, la política y la venganza.

A partir de “Los años intoxicados” y sobre todo de “La casa de Adela”, una auténtica joya, la antología atrapa y no suelta hasta el final. Este cuarto relato aborda el popular tema de las casas embrujadas desde una óptica nueva que se acerca al terror psicológico, lo que lo convierte en un relato un tanto diferente y original. Enriquez sabe manipular al lector hábilmente para infundirle el sentimiento que busca.

Tras el infantil título del siguiente –“Pablito clavó un clavito: una evocación del Petiso Orejudo”– se esconde la historia de Cayetano Santos Godino, célebre asesino de niños de nueve años en la Argentina de principios del siglo XX. La autora, sin embargo, aborda el tema indirectamente, a pesar de que la presencia de este personaje histórico es lo suficientemente intensa como para que la elipsis final pueda ser interpretada en el peor de los sentidos. “Tela de araña” es el perfecto ejemplo para comprobar que en estos relatos suele ser más importante lo que no se dice que lo que se dice. Las malas relaciones matrimoniales, la visión más bien negativa de la figura masculina –ausente en varias historias y directamente maligna en otras– y la idea del asesinato del marido son algunos de los motivos que se repiten a lo largo de los doce relatos.

En “Fin de curso” y “Nada de carne sobre nosotras” la autora profundiza en los trastornos psicológicos que se están convirtiendo cada vez en algo más común: las autolesiones y la anorexia. La ironía, presente en todos los relatos, adquiere una importancia mayor a medida que el libro avanza. “El patio del vecino” presenta de nuevo el tema de los conflictos cotidianos de una pareja: ella es una chica depresiva y con tendencias alucinatorias y él manifiesta prejuicios con la labor de los psiquiatras. Locura y cordura se confunden –y nos confunden– para hacernos dudar de todo.

En “Bajo el agua negra” parece que se produce un cambio de registro y, circunscribiendo nuevamente la acción a los barrios marginales que tanto le interesan (miseria, delincuencia y corrupción), tratará el tema de la contaminación del medio ambiente y los horribles resultados a los que puede llevar. Lejos de estos barrios marginales, “Verde rojo anaranjado” aprovecha el fenómeno de los hikikomori –adolescentes y adultos jóvenes que se encierran en sus habitaciones y sus familias los mantienen– para narrar la historia de un chico enclaustrado en su habitación y los efectos que esto conlleva en sus seres queridos; un relato que refleja los problemas de la comunicación en la era más comunicada.

El último relato de la recopilación, que da título al libro, “Las cosas que perdimos en el fuego” es un texto desgarrador que se centra en la violencia de género que sufren las mujeres en Argentina, y la falta de información con la que se educa a las mujeres por culpa del Estado: “Les cuento que a nosotras las mujeres siempre nos quemaron, ¡que nos quemaron durante cuatro siglos! No lo pueden creer, no sabían nada de los juicios a las brujas, ¿se dan cuenta? La educación de este país se fue a la mierda”. Un relato fantástico que muestra la impotencia de las víctimas, que buscan la manera de poder salvarse de esa masacre: “Por lo menos ya no hay trata de mujeres, porque nadie quiere a un monstruo quemado y tampoco quieren a esas locas argentinas que un día van y se prenden fuego –y capaz que le pegan fuego al cliente también”. De esta manera, Enriquez pone punto final a una representación soberbia de una generación que sabe afrontar lo enfermizo para explicarse en esa realidad insalvable.

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