La lluvia amarilla y Distintas maneras de mirar el agua. El ocaso de unos valores

por | Ene 8, 2019

La lluvia amarilla y Distintas maneras de mirar el agua. El ocaso de unos valores

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Tras leer La lluvia amarilla y Distintas formas de mirar el agua, en seguida recordé lo que el profesor Fernando Larraz nos contaba: cuando una historia acaba en la propia historia no es una obra de arte; cuando la historia va más allá de la propia historia es una obra de arte. No sé el sentido que Julio Llamazares quiso darle a estos dos libros, ni las implicaciones conscientes o inconscientes que le llevaron a escribirlos, pero, para mí, van mucho más lejos de la historia que cuentan. Son historias de mundo rural, de despoblación, de personajes que viven, de forma muy dramática, ese mundo. Yo también nací en uno de esos pueblos hoy casi despoblados, conozco su problemática y conocí a esos hombres de antes: duros, brutos, pobres… pero de lealtades claras; a esos hombres que cuando se fueron a la ciudad encontraron una vida más cómoda, pero se sintieron vendidos, fuera de lugar, y siguieron soñando con sus pobres fincas y sus “cuatro ovejas”.

Los personajes de Llamazares en estas novelas no solo hablan del ocaso de lo rural, hablan también del ocaso de otro mundo, de otros valores. En Distintas formas de mirar el agua esos valores se van acabando, los hijos de los protagonistas, particularmente los más jóvenes, conservan el respeto y cierta admiración por sus padres, pero los entienden cada vez menos. En La lluvia amarilla esos valores agonizan, nadie ya los entiende, incluso en el personaje que los vive despiertan todo tipo de dudas y de zozobra.

Son valores que se remontan al tiempo de los cazadores-recolectores o al mundo chamánico, el tiempo anterior a la revolución neolítica en la que comienza otra estructura de poder y otro modelo de entender la vida que, poco a poco, ha ido arrinconando al viejo modelo que en la actualidad, como los personajes de Distintas formas de mirar el agua y La lluvia amarilla, agonizan, mueren.

El modelo chamánico tenía una clave que lo definía: utilizar la naturaleza. Pero para ese utilizar la naturaleza emplea un mecanismo similar al de la selección natural. El Gran Espíritu en su vertiente maternal ama incondicionalmente a todas las criaturas, pero en la vertiente paternal les exige una lucha por la existencia. La vida es un juego real en el que se conjugan esos dos componentes. El mundo chamánico acepta ese “pulso” con la existencia en el tablero de la naturaleza. Y ese pulso tiene dos condiciones ineludibles: la limpieza y la nobleza. Solo así se tiene una experiencia directa, una conexión y una integración en el Gran Espíritu, en el Universo.

Ese pulso se utiliza en las actividades de la vida cotidiana pero especialmente en las importantes: la caza, la guerra, la muerte… Antes de la caza se “pide permiso” a los guardianes de los animales para matarlos, se mata solo lo necesario y después, en otra ceremonia, se agradece la caza realizada. Solo desde este punto de vista se pueden entender las pinturas rupestres. De forma análoga se va a la guerra y en el pulso se respeta y valora al enemigo. El hombre chamánico utiliza también a la mujer como parte de la naturaleza y la sexualidad es otro pulso, tanto en el matrimonio como en la orgía. No se respetan sus decisiones, se le respeta como contrarios en el pulso de la existencia. El mundo chamánico respeta los acuerdos y los compromisos. No se puede uno presentar ante el Gran Espíritu y echarle un pulso a la existencia sin respetarlos.

Los padres de Distintas formas de mirar el agua cumplen con estos valores. Qué desgracia que inunden su pueblo, que les obliguen a romper el compromiso con su tierra, sus animales, su gente, sus muertos, sus raíces… El tablero donde ellos le echaban el pulso a la existencia. Pero en su nuevo pueblo seguirán siendo fieles a los acuerdos y compromisos por más que a su alrededor, incluso sus propios hijos más jóvenes, no los entiendan. En La lluvia amarilla el protagonista mantiene, a duras penas, un comportamiento heroico, con unos compromisos de los que ya duda. Excepto su perra, todo el mundo lo abandona. Incluso huye y teme de los familiares y conocidos que se le presentan como “espíritus”. Es otro motivo que señala el fin del mundo chamánico. En la sociedad chamánica todos los muchachos y muchachas se inician y la Iniciación, entre otras cosas, es una puerta abierta al mundo invisible. Particularmente el chamán busca el contacto con los antepasados, con los espíritus de la naturaleza, los elementales y las entidades superiores para que lo guíen a él y a su sociedad. En distintas formas de mirar el agua tan solo Agustín, el retrasado (y en el mundo chamánico los retrasados juegan un papel especial dentro de la herencia familiar), tiene acceso a ver y comunicarse con el padre y le sirve para que le ayude en su vida. Y es al único que el padre ha enseñado a respetar y a emocionarse con el agua. El protagonista de La lluvia amarilla ya no busca ese contacto y esa guía con lo invisible, sino que, cuando surge, huye de él.

 

En Distintas formas de mirar el agua y en  La lluvia amarilla esos valores agonizan, nadie ya los entiende, incluso en el personaje que los vive despiertan todo tipo de dudas y de zozobra. Son valores que se remontan al tiempo de los cazadores-recolectores o al mundo chamánico, el tiempo anterior a la revolución neolítica en la que comienza otra estructura de poder y otro modelo de entender la vida que, poco a poco, ha ido arrinconando al viejo modelo que en la actualidad, como los personajes de Distintas formas de mirar el agua y La lluvia amarilla, agonizan, mueren.

¿Y cuál es el nuevo modelo que está acabando con el modelo chamánico? Surgió con la revolución neolítica en Mesopotamia hace unos 8.000 años. Se fue extendiendo por el mundo civilizado (Oriente Medio, Mediterráneo, zonas de India y China) y luego por zonas adyacentes. Como modelo más poderoso y menos ético, fue arrinconando al modelo chamánico que en la pugna cometió errores de bulto, como el empleo exagerado de drogas y de espíritus de la naturaleza y elementales. No le sirvió ni le sirve en los lugares que sigue utilizándolas. Ha pervivido, con muchas carencias, en lugares apartados y en el mundo rural. La revolución industrial y las siguientes revoluciones le están dando “la puntilla”.

El nuevo modelo, el usar y tirar, comenzó con la explotación sistemática de la naturaleza y el trabajo (tal como hoy lo entendemos) y nos ha llevado a ser mucho más ricos, a desarrollar de forma increíble la ciencia y la tecnología, pero ha acabado poniendo en peligro la vida del planeta. Y, como afirman muchos historiadores, nuestra alma no ha cambiado apenas. Junto con él surgió la esclavitud, que es usar y tirar la dignidad humana, y se desarrolló la prostitución, otra forma de usar y tirar la dignidad. Desde entonces los ricos han tenido mucha capacidad de usar y tirar (sintiéndose importantes por ello) y los pobres han hecho lo posible por imitarlos. El modelo económico actual se basa en usar y tirar: máquinas que duren poco, consumismo, necesidades absurdas… comer por comer, beber por beber, sexo por sexo…  Si el modelo chamánico era coger de la naturaleza solo lo necesario, el de usar y tirar es coger todo lo que puedas.

El nuevo modelo ya no busca echar un pulso a la existencia. Compromisos los menos; los acuerdos, confusos, de letra pequeña; ¿promesas? Bueno, “para salir del paso”. Publicidad, imagen, elecciones, promesas de progreso… Usar y tirar. Con el nuevo modelo se desarrollan los intermediarios, las jerarquías humanas y van desapareciendo las experiencias directas con las fuentes de producción, la justicia, el contacto con el mundo invisible… y los intermediarios usan y abusan de su poder y de la confianza humana.  Y todo este nuevo mundo se ha construido sobre una mente racional todavía infantil e inmadura (no es capaz ni siquiera de mantenernos vivos) que ha decidido que solo lo que ella ve y toca es real. ¡Qué tontería pedir permiso para la caza, para la tala de árboles o de cosechas! Nosotros hacemos lo que nos da la gana porque todo es nuestro.

Los protagonistas de Distintas formas de mirar el agua ya no entienden un mundo que les quitó su casa y su medio ambiente. Se refugian en su familia, en sus tradiciones, en cumplir sus acuerdos, sus compromisos, en perpetuar en el tablero de la naturaleza, en sus campos, ese “pulso” con la existencia, aceptando su resultado, sin entender como sus hijos y sus nietos cada vez se alejan más de ellos, sin entender cómo va cambiando el mundo que ahora les rodea. En La lluvia amarilla, el protagonista ya no entiende nada de este nuevo mundo: el abandono de todos sus vecinos a los que no “puede” despedir, de sus hijos, de su mujer. Duda de todo, de sus visiones, de sus recuerdos… reacciona con aversión y amenaza al vecino que vuelve a por sus cosas, a los vecinos de otros pueblos. Él ya vive en otro mundo distinto al de los demás, pero no sabe tampoco cómo es ese mundo. Tan solo su perra le es fiel en esta vida agónica y decepcionante, y siguiendo la costumbre chamánica le guarda un cartucho, porque antes la muerte que el abandono.

 

Y, sin embargo, tanto en Distintas formas de mirar el agua como en La lluvia amarilla, a pesar de ser enormemente tristes, queda un regusto de armonía y de belleza. Tal vez sea porque ya acostumbrados a convivir con el usar y tirar nos produce nostalgia ese modelo (ya prácticamente acabado) duro, pobre, bruto… pero también inocente, limpio y noble.

La noche queda para quien es.  Hay algo en el Universo que es, que no se crea ni se destruye, sino que simplemente se transforma. Eso también es en nosotros y en todos los demás seres, aunque no nos enteremos. Pero es inalcanzable para el modelo de usar y tirar. No se puede controlar, tergiversar o manipular. La mente racional no puede llegar hasta él porque no tiene todavía competencias para experimentarlo. Eso que es tampoco se puede utilizar, aunque en el pulso con la existencia, si ese pulso es limpio y noble, se puede entrever. La filosofía oriental, que plantea un nuevo modelo, el de volver a reintegrarnos en el Universo, llegó a lo que es por medio de la meditación, la atención en el presente, en el eterno presente, sin esfuerzo, sin interferir, sin controlar… dejándote estar en el vacío-fértil, en la profundidad de la existencia. A eso que es le da lo mismo que estés consciente o inconsciente, despierto o dormido, le es indiferente que estés vivo o muerto. Completamente indiferente porque, aunque no te enteres, nunca podrás dejar de ser. La noche (y el día) quedan para quien es, para quien entiende desde ese ser que la existencia es un Juego Cósmico, un juego real, curvo y continuo, en el espacio y en el tiempo, que empieza y acaba, una y otra vez, en la plenitud de lo que es, sin crearse ni destruirse, simplemente transformándose.

 

 

 

Bibliografía

Llamazares, Julio (1988): La lluvia amarilla. Barcelona, Seix Barral.

——— (2015): Distintas formas de mirar el agua. Madrid, Alfaguara.