Imagen fondo Ser de Sansueña

La vil madrastra y el hijo de ninguna parte. “Ser de Sansueña”, de Luis Cernuda

No hay mejor cura para el anhelo y la distancia que la escritura, aunque esta suponga en ocasiones echar sal en las heridas. Los exiliados republicanos lo aprendieron bien, y no dudaron en dejarnos textos tan inmaculados como Ser de Sansueña, de Luis Cernuda. Estas estrofas fueron escritas en 1949 y pertenecen a la colección Vivir sin estar viviendo, la cual se encuentra asimismo en La realidad y el deseo, obra magna del autor. Este poema nos presenta a Sansueña, un lugar plagado de aristas en cuyas contradicciones Cernuda nos invita a sumergirnos.

Sansueña es una versión imaginada de España pues, como aparece en sus primeros versos, concuerda con ella por sus características geográficas («Almendros y chumberas, espartos y naranjos / crecen en ella, ya desierto, ya oasis».), ideológicas («Junto a la iglesia está la casa llana, / al lado del palacio está la timba».), y de lo que él llama “su fauna”, la “fauna” de Sansueña («La nobleza plebeya, el populacho noble, / la pueblan; dando terratenientes y toreros, / curas y caballistas, vagos y visionarios, / guapos y guerrilleros»).

Después de describirnos en qué consiste esta patria que él imagina, necesita contarnos su historia. Toda tierra que se precie cuenta con su relato nacional, que sirve para dar cohesión a sus acontecimientos históricos y permite que sus habitantes se sientan identificados con dicha tierra, haciendo de ellos unos seres orgullosos de pertenecer al lugar en el que nacieron, crecieron y, en muchos casos, por el que murieron. Las grandes epopeyas forman importantes naciones y mayores ciudadanos, así que era necesario que Sansueña tuviera la suya propia.

El motivo por el cual Cernuda necesita crear el relato nacional de su patria imaginada no es solo para completar su tarea como autor y dios creador, sino porque él, como español, necesita alejarse de la realidad tan desastrosa que está viviendo su tierra. No olvidemos que Cernuda, desde el extranjero, siguió el desarrollo de la posguerra. Avergonzado como estaba por el rumbo que habían tomado los acontecimientos en España, lo que más deseaba era expatriarse, deshacerse de su ciudadanía como español y hacer como si él no tuviera nada que ver con ese país que tanto lo había maltratado. Pero esto, como sabemos, es imposible. No se puede renunciar a lo que uno ha sido: el pasado es cruel y nos persigue cual piedra de Sísifo aunque tratemos de elevarla hasta lo más alto de la montaña.

Dicho esto, Cernuda imagina su propia nación a semejanza de la española y nos cuenta su intrahistoria. Comienza hablándonos del precio que tienen las cosas en el presente de Sansueña y de cómo es una tierra cruel y traidora. Es la madrastra que deja de lado a sus hijastros («Es ella, la madrastra / original de tantos, como tú, dolidos / de ella y por ella dolientes»). Se trata de un lugar corrupto, que no te entrega de vuelta el amor que le das y que te ignora como ciudadano. Un sitio que ya te predispone al exilio pues, al no reconocerte como su “hijo”, te condena al ostracismo y al olvido. Es, como vemos, el locus horribilis en el que quedó convertido España tras la Guerra Civil.

Este lugar horrible se aprecia también en «ser de aquella tierra lo pagas con no serlo / de ninguna: deambular, vacuo y nulo, / por el mundo / que a Sansueña y a sus hijos desconoce». ¿Qué puede existir más degenerado que pertenecer a un lugar y que en el extranjero no te reconozcan como proveniente de él? ¿Que hagan como si no existierais, ni tú ni el lugar de donde vienes? ¿Que te condenen al olvido y te vilipendien? 

Para compensar con este presente tan triste, Cernuda nos pide que le tomemos de la mano y viajemos con él hacia tiempos pasados más ricos, más luminosos. Los versos «Cuando gentes extrañas la temían y odiaban, / y mucho era ser de ella» nos retrotraen a la colonización y a los tiempos del imperio español de Felipe II, aquel donde nunca se ponía el sol, haciéndonos ver que Sansueña también tuvo su pasado glorioso en el que vale la pena refugiarse. Es importante resaltar que, en esos tiempos vetustos, eran otros (“gentes extrañas”) quienes sentían miedo de la madrastra, no como en el tiempo presente del texto, en el que son sus propios habitantes quienes la temen. Esto nos demuestra que el relato nacional de Sansueña es complicado y lleno de heridas que aún no han cicatrizado.

Para terminar con su relato nacional, Cernuda nos habla acerca de los pobladores de Sansueña, o, al menos, de aquellos en los que él elige poner el foco: los homólogos de los republicanos y de los exiliados. En primer lugar están aquellos “sanseñuenses” que cayeron muertos por su patria. Eso les hizo vivir la muerte en sus carnes, mas lo hicieron de forma gloriosa porque estaban muriendo por defender su patria contra el insurrecto y el usurpador. Pero, de aquellos que lucharon en supuesto combate y no murieron, ¿qué queda? Quedan los que se tuvieron que marchar, los que han sido rechazados por su madre patria estando destinados a ello. Son estos los condenados a la verdadera muerte: la de vivir lejos de la tierra donde fueron concebidos, sin reconocimiento alguno. Los abocados a ver cómo su patria se descompone, fruto de los gusanos que acaban con ella (símil de los franquistas), hasta que no quedan más que ruinas espantosas que les contemplan en silencio.

Al final, es la misma historia de siempre. Toda nación, como si fuera un ser vivo más, está destinada a nacer, ser esplendorosa, caer en desgracia y, finalmente, morir, dejando paso, si hay suerte, a una nueva. El problema de Sansueña es que la nueva patria que se levanta sobre esas ruinas quejumbrosas es, en opinión del autor, peor que la que él conoció. Por eso el nacionalismo que entreteje Cernuda a lo largo de la composición es un nacionalismo problemático. En contra de otros autores exiliados que veían a España como algo digno de exaltar, de guardar con cariño y afecto en la memoria, él deseó todo lo contrario: escindirse de ella.

Fotografía Contrapunto Jimena González Gimena
Jimena González Gimena

Jimena González Gimena (@pintorapalabras) se considera letraherida desde que tiene uso de razón. Estudiante en el Grado en Estudios Hispánicos por la Universidad de Alcalá, bajo su pluma surgen historias donde la ficción, la Historia y el rigor documental se dan la mano. Es autora del ensayo “Cantareras de Mota del Cuervo. Las Magas del Barro” y de relatos publicados en varias antologías de carácter nacional.

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