Otro tipo de terror. “Policía de la memoria”, de Yoko Ogawa

por Abr 23, 2021

Otro tipo de terror. “Policía de la memoria”, de Yoko Ogawa

por

Yoko Ogawa, Policía de la memoria

Traducción de Juan Francisco González Sánchez

Barcelona, Tusquets Editores S.A.

400 páginas, 20 euros

Conocía la trayectoria de la autora japonesa Yoko Ogawa (Okayama, 1962) desde la tendencia realista de sus tramas —la relación entre una calígrafa y un lutier de clavecines en Los tiernos lamentos (2013), una periodista que investiga el suicidio de su pareja en Perfume de hielo (2008)— y al llegar a mis manos La policía de la memoria descubrí que estaba ante una Ogawa ligeramente cambiada. La autora se ha abierto camino por los terrenos de lo distópico. Publicado originalmente en Japón en 1994, se tradujo al inglés hace un par de años y, desde entonces, ha ido reuniendo premios como el estadounidense National Book Award de 2019 y el International Booker Prize de 2020. Ahora, aunque su traducción al castellano de la mano de Juan Francisco González Sánchez supone una gran diferencia con respecto al resto de su obra, no se pierde de vista la huella estilística de su autora. Ogawa tiene una sensibilidad especial a la hora de crear sus personajes y situarlos en un ambiente específico. Ambos, personajes y espacio, se construyen dentro de la verosimilitud, pero siempre adquieren un matiz único que aportan una visión del mundo particular —ya se han visto, por ejemplo, los casos de la calígrafa y el lutier de Los tiernos lamentos—. En este caso, sin embargo, la singularidad deviene de la sociedad distópica en que se enmarca la novela.

En una isla indefinida está ocurriendo un extraño suceso: de la noche a la mañana, desaparecen seres, objetos e ideas de cualquier naturaleza, y no solo lo hacen de manera física sino que los habitantes de la isla olvidan todo rastro de que alguna vez existieron. Los pájaros. Alguna especie de flor. Los barcos. Todo es susceptible de desaparecer y nadie es capaz de recordar lo que se olvida. Para asegurarse de ello existe la policía de la memoria que da nombre a la novela. Esta se cerciora de que todos los habitantes cumplan con las normativas de la memoria; nadie debe intentar recordar lo que desaparece. Aunque intentasen guardar alguno de esos objetos, pronto se borrarían de sus recuerdos y de nada serviría guardarlos, ¿o sí? ¿Y si hubiese una pequeña parte de la población que no olvidase?

La trama se centra en la historia de una escritora que, como todos (o casi todos), olvida y jamás recuerda. Su vida parece sencilla —reconocible en la cotidianeidad de otras novelas de Ogawa— hasta que su editor, el señor R, acude a la protagonista en busca de refugio. Él recuerda. Es capaz de nombrar y describir todo lo que parece haberse extinguido de la vida de los demás, y esto es algo que la policía de la memoria no puede consentir. Así, la protagonista junto con su amigo —un antiguo capitán de ferri, que ya no puede trabajar de ello, entre otras cosas, porque los barcos también se desvanecieron de la historia— tratarán de encubrir al editor, a la par que intentarán terminar la novela que tenían entre manos.

La novela de Ogawa te atrapa y te hace temer, como temen los personajes, que una mañana, al abrir los ojos, tengas la certeza de que algo ha desparecido de tu imaginario. Levantarte, mirar alrededor y poco a poco sentir difuminarse toda una existencia. Esconde, entonces, un terror que no necesita de monstruos, ni de fantasmas, más allá de los que ya conocemos. Sobre todo, te hace reflexionar acerca de la memoria colectiva y del férreo control que pueden llegar a tener las autoridades sobre ella. Además, al incluir el aspecto fantástico de que todos vayan olvidando de forma aleatoria e imprevisible, se suman otros temores: qué ocurre si lo que se olvida es la escritura, o peor, el lenguaje y toda capacidad humana de comunicación. Volver a ser animal del todo, olvidar lo entendido como humano.

La policía de la memoria es una novela a destiempo, de un éxito que, aunque merecido, podría haber llegado hace casi treinta años de no ser por el dominante campo literario, que es un experto invisibilizador y está sumamente centralizado. Con reminiscencias de Saramago, Orwell y Bradbury, y estando a la altura de grandes como Margaret Atwood, sin duda, la traducción de esta novela es un pequeño aporte a la recuperación de la memoria literaria y a que obras como las de Ogawa no caigan en el profundo negro del olvido.

¿Te ha gustado el artículo? Puedes ayudarnos a hacer crecer la revista compartiéndolo en redes sociales.

También puedes suscribirte para que te avisemos de los nuevos artículos publicados.