La literatura como redención

por Nov 11, 2020

La literatura como redención

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Mi llegada a las letras no tuvo un camino fácil: yo iba a ser arquitecto, de ahí que a la hora de elegir en el instituto Joan Oró de Lleida ‘ciencias o letras’ me inclinara por las primeras aunque, a todas luces, no tuviera mucha facilidad para ellas. Finalmente, tras un fracasado curso de Arquitectura Técnica en Barcelona, recalé en 1987 en Filología Hispánica porque era una de las carreras que se podía cursar en Almería. Los primeros cursos fueron los de una extraterrestre recién aterrizada en otro mundo pero, a partir de 4º de carrera, empecé a interesarme por la literatura ya desde otro ángulo, no el de la lectora feliz sino el de la que quiere una silla incómoda desde la que contemplar el mundo. Aunque, sin duda, el verdadero acercamiento al estudio de la literatura se produce con la tesis sobre la novela española del siglo XIX anterior a Galdós.

Durante varios años permanecí en el aprendizaje del atormentado siglo XIX español: si tuviera que elegir una imagen de aquellos primeros años podría ser la de estar en la Sala de los Incunables de la Biblioteca Nacional leyendo revistas decimonónicas y viendo, unas mesas más allá, a Francisco López Estrada. De manera paralela entraba en una de las parcelas que, posiblemente, más me interesan: la docencia. Para mí, docencia e investigación conforman un todo indisoluble. Hay algo vivo en el aula que solo ahí se produce. El ser becaria varios años hizo que impartiera clases no solo del XIX sino también de, prácticamente, toda la historia de la literatura española. De hecho, fue la docencia la que amplió mis líneas de investigación: a la novela del siglo XIX se le sumaron las literaturas española e hispanoamericana del XX. No solo la novela iba a ser mi objeto de estudio: pude “inventar” una asignatura (la titulé La generación del cincuenta: la escuela de Barcelona) que me permitió recorrer la poesía de mediados del XX y detenerme en la figura de Gabriel Ferrater a quien llegué, de manera más precisa, a través de la novela F. de Justo Navarro (otro de “mis autores”).

No puedo pasar por alto la importancia de los maestros que he ido encontrando en el camino; sin duda, uno de los más importantes es el prof. Miguel Gallego Roca, de su mano llego al estudio de la literatura comparada (con Claudio Guillén) y a los ensayos de Milan Kundera; esto me permite introducirme en el estudio de algunos autores españoles del siglo XX. También, gracias a él, me intereso por la traducción como creación literaria.

A la docencia e investigación he de sumar otro vector fundamental en mi carrera: me refiero al diálogo con las voces vivas. Durante cuatro años organizamos las Jornadas internacionales de novela y tuve la oportunidad de escuchar a autores como Gudbergur Bergson, Rodrigo Fresán, Ornella Volpi o tantos otros. Fue precisamente durante una de estas jornadas cuando Ricardo Piglia nos contó que la docencia era lo que más amaba de su trabajo. Piglia es otro de “mis autores”. Quiero destacar mi colaboración en diferentes proyectos con la editora Ana Santos Payán, la Gaviera, especialmente la actividad Poesía Bífida que nos permitió escuchar la música de la poesía a través de multitud de lenguas. Ana ya no está, pero honramos su memoria en cada nueva edición. Por último, en este diálogo, destaco el proyecto de la Facultad de Poesía José Ángel Valente, que me ha llevado, entre otros muchos y valiosos destinos, a otra de “mis autoras”: Chantal Maillard. Leer también es conversar.

La importancia de la crítica está en la capacidad de abrir ventanas: un crítico literario, un lector, tiene que arriesgar, como hace Borges desde la creación, y darle la vuelta a lo sabido, a la tradición. Es decir, tenemos que ser capaces de asomarnos al otro lado del telón que, como dice Kundera, rasgó Cervantes al escribir El Quijote. Sabato, en su última conferencia en Barcelona nos recordaba que, desde el momento en que el primer español llega a América, el río es otro río y el cielo es otro cielo. Eso es leer, eso es la filología: comulgar con la subversión del lenguaje, con la idea de la literatura como salvación. No entiendo el mundo sin la literatura porque no lo entiendo sin viaje.

El aislamiento de la universidad de Almería, el aislamiento del área de literatura a la que pertenezco ha sido un gran escollo pero, al mismo tiempo, me ha dado una libertad desconocida en otras áreas. Así, desde mi pequeño caos en este desierto, reivindico el estudio de la literatura, el de la filología, como una valiosa tabla de salvación que te permite llegar a la ínsula soñada.