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Libertad y marginalidad: ¿qué significa ser hispanista en otros países?

Estas semanas he venido haciendo nuevos amigos: se me ha ocurrido entrevistar a una docena de historiadores y críticos culturales que escriben sobre la España del siglo XX desde seis países diferentes: Francia, Reino Unido, Alemania, Dinamarca, Países Bajos y Estados Unidos. El caso es que estoy escribiendo un ensayo sobre el impacto que tienen sobre nuestro trabajo las estructuras institucionales universitarias, que —al menos, esta es mi hipótesis— siguen fuertemente marcadas por tradiciones de carácter nacional. No es lo mismo ser un historiador de España en Francia que serlo en Estados Unidos. Así también, en cada país, quienes se dedican a los estudios culturales se relacionan de forma diferente con los que se identifican como historiadores; y todas y todos tienen diferentes interlocutores en el mundo universitario español.

Este proyecto responde a dos antiguas fascinaciones mías: la historia de nuestros campos académicos —las diferentes manifestaciones del hispanismo desde su nacimiento en el siglo XVIII, vamos— y, más en general, cómo las instituciones —sus incentivos, sus barreras, sus estructuras de poder— condicionan a las personas, su conducta y su trabajo.

El primer tema es el enfoque principal de mi libro sobre el impacto de la guerra de 1936 sobre hispanistas en Estados Unidos y Gran Bretaña, Anglo-American Hispanists and the Spanish Civil War (2008), donde también intento comprender hasta qué punto las y los extranjeros que dedicamos nuestra vida profesional al estudio de lo español estamos impulsados y condicionados por factores afectivos, en particular ese fenómeno complejo llamado “hispanofilia”.

El segundo tema lo abordo en un ensayo de 2022, “Historia literaria y lógica burocrática”, donde expreso mi asombro ante la forma en que, en la universidad española, las áreas dedicadas al estudio de las literaturas española, latinoamericana, vasca, catalana y gallega se ven como campos rigurosamente separados y solo tratables en conjunto bajo el paraguas de la Literatura Comparada —un campo, por otra parte, bastante marginal—. Toco temas similares, de forma un poco más provocadora, en mi contribución a un libro colectivo sobre Pierre Bourdieu que decidí redactar en forma de diálogo.

Lo interesante, para mí, de estas temáticas es que nos obligan a hablar de aspectos de nuestras existencias diarias —personales y profesionales— que normalmente resultarían escondidos o hasta tabú. Al desmitificar una serie de prácticas que muchas veces han querido pensarse “desinteresadas”, o superiores y privilegiados en algún otro sentido, nos permiten comprender y explicar mejor por qué hacemos lo que hacemos (o dejamos de hacer).

El proyecto en que estoy ahora, el de las entrevistas, ofrece, además, un componente comparado que servirá —o eso espero— para hacer aún más visibles una serie de hábitos y presupuestos institucionales que suelen parecer obvios para cualquier persona “institucionalizada”, pero que, yuxtapuestos con otras realidades, pueden resultar raros o, por lo menos, arbitrarios. (Como a mí, holandés que soy, siempre me ha resultado raro y arbitrario, además de cruel, el sistema español de oposiciones.)

Todavía no sé cuál será la forma que dé al ensayo, o cuánto espacio podré dar a las voces individuales de mi docena de entrevistados. Lo que sí puedo adelantar son algunas observaciones tentativas. Por ejemplo, la mayoría de las y los historiadores y críticos culturales con los que hablé tienen interlocutores en España. Pero estos muchas veces no son sus homólogos disciplinarios. Una investigadora de Historia o estudios culturales que se interesa por cuestiones de género, por ejemplo, es difícil que encuentre interlocución en departamentos españoles de Historia o Filología.

También es obvio que, en varios países, los diferentes campos “hispanistas” (que no siempre se autodenominan así, por otra parte) mantienen relaciones harto desiguales. En Francia, los historiadores están convencidos de que sus colegas en departamentos de Español, por más que trabajen temas históricos, no brillan, precisamente, por su rigor investigador. En Estados Unidos, los que se dedican a los estudios culturales leen a los historiadores, pero es bastante menos probable que las lecturas se hagan en un sentido inverso.

Mis conversaciones también van confirmando una paradoja familiar: cuanto más prestigioso y poderoso un campo, mayor es su tendencia a la autosuficiencia —es decir, al conservadurismo y al aislamiento intelectual—. La condena de la Filología e Historia Españolas en España es que les toca cargar con el prestigioso peso de ser los guardianes del tesoro humanístico —incluidos los relatos maestros— del Estado. Por otra parte, es difícil que nadie cuestione su legitimidad —quiero decir, su presencia y espacio institucionales—, así como a nadie en Estados Unidos se le ocurriría que no se enseñara e investigara la historia nacional. Esta encomienda les coloca en la cúspide de la jerarquía disciplinaria, pero también restringe su desarrollo.

Quienes nos dedicamos al estudio y la enseñanza de temas españoles en espacios donde esos temas no cuentan con ese tipo de legitimidad —en Países Bajos, por ejemplo, donde casi nadie se interesa por la historia o cultura de España— nos vemos forzados de forma constante a demostrar por qué lo nuestro puede resultar relevante. Esta presión nos obliga a establecer conexiones con otros campos, a adoptar marcos comparados y a renovarnos regularmente. Al mismo tiempo, sin embargo, si logramos sobrevivir (la precariedad es constante), nuestra misma marginalidad institucional nos da una libertad de movimiento bastante más amplia de la que tienen otros campos más centrales.

Es esta misma libertad la que me está permitiendo disfrutar de estas conversaciones honestas y personales con una docena de colegas, y plasmarlas en la forma escrita que más clara y productiva me parezca, sin tener que preocuparme demasiado por los formatos académicos dados.

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Sebastiaan Faber

Sebastiaan Faber es Catedrático de Estudios Hispánicos en el Oberlin College (Ohio, Estados Unidos). Es autor de media docena de libros y ediciones sobre el exilio republicano, la memoria de la Guerra de España y la historia del hispanismo. Como periodista, colabora en medios españoles, norteamericanos y neerlandeses.

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