144 años para una traducción. “Punin y Baburin”, de Iván Turguénev

por | Ene 3, 2019

144 años para una traducción. “Punin y Baburin”, de Iván Turguénev

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Ivan Turguénev, Punin y Baburin

Traducción de Marta Sánchez Nieves

Madrid, Nórdica ediciones

109 páginas, 16,50 euros

La gran cantidad de ayudas de movilidad que se dan tanto entre las universidades europeas como entre estas y otras universidades del continente asiático y americano permiten en muchas ocasiones a los estudiantes establecer lazos afectivos con personas de distintas culturas e idiomas. Es así como muchos de nosotros, al intentar ampliar nuestros círculos literarios y culturales, nos damos cuenta de que la mayor parte de esos nuevos amigos rusos, polacos, japoneses, rumanos, etc. que acabamos de hacer consideran como textos clásicos algunos que a nosotros, a pesar de los esfuerzos realizados por traductores, no nos han llegado a falta no ya de una buena versión, sino de cualquier traducción, a nuestra lengua, o incluso, en algunos casos, al inglés.

Iván Turguénev (Oriol, Imperio Ruso; 1818 – Bougival, Francia; 1883), fue un novelista y dramaturgo ruso en absoluto desconocido en el continente europeo. La mayor parte de sus obras fue, hace ya bastante tiempo, vertida al castellano y muchas de ellas, como Nido de nobles(1859) y Padres e hijos(1862) cuentan con traducciones recientes y numerosas ediciones en nuestra lengua. No sucedió eso en el caso de Punin y Baburin, una novelita corta que publicó en ruso en 1874 y de la que recibimos ahora la primera traducción al castellano, de la mano de Nórdica Libros. La obra viene presentada por un prólogo de Juan Eduardo Zúñiga, un extracto de su libro Las inciertas pasiones de Iván Turguéniev (1996). El prólogo no cuenta la historia de la obra ni pone en contacto al lector con Turguénev. No explica datos sobre la novela como que el tema de la liberación de la servidumbre que aparece es recurrente en su narrativa —de Memorias de un cazador (1852), por ejemplo, se dice que influyó en la decisión del zar Alejandro iisobre la emancipación de los siervos—. Tampoco deja constancia del parecido evidente entre el protagonista de la novela y el propio Turguénev —con una abuela, en el primer caso, que se asemeja a la madre del novelista, unas opiniones políticas compartidas y una manera de ver el mundo, y de viajar por él, similar—. Se limita a contar su experiencia leyendo a Turguénev y a extraer las opiniones que sobre él tenían otros escritores, así como a redactar una oda exaltando las virtudes narrativas del escritor ruso, pero sin considerar oportuno hablar sobre la novela que se presenta.

La historia es en realidad la biografía fragmentada del protagonista, de quien no sabemos el nombre. A partir de cuatro episodios reconstruimos sus avatares vitales, sus preocupaciones y sus posicionamientos ideológicos. Cuatro episodios motivados por la aparición de dos personajes que marcaron su infancia: Punin y Baburin. Cuatro episodios que empiezan cuando se inmiscuyen quien entró por un breve espacio de tiempo a trabajar en la hacienda de su abuela, Baburin, y su compañero, Punin, del que ni nosotros ni el protagonista tenemos muy clara su relación con el primero. A lo largo de la novela se acercan y se repelen, sus vidas discurren en apariencia paralelas, pero coinciden por un breve lapso de tiempo, antes de que vuelvan a pasar varios años hasta el siguiente encuentro.

Igual que ocurre con El eterno marido(1870) de Dostoyevski, el ritmo de la narración, que acostumbramos a encontrar tan pausado en las novelas largas de los autores rusos del siglo xix, se acelera considerablemente, los episodios se entrelazan con maestría y los personajes sufren un gran desarrollo psicológico en muy poco espacio. Las menos de 100 páginas que componen el relato en su traducción al castellano son más que suficientes para que Turguénev cree una obra no solo original y completa, sino compleja y bien hilada, una obra en la que no hay una sola palabra de más, y no se echa en falta tampoco vocablo alguno. Una obra, en definitiva, que merece la pena ser leída. Aunque nuestra poca destreza en el uso del ruso nos haya obligado a esperar 144 años para su primera traducción al castellano.

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