Morir con los ojos llenos – “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”, Tatiana Ţîbuleac

por | May 16, 2019

Morir con los ojos llenos – “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”, Tatiana Ţîbuleac

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Tatiana Ţîbuleac, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

Madrid, Impedimenta

247 páginas

“Cuando se miran de frente / los vertiginosos ojos claros de la muerte, / se dicen las verdades: / las bárbaras, terribles, amorosas crueldades”: estos versos de Gabriel Celaya podrían servir como resumen esclarecedor de la primera novela de Tatiana Ţîbuleac (Kisinev, 1978), publicada en 2016, que se ha convertido en una de las más aclamadas en la literatura rumana de los últimos años. El narrador infidente de esta historia deja claros sus problemas mentales desde el comienzo, al igual que pone de manifiesto que el odio hacia la madre y el deseo de seguir pintando son algunos de los motores que le impulsan a escribir. Con el trasfondo de la inmigración polaca en Reino Unido y el pretexto de unas vacaciones de verano en Francia con las que la progenitora y el hijo podrán reforzar, reestablecer (o, mejor dicho, fundar) una relación ya perdida, Ţîbuleac explora esa doble condición del risa-llanto (râsu’-plânsu’), entremezclando poesía y narrativa, sin que se pueda llegar a separar la una de la otra.

Las reflexiones en torno a la humanidad, la belleza y la simplicidad de las cosas vienen refrendadas por la condición de marginal, de otro, del propio narrador, quien no solo había sido un adolescente problemático, sino cuyos (supuestos) problemas mentales le confieren la capacidad de ver siempre más allá: “le dije que ese cuadro iba a venderse, que se vendería con toda seguridad, e incluso por mucho dinero, porque los seres humanos están destrozados y buscan cosas destrozadas. Porque los seres humanos están enfermos y podridos y lo saben, pero fingen solo por miedo estar sanos y ser buenos. Y porque así es más fácil”. Los paseos por los mercadillos de antigüedades, su costumbrismo, objetos y gentes, su utilidad de lo inútil descubren al protagonista un universo de posibilidades: “el mercadillo de antigüedades era como si Dios hubiera tropezado y se le hubiera vaciado la bolsa. Gente amontonada entre objetos, objetos amontonados entre la gente, vestigios de vidas pasadas entrelazados en filas multicolores, como el cabello de las fotos antiguas de la abuela”. Será la madre quien lo introduzca en ese amor por lo aparentemente vetusto y sin ninguna función en un mundo racional y avanzado, siempre dispuesto a dejar todo atrás. Es así como se construyen realidades aparte que confluyen en la escritura y en la pintura, ambas herramientas imprescindibles para preservar la memoria de lo que fue, de una madre “callada y húmeda como una fotografía en proceso de revelado”, cuyos ojos “lloraban hacia dentro”.  Quizá uno de los rasgos que más atraen, en primera instancia, del argumento sea, precisamente, ese odio acerbo a la madre en una cultura, la de Moldavia o Rumanía, donde esta figura ejerce como una suerte de deidad, como lo ha explicado Ţîbuleac en una reciente entrevista. Sin embargo, el gran logro de la novela es el de haber sobrepasado los detalles sobre espacios y tiempos para convertirse en narración plena de símbolos, comparaciones, metáforas y sinestesias: “la colza olía a mirra y el aire, a nuevo y a rico, como huele el aire de la caja de los zapatos que has deseado todo el año”.

Como si nos introdujera en el paisaje impresionista o la pintura ondulante de un Van Gogh, el narrador examina, siempre cerca del campo de girasoles, las situaciones límite de la enfermedad y la muerte en etapas como la infancia (con la imagen de la hermana pequeña), la adultez y la vejez. Entre la hermana que muere a destiempo y el personaje de la abuela, con su sabiduría, fuerza y ternura, que sobrevive a numerosos óbitos, fluctúa el complejo retrato de la madre y la relación de esta con su hijo. Resultan enormemente interesantes las evocaciones del amor materno-filial y del amor como Eros, que, procedentes de la dicha o del sufrimiento, no se contraponen nunca, sino que enriquecen el bagaje emocional del protagonista. En suma, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes aúna en su título una época de distensión y descanso y una mirada de color esmeralda, que no son sino el significado prístino de la nostalgia como dolor y regreso.

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