RECURSOS LINGÜÍSTICOS DE DEGRADACIÓN DE LA REALIDAD. LOS LIBROS PRIMERO Y SEGUNDO DE LA PRIMERA PARTE DE «TIRANO BANDERAS»

por | Mar 10, 2019

RECURSOS LINGÜÍSTICOS DE DEGRADACIÓN DE LA REALIDAD. LOS LIBROS PRIMERO Y SEGUNDO DE LA PRIMERA PARTE DE «TIRANO BANDERAS»

por

Lola Burgos Ballester

Tirano Banderas es una novela de Ramón del Valle-Inclán que comenzó a ver la luz a partir de su publicación en varias entregas, entre junio de 1925 y octubre de 1926, en dos revistas (El Estudiante y Verba), en un periódico (El Liberal) y en una colección de novelas cortas (La Novela de Hoy). Sin embargo, realmente será el 15 de diciembre de 1926 cuando su autor publique esta obra en forma de libro con múltiples añadidos, reubicaciones, supresiones y nuevos textos. Así, pertenece, tanto por su fecha de publicación como por su estética, a la última fase de Valle-Inclán como escritor, es decir, a la etapa esperpéntica (1920-1932). Además, esta novela suscita un especial interés por muchos aspectos, pues destaca por su calidad como iniciadora de las novelas de dictador en la novelística hispanoamericana, supone una admirable síntesis de la tragedia política del mundo hispánico y se presenta como la culminación de la visión grotesca y de la técnica deformadora de Valle-Inclán. Precisamente, el objetivo fundamental de este ensayo es localizar los recursos de degradación de la realidad que su autor emplea en esta obra, concretamente en los Libros Primero y Segundo de la Primera Parte, y que nos permiten calificarla como esperpéntica. Para poder ilustrar con ejemplos estos recursos lingüísticos, se seleccionarán diferentes fragmentos de la novela, tomando como fuente principal la edición de Cátedra (introducción y notas de Francisco Caudet, 2017, Madrid).

Comenzando con este análisis, el primer recurso de degradación de la realidad que emplea Valle-Inclán es la presentación y descripción de unos personajes grotescos, principal rasgo del esperpento. De hecho, dos de los personajes que van a estar sometidos a una mayor deformación son aquellos que dan nombre a los Libros Primero (Icono del tirano) y Segundo (El Ministro de España). Por lo tanto, no es de extrañar que se hayan seleccionado precisamente estas páginas, pues a partir de ellas el lector accede desde un primer momento a una descripción satírica y desfigurada de algunos de los personajes de la novela. El primer “títere” que aparece descrito en estas páginas es el presidente Don Santos Banderas, prototipo del arbitrario dictador, que se nos presenta desde un primer momento en el simbólico espacio en el que se va a mover en toda la novela – un antiguo convento (San Martín de los Mostenses) situado en un punto estratégico desde cuyas ventanas vigila los movimientos de la ciudad:

  • Sobre una loma, entre granados y palmas, mirando al vasto mar y al sol poniente, encendía los azulejos de sus redondas cúpulas coloniales San Martín de los Mostenses. […] aquel desmantelado convento de donde una lejana revolución había expulsado a los frailes, era, por mudanzas del tiempo, Cuartel del Presidente Don Santos Banderas. —Tirano Banderas—. (p. 255)

 

Tirano Banderas destaca por su calidad como iniciadora de las novelas de dictador en la novelística hispanoamericana, supone una admirable síntesis de la tragedia política del mundo hispánico y se presenta como la culminación de la visión grotesca y de la técnica deformadora de Valle-Inclán.

Ya en esta primera página de la novela podemos asistir no solo a la presentación del espacio en el que el protagonista va a desenvolverse, sino también, y más importante para lo que nos concierne, a las diferentes denominaciones que va a ir recibiendo el dictador a lo largo de estos dos primeros libros. Concretamente, aunque ya en este párrafo aparece uno de los apelativos más frecuentes y que da nombre a la obra –Tirano Banderas –, en las páginas siguientes se pueden apreciar otros muchos que este personaje recibe. Algunos de ellos son Generalito Banderas, Niño Santos, momia, máscara indiana, cabeza de pergamino, calavera o garabato, como se evidencia en los siguientes fragmentos:

  • El Generalito acababa de llegar con algunos batallones de indios, después de haber fusilado a los insurrectos de Zamalpoa. (p. 255)

  • Tirano Banderas, en la remota ventana, era siempre el garabato de un lechuzo. (p. 256)

  •  Niño Santos se retiró de la ventana para recibir a una endomingada diputación de la Colonia Española. (p. 258)

  • Se inclinaban en hilera ante la momia taciturna con la verde salivilla en el canto de los labios. (p. 258)

  •  Niño Santos, con una mueca de la calavera, le indicó la mesilla de campamento. (p. 261) 

  • Dos Santos rasgó con una sonrisa su verde máscara indiana. (p. 264) 

El Estudiante, 1, (6 de diciembre de 1925), p. 6

Valga esta breve selección de ejemplos para comprobar la gran cantidad de apelativos de este personaje, los cuales se presentan de forma numerosa a lo largo de estas primeras páginas. Además, se ha podido observar en estos cómo Tirano Banderas es retratado como un garabato, una momia o una máscara. Este recurso de degradación de la realidad, la cosificación, se presenta de forma reiterada en toda la novela y consiste en la identificación de los personajes con bultos, sombras, garabatos o máscaras, perdiendo así por completo su apariencia humana. De hecho, hay múltiples pasajes en los que Tirano Banderas adopta la apariencia de una marioneta debido a sus posturas inmóviles y rígidas que contribuyen a que este personaje pierda sus caracteres de vida. Este recurso del inmovilismo y de la cosificación en las descripciones no es sino una expresión más de la deformación de la gestualidad de todos los personajes que aparecen en los Libros Primero y Segundo. Dicho de otro modo, los gestos refinados y aristocráticos de la primera etapa de Valle-Inclán se convierten en unos gestos crispados, desorbitados y deshumanizados en un intento de borrar los límites entre el hombre y el mundo que lo rodea (Garrido Gallardo, 1986, p. 837.). De esta forma, las descripciones gestuales de la novela no son una mera reproducción de los gestos reales, sino que adquieren un significado subjetivo, y personajes, animales y cosas adoptan actitudes inapropiadas. Todo ello puede ejemplificarse en el personaje de Tirano Banderas, pues en algunos pasajes se le identifica con aves como una lechuza o una corneja sagrada y en otros se le describe rumiando la coca, cuyas hojas que mastica contagian el color verde a sus gestos y a toda su figura (mueca verde, verde máscara indiana, boca verdosa, manchados de verde el canto de los labios, verdosas antiparras, etc.). 

Esta misma animalización del hombre se presenta en otros muchos personajes que aparecen en los dos primeros libros de la Primera Parte, como el mayor Abilio del Valle, un reo al que torturan con violencia, don Celestino, el barón de Benicarlés y los miembros de la diputación de la Corona Española. Concretamente, se utiliza la imagen de un cachorro de lobo para describir la sonrisa del mayor Abilio del Valle (“El retinto garabato del bigote dábale fiero resalte al arregaño lobatón de los dientes”, p. 257), al reo se le compara con un chivo por su barba (“Metía el chivón de la barba en el pecho”, p. 258) y se emplea un verbo dicendi, aplicado también a los gallos y gallinas, para describir el tono y la actitud de don Celestino (“Cacareó Don Celestino”, p. 260). Asimismo, la conducta pomposa y barroca de este último también será comparada con un tábano por lo molesto y adulador que resulta este personaje en el trato (“Generalito Banderas lo interrumpió con el ademán impaciente de apartarse un tábano”, p. 262). A su vez, esa misma imagen del gallo mencionada será empleada en otros contextos para describir la voz del propio Tirano Banderas (“El Tirano le despidió, ceremonioso, desbaratada la voz en una cucaña de gallos”, p. 265). El Ministro de España, personaje que da nombre al Libro Segundo, no es una excepción en este recurso de degradación de la realidad, pues se equiparan sus gruesos labios con los de un caballo (“El Barón de Benicarlés diluía un gesto displicente sobre la boca belfona”, p. 272) y su voz con la de una cotorra, empleando además el aumentativo para ofrecer una mayor ridiculización y haciendo mediante este símil una velada alusión a su homosexualidad (“El Excelentísimo Señor Don Mariano Isabel Cristino Queralt y Roca de Togores, Barón de Benicarlés y Maestrante de Ronda, tenía la voz de cotorrona”, p. 268). Por otro lado, algunos de los personajes que reciben una mayor crítica por parte del narrador y que, por tanto, son deformados en una mayor medida son los gachupines de la diputación de la Corona Española que aparecen en el quinto capítulo del Libro Primero. Concretamente, no son definidos como individuos, sino como un grupo unificado por un mismo gesto y una misma actitud, erigiéndose así como una simple decoración humana:

  • La fila de gachupines asintió con murmullos. (p. 259)

  • Se descompuso la ringla de gachupines. Los charolados pies juanetudos cambiaron de loseta. Las manos, enguantadas y torponas, se removieron indecisas, sin saber dónde posarse. En un tácito acuerdo, los gachupines jugaron con las brasileñas leontinas de sus relojes. (p.259)

  • La voz fachendosa tenía la brutalidad intempestiva de una claque de teatro.                               (p.260)

  De este modo, se les describe como aduladores, ridículos y carentes de personalidad y, dentro del recurso de degradación que constituye la animalización, se compara a estos gachupines con un ganado inquieto por la mosca (p. 260). Además, se emplea una serie de tópicos para reflejar los personajes arquetípicos que, según consideraba Valle-Inclán, había en la Corona Española:

  • Niño Santos se retiró de la ventana para recibir a una endomingada diputación de la Colonia Española: El abarrotero, el empeñista, el chulo del braguetazo, el patriota jactancioso, el doctor sin reválida, el periodista hampón, el rico mal afamado, se inclinaban en hilera ante la momia taciturna. (p.258).

Amén de este recurso en el que se reducen los miembros de la diputación española a un mero símbolo escénico, estos mismos, junto con don Celes, son designados en numerosas ocasiones con el apelativo gachupín. Este sustantivo, de carácter generalmente despectivo, hace referencia al español radicado en México, de modo que esta palabra peyorativa se utiliza reiteradamente en toda la novela. Precisamente, serán estos gachupines de la diputación española, el Ministro de España y don Celes algunos de los personajes más criticados y presentados de un modo más grotesco en estas primeras páginas de la novela. Ello puede deberse a que la realidad española del momento resultaba esperpéntica a ojos de Valle-Inclán, de modo que cualquier ridiculización resultaba insuficiente y dicha descripción con una intención satírica era la solución que el escritor encontraba para reflejar la situación contemporánea. Así, el autor nos presenta a todos estos personajes de la Colonia Española como una colectividad impersonal (diputación española), aduladora, barroca y ampulosa (don Celes), apática, chismosa, decadente, ignorante, poco diligente y perezosa (Ministro de España).

Por otro lado, del mismo modo que los personajes son animalizados y degradados en las descripciones de su físico, de su voz, de su actitud y de su comportamiento, también los objetos son descritos con gestos animados, pudiéndose destacar también en este terreno el recurso de la personificación y de la animalización. Concretamente, el objeto que se ve principalmente afectado por estos recursos de deformación de la realidad en estas primeras páginas de la novela es el carruaje en el que se transporta don Celes, que en un primer momento es comparado con un muchacho (p. 266) o un señorito (p. 269) para más tarde identificar el quitrín con una araña (p. 266). Asimismo, asistimos a un proceso de personificación en el único animal que aparece en estas primeras páginas de la novela: Merlín, el perro del Ministro de España. Este es tratado por su amo como una persona más (“-No interrumpas, Merlín. Perdone usted la incorrección y continúe, ilustre Don Celes”, p. 271), refiriéndose a él en ocasiones como Primer Secretario (“-¡Calla, Merlín! Don Celes, tan contadas son sus visitas, que ya le desconoce el Primer Secretario”, p. 270) e, incluso, mostrando algunos gestos afeminados del mismo dueño, como ya viene indicado en el propio sintagma con el que se le describe (perrillo faldero).

Una vez comentados los casos de descripción grotesca de los personajes, de animalización, de personificación y de cosificación, conviene hacer una breve alusión al efecto que provoca la presencia de determinados afijos y palabras con una fuerte carga subjetiva. Comenzando con los primeros, aparecen una serie de sufijos aumentativos y diminutivos, cuya consideración a la hora de analizar los recursos de degradación que pone en juego Valle-Inclán es especialmente importante, pues estos no son empleados de forma arbitraria, sino con una función precisa. De este modo, el autor pretende otorgar a las realidades a las que estos se aplican un carácter peyorativo y ridículo, contribuyendo así de una manera notoria a la deformación de la realidad. Concretamente, los sufijos que se presentan con mayor recurrencia en los dos primeros libros de la Primera Parte de la novela son -ón/-ona (temblona, panzona, corretona, cotorrona, belfona, fondona, huevones, figurón), -acho (ricacho), -ito (Generalito, Licenciadito, patroncito) e -illo (Espejillo, tabanquillo, falderillo). Junto con los sufijos, encontramos una serie de palabras que presentan de igual forma una connotación negativa, satírica y esperpéntica de las realidades que describen. Dicho recurso de degradación podemos encontrarlo en categorías como sustantivos (tirano, gachupín, pendejo, chingado), adjetivos (abobalicado, greñudo, aduladora, lisonjera, barroco) y verbos, destacando en estos últimos el empleo de metáforas que surgen de la comparación entre animales y personas o entre realidades animadas e inanimadas.

 En conclusión, encontramos una gran variedad de recursos que Valle-Inclán utiliza para degradar y deformar la realidad, la mayoría de ellos referentes al modo en que son retratados y descritos los diferentes componentes que conforman la novela. De esta forma, y a modo de sintética recopilación, podemos destacar de entre todos ellos la descripción grotesca de los personajes, la cosificación de estos al ser presentados como meras marionetas o signos y el procedimiento de descripción del gesto de un modo distante de la gestualidad real. Asimismo, también son recurrentes las presentaciones de personajes, animales y objetos con los mismos atributos (animalización y personificación) y la subjetividad y degradación lograda a partir de la presencia de determinados sufijos y de la elección de ciertas palabras. Toda esta búsqueda y análisis de los recursos señalados sirve para acentuar el marcado carácter esperpéntico que caracteriza a la novela, pudiendo afirmar sin duda que se trata de una de las obras en las que Valle-Inclán pone un mayor empeño en trabajar con el lenguaje a fin de degradar y deformar la realidad contemporánea y los “títeres” que en ella conviven.

 

BIBLIOGRAFÍA

BAAMONTE TRAVESO, Gloria: Función del esperpento en “Tirano Banderas”, vol. 14, Problemata Literaria, Oviedo: Reichenberger (Universidad Kassel), 1993.

CARDONA, Rodolfo; ZAHAREAS, Anthony N.: Visión del esperpento. Teoría y práctica en los esperpentos de Valle-Inclán, Madrid: Castalia, 1982.

GARRIDO GALLARDO, Miguel Ángel: Crítica semiológica de textos literarios hispánicos: Volumen II de las Actas del Congreso Internacional sobre Semiótica e Hispanismo celebrado en Madrid en los días del 20 al 25 de junio de 1983, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1986.

VALLE-INCLÁN, Ramón del: Tirano Banderas, ed. Francisco Caudet, Madrid: Cátedra. Letras Hispánicas, 2017.

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