Sensibilidad En Sentido Amplio. “Veo el mundo como una gran sinfonía”, de Mireya Hernández (Pepitas, 2025)
¿Cabe el mundo en un libro, con toda su gravedad y su contraparte, la gracilidad? ¿O al menos entra un universo de miradas y hechos, en apariencia con liviandad contado hasta conformar un imaginario propio, para nuestro caso deudor de lo más personal a lo más cultural, en cosa de 190-210 páginas? Mireya Hernández (Madrid, 1981), en Veo el mundo como una gran sinfonía (Pepitas, 2025), configura un corpus de imágenes o mapa de personajes e instantes claves de la historiografía cultural —escribo esta reseña de memoria, pues no es necesario consultar el libro, grabado a fuego en la pupila lectora, o en el alma de las ensoñaciones, y más habiéndome acompañado en un viaje de viajes, una vez cerrado el último día—, para recuperar la impronta de una serie infinita de gestos que bien pueden organizarse al modo de un diario; un cosmos escrito que pese a su heterogeneidad no pierde su carisma y unidad en ningún momento. Ni tampoco el que dichas referencias nos conduzcan a la autora, por su mirada afilada, su sentido del lirismo y el sendero narrativo en que se enmarcan dando pie a un libro fresquísimo, cariñoso y que tampoco se olvida de las crueldades y males de algunos instantes históricos señeros, yendo el lector de un polo a otro a veces con motivos recuperados que la narradora abre y cierra a su antojo.
La sensación central es la de la pluralidad, y la apariencia de que no se deja nada fuera de ese cosmos, hasta cierta sensación de completitud. Escribir con minuciosidad de Charlie Parker y de la URSS, de Emily Dickinson y del Béla Tarr —recientemente fallecido— que adapta los textos de László Krasznahorkai —último Premio Nobel— como una necesidad, todo esto mientras se dejan caer apuntes de carácter más o menos individual —el libro, como ya dice la palabra “sinfonía”, es un canto a la comunidad, y así se distribuye, con cuatro partes como las que compondrían una pieza musical, incluido un Finale— que hacen las veces de hilo rojo. Aunque con preponderancia por el siglo XX y cercanías, también hay preguntas que van de la ciencia a la antropología, eso por no hablar de los capítulos, cortos y en forma de cortes, que gobiernan la estructura del tomo, y que denotan “el modo de leer” más contemporáneo en el que actualmente estamos situados. Un libro, en definitiva, de esos que a uno le hubiese gustado escribir, por su erudición como-si-nada, su sentido de lo narrativo y la idea de esbozo, pues este librito tiene mucho de cuaderno de dibujos no machacados, sino libres las líneas y sueltos los trazos. Un acercamiento profundo pero en forma de notas, como esas ideas que llegan a nosotros antes de dormir, sólo que Hernández las apunta y no las deja ir para permitirnos un sueño merecido.
El sueño de la realidad, tal vez, pero como bien sabemos toda cota de lirismo nos lleva a otro lugar, y que es el que obsesiona a Mireya. Ese “otro lugar”, fundado en la observación desde la primera entrada y que asume la contemporaneidad como un juego de espejos que mucho tiene de intertextual (¿acaso hay otra forma de imbricar el conocimiento hoy en día, en pleno 2026?); y que nos hace pensar en una pensadora que ama los subrayados, las anécdotas totalizadoras, en definitiva, la gestualidad, como ya hemos apuntado. En cualquier caso, el libro, pese a su ligereza, es de una ambición suma, pues proviene de una idea: “Voy, sí, a contar el mundo”. Esa querencia es de agradecer, y bien podría resumir a una autora cuyo padre, mencionado en el libro, Abel Hernández (y su hermano, exmiembro de Migala, banda musical de culto, también llamado Abel), pionero en la escritura de “lo vaciado” según me dijo Víctor, uno de los editores de Pepitas en su espacio cultural en Logroño, hizo consciente la mirada de una autora llamada Mireya, con formación en Filología Inglesa, que, sobre todo, “exhala olor a anarquía”, como diría Ramón Gómez de la Serna (también citado aquí junto a otras catervas de importancia). Nada es baladí, por tanto, en este acercamiento lateral a las cuestiones del mundo que más urgentes nos son, bajo una premisa: mirar, bien, atrás, es mirar, mejor, adelante. Tanta biblioteca como videncia.
Y luego: rarezas importantes, como un diálogo por fases entre la narradora y ChatGPT, un pangrama, canciones sioux y fotografías de archivo que ilustran el compendio como esas ediciones de María Negroni que tan felices nos hacen como lectores; más juegos textuales, de índole surrealista, o la obsesión hacia figuras como Jonas Mekas, con las que tanto se emparenta Hernández, pues hay algo de audiovisual en este ¿ensayo? que no podemos dejar ir o en lo que directamente debemos fijarnos. Desfile (ya) de imágenes donde los textos se organizan como bajo un guion, reina un caos deliberado con orden flexible a lo largo de sus páginas, permitiendo ese espacio de tránsito el que los lectores lo ocupen y se apropien de él, aunque Veo el mundo… sea, ante todo, algo a lo que asirse, una serie de consideraciones en las que creer. Como esa fotografía de personas insignes donde el único que aparece con los ojos abiertos es Albert Einstein, y ese punctum —en la terminología de Barthes— nos otorgue una capacidad de entendimiento mayor que el orden del día que pudieron llevar a cabo en esa efeméride.
Un libro precioso hacia el que no puedo tener “peros” por más que lo intente (o bien es que lo he leído mientras viajaba: ¿ha sido esto un viaje dentro de un viaje, como uno de sus textos, llamado “Una muñeca rusa”, con alma de matrioska?), y mira que eso es difícil. Será también que Pepitas hace su labor y publica cosas importantes, con poquedad pero importantes en un presente editorial hiperatomizado; y que, a un año vista, nos sirve para rescatar la actualidad de este texto tan indicado para creadores y artistas, pero también para ciudadanos interesados en la historia reciente —y menos reciente— al que asomarse como esa baraja de cartas de Brian Eno y Peter Schmidt, Oblique Strategies, que bien sirve para desbloquear el acto creativo, y que aquí, ya lo hemos dicho, es celebrado. Porque celebrar la pasión de la escritura de forma tan alegre y crítica al tiempo es un don, y aquí está ese don para su abrazo y su recuerdo imborrables. De forma conceptual, en forma de archivo o de todas las formas más inclasificables que se nos ocurran, pues este libro, que no lo hemos dicho, fue premiado con el XXX Premio-Beca Bodegas Olarra & Café Bretón, y Mireya Hernández tiene dos o tres libros publicados más a los que habrá que llegar —que volver— para seguir indagando en la poética de una escritora carismatiquísima.

Álvaro Guijarro
Álvaro Guijarro (Madrid, 1990) es un poeta, escritor, crítico en ciernes y fotógrafo español. Estudió el Grado en Literatura General y Comparada desde la Universidad Complutense de Madrid, tiene un máster en Fotografía Editorial y Fotoperiodismo por la Escuela TAI y un segundo máster en Cultura Contemporánea: Literatura, Instituciones Artísticas y Comunicación Cultural gracias a la Fundación Ortega-Marañón (FOM-UCM), con estudios aparte de filosofía y cine. Autor de más de una decena de libros de poemas publicados entre el año 2010 y el año 2025, algunos de ellos con reconocimiento –III Premio de Poesía Joven Antonio Colinas, finalista del 71.º Premio Adonáis y 2.º Premio en los Premios Madroño 2021–, ha reunido su camino en el género de la lírica bajo el título Matiz (Poesía 2008-2020), aún inédito en su conjunto. Igualmente, ha participado en propuestas colectivas como Tenían veinte años y estaban locos (La Bella Varsovia, 2011) o «Lecturas del desierto» (Kamchatka, UV, 2018), así como en diversas revistas –Nayagua, Vallejo & Co., Transtierros, Oculta Lit, etc.–, festivales –Voix Vives (Toledo, 2015 y 2023)– y recitales. Desde 2025 colabora con reseñas en papel y en digital en Qué Leer, de kiosco, y con artículos, vía web, en Popper. Su fondo fotográfico, desde el 2013 al presente, puede consultarse en: www.alvaroguijarrophotography.com. En este último ámbito, expuso en el contexto de PHotoESPAÑA (2015) en una muestra grupal y de forma individual durante un trimestre (2022) en la celebrada librería madrileña Olavide | Bar de Libros, y ha trabajado en DIMAD (Asociación de Diseñadores de Madrid) y en prensa local. Ensaya en su blog Pangea: www.pangeapangeapangea.blogspot.com. Guarda en su haber una novela en clave escrita de 2020 a 2024 entre su ciudad natal, Salobreña y Praga; así como un segundo texto en prosa, La participación, que, según un amigo, hace de apostilla al resto de su obra. Profesionalmente, trabaja en museos.
